Páginas

lunes, 9 de octubre de 2017

Dolor por Cataluña

Me duele lo que está ocurriendo en Cataluña, y es un dolor que me viene de antiguo. Me duele porque afecta a personas muy cercanas y a muchos conocidos. Me duele porque, internacionalista imperfecto que aún soy, considero a Cataluña parte de mí. 

Me duele por lo que hemos visto estos días: por las voces y los golpes; por la crispación y la violencia; por la sinrazón y la manipulación; pero, sobre todo, por la estupidez y el odio. Me dolió el domingo día 1 ver a la gente salir a la calle y participar, festivamente e inconscientemente, en un acto ilegal. Como me dolió la colaboración de los colegios, de los centros de salud y de las iglesias, y las voces y las pancartas de los que se congregaban. Como también me dolió la pasividad desleal de los Mossos d’Esquadra que, de haber cumplido con su deber, hubieran evitado muchos de los golpes con los que se mantuvo la legalidad. Y me dolieron los golpes que tuvieron que dar los Cuerpos de Seguridad del Estado, pues no por necesarios dejaron de ser golpes. 

Me han dolido los gritos y las amenazas, las imágenes de las manifestaciones, y de los escraches en los hoteles donde se alojaban los que estaban cumpliendo con su deber. Como me ha dolido la violencia de la huelga y de los piquetes, y la vulneración de los derechos de los que quisieron trabajar. Como me duelen las discusiones en las familias, en los grupos de amigos, en las empresas, que reflejan esa inmensa fractura que han fabricado unos pocos. Una fractura que viven los catalanes entre ellos y, tanto como ésta, los catalanes con el resto de la ciudadanía española. Como me duelen las grietas que también empieza a haber en el resto de España. 

Me duele mucho la sinrazón de la Generalidad y del Parlamento de Cataluña saltándose las leyes, las declaraciones del Tribunal Constitucional, laminando a la oposición, vulnerando contradictoriamente el orden jurídico por el que ellos están en el poder, pues no podemos olvidar que el Govern lo es, y los parlamentarios catalanes lo son, en virtud de una Constitución y un Estatuto que están ahora vulnerando. Como me duele la manipulación de la opinión pública, la compra de voluntades, la inconsciencia de muchas personas, la superficialidad de las opiniones, la presión entre los funcionarios, el oportunismo de muchos alcaldes (empezando por Ada Colau), la politización de los Mossos, la presión contra el castellano. Me duele la ingenuidad de algunos políticos que se suponen conocedores del funcionamiento de un Estado democrático. Descontado el oportunismo de Pablo Iglesias (que no me duele, porque nada espero de un totalitario), me duele la estupidez de Pedro Sánchez apelando al diálogo con un golpista que ha usado una parte del Estado, la Comunidad Autónoma, ha tomado la calle como si fuera un ejército (con banderas, arengas y señalando enemigos), usado tácticas de guerra moderna (redes sociales, propaganda, noticias falsas, grupos especiales) y pide mediación internacional. Me duele su ignorancia de los fundamentos de la política, pues si el Estado negocia (o acepta la mediación internacional) con una Autonomía en igualdad de condiciones es que reconoce de facto la igualdad de sujeto político, al tiempo que manda una señal de que la insurrección tiene réditos. 

Pero doliéndome los gritos, los golpes, la violencia, la sinrazón, la manipulación, la inconsciencia y la estupidez, lo que me hiere hasta sangrar es que usen a los niños y les enseñen lo que es el odio. Porque es sangrante que lleven niños a los actos ilegales, que los lleven a las manifestaciones, que les enseñen a odiar. A odiar a los diferentes, a los que hablan castellano, a los que son hijos de guardias civiles, al resto de España, a España. 

Mi dolor por Cataluña es antiguo y hoy sé que no se curará en años. Porque en Cataluña hay totalitarios que enseñan a sus hijos totalitarismo. 

9 de octubre de 2017 

lunes, 25 de septiembre de 2017

Mesura

La situación en Cataluña, con algunos matices relevantes que la diferencian, ya la hemos vivido en España. Porque, los que ya tenemos algunos años, vivimos un desafío independentista más grave que el catalán en el independentismo vasco. Y digo más grave porque el vasco tuvo un trasfondo de violencia terrorista que hoy no se da, una historia mucho más larga, y porque teníamos instituciones democráticas mucho menos asentadas, pues estábamos iniciando la democracia y no pertenecíamos a Europa. Incluso contó con apoyo internacional, pues Francia los amparó durante años y muchos partidos socialdemócratas los justificaron. Hoy, en Cataluña, se viven manifestaciones y tomas de edificios, ataques a la Guardia Civil, pintadas y amenazas a los discrepantes, una profunda fractura social, presión mediática, escraches, etc. Algo parecido a lo que se vivió en el País Vasco durante años de una forma mucho más opresiva, pues allí, además de todo esto, había entierros cada mes, gente que iba con escolta y 150.000 que se exiliaron. 

El fondo político que ha generado ambas situaciones es el mismo: la aspiración de una izquierda antisistema radical independentista, que en el País Vasco se llamó Herri Batasuna y en Cataluña se llama la CUP, en alianza circunstancial (táctica) con los partidos burgueses en el gobierno autonómico (el PNV en el País Vasco y CiU/PDCat en Cataluña), de conseguir una independencia que, para los primeros lleve a un nuevo orden social (revolucionario) y, para los segundos, suponga el mantenimiento de su hegemonía regional. Por lo demás, lo que cambian son las formas: en el País Vasco, violentas y encapuchadas; en Cataluña, insurreccionales y revolucionarias, homenaje romántico a un año 17. El problema que estamos viviendo es, si no exactamente el mismo, pues el tamaño importa, muy parecido. 

Un problema que debemos tratar con la misma medicina que se trató el otro: unidad en defensa de la Constitución, aplicación del Estado de Derecho y…mesura. 

Creo que acierta Rajoy cuando mantiene informados a Pedro Sánchez y a Albert Rivera de los pasos que da y en las explicaciones que dio el pasado día 20 en el Congreso. Como acierta en buscar la proporcionalidad ante los desafíos. Y, con él, aciertan Pedro Sánchez y Albert Rivera en no mostrar fisuras ante la cadena de despropósitos en Cataluña. 

Creo que acierta el Gobierno cuando se ampara en la Constitución y las leyes y cuando va a remolque del Poder Judicial, pues la acción de un gobierno democrático debe ser reglada y, en el uso de la fuerza coactiva, tutelada por los jueces, precisamente para garantizar los derechos de la ciudadanía. Creo que acierta Rajoy cuando defiende el Estado de Derecho como esencia de la democracia y no presta legitimidad a las manifestaciones, sino a las instituciones. Yerran, en mi opinión, los que creen que, en democracia, las leyes no emanan de la política, como si lo legal y lo político fueran dos esferas diferentes, cuando es precisamente esa la esencia de la democracia: la política la hace la ciudadanía y la convierte en ley, según procedimientos que garantizan la igualdad. 

Creo que acierta Rajoy en tratar el problema catalán dentro de nuestras fronteras. Como creo que acierta en el control de las cuentas de la Generalitat, pues su liquidez viene de la emisión de deuda soberana del Reino de España y es el conjunto de España el que garantiza las deudas de la Generalitat. Y creo que acierta con la mesura con la que está actuando. Creo que, hoy, en el tema de Cataluña, acierta Rajoy. Lo que no quiere decir que haya acertado siempre, pues desde las formas en las que se recurrió al Constitucional en el tema del Estatut, pasando por la actuación de algunos ministros en la anterior legislatura (Fernández Díaz, Wert, Margallo), hasta la elección del candidato a la Generalitat, los errores han sido muchos. Pero el hecho es que hoy, en mi opinión al menos, acierta. 

Ojalá acierte, también, en los próximos meses. 

25 de septiembre de 2017 

lunes, 28 de agosto de 2017

Objetivos terroristas

Todo lo que hacemos tiene un objetivo, un para qué. Por eso decimos que toda acción humana es intencional. Lo que define la racionalidad de una acción es, precisamente, el que tenga un objetivo, porque, en caso contrario, es inexplicable, irracional. 

Los atentados de Barcelona, como los de París, Berlín, Kabul o Bagdad, tienen un objetivo, no son irracionales, y elucidarlo es el primer paso para comprenderlos y evitarlos. El objetivo de los ataques terroristas de origen islamista no es el mismo en Kabul o Bagdad que en París y Barcelona. Aunque la acción sea similar, causar el mayor número de muertos posible, los contextos en los que se producen hacen que los objetivos sean diferentes. En Iraq o en Afganistán, lo terroristas tienen como objetivo ser parte activa de la vida política. En estos países, las organizaciones terroristas tienen unas estructuras sociales, económicas y políticas potentes, especialmente en proporción a la de los demás actores políticos. Por eso un atentado en Bagdad o en Kabul tiene un mensaje de fuerza que no tiene en Europa. 

Un atentado islamista en Europa, lejos de lo que se dice, no tiene como objetivo cambiar nuestros valores democráticos, ni hacer que nos callemos, ni generar miedo a salir a la calle, ni cortar los flujos turísticos. Los terroristas saben que las instituciones políticas de las democracias consolidadas no se cambian por los atentados. De hecho, ni el terrorismo nacionalista (IRA, ETA, etc.), ni el ultraizquierdista (Brigadas Rojas, Baader-Meinhof, etc.), ni el internacionalista (OLP, Hamás, etc.) lograron nunca ninguno de sus objetivos. Como saben que los atentados no han aminorado las críticas desde los medios daneses o franceses después de los atentados a los medios. Como no ignoran que Nueva York no sufrió caída del número de turistas tras el 11-S, y que París va a batir records este año. Los terroristas saben que tienen muy pocas posibilidades de cambiar nada en nuestras sociedades (más allá de la estética de las calles por los famosos bolardos) porque la base social de sus ideas en nuestras sociedades es minúscula. Que yo sepa, ningún grupo político occidental ha propuesto un cambio constitucional o legislativo favorable a las tesis de los terroristas en ninguno de los países que ha sufrido un ataque. Sin embargo, sí ha habido cambios legislativos para luchar contra ellos, como ha habido cambios en la política exterior. El objetivo, pues, no es la democracia en nuestras sociedades. 

Los objetivos de los terroristas en sus atentados en Europa tienen que ver con los objetivos de cada uno de los componentes de la célula terrorista y de la estructura que la dirige. La base es tan compleja como la psique humana, porque el objetivo básico de los terroristas que se inmolan es dar cauce a su ira, a su desesperación (como puede ser, en alguno, sencillamente, pertenecer al grupo o afirmar su valor): los chicos de Ripoll han dado salida a su frustración. Una frustración que ha canalizado un imán fundamentalista cuyos objetivos pueden ser más complejos e ir, desde establecer un grupo de poder (político y económico, justificado por el radicalismo religioso) en su comunidad, pues lo más seguro es que no tuviera pensado inmolarse, hasta servir a los intereses políticos de una estructura que lo financia. Unos objetivos que puede aprovechar, si encuentra el eco suficiente en nuestras sociedades, una organización internacional como el ISIS, para que se alcen voces de cambio de nuestra política exterior. 

Vistos desde esta triple perspectiva los objetivos de los terroristas podemos hacernos una idea de cómo luchar contra ellos. Es decir, haciendo una política exterior coherente (más inteligencia, más control de los flujos de armas y dinero en Oriente Próximo); una política de seguimiento y vigilancia en nuestras sociedades de los reclutadores; una política de integración de los jóvenes en nuestras sociedades abiertas, lo que incluye una política educativa más firme. Y, recordemos, sin objetivos y sin medios, no hay acción. 

28 de agosto de 2017 

lunes, 14 de agosto de 2017

Ciudades vs parques temáticos

En una temporada en la que se volverán a batir récords de turismo, con más de 70 millones de visitantes extranjeros, se empieza a hablar de sus límites. No tanto por las miniburbujas turísticas que se están produciendo en algunos puntos de la geografía nacional, con una sobreoferta que se ajustará a poco que los turistas empiecen a notar la subida de precios que ya se está produciendo o se estabilicen otros destinos, ni por el impacto general de tal masa de visitantes, que, como todas las acciones humanas tiene su lado positivo, en forma de mayor actividad económica y empleos, intercambio cultural, etc., y negativos como los impactos medioambientales, sino por los problemas de gestión de los flujos turísticos sobre algunas ciudades. 

El problema se produce cuando el flujo de turismo en una ciudad es tal que transforma la ciudad, especialmente determinados barrios. Se produce cuando la ciudad pierde su carácter de ciudad (conjunto de ciudadanos y ciudadanas que habitan un espacio) para ser sólo un escaparate al servicio de los visitantes; cuando cualquier actividad económica o cultural de la ciudadanía se ve sustituida, casi diría prostituida, por la venta de esa actividad al turista (como se ha hecho en Sevilla con la Semana Santa o estamos haciendo los cordobeses con las fiestas de Mayo); cuando lo importante no es el bienestar de la ciudadanía o el disfrute de aquellos que hacen la actividad o viven la fiesta, sino que sea valorada por los visitantes, aparezca entre los mejores eventos en una página web o sea objeto de un reportaje de un periódico extranjero importante. En ese momento en el que la ciudad no es tanto una casa habitada por su ciudadanía, cuanto un hotel lleno de huéspedes, en ese preciso momento, la ciudad se convierte en un parque temático de sí misma. Ya no es la ciudad que era, sino un sucedáneo de esa ciudad. Esa es la esencia del problema que hace años sufre Venecia (en la que ya no viven venecianos), que empieza a tener Toledo o puede tener Córdoba, y ya es patente en barrios concretos de ciudades más grandes como Barcelona. Y, cuando una ciudad pierde su esencia, cuando es un sucedáneo de sí misma, cuando es un parque temático, es reproducible en cualquier lugar del mundo, como están haciendo los chinos con la ciudad de los canales. 

Es evidente que este no es un problema para las ciudades que se hicieron a sí mismas con el turismo, en las que el turismo es parte de la propia esencia de la ciudad. Desde luego no es el problema de ciudades que han pasado de ser una aldea de pescadores (Benidorm o Magaluf) o pueblos costeros (Fuengirola o Marbella) a ser ciudades turísticas, porque son lo que son por el turismo. Ni es un problema para las megaurbes (Nueva York, por ejemplo). Es un problema de ciudades especiales, de ciudades únicas. Y Córdoba es una de ellas. 

El origen del problema es múltiple y empieza por no tener un concepto claro de ciudad que se proyecta en el tiempo, cuando la ciudadanía y sus responsables políticos no saben soñar la ciudad más allá de «resolver sus problemas». Y continúan cuando los análisis se hacen desde la ideología y los prejuicios, cuando no se sabe mirar en el largo plazo, cuando no se ve el contexto. El problema empieza cuando se miden los cuántos y no los qué. 

Desde luego, la cuestión no se resuelve con los métodos totalitarios de Arrán, ni desde una imposible limitación del número de turistas, sino desde una regulación racional de la oferta turística, y no sólo con los precios, pero, sobre todo, con un concepto de ciudad en el que el turismo tenga un papel, pero no el único papel. 

En Córdoba aún estamos a tiempo de no convertirnos en un parque temático. Aunque algunos ya ejercen el papel de Mickey Mouse. 

14 de agosto de 2017 

martes, 1 de agosto de 2017

Principios de octubre

No sé lo que puede ocurrir el 1 de octubre en Cataluña. Lo que sí es seguro es que no será un domingo de principios de otoño normal. Y no por el cambio climático, pues es muy probable que aún haga calor durante el día y refresque por la tarde, sino porque, para ese día, el Gobierno de la Generalitat tiene convocado un pseudo-referéndum. 

A medida que se acerque el día, la ciudadanía catalana irá recibiendo más presión política, social y mediática, pues la fecha está escogida para que sea el culmen de todo un mes de septiembre de exaltación colectiva. Desde la Diada, a principios de septiembre, en la que se hará un largo memorial de agravios (nada mejor que un enemigo exterior), hasta la Merced, el último domingo, ya en un tono de fiesta popular (una fiesta de afirmación con un tono muy familiar), todo está programado siguiendo un clásico manual de agitación política. El problema es que, al final, el día 1, todo dependerá de lo que hagan cada una de las personas que componen esa ciudadanía, y dependiendo de lo que hagan y cuántos lo hagan, el día 1 tendrá un significado u otro. 

Para esa parte de la ciudadanía que se declara independentista, la decisión es simple: ir a votar y facilitar la votación. Sin embargo, la decisión ya no es tan fácil si concurre la circunstancia de ser un cargo en la administración pública en Cataluña o si se es un funcionario con alguna misión en la organización de cualquier proceso electoral (Junta electoral, policía, responsable de espacios públicos, etc.) porque si son pocos, una vez organizada la consulta y dada su ilegalidad, pueden encontrarse con un expediente disciplinario. De ahí que todo el proceso se esté haciendo con tanta apelación a la colectividad, con tantas firmas asamblearias, pues todos sabemos que así, además de que el grupo comprometa a los indecisos o más prudentes, se hace casi imposible, por razones de imagen internacional, un proceso de expedientes administrativos incoados por el Gobierno central que afectara a, digamos, mil o dos mil funcionarios. 

Más compleja es la decisión de esa mayoría de la ciudadanía que no es independentista, pero sí nacionalista o catalanista. Su tesitura es difícil. Desde un punto de vista racional, cualquiera de las opciones es mala: si va a votar, está votando por una independencia que no quiere y en un marco jurídico que no comparte; si no va a votar, está dándole la razón a un Gobierno central que tampoco le gusta. Y, desde un punto de vista social (el de el qué dirán los otros), no ir a votar es señalase en un determinado sentido, y más en el ambiente totalitario en el que se está moviendo el nacionalismo catalán, especialmente en localidades pequeñas y en algunos círculos de Barcelona. Algunos buscarán una escapadita a la playa o a la montaña para no tener que tomar la decisión (especialmente los que no suelen votar en las elecciones), y no pocos no irán a votar sumándose al día siguiente a la opinión mayoritaria. 

Es evidente que aquellos que están en contra de la consulta, que no son pocos, no participarán. Y, habrá, aunque sean una minoría pequeña, quienes intentarán, espero que pacíficamente, impedirla. 

No sé cuántas personas tomarán qué decisión, ni lo que ocurrirá finalmente el día 1 de octubre. Puede que sea un día de mucha agitación y confusión o un día de calma tensa. Aunque más probablemente sea un día festivo sin complicaciones. Lo que sí sé es que el día 2 de octubre no será un lunes normal, porque será un día de recuento de víctimas. Y la primera víctima, como bien se sabe desde hace exactamente un siglo, será la verdad. Pero no será la última, pues, pase lo que pase, la segunda será la convivencia en Cataluña. Siendo la última, lo que no puede perderse nunca: la sensatez. 

1 de agosto de 2017 

lunes, 17 de julio de 2017

El complejo catalán del PSOE

Esta semana pasada hemos sabido cual es la propuesta del PSOE del señor Sánchez para desencallar la cuestión catalana. Se ha recogido en la Declaración de Barcelona y en otras ideas que sugieren las vías para la reforma de la Constitución. 

La Declaración de Barcelona es un documento de 6 páginas, redactado por el PSC, con tres supuestos básicos: se hace «en beneficio de todos los catalanes y catalanas» (no de la ciudadanía española); para desbloquear los «más de cinco años de discriminación del Ejecutivo central a Cataluña» (cuando ha sido la comunidad autónoma que más ha recibido del FLA); e «iniciar una reforma federal de la Constitución española». Luego establece una «posición política» de obviedades (nada en contra de la legalidad), para pasar a los 7 ejes sustanciales: darle la razón a la Generalitat en sus demandas ante el Gobierno central; dar más autonomía (en contra del Constitucional); cambiar la financiación autonómica para favorecer a Cataluña (la clave desde el principio); condicionar la inversión estatal en Cataluña (convertir al Gobierno central en un mero financiador de infraestructuras); la imposición del catalán; hacer de Barcelona la otra capital de España (¿por qué no Málaga?), para, finalmente, dar cuatro ideas sobre la reforma constitucional. 

Una reforma constitucional en la que se sugiere que hay que reconocer a la «nación catalana» lo que nos llevaría a reformar la Constitución en el sentido de reconocer «naciones» sin Estado. Algo que se sugiere en otras declaraciones, poniendo como ejemplos a Bélgica y la Baviera. Dos ejemplos a analizar. 

Si lo que el PSOE propone es una reforma constitucional según el modelo belga, lo que propone es un proceso de desintegración. Porque el modelo belga contempla dos cuasiestados, Valonia y Flandes, construidos (imperfectamente) según la lengua, que mal se llevan y mal conviven en Bruselas. Proponer el modelo belga, además de no tener en cuenta ni la historia ni la geografía, es decirle claramente a Cataluña que se vaya sin coste alguno. Es proponer que España se descomponga por zonas lingüísticas, cuyo resultado final sería una confederación difusa de Castilla, más los Països Catalans, más el País Vasco (¿con Navarra, como quería ETA?), Galicia y Aragón. O sea, una disolución en los viejos reinos de los Austrias. España sería sólo una carcasa formal para pertenecer a la Unión Europea. Con esta propuesta, el PSOE propone dinamitar tres siglos de historia común. 

Por otra parte, si lo que el PSOE propone para solucionar el problema catalán es que Cataluña se parezca a la Baviera, no propone en realidad nada, pues las diferencias en términos históricos, sociales y políticos en sus respectivos papeles son abismales, y lo único que demuestra el PSOE es que no conoce ni la Baviera, ni a Cataluña. Para empezar, el bávaro es un dialecto del alemán (como hay otros 52), no una lengua propia, y fue reino independiente hasta 1871. Los bávaros no discuten su «alemanidad», como nadie discute que BMW o Bayer son empresas alemanas y no bávaras (a pesar del nombre). Y podría seguir, pues Baviera es mi otra «nacionalidad». 

En definitiva, que el PSOE del señor Sánchez ha caído en el mismo complejo que tuvo el del presidente Zapatero. Ha ido a Barcelona y se ha convencido de que Cataluña es una nación oprimida, víctima de la maldad de los demás (castellanos y andaluces, principalmente), a la que hay que liberar, para que lidere España, dándonos la modernidad que nos falta, porque la marca Barcelona es europea y chic, mientras que Madrid y Sevilla son castizas y folklóricas. 

Mucho me temo que el PSOE lleva años perdido en el tema territorial. Muy perdido. Quizás porque ninguno de sus dirigentes se ha puesto a estudiar cómo funcionan los Estados federales, empezando por el primero en serlo, los Estados Unidos de América, y el más avanzado de Europa, Alemania. Pero, claro, eso lleva más tiempo que ir a Disneyworld o a la Oktoberfest. 

17 de julio de 2017 

lunes, 19 de junio de 2017

Kanzler Kohl, Vielen Dank

La semana pasada murió el canciller Helmut Kohl. Supongo que, para una mayoría de los españoles, la que siempre vivió en democracia y la que no recuerda a España fuera de Europa, era un casi perfecto desconocido. Sin embargo, para aquellos que pertenecemos a la generación de la Transición, esos que estrenábamos ciudadanía hace cuarenta años, Kohl es uno de esos referentes imprescindibles. Un referente en un grupo de personalidades fundamentales que hicieron mucho por configurar el conjunto de instituciones políticas, sociales y económicas de las que ahora disfrutamos en España y en Europa. Un grupo de personalidades (el Rey Juan Carlos, Suárez, F. González, Schmidt, Mitterrand, Delors, Craxi, etc.) entre las que siempre destacó el doctor Kohl. 

De pensamiento social cristiano, lo que en España habría que traducir por un centrismo pragmático, Kohl será recordado en Alemania y Europa por dos hechos esenciales que no nacieron de su ideología, sino de su forma de interpretar la historia (especialidad en la que se había doctorado en Heidelberg). Dos hechos íntimamente unidos que certificaban el final del siglo de guerras europeas que llamamos mundiales: la reunificación alemana y la construcción de la Unión Europea. 

Recién llegado al poder, en octubre de 1982, Kohl supo ver que la construcción europea necesitaba un nuevo impulso, pues había salido muy dañada de la forma en la que los grandes países habían enfocado la crisis de finales de los setenta, especialmente por las devaluaciones competitivas y las políticas económicas ultranacionalistas. Fue el primer líder europeo en darse cuenta de que había que avanzar en una integración más profunda, al mismo tiempo que había que ampliar el número de socios como una forma, no sólo de mejorar el crecimiento económico de todos, sino de afianzamiento de un bloque que superara la dependencia de los Estados Unidos. Supo convencer al presidente Mitterrand, socialista y nacionalista francés, de la bondad de un nuevo tratado de la Unión y de la necesidad de las ampliaciones. El Acta Única Europea de 1986, que daría lugar al Tratado de la Unión Europea de Maastricht de 1992, sería el primer paso hacia la Unión Europea del euro, de la ciudadanía europea, de la libre circulación de personas, etcétera que hoy conocemos. En paralelo a esta política europea, Kohl mantuvo la estrategia alemana de la Östpolitik, es decir, el acercamiento al Este, especialmente a la otra Alemania, como una forma esencial de ir superando las cicatrices de una guerra, la Mundial, que él había vivido en su adolescencia. Kohl siempre estuvo atento a lo que pasaba en el otro bloque y supo ver las señales de desmoronamiento que se iniciaron con Mijail Gorbachov en 1985. Un desmoronamiento en el que encontró la oportunidad de reunificar Alemania en una operación sencillamente audaz. Con el apoyo del Presidente Bush (padre) y de sus socios europeos (González, entre ellos), logró sortear la oposición de la Primera Ministra Thatcher y del presidente Miterrand, y, hacer en menos de un año, una unificación que se inició con la caída del Muro en noviembre de 1989 y culminó con el tratado del 3 de octubre de 1990 por el que desaparecía la RDA. 

Sólo por su contribución a la construcción europea y el éxito de la reunificación, el Canciller Kohl merece un sitio en la historia. Como merece un sitio en nuestra historia, pues fue él y su gobierno el que ayudó al de Felipe González a cerrar la difícil negociación de nuestra adhesión, que Francia estuvo bloqueando (por temas que ahora nos parecerían nimios) durante tres años. Kohl fue, posiblemente, el mejor Canciller que pudimos tener. 

Por eso, por haber configurado la moderna historia de Europa y, con ella la nuestra, y por lo mucho que siempre ayudó a nuestro país, creo que los españoles, a fuer de bien nacidos, deberíamos recordarlo, mandando el pésame a los alemanes y diciendo, in memoriam, sencillamente «Vielen Dank, Kanzler Kohl, für seine Unterstützung und Freundschaft». 

19 de junio de 2017