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jueves, 21 de enero de 2016

Enfermedad venezolana

En economía decimos que un país padece la "enfermedad holandesa" cuando tiene una fuerte dependencia de un sector exportador que genera profundos desequilibrios en la economía. El término se acuñó en los 70 para describir la situación de la economía holandesa a raíz del descubrimiento de gas en sus costas. El boom de las exportaciones del gas llevó a una fuerte apreciación del florín, entonces su moneda, y a un crecimiento de los salarios en los sectores vinculados al gas. Esa apreciación del florín y la subida de salarios en el sector exportador tuvieron como consecuencia una subida generalizada de los salarios, lo que provocó inflación diferencial y pérdida de competitividad. El resultado fue que sectores enteros desaparecieron porque resultaba más barato importar de Alemania o Bélgica que producir en Holanda. El boom de precio del petróleo de 1973 hizo el resto: lo que Holanda ingresaba por petróleo salía hacia el exterior porque cada vez necesitaba importar más. Holanda se curó tras un profundo ajuste salarial, una fuerte flexibilización de su mercado laboral y vincular su moneda al marco alemán. 

Aunque se llame la "enfermedad holandesa", la primera economía que la sufrió,y durante el tiempo más largo, fue la economía española, especialmente la castellana, pues la entrada del oro y la plata americana generó una "enfermedad holandesa" de casi dos siglos. Australia (oro), Sudáfrica (diamantes), Argentina (carne y grano), Noruega (petróleo), Chile (cobre) o Colombia (café y, aunque no lo reconozcan, coca) han sido otros que la han sufrido. Todos los que hicieron una seria política de ajuste y de estabilidad (Australia, Noruega, Chile, Colombia en menor medida) retomaron sus tasas de crecimiento y han desarrollado economías estables, maximizando a largo plazo los beneficios de su excepcional dotación de recursos. Aquellos países que no trataron a tiempo su enfermedad holandesa, países con gobiernos populistas que en vez de invertir los ingresos, subvencionaron las rentas de sus ciudadanos, sin incrementar su competitividad, hicieron crónica su enfermedad hasta el punto de ser países, a pesar de su impresionante dotación de recursos, de renta baja. Argentina es, posiblemente, uno de los casos más llamativos, pues el peronismo cronificó su mal holandés de tal forma que,teniendo allá por la década de los cuarenta una renta per cápita superior a la española en 1,5 veces, hoy es 3 veces inferior. 

Hoy el país que sufre con más virulencia la "enfermedad holandesa" es Venezuela. Venezuela padeció el mal holandés desde que descubrió petróleo, y lo padeció en una variante más peligrosa, pues, al mismo tiempo que generaba profundos desequilibrios macroeconómicos, se generalizó la corrupción y la permanente inestabilidad política. El resultado de décadas de enfermedad fue la Revolución Bolivariana de Hugo Chaves. Con las mayores reservas de petróleo del mundo (casi 300.000 millones de barriles), la política económica bolivariana ha llevado a la institucionalización del mal holandés. Venezuela genera el 50% de su PIB exportando petróleo, pero estos ingresos los reparte directamente en forma de gasto público y subvenciones, lo que ha llevado a que nadie tenga incentivos para producir, máxime cuando tiene una política de precios intervenidos. El resultado es que Venezuela tiene que importar una parte significativa de sus bienes de consumo (desde alimentos hasta papel) e inversión (maquinaria, productos químicos, etc.), lo que supone una cantidad superior a los ingresos de sus exportaciones. Esta política populista genera una inflación del 159% anual, un paro real que sobrepasa el 20% y un déficit público superior al 24%. El problema es que el precio del petróleo ha caído un 70% respecto al precio de hace dos años, lo que implica para los venezolanos una caída de su renta per cápita de más del 37%, sin expectativas de subir, lo que supone una profunda crisis en la economía venezolana. 

Una crisis profunda que durará años, tantos que se acuñará el término económico de "enfermedad venezolana" para una enfermedad holandesa tratada por políticos populistas. 

18 de enero de 2015 

lunes, 4 de enero de 2016

Alternativas

Si hay algo claro tras las elecciones del pasado 20 de diciembre es que no sabemos quién va a ser el próximo presidente del Gobierno o si va a haber nuevas elecciones para marzo. La realidad es que tenemos un Congreso de los Diputados, que es el que decide quién es el presidente, diverso y muy fragmentado, pues, si agrupamos por bloques ideológicos, nos encontramos con un grupo conservador grande (123 escaños), un grupo de centro significativo (40 escaños de CIs), un grupo de centro izquierda importante (90 escaños), un grupo de izquierda significativo (69 escaños más 2 de IU) y el bloque de nacionalismos periféricos de siempre (19 escaños de independentismo radical y 7 moderados). Esta fragmentación aumenta la dificultad para conformar mayorías, pues tanto para elegir al presidente del Gobierno como para aprobar cualquier ley relevante se va a necesitar el acuerdo de al menos tres grupos. Gobernar con este Congreso no va a ser fácil, máxime si tenemos en cuenta que, en el Senado, el Partido Popular tiene la mayoría absoluta. Siendo el grupo parlamentario más grande del Congreso y con mayoría en el Senado, el Partido Popular tiene la llave de la gobernabilidad y de cualquier posible reforma constitucional. 

Sin embargo, el grupo decisivo para decidir la Presidencia del Gobierno o si vamos a nuevas elecciones es el PSOE. 

Es evidente que la primera opción para constituir Gobierno le corresponde a Mariano Rajoy. Con sus 123 diputados no tiene, ni de lejos, posibilidad de ser investido presidente si no tiene el apoyo o la abstención de Ciudadanos y la abstención del PSOE (un apoyo del PSOE es impensable). En estas condiciones sus 123 diputados son suficientes para contrarrestar los 97 noes de los restantes grupos. Si el PSOE estuviera de acuerdo en abstenerse, lo lógico es que Ciudadanos apoye al PP porque nada gana con quedarse en el limbo de la abstención y un voto positivo le permitiría influir en la elaboración de algunas leyes. Un Gobierno del PP con el apoyo de Ciudadanos (163 diputados) tendría una legitimidad suficiente, pues contaría con el respaldo de casi 11 millones de votos (el 42,65% de los votantes), similar a los que tuvo el PP en la anterior legislatura. 

La segunda opción de Gobierno es Pedro Sánchez. El problema es que para que sea presidente necesitaría sus 90 diputados y los 69 de Podemos y sus aliados (En Comú, Compromís y Mareas). Además, necesitaría que Ciudadanos o el PP no voten en contra (algo impensable si el PSOE votó en contra de Rajoy) y, en caso contrario, que bien el PNV o Convergencia (ahora llamada Democràcia y Llibertat) o Esquerra voten a favor. También este Gobierno tendría legitimidad suficiente, pues representa a 10,5 millones de votos (el 42,25% de los votantes). 

La tercera opción es una nueva convocatoria de elecciones. 

El PSOE tiene, pues, tres opciones. Primera, permitir que Mariano Rajoy (o Soraya Sáez de Santamaría) sea presidente del Gobierno con su abstención a cambio, por ejemplo, de una reforma pactada (con o sin Ciudadanos) de algunas leyes importantes (Educación, Estatuto de los Trabajadores, Financiación autonómica, etcétera), el estudio de una reforma limitada de la Constitución y una oposición suave en Andalucía. Segunda, pactar con Pablo Iglesias y sus aliados, igual que en comunidades autónomas y ayuntamientos, a cambio de una imposible reforma constitucional (artículo 167 de la Constitución) y de una dificilísima gobernabilidad, porque necesitaría a los independentistas. Tercera, dejar pasar los dos meses sin acuerdo y que se convoquen nuevas elecciones, sin garantías de mejores resultados. El problema es que ninguna opción es buena para Pedro Sánchez porque o bien no es presidente del Gobierno (y nunca lo sería porque lo defenestrarían en el próximo Congreso por sus pésimos resultados), o lo es, a cambio de destrozar al PSOE, porque perdería votos de centro frente a Ciudadanos y de izquierda frente a Podemos. Y esto sin meter en la ecuación a Cataluña. 

4 de enero de 2016