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lunes, 12 de febrero de 2018

Groko (con permiso de los militantes)

Como es conocido, en Alemania se celebraron elecciones generales el pasado septiembre. Unas elecciones en las que ganó la CDU/CSU de la señora Merkel con el 33% de los votos, seguida por el SPD (socialistas) con el 20,5%, la AfD (extrema derecha) con el 12,6%, los Liberales con el 10,7%, la Izquierda con el 9,2% y los Verdes con casi un 9%. Ante estos resultados, con una ligera caída de apoyo para la señora Merkel (-1%), un fuerte varapalo para el SPD (-5%) y la aparición parlamentaria de la extrema derecha, solo había tres alternativas posibles: un gobierno de coalición amplia (CDU/CSU más los Liberales más los Verdes) que se bautizó con el nombre de Jamaika-Koalition (por los colores de los distintos partidos iguales a los de la bandera del país del Caribe); la reedición de la Grosse Koalition (GroKo) entre los dos partidos más votados, conservadores de Merkel más socialistas de Martin Schulz; y, finalmente, nuevas elecciones. 

Teniendo en cuenta estos resultados, la iniciativa correspondía a la señora Merkel, que, en principio, prefería la opción de una gran coalición. Sin embargo, el hecho de perder casi el 20% de sus votos y que posiblemente este sea el último mandato de la cancillera (en alemán existe el femenino de canciller) porque sería su cuarto gobierno, hizo que el SPD de Martin Schulz se negara a reeditar el gobierno. Como, por otra parte, para la CDU era importante intentar un acuerdo, ya que en Alemania no está bien visto no negociar (kompromiss es una palabra importante en su cultura política), se iniciaron conversaciones para un gobierno con los Liberales y los Verdes. Negociaciones que fracasaron en el 20 de noviembre con un desplante de los liberales. En ese momento, pues, solo quedaba la opción de una nueva Gran Coalición o elecciones. Pero el panorama se había movido, porque una repetición de las elecciones le podría dar más votos a la señora Merkel (a costa de los liberales) y no era seguro que mejorara a los socialistas. Por eso, ante las presiones del presidente federal Steinmeier, y por un sentido de Estado típicamente alemán, Schulz se avino a negociar una nueva coalición. 

El resultado es un acuerdo de 179 páginas titulado Un nuevo inicio para Europa; una nueva dinámica para Alemania; una nueva cohesión para nuestra tierra (www.cdu.de o www.spd.de), en el que, a lo largo de 14 capítulos, se desgrana un buen programa de gobierno sobre los tres ejes del título. Del texto se deducen algunas de las constantes de la política alemana de los últimos cincuenta años: Europa como solución y conjuro de sus demonios interiores; una economía liberal y competitiva en un Estado social financieramente responsable; una genuina preocupación por la cohesión social y las políticas sociales. Con una estructura lógica muy alemana y con temas de los que en España ni se habla (familia o infancia), mi único pero al acuerdo, además de algunas inconcreciones, es la ambigüedad sobre temas de medio ambiente. 

A este acuerdo solo falta ponerle nombres, pues también en la negociación de las carteras ha estado muy hábil la señora Merkel, ya que la cesión de la cartera de Hacienda, además de la de Asuntos Exteriores (y la tradicional de Trabajo) a los socialistas obligará a estos a correr con el coste político de sus promesas europeístas. El socio pequeño, la conservadora CSU, se lleva Inmigración, conteniendo a AfD y posibilitando una nueva victoria en Baviera. 

El único problema es que los socialistas tienen que consultar a sus militantes. Unos militantes que son más radicales que sus dirigentes y entre los que hay una fuerte división. Por eso, hasta el día 4 de marzo no sabremos si tendremos gobierno en Europa (perdón, en Alemania) o se abre un nuevo periodo de incertidumbre. Una incertidumbre para unos 450 millones de europeos que nos generan 460.000 militantes del SPD. 

12 de febrero de 2018

lunes, 19 de junio de 2017

Kanzler Kohl, Vielen Dank

La semana pasada murió el canciller Helmut Kohl. Supongo que, para una mayoría de los españoles, la que siempre vivió en democracia y la que no recuerda a España fuera de Europa, era un casi perfecto desconocido. Sin embargo, para aquellos que pertenecemos a la generación de la Transición, esos que estrenábamos ciudadanía hace cuarenta años, Kohl es uno de esos referentes imprescindibles. Un referente en un grupo de personalidades fundamentales que hicieron mucho por configurar el conjunto de instituciones políticas, sociales y económicas de las que ahora disfrutamos en España y en Europa. Un grupo de personalidades (el Rey Juan Carlos, Suárez, F. González, Schmidt, Mitterrand, Delors, Craxi, etc.) entre las que siempre destacó el doctor Kohl. 

De pensamiento social cristiano, lo que en España habría que traducir por un centrismo pragmático, Kohl será recordado en Alemania y Europa por dos hechos esenciales que no nacieron de su ideología, sino de su forma de interpretar la historia (especialidad en la que se había doctorado en Heidelberg). Dos hechos íntimamente unidos que certificaban el final del siglo de guerras europeas que llamamos mundiales: la reunificación alemana y la construcción de la Unión Europea. 

Recién llegado al poder, en octubre de 1982, Kohl supo ver que la construcción europea necesitaba un nuevo impulso, pues había salido muy dañada de la forma en la que los grandes países habían enfocado la crisis de finales de los setenta, especialmente por las devaluaciones competitivas y las políticas económicas ultranacionalistas. Fue el primer líder europeo en darse cuenta de que había que avanzar en una integración más profunda, al mismo tiempo que había que ampliar el número de socios como una forma, no sólo de mejorar el crecimiento económico de todos, sino de afianzamiento de un bloque que superara la dependencia de los Estados Unidos. Supo convencer al presidente Mitterrand, socialista y nacionalista francés, de la bondad de un nuevo tratado de la Unión y de la necesidad de las ampliaciones. El Acta Única Europea de 1986, que daría lugar al Tratado de la Unión Europea de Maastricht de 1992, sería el primer paso hacia la Unión Europea del euro, de la ciudadanía europea, de la libre circulación de personas, etcétera que hoy conocemos. En paralelo a esta política europea, Kohl mantuvo la estrategia alemana de la Östpolitik, es decir, el acercamiento al Este, especialmente a la otra Alemania, como una forma esencial de ir superando las cicatrices de una guerra, la Mundial, que él había vivido en su adolescencia. Kohl siempre estuvo atento a lo que pasaba en el otro bloque y supo ver las señales de desmoronamiento que se iniciaron con Mijail Gorbachov en 1985. Un desmoronamiento en el que encontró la oportunidad de reunificar Alemania en una operación sencillamente audaz. Con el apoyo del Presidente Bush (padre) y de sus socios europeos (González, entre ellos), logró sortear la oposición de la Primera Ministra Thatcher y del presidente Miterrand, y, hacer en menos de un año, una unificación que se inició con la caída del Muro en noviembre de 1989 y culminó con el tratado del 3 de octubre de 1990 por el que desaparecía la RDA. 

Sólo por su contribución a la construcción europea y el éxito de la reunificación, el Canciller Kohl merece un sitio en la historia. Como merece un sitio en nuestra historia, pues fue él y su gobierno el que ayudó al de Felipe González a cerrar la difícil negociación de nuestra adhesión, que Francia estuvo bloqueando (por temas que ahora nos parecerían nimios) durante tres años. Kohl fue, posiblemente, el mejor Canciller que pudimos tener. 

Por eso, por haber configurado la moderna historia de Europa y, con ella la nuestra, y por lo mucho que siempre ayudó a nuestro país, creo que los españoles, a fuer de bien nacidos, deberíamos recordarlo, mandando el pésame a los alemanes y diciendo, in memoriam, sencillamente «Vielen Dank, Kanzler Kohl, für seine Unterstützung und Freundschaft». 

19 de junio de 2017 

lunes, 7 de agosto de 2006

La diversidad española

Este último mes de julio he estado dando un curso sobre comunidades autónomas en una universidad alemana. Un curso en el que los alumnos, además de estudiar los fundamentos jurídicos y políticos de nuestro Estado de las Autonomías, han de estudiar su diversidad geográfica, económica y política. Un curso éste que solo es posible en las flexibles universidades centroeuropeas y es impensable en las nuestras. 

En una de las últimas sesiones, uno de los alumnos, Sebastian Jacobs, me hizo una pregunta que me ha suscitado no pocas reflexiones en los últimos días. ¿Diría usted, me preguntó, que España es más diversa que Alemania? Porque para los nativos de un país es un hecho que el suyo les parece más diverso. Y eso es lógico porque conocemos mejor aquello que podemos distinguir más nítidamente. De ahí que conocer bien un país, especialmente si es tan rico culturalmente como cualquiera de los dos que consideramos, implique hacerse una idea de sus diferentes partes, de las diferencias entre las distintas comunidades que lo pueblan. 

Mi primera respuesta ante una pregunta tan elaborada fue un "no lo sé". Y es que, en primer lugar, para poder hacer una comparación intersubjetivamente convincente es necesario conocer con similar profundidad las dos culturas que comparamos, y yo, a pesar de mis diez años de cursos en Alemania, conozco mejor la cultura española. Y, en segundo lugar, para poder decir que dos cosas son diferentes tendríamos que ponernos respecto a qué términos hacemos la comparación. Porque es evidente que geográficamente, en cuanto al medio físico, hay una mayor diversidad en España que en Alemania, por la sencilla razón de que hay una mayor diferencia entre la España verde del País Vasco y la España desértica de Almería o Lanzarote o porque eso que llamamos España tiene una parte de su territorio en África. Y lo mismo ocurre en aspectos culturales porque, a pesar de los dialectos alemanes (hay una inmensa diferencia entre el bávaro y el alemán estándar), ellos no tienen lenguas tan dispares como el euskera y el castellano. En lo que no estoy seguro es de que los españoles seamos, en nuestro comportamiento y en nuestro pensamiento, tan diversos como ellos, porque los españoles tenemos, en realidad, muchos rasgos comunes que nos homogenizan. 

Pero al margen de esto, Alemania, a pesar de toda esa diversidad que sorprende al que la disfruta y vive, a pesar de las diferencias entre los Alpes y los canales de Hamburgo, entre el padre Rhin y "la" Danubio, entre el rico Oeste y el pobre Este, entre la católica y conservadora sociedad rural de la Baviera y la urbana y protestante de Berlín, entre los obreros industriales del Ruhr y los ejecutivos de Frankfort o entre las fiestas de cerveza en el sur y las del vino en el oeste, a pesar de todo Alemania es menos diversa que España porque los alemanes, desde antes de que se unificara en 1870, subrayan lo que les une, tienen instituciones (por ejemplo las universidades) y hacen proyectos de cooperación que les hacen conocerse y trabajar juntos, sin que nadie renuncie a su idiosincrasia. Y eso que una parte importante de la historia alemana fue una historia de guerras entre ellos. Por el contrario, los españoles llevamos años, especialmente en los últimos, subrayando lo que nos separa, construyendo instituciones exclusivistas y redundantes, compitiendo en el exterior unos con otros, mostrándonos profundamente insolidarios. Y eso que nosotros tenemos una larga historia de éxitos comunes y de sufrimientos comunes y hace mucho tiempo que no ha habido una guerra entre territorios en España. 

No sé, realmente, cuál de los dos países es más diverso hoy, pero sí sé cual de los dos será más diverso en una generación. Y es que, así que pasen veinte años, España será tan diversa que posiblemente esa diversidad, conscientemente subrayada, tendrá un resultado que no deseamos: que no tengamos sujeto que comparar con Alemania. 

7 de agosto de 2006 

martes, 3 de diciembre de 2002

Alemania, Europa

La economía alemana muestra, desde hace casi una década, unos síntomas que han de preocuparnos a todos los europeos. Y es que la economía alemana es, para bien y para mal, el corazón de la economía europea. Alemania es una gran potencia económica. De hecho, y atendiendo a su Producto Interior Bruto, es la quinta economía del planeta tras Estados Unidos, China, Japón e India. Pero es la tercera de las economías desarrolladas y la primera de Europa. Alemania es el 4,5% del total de lo que se produce en el mundo, siendo sólo el 1,4% de la población mundial. Más aún, y eso la hace única entre las grandes economías, su participación en el comercio mundial es del 8,7%. Alemania es, en proporción, la mayor potencia comercial del mundo, especialmente de bienes industriales. 

Dentro de la Unión Europea, la economía alemana es el centro de nuestra economía. Y ello porque es el 23% del PIB de la Unión, algo más del 25% del comercio comunitario y algo menos del 23% de la población. Dicho de otra forma, Alemania es alrededor de la cuarta parte de la segunda mayor economía del planeta, la de la Unión Europea. Y lo que no es menos relevante, soporta algo más del 23% de la financiación comunitaria recibiendo sólo el 13% del gasto comunitario, lo que la convierte, de lejos, y más que proporcionalmente entre las grandes economías, en el socio más generoso de la Unión: su aportación neta a la Unión fue, en el 2000, de 9.273 millones de Euros (algo más de un billón y medio de pesetas), mientras que la del Reino Unido (una economía sólo un 30% inferior a la alemana) fue de 3.775 millones y Francia no llegó, a pesar de su retórica europeísta, a los 1.500 millones, recibiendo España de estas aportaciones de sus socios algo más de 5.000 millones (casi un billón de pesetas). 

Por esta potencia, por esta centralidad, que se ve reforzada si tenemos en cuenta su capacidad tecnológica, sus relaciones con Europa del Este y Rusia y sus inversiones en Latinoamérica, África y Extremo Oriente, lo que ocurre en Alemania nos afecta a todos. De ahí que su crisis económica, como así la ha calificado su prensa, ha de ser objeto de reflexión y comprensión por parte de Europa. 

¿Qué le pasa a la economía alemana? Fundamentalmente sólo una cosa: Alemania está pagando la valiente decisión política de la Reunificación. La reunificación alemana, realizada hace casi una década, está suponiendo, para la economía alemana del Oeste, una pesada carga toda vez que ha habido que desmantelar, por obsoleta y poco competitiva, la economía de la Alemania del Este, de 18 millones de personas, al tiempo que, para hacer posible esta unificación, había que mantener los niveles de bienestar de esta colectividad. Esto ha supuesto una importante destrucción de activos y una ingente transferencia de recursos. Recursos que sólo se han podido transferir a costa de perder crecimiento económico en el conjunto. Dicho de otra forma, Alemania no ha crecido en los noventa porque, en no pocos sectores, ha habido que invertir al tiempo que se desinvertía. La Reunificación política ha llevado aparejada, pues, una importante Reestructuración. Una Reestructuración económica que, y es lo malo, está incompleta. 

¿Qué soluciones tiene la economía alemana? En primer lugar, dos medidas macroeconómicas esenciales y de manual de política keynesiana en las que podemos ayudar todos: bajar los tipos de interés y permitirles un cierto déficit público. Y, en segundo lugar, y es labor suya, flexibilizar sus mercados, especialmente de factores. 

Es cierto que fue Alemania la que impuso las rigideces del Banco Central Europeo y del Pacto de Estabilidad. Pero hacerle pagar su arrogancia pasada, especialmente en lo referente al déficit público, es una actitud que nos perjudica a todos, y más a economías que como la española que depende tanto de Alemania y que, si ha crecido y crece por encima de ella, se debe en gran medida a que ellos nos aportan ese punto de PIB que tan ufanamente exhibe nuestro gobierno como crecimiento diferencial. Ayudar a Alemania es, pues, una decisión inteligente: les beneficia a ellos y nos beneficiamos todos. Lo demás es simple arrogancia.