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lunes, 4 de junio de 2018

Elecciones, por favor

Aunque sea recurrible, la sentencia del caso Gürtel no deja lugar a dudas: el Partido Popular se financió ilegalmente con prácticas corruptas; bastantes y muy relevantes personas se enriquecieron ilícitamente; y otras, especialmente los que tuvieron cargos en el partido, entre ellos el anterior presidente, el señor Aznar, y el actual presidente del partido, Mariano Rajoy, o lo consintieron o, en el mejor de los casos, no establecieron los mecanismos de control, como era su obligación, para que no ocurriera. Como, además, todo esto se ha investigado y conocido mientras el PP ha estado en el Gobierno, su política de negación, inacción, obstrucción e intoxicación, lejos de minimizar los efectos de esta corrupción, los amplifica. En definitiva, el PP se ha demostrado un partido que no es digno de confianza (y lo siento por los cuadros y afiliados que sí lo son), como no lo es el señor Rajoy, ni la mayoría de los cuadros del partido en la dirección nacional. Además, no han mostrado la diligencia debida para poner en conocimiento de la opinión pública lo ocurrido, pues, ni han hecho un informe de auditoría transparente, ni han aportado datos en la Comisión parlamentaria, ni han colaborado con la Justicia (y el caso de los discos duros es llamativo). Tampoco han mostrado arrepentimiento, ni repugnancia, ni la eficacia exigible para reconocer los hechos, repudiarlos y atajarlos, por lo que, en conclusión, no eran dignos de seguir gobernando. Más aún, no eran dignos de seguir gobernando porque ni siquiera son conscientes, a tenor de sus declaraciones (algunas de malos leguleyos como las de la secretaria general, la señora Cospedal) de lo que significa la sentencia. 

Una sentencia así, en cualquier democracia saludable (si es que queda alguna), que establece la corrupción del partido del Gobierno e involucra al presidente del partido y del Gobierno, hubiera tenido, como primera consecuencia, una declaración pública de explicaciones, y, a continuación, una dimisión inmediata. Una dimisión inmediata y convocatoria de elecciones, pues las elecciones sirven esencialmente para saber en quién deposita la ciudadanía su confianza. Sin embargo, el señor Rajoy, en un acto reflejo, se enrocó. Lo que ha aprovechado un oportunista como Pedro Sánchez para ser presidente. 

La legitimidad del señor Sánchez para ser presidente es indudable, pues ha tenido la mayoría de la Cámara, pero eso no es lo mismo que tener la confianza de una mayoría de los ciudadanos. El señor Sánchez no ha sido investido presidente del Gobierno porque haya concitado el apoyo de una mayoría, sino porque, en el sistema de moción de censura (lo de constructiva habría que verlo) el presidente Rajoy ha concitado más oposición. Estar en contra de algo solo implica apoyar lo contrario si no hay nada más que una alternativa. Es evidente que el señor Sánchez presentó su moción con un claro cálculo electoral: gana la visibilidad que no tiene por no ser líder de la oposición (y que le estaba arrebatando el señor Rivera) y tiene la posibilidad de llevar iniciativas que refuercen su discurso, al tiempo que refuerza el apoyo dentro de su propio partido, pues nada une más que el poder. Más aún, en caso de que perdiera las próximas elecciones, la posibilidad de tener mejor resultado que en las anteriores y no verse superado por Podemos le garantiza la continuidad en la Secretaría General del PSOE. El señor Sánchez tiene ahora oportunidades personales que hace un mes las encuestas no le daban. Por eso es presidente del Gobierno. 

Pero es un presidente que no fue el más votado en las urnas. Un presidente que tuvo el 22,6% de los votos y que cuenta con solo 85 diputados. Por eso, en cualquier democracia decente (si es que queda alguna), el presidente Sánchez se sometería al veredicto de las elecciones de tal forma que la ciudadanía pueda darle su confianza. Necesitamos, pues, elecciones cuanto antes. Llegar a ser una democracia decente lo reclama, por favor.

4 de junio de 2018

lunes, 25 de septiembre de 2017

Mesura

La situación en Cataluña, con algunos matices relevantes que la diferencian, ya la hemos vivido en España. Porque, los que ya tenemos algunos años, vivimos un desafío independentista más grave que el catalán en el independentismo vasco. Y digo más grave porque el vasco tuvo un trasfondo de violencia terrorista que hoy no se da, una historia mucho más larga, y porque teníamos instituciones democráticas mucho menos asentadas, pues estábamos iniciando la democracia y no pertenecíamos a Europa. Incluso contó con apoyo internacional, pues Francia los amparó durante años y muchos partidos socialdemócratas los justificaron. Hoy, en Cataluña, se viven manifestaciones y tomas de edificios, ataques a la Guardia Civil, pintadas y amenazas a los discrepantes, una profunda fractura social, presión mediática, escraches, etc. Algo parecido a lo que se vivió en el País Vasco durante años de una forma mucho más opresiva, pues allí, además de todo esto, había entierros cada mes, gente que iba con escolta y 150.000 que se exiliaron. 

El fondo político que ha generado ambas situaciones es el mismo: la aspiración de una izquierda antisistema radical independentista, que en el País Vasco se llamó Herri Batasuna y en Cataluña se llama la CUP, en alianza circunstancial (táctica) con los partidos burgueses en el gobierno autonómico (el PNV en el País Vasco y CiU/PDCat en Cataluña), de conseguir una independencia que, para los primeros lleve a un nuevo orden social (revolucionario) y, para los segundos, suponga el mantenimiento de su hegemonía regional. Por lo demás, lo que cambian son las formas: en el País Vasco, violentas y encapuchadas; en Cataluña, insurreccionales y revolucionarias, homenaje romántico a un año 17. El problema que estamos viviendo es, si no exactamente el mismo, pues el tamaño importa, muy parecido. 

Un problema que debemos tratar con la misma medicina que se trató el otro: unidad en defensa de la Constitución, aplicación del Estado de Derecho y…mesura. 

Creo que acierta Rajoy cuando mantiene informados a Pedro Sánchez y a Albert Rivera de los pasos que da y en las explicaciones que dio el pasado día 20 en el Congreso. Como acierta en buscar la proporcionalidad ante los desafíos. Y, con él, aciertan Pedro Sánchez y Albert Rivera en no mostrar fisuras ante la cadena de despropósitos en Cataluña. 

Creo que acierta el Gobierno cuando se ampara en la Constitución y las leyes y cuando va a remolque del Poder Judicial, pues la acción de un gobierno democrático debe ser reglada y, en el uso de la fuerza coactiva, tutelada por los jueces, precisamente para garantizar los derechos de la ciudadanía. Creo que acierta Rajoy cuando defiende el Estado de Derecho como esencia de la democracia y no presta legitimidad a las manifestaciones, sino a las instituciones. Yerran, en mi opinión, los que creen que, en democracia, las leyes no emanan de la política, como si lo legal y lo político fueran dos esferas diferentes, cuando es precisamente esa la esencia de la democracia: la política la hace la ciudadanía y la convierte en ley, según procedimientos que garantizan la igualdad. 

Creo que acierta Rajoy en tratar el problema catalán dentro de nuestras fronteras. Como creo que acierta en el control de las cuentas de la Generalitat, pues su liquidez viene de la emisión de deuda soberana del Reino de España y es el conjunto de España el que garantiza las deudas de la Generalitat. Y creo que acierta con la mesura con la que está actuando. Creo que, hoy, en el tema de Cataluña, acierta Rajoy. Lo que no quiere decir que haya acertado siempre, pues desde las formas en las que se recurrió al Constitucional en el tema del Estatut, pasando por la actuación de algunos ministros en la anterior legislatura (Fernández Díaz, Wert, Margallo), hasta la elección del candidato a la Generalitat, los errores han sido muchos. Pero el hecho es que hoy, en mi opinión al menos, acierta. 

Ojalá acierte, también, en los próximos meses. 

25 de septiembre de 2017 

lunes, 15 de febrero de 2016

Un juego interesante

He de confesar que estos días veo la política española como si fuera un deporte o un espectáculo y no como la cosa seria que debiera ver. No sé si lo hago así para no deplorar la escasa preparación de los líderes que tenemos o para no criticar la superficialidad de las propuestas (ahórrense el programa que ha presentado el PSOE y las transparencias de los cinco puntos del PP). El hecho es que, en mi opinión, estamos en el primer tiempo de un partido o si lo prefieren en el primer acto de una obra, que continuará tras la formación o no de gobierno, y en el que estaremos inmersos por unos años. 

Creo que Rajoy se ha equivocado al dejar la iniciativa a Sánchez. 

Creo que las razones de este error tienen que ver con su cansancio, su carácter y su estrategia. 

Rajoy está desgastado, cansado y dolido. Como él, además, es un líder lento y poco creativo no ha reaccionado en absoluto, lo que ha paralizado al Gobierno y a su partido. Su estrategia, por otra parte, se ha basado en la idea de que una repetición de las elecciones podría mejorar sus resultados, al tiempo que Podemos superaría al PSOE, lo que le facilitaría a él formar un gobierno anti-Podemos. Una estrategia que ya no puede funcionar por los casos de corrupción que están aflorando. Ante esto, si no quiere abocar a su partido a un desastre, tendría que esperar que Sánchez formara gobierno, presentar su dimisión y convocar un congreso del PP para hacer una profunda regeneración de su partido preparándolo para el largo juego que se avecina. El problema para el PP es que Rajoy no va a hacer nada de eso, pues su discurso es del que "resiste gana", no cree que Rivera le pueda superar y aún confía en que al PSOE le salgan tantos casos de corrupción como los suyos. Desde mi punto de vista, Rajoy y su estrategia de "paso a paso" son el problema del PP. 

Sánchez, por el contrario y a pesar de su debilidad, está jugando razonablemente bien. Su única opción de mantener el liderazgo del PSOE y no tener que aceptar su desastre electoral es ser investido. Si lo lograra sería confirmado como secretario general y sería el candidato en las próximas elecciones. Sánchez está buscando el reconocimiento como líder del PSOE fuera del partido, pues sólo así puede lograrlo dentro. Y para ello está desplegando una estrategia de "profecía autocumplida", comportándose como un presidente de gobierno al que sólo le falta la investidura. 

Pero Sánchez no lo tiene fácil. El PP votará en su contra, mientras Ciudadanos está haciendo todo lo posible para que sea investido, pues, a pesar de que Rivera es un líder en alza y podría arañar votos del PP, necesita tiempo para articular el partido, y Podemos sigue con su ofensiva ofensiva. 

No sé si Pedro Sánchez y sus militantes están dispuestos a compartir gobierno con Pablo Iglesias (lo que, en mi opinión, los desangraría por el centro frente a Ciudadanos y no ganarían nada a su izquierda), pero en el caso de que no sea así y Podemos se quedara fuera del Gobierno, Iglesias tiene dos opciones interesantes: votar a favor del "gobierno de cambio" en el último minuto pactando un paquete de leyes sociales para vender como un éxito el que no estén dentro (paquete que Ciudadanos tendría que tragar para no desdecirse de lo que haya hablado con el PSOE), o, abstenerse, y lanzar un aviso al PSOE de su propia debilidad, pues cualquier gobierno del PSOE con 90 diputados, siempre estará a merced de Podemos. 

Logre o no Pedro Sánchez ganar este set formando gobierno, lo que me parece es que vamos a estar inmersos en un juego permanente, que llenará horas de televisión. Lo que nadie puede garantizar es que vaya a ser medianamente interesante o útil.

15 de febrero de 2016
 

lunes, 1 de febrero de 2016

Intereses

Mientras uno enarbola los "intereses de España", y otro interpreta que los votantes, y no sólo los suyos, quieren "un gobierno de cambio", lo que realmente está pasando es que los líderes políticos están defendiendo su propio interés. 

Mariano Rajoy sabe que ha perdido las elecciones. Con casi 3,6 millones de votos menos que en 2011, una bajada de 15,9 puntosy una pérdida de 63 escaños, tendría que haber presentado su dimisión. Su único atisbo de esperanza para seguir al frente del PP es que, al ser el partido más votado, y si el PSOE aceptara abstenerse "por responsabilidad", taparía su derrota logrando la Moncloa. Como sabe que Sánchez no va a abstenerse, Rajoy está dispuesto a aceptar nuevas elecciones con la esperanza de movilizar votos a su derecha, arañar voto útil a Ciudadanos y que Podemos termine de socavar al PSOE. Por el contrario, si finalmente el PSOE lograra formar gobierno, Rajoy tendría que aceptar su derrota y presentar su dimisión. Si a Mariano Rajoy le hubiera preocupado el interés de España podría haber intentado un acuerdo con Ciudadanos y el PSOE en que se diseñara un conjunto de pactos y hubiera dejado que otra persona liderara ese hipotético gobierno como prueba de voluntad de acuerdo. 

Pedro Sánchez también tendría que haber presentado su dimisión la noche electoral. Con 1,5 millones de votos menos que Rubalcaba en 2011 (¡5,7! millones menos que Zapatero en 2008) y el peor resultado de la historia del PSOE no hay país democrático en el que el líder de la oposición no hubiera presentado su dimisión. Igual que para Rajoy, su única esperanza de mantenerse en la Secretaría General de PSOE es formar gobierno. No tiene ni siquiera la posibilidad de una segunda vuelta porque Podemos le arañaría votos, no le ganaría ninguno a Ciudadanos y no tiene bolsas de abstencionistas. Pedro Sánchez o es presidente ahora o no lo será nunca, puesto que si fracasa a la hora de formar gobierno tendría que reconocer su profunda derrota. Por eso no va a facilitar la investidura de Mariano Rajoy y luchará contra una repetición de las elecciones. A Pedro Sánchez no le preocupa ni su propio partido, pues sabe que para que él sea presidente del Gobierno ha de sacrificar al PSOE ante Podemos. Si el PSOE pacta con Podemos, Pedro Sánchez será presidente de gobierno, pero probablemente el precio será la división del PSOE, pues Pablo Iglesias es un animal político cuyo objetivo confeso es la hegemonía de la izquierda dinamitando al PSOE. Para curarse en salud por si esto ocurriera (y hay precedentes como el Tripartito del PSC con ERC en Cataluña, Cantabria, Madrid, etc.) es por lo que va a acudir a la "militancia", para que no ser él el que cargue con la responsabilidad de unos pactos con Podemos. Lo que no parece darse cuenta es que con este movimiento lo que logra es lo que quería evitar: manifestar claramente la división del PSOE a la que Iglesias siempre hace referencia. Y si no que se lo pregunten a la CUP. 

Pablo Iglesias sigue fiel a sus lecturas leninistas: apoyarse en la socialdemocracia para dividirla y llegar al poder. Lo importante para él es el poder. Lo que puede hacerse con el poder no es, para él, importante, pues para Iglesias el cambio es la forma de perpetuarse en el poder. Por eso, cambia de propuestas sobre la marcha y plantea un reparto de sillones antes que políticas. Por eso llegará a un acuerdo con un Sánchez que necesita llegar a un acuerdo a cualquier precio. 

No sé lo que va a pasar finalmente, ni cuál de los dos perdedores se hará con el Gobierno, aunque supongo que será Sánchez, con la abstención de los independentistas, lo que sí sé es que tendremos un presidente de gobierno perdedor que no ha mirado más allá de sus personales intereses. Lo demás sólo será retórica. Como casi siempre.

1 de febrero de 2016