Páginas

Mostrando entradas con la etiqueta Inflación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Inflación. Mostrar todas las entradas

lunes, 7 de abril de 2014

¿Deflación? No, gracias

Dentro del conjunto de variables que describen el funcionamiento de una economía hay unas un tanto especiales que llamamos equilibrios. Estas variables son, fundamentalmente, cuatro: las variaciones de los indicadores de precios, la tasa de paro, el saldo presupuestario y la posición financiera de las administraciones públicas. La particularidad de estas variables, frente a las de actividad (PIB, saldo exterior, etc.), es que decimos que van bien cuando sus valores están cercanos a cero. 

Así, lo ideal es que las variaciones de los precios estén entre el -1 y el +2, porque eso supondría que son estables en el tiempo; como lo ideal sería que la tasa de paro fuera cero, porque supondría que todo el mundo trabaja; como lo ideal es que el saldo presupuestario y la posición financiera fueran cercanas al cero, porque eso supondría que los impuestos son suficientes para cubrir los gastos públicos. Una economía tiene problemas cuando estas variables se alejan mucho del cero. 

En el frente de los precios, lo ideal es que los precios no suban más de un 1,5 o 2% anualmente y, desde luego, que no bajen de un 1%. Si los precios suben más del 2% decimos que tenemos inflación, y eso es malo porque la inflación distribuye renta entre aquellos sectores que pueden repercutirla (monopolios, sectores protegidos) y aquellos que no (trabajadores, pensionistas, etc.), y porque, en comparación internacional, todo diferencial de inflación lleva a pérdida de competitividad y a paro. Las grandes inflaciones latinoamericanas de los ochenta son una de las causas de las desigualdades en estos países, como parte de nuestro paro actual se debe al diferencial de inflación que tuvimos frente a nuestros competidores en el periodo del boom económico. La inflación es una enfermedad relativamente corriente, pero hoy, con los niveles de globalización y los instrumentos monetarios de los que dispone cualquier banco central, no es difícil de mantenerla controlada. En este siglo XXI, por ejemplo, ningún país desarrollado ha vivido inflaciones superiores al 6%, como no ha habido, en todo el mundo y en este siglo, nada más que siete economías que hayan tenido inflaciones superiores al 15%, entre ellas Venezuela y Argentina actualmente. 

La deflación, por el contrario, o sea, la caída generalizada de los precios de los bienes y servicios, es, frente a lo que pudiera parecer, una enfermedad grave, rara y peligrosa: grave, porque una caída de los precios lleva a una pérdida de ingresos de las empresas, lo que supondría una caída de su actividad y pérdida de puestos de trabajo; rara, porque en todo el siglo XX solo la vivieron las economías desarrolladas al inicio de la década de los treinta y fue lo que provocó la Gran Depresión; y Japón en los primeros noventa y le llevó a su largo estancamiento; y, finalmente, peligrosa, porque en economías abiertas no es posible atajarla con medidas estándar y lleva a una pérdida de confianza que suele tardar en curarse. 

Una inflación se cura con tipos de interés altos, que reducen el flujo monetario, y control de costes mediante flexibilidad en el mercado de trabajo, competencia en los de bienes y servicios, apertura exterior y desregulaciones. Una deflación, aunque es el fenómeno contrario, no se cura con las medidas inversas porque los tipos de interés no pueden ser negativos (¿alguien prestaría para recibir menos dinero en el futuro?), es absurdo solidificar los mercados e imposible cerrar las economías. Una deflación solo tiene una cura y es una "inyección directa" de dinero en la economía. 

Por eso, hace bien el Banco Central Europeo es estar "unánimemente preparado" (es decir, Alemania no se opone) para tomar medidas "no convencionales" (o sea, a darle a la máquina del dinero) si la economía europea entrara en peligro de deflación. Y hace bien porque una deflación sí que haría de esta crisis una crisis europea y no solo de los países del Sur. 

7 de abril de 2014 


lunes, 4 de noviembre de 2013

Una buena noticia, adelantada

Estamos tan ávidos de buenas noticias económicas que, cuando hay el más ligero indicio, el Gobierno se apresura a publicarla, los medios en jalearla y la opinión pública en celebrarla. 

La semana pasada, el Instituto Nacional de Estadística (INE), como es habitual, publicó el Indice de Precios al Consumo (IPC) "adelantado" del mes de octubre. Es un indicador interesante que se calcula a partir de una muestra de la muestra de bienes y servicios del IPC normal, y es "adelantado" porque se publica sin que se haya terminado el mes. El dato normal de IPC de octubre, que suele coincidir con el "adelantado", se conocerá el día 13 de noviembre según el calendario del INE. Es un típico indicador para analistas porque se publica tres semanas antes y permite tomar decisiones, sobre todo, en los mercados financieros. Lo curioso del caso es que no se le suele prestar atención periodística y esta vez, en plena campaña propagandística de la "recuperación" se ha publicitado como si fuera el definitivo. 

Y el dato publicado es objetivamente bueno. Si se confirma, el dato de que, en tasa interanual, los precios se han estabilizado, pues eso es lo que significa una caída de octubre a octubre del -0,1%, es una buena noticia. Buena noticia porque significa que las rentas (salarios, pensiones, prestaciones) no se están viendo erosionadas por la inflación. Buena noticia porque no se produce deslizamiento impositivo en el IRPF. Buena noticia porque, dado que la inflación en Europa es unas décimas superior, estamos ganando competitividad. Buena noticia porque supone una base para la bajada de los tipos de interés. Buena noticia, en definitiva, porque es un equilibrio fundamental que hay que tener siempre controlado. 

Las causas de esta buena noticia son, en mi opinión, cuatro. En primer lugar, el precio del petróleo y de la mayoría de las materias primas en euros está estabilizado o a la baja, desde hace más de un año, no solo por la evolución de los propios mercados, sino por la ligera apreciación del euro frente al dólar. En segundo lugar, en octubre se ha terminado la absorción, que produce a su vez un efecto estadístico, de la subida del IVA del año pasado. En tercer lugar, y es ya una causa más determinante, la senda de estabilidad de precios en la que parece que entramos se debe a la atonía del consumo privado, lo que nos indica que las empresas reaccionan al bajo crecimiento de la demanda interna con control de costes. Y, finalmente, y es, en mi opinión, la verdadera razón del buen dato, tenemos la inflación controlada porque está habiendo un fuerte ajuste de las rentas salariales (empezando por la de los funcionarios) y hay un importante incremento de la productividad real por asalariado. En definitiva, la inflación empieza a comportarse como debería según las circunstancias de crisis. 

La cuestión es si esto es una situación coyuntural o es una tendencia. Y es en esta cuestión donde no se puede hacer un análisis tajante. Porque si bien hay elementos que nos indican que las empresas y los trabajadores españoles han aprendido que no se puede tener un crecimiento sano a base de inflación, porque nos movemos en un entorno competitivo global, por otra parte persisten en nuestra economía no pocos elementos inflacionarios, pues no se han hecho las reformas estructurales sectoriales que hagan a los mercados españoles verdaderamente competitivos, ya que seguimos teniendo mercados semimonopólicos y regulados, empezando por los de factores de producción, que sólo tienen moderación de precios por la atonía del consumo. En definitiva, por si había alguna duda de que esta crisis es diferente a las grandes del siglo XX, los datos de inflación lo corroboran, porque la de los treinta cursó con la grave enfermedad de la deflación y la de los setenta con la no menos grave de la inflación. Esta, al menos, en esto nos va bien. 

lunes, 14 de septiembre de 2009

¿Deflación?

Los índices de precios españoles llevan seis meses cayendo. En tasa interanual, los precios cayeron en junio un 1%, en julio un 1,4 y en agosto (último dato conocido) un 0,8%. ¿Estamos, entonces, en deflación? La respuesta es que hoy, y desde un punto de vista técnico, no lo estamos. Y no lo estamos porque, en sentido estricto, definimos que una economía tiene "estabilidad de precios" si sus índices de precios oscilan entre el +2% y el -1%. De ahí que digamos que una economía tiene inflación si sus índices de precios están por encima del 2% o deflación cuanto sus índices de precios están por debajo del 1%. Con estas definiciones, así de precisas por convención internacional basada en muchas razones que sería demasiado largo de explicar aquí, y teniendo en cuenta que en no todos los sectores productivos se produce una caída de los precios, no podemos decir que estemos en una situación deflacionaria. Más aún, los índices de precios subyacentes, que eliminan de los índices generales los elementos volátiles (energía y alimentos no elaborados), de esos mismos meses, no dan resultados negativos, sino que están también en el entorno del cero. Así pues, hoy no tenemos deflación, tenemos estabilidad de precios. 

Las razones de esta estabilidad de precios están claras: en un contexto de debilidad de la demanda, las empresas optan por mantener la producción y las ventas manteniendo o rebajando los precios. Las causas de la debilidad y caída de la demanda global son también claras: las familias españolas tienen este año una menor renta familiar media debido al crecimiento del paro, al tiempo que, por las circunstancias en los mercados financieros, tienen un menor acceso al crédito y han visto deteriorarse sus expectativas. Es evidente que estas tres causas afectan determinantemente a los bienes duraderos (automóviles, electrodomésticos, etc.) por lo que en estos sectores, abiertos además a la competencia internacional, los precios han caído más del 5%. Por el contrario, algunos bienes y servicios son de consumo imprescindible (alimentación, transporte, etc.) y de compras a contado, por lo que sus precios no solo no tienen caídas sino que, en algunos casos, incluso crecen ligeramente. En realidad, no entramos ya en deflación porque aún tenemos ausencia de competencia en no pocos mercados y porque los salarios están creciendo por encima de los precios (y los empresarios en mercados no competitivos trasladan estos mayores costes a los precios). Y posiblemente no entremos en ella y los precios, hacia finales de año, crezcan en el entorno del cero, porque el Gobierno está planteando (creo) una subida de impuestos indirectos (IVA más impuestos especiales) y porque a poco que se anime la economía internacional (China, Estados Unidos y los países centrales de Europa), lo que se espera para finales de año, los mercados de materias primas y energía verán un significativo crecimiento de los precios, que se traducirá en ligeros aumentos de algunos precios interiores. No, no tenemos deflación hoy, pero no es imposible (por el deterioro de la renta de las familias), aunque todos los modelos apuntan a que la estabilidad de precios se mantendrá durante los próximos meses. 

Desde un punto de vista macroeconómico, esta estabilidad de precios es el único indicador de la coyuntura económica, dentro del conjunto de malos indicadores que reflejan la profunda crisis de la economía española, que es positivo. Sin embargo, desde un punto de vista financiero, esta estabilidad de precios no lo es tanto para aquellos que estén muy endeudados porque el tipo de interés real que pagan es mayor. De todas formas, lo malo de verdad de esta situación es que es consecuencia de la debilidad de nuestra economía y no de los aciertos de nuestra gestión de la política económica. 

14 de septiembre de 2009 

lunes, 14 de julio de 2008

Estancamiento con inflación

Ahora sí que estamos ante el momento crítico de cómo evolucionará la situación de la economía española en los próximos años. De las circunstancias internacionales y de las decisiones que se tomen dependerá el que la crisis sea más o menos profunda o más o menos larga. Más aún, de que entremos en una espiral de estancamiento con inflación. Estamos ante el momento crítico porque el parón del crecimiento económico, más las restricciones de liquidez, sitúan a las empresas ante un horizonte difícil. Como la mayoría de las empresas están considerando, con razón, que la situación de caída de la demanda y de restricciones de liquidez va a ser relativamente permanente, su reacción es que suben precios y ajustan plantilla. La subida de los precios, aunque en algunos sectores esté justificada por subidas reales de sus costes (energía, materias primas), en otros no es más que un comportamiento "en manada" por el que la una genérica "subida de la inflación", justifica la subida de sus precios, y más en mercados con monopolios. El ajuste de plantilla, que ya se está produciendo duramente en algunos sectores y con menores contrataciones temporales y planes de despido en otros, lo basarán las empresas en la caída de la demanda. Las empresas se instalan, así, en la inflación con estancamiento. Lo que produce, además, paro. 

También los sindicatos y trabajadores tienen una difícil tesitura. Para ellos la clave no está en la caída de la actividad, sino en la inflación y el crecimiento del paro. Si se empeñan en mantener el salario real, el resultado será un mayor crecimiento del paro. Si aceptan unas subidas salariales contenidas, algo probable por efecto de los inmigrantes, el paro será menor a corto plazo y la inflación puede ser, a medio, más moderada. Pero nada lo garantiza. De cualquier forma, con menores salarios o más paro, la caída de la demanda total de los trabajadores se notará en el consumo privado. O sea, estancamiento con inflación. 

Ante esto poco puede hacer el Gobierno a corto plazo, pero puede estropearlo más. Si, como hasta ahora, niega la situación y hace tontos estímulos de demanda (los 400 euros), no solo mantiene la inflación y no mejora la sangría del paro, sino que dilapida el superávit público, con lo que empeora la deuda y, a medio plazo, aumenta el gasto y el déficit. O sea, que puede ampliar el proceso de más inflación con estancamiento. 

Estamos, pues, al borde de una situación de estancamiento con inflación. Ante esta situación, lo peor que podríamos hacer sería que el Gobierno no identificara que el problema de verdad es, más que el estancamiento, la inflación. Si el Gobierno intenta mantener la actividad con una política fiscal de fuegos de artificio y no ataja realmente el problema de inflación con drásticas medidas antimonopolio y control de gasto público, el resultado será que los empresarios mantendrán beneficios a corto plazo subiendo los precios, ante lo que responden los sindicatos presionando sobre los salarios reales. El resultado sería que unos producen inflación (los empresarios), otros producen paro (los sindicatos), mientras el Gobierno produce déficit y estancamiento. Entraríamos en una espiral de efectos de primera (precios-salarios) y de segunda vuelta (salarios-paro) que nos llevaría al estancamiento por largos años. Así sí tendríamos instalada la crisis. 

También podría ocurrir que el Gobierno reconozca la situación, empiece a exigir competencia, y oriente su política fiscal a reducir los costes de las empresas. Así, las empresas se verían obligadas a mantener los precios y los sindicatos aceptarían una pérdida de salario real, con lo que se reducirían los efectos de primera y segunda vuelta. Para que esto se produzca hace falta que el Gobierno sepa que la clave está en la inflación, no en el crecimiento. Algo que, por desgracia, dudo que sepan los optimistas antropológicos. 

14 de julio de 2008 

lunes, 2 de junio de 2008

También la inflación

La inflación española tiene un conjunto de causas comunes con todos los demás procesos inflacionarios del mundo, pero, al mismo tiempo, tiene unas causas propias, idiosincráticas. Como pasa siempre en economía, no hay dos procesos económicos iguales entre dos países en el mismo momento, ni existe una repetición de la historia de una economía. Cada coyuntura económica tiene, siempre, unos matices que la diferencian. 

El proceso inflacionario español tiene, en su base, el mismo origen que el que están viviendo las economías más desarrolladas. La subida de los precios del petróleo, de los precios de las materias primas, así como de los productos alimenticios básicos es la primera causa del actual repunte de nuestra inflación. Pero siendo esto cierto, no es del todo exacto, porque la economía española está acusando con más fuerza este choque inflacionario importado, y ello es debido a cuatro características de nuestra economía que ningún gobierno de los últimos veinte años se ha esforzado por cambiar. 

La primera de estas características es que tenemos un sistema energético poco eficiente. De hecho, tenemos uno de los sistemas más ineficientes, medida la eficiencia en términos de autosuficiencia y coste. Una ineficiencia que tiene mucho que ver con los intereses de las grandes empresas españolas, con la hipocresía ecológica de nuestra ciudadanía y con la clamorosa ausencia de una verdadera política energética. Más aún, en los últimos años nuestro Gobierno ha estado más preocupado, y sigue más preocupado, por a quién pertenecen las empresas de energía (Endesa, Iberdrola) que en si estas empresas cumplen realmente con su misión primaria que es la de producir energía en calidad, cantidad y eficiencia suficiente para el funcionamiento de nuestra economía. Malos ministros de energía y pésimas regulaciones han hecho el resto. 

La segunda característica de la economía española que no ha merecido suficiente atención es el de nuestro sistema de transporte. Los Gobiernos españoles de los últimos veinte años han fomentado, por razones de coste y visibilidad, la inversión en infraestructuras viarias para el automóvil y en ferrocarriles de alta velocidad. Sin embargo, este sistema de transporte terrestre es incompleto y ha tenido una inmensa laguna: no se ha invertido en una red más densa de ferrocarriles para el transporte de mercancías y de viajeros. Y esto es muy relevante porque el coste del transporte por ferrocarril de una tonelada y kilómetro es alrededor de la mitad del coste por carretera. De la eficiencia de los sectores energéticos y de transporte dependen no pocos costes empresariales que presionan al alza en los mercados de bienes finales. La diferencia de eficiencia en estos dos sectores explica en una parte de por qué España tiene una inflación más alta que las economías más desarrolladas de Europa. 

Pero hay otras dos características que son tan importantes como las anteriores que los economistas no nos hemos cansado de señalar en los últimos años. En primer lugar, la ausencia de competencia efectiva en muchos mercados. Una falta de competencia que se debe a legislaciones obsoletas, infinidad de regulaciones y, más grave, un exceso de intervencionismo en el funcionamiento de las empresas. España es una de las economías desarrolladas con más cambios normativos en los últimos años y con muchos sectores productivos para los que es más importante la aquiescencia de un funcionario que su propia capacidad competitiva. En segundo lugar, y último, la inflación española se debe, en no poca medida, en la profunda despreocupación de los españoles por algo tan elemental como el ser competitivos. Instalados en un cómodo y fácil crecimiento económico del pelotazo ladrillero, hemos olvidado que la esencia de la economía de mercado es producir más barato con mayor calidad. 

Sería un grave error del Gobierno y de todos no concentrarse en la inflación como elemento esencial para volver a un crecimiento sano. Pero de esto hablaremos más adelante. 

2 de junio de 2008 

lunes, 3 de diciembre de 2007

Otro artículo sobre inflación

Después del repunte de la inflación en los dos últimos meses, los españoles parecen que, de pronto, nos hemos dado cuenta de que la economía española padece de inflación. Como si esto fuera una novedad ahora, cuando la economía española ha venido teniendo un persistente problema de inflación desde que en aquel lejano 1999 cumpliéramos los criterios de Maastricht. De hecho, tuvimos un 3,4 en el año 2000, un 3,6 en el 2001, un 3,5 en el 2002, un 3 en el 2003, que repetimos en el 2004, un 3,4 en el 2005, un 3,5 el año pasado y vamos caminando hacia el entorno del 4. Lo anormal, dada esta trayectoria, ha sido el haberla tenido cercana al 2,5 en los últimos doce meses, no que esté ahora como está. 

A riesgo de repetir ideas que ya he escrito en los últimos años, señalaré tres causas básicas que explican la actual inflación y, lo que es más importante, su persistencia. La primera causa de la inflación española es la subida de los precios de materias primas y petróleo en los mercados mundiales. Y es que con un crecimiento mundial cercano al 5% por el fuerte crecimiento norteamericano y de las ya gigantescas economías asiáticas, la demanda de materias primas y petróleo ha desbordado la oferta en los mercados. Hoy el petróleo roza los 100 dólares corrientes porque la demanda mundial de petróleo ha crecido en los últimos años casi un 20%, mientras que la oferta, como es habitual, se ha ido adaptando a impulsos de precios. Y lo mismo es aplicable a los demás mercados de materias primas, entre ellos los cereales, que, en el caso europeo, se hace más grave por la miope Política Agraria Común. Si, de cualquier forma, a nivel mundial no se está viviendo un proceso inflacionario (la inflación mundial está contenida y no hay inflaciones superiores al 15% en ninguna zona del planeta) es por efecto de la globalización que hace que los precios de los bienes industriales estén contenidos. 

La segunda causa de la inflación, similar a la anterior pero en clave española, es que la demanda interna española, motor de nuestro crecimiento, viene creciendo a un ritmo muy superior al crecimiento de la oferta desde hace muchos años. De hecho, la oferta española de bienes, por ejemplo, no ha crecido al mismo ritmo que la demanda y por eso tenemos el fuerte déficit exterior que tenemos. Como venimos sosteniendo, desde hace años, la mayoría de los economistas, hemos crecido mucho en los últimos años, pero con desequilibrios que no se pueden sostener en el largo plazo. 

La tercera causa, y ésta es con diferencia la más importante, es que nuestros gestores políticos no tienen ni idea de qué diablos es el concepto de competencia y, por tanto, nada han hecho para aumentarla. Y la prueba es que a pesar de la retórica liberalizadora del Gobierno del PP y de las páginas que el rimbombante Programa Nacional de Reformas del PSOE le dedica a la competencia, no ha habido ni una iniciativa importante y significativa de estudiar seriamente las condiciones en las que se forman los precios en los distintos mercados de bienes, de deducir un concepto legal de competencia eficiente y, desde luego, de articular una ley de competencia y una administración de vigilancia de la competencia eficaz. Esta ignorancia de la que han dado muestras nuestros distintos ministros de economía (y es el lunar en unas gestiones impecables) no sé si se debe a que no estudiaron el tema de universitarios o a que hay determinados intereses empresariales que ningún gobierno se atreve a tocar. De cualquier forma, lo mejor que pueden hacer ambos es callarse, porque, haciendo unas breves cuentas de los datos anteriores, se deduce que en esto de la inflación tan mal gestionaron unos como lo están haciendo los otros. Y alarmar a la población no es la mejor manera de resolverlo. 

3 de diciembre de 2007 

lunes, 16 de enero de 2006

Lo mismo de todos los años

Posiblemente de todos los problemas que tiene la economía española, que los tiene, sea la inflación el más persistente. La inflación española se debe, y en esto estamos una mayoría de economistas de acuerdo, a un exceso de demanda global sobre una oferta que no se adapta. La demanda crece más deprisa de lo que crece la oferta. Un crecimiento de la demanda que se debe, esencialmente, a tres causas: el crecimiento del número de familias por la inmigración; el crecimiento de la renta familiar media por la disminución del paro (más salarios por familia, no mejores salarios unitarios); y, finalmente, el crecimiento del nivel de endeudamiento de las familias por efecto de la creencia, que comparten los bancos, de que, dados los precios de la vivienda, el patrimonio inmobiliario tiene un alto valor y va ser igualmente alto en el futuro. Las familias españolas, que confían en unos tipos de interés relativamente moderados, no tienen ningún incentivo, ni siquiera en un horizonte lejano, para ahorrar. Dicho de otra forma, los españoles consumimos porque nos endeudamos, y lo hacemos porque confiamos en el futuro. 

El problema no es de demanda, el problema es que la oferta española de bienes y servicios no se ha adaptado a su demanda. De ahí vienen no sólo los problemas de inflación, sino los que tenemos de balanza de pagos y los que seguimos teniendo en el mercado de trabajo. Y el problema que tenemos en nuestros mercados es, esencialmente, un problema de competencia. En gran medida, porque ni la sociedad civil, ni, desde luego, nuestros responsables políticos, saben qué es la competencia. 

La competencia es una situación de relación social en la que dos o más sujetos aspiran a obtener una misma cosa. Una misma cosa que, en el caso de un mercado, es que un consumidor compre un bien determinado y no el producido por otro. Así pues, la competencia es una característica que ha de percibir el consumidor, por lo que es necesario que le lleguen varias ofertas que sean comparables. El grado de competencia no está relacionado, pues, directamente, como cree una mayoría de gente, con el número de empresas que producen un determinado bien, sino con las que concurren por el conjunto de los consumidores. De hecho, hay mercados con muchas empresas que mal compiten porque tienen el mercado segmentado por zonas, mientras que hay mercados con pocas empresas con una competencia feroz. Y el antiguo mercado de la cerveza es paradigmático de estos mini-monopolios de facto: en Córdoba sólo se podía beber Aguila, en Sevilla Cruzcampo y en Madrid Mahou. Por el contrario, el mercado de la telefonía móvil con sólo tres operadores es un buen ejemplo de un mercado competitivo. 

Las condiciones de competencia, por otro lado, condicionan las características de las empresas. Así, mercados muy competitivos fuerzan a las empresas a una constante innovación, bien para añadir valor o calidad a los productos, bien para abaratar los costes de producción. Y eso lleva, en muchos mercados, a que las empresas tengan que adquirir un tamaño determinado para poder competir o a que busquen constantemente la innovación. Con lo que llegamos al meollo de la cuestión de porqué tenemos una oferta inadecuada a la creciente demanda española. Y es que puesto que no hemos creado condiciones de competencia en muchos de nuestros mercados, tenemos muchas empresas débiles de puro pequeñas y atrasadas. Empresas que no son capaces de competir no sólo en los mercados exteriores, sino que están perdiendo el partido incluso en casa. Empresas que no creen en la innovación. Empresas que sólo acuden a la administración para pedir subvenciones y no para aprovechar las oportunidades de expansión que ésta les brinda. Empresas pequeñas, débiles y poco arriesgadas que configuran nuestro tejido productivo. Y, aunque hay excepciones, es esto lo que hace vulnerable a la economía española: su tejido productivo. Y siento ser tan duro, pero creo que es necesario ser políticamente incorrecto de vez en cuando. Aunque sólo sea para no que tener que repetir todos los años un artículo sobre inflación. 

lunes, 22 de noviembre de 2004

Maldita inflación

Los precios han vuelto a tener, en España, un comportamiento inflacionista. En lo que llevamos de año han crecido el 3,6%, muy por encima del 3% que auguró el nuevo gobierno y del 2% que fijó el antiguo gobierno en los presupuestos generales para este año. Y, sobre todo, muy lejos del 2,1 de nuestros socios y competidores comunitarios. 

Es cierto que parte de la culpa de este comportamiento inflacionista la tiene la subida del precio del petróleo. Es sabido que el precio del petróleo, en dólares, se ha incrementado en lo que va de año un 60%, pero su impacto sobre los precios y sobre el crecimiento de las economías europeas, y entre ellas la española, ha sido menor que el de otras épocas porque tenemos una moneda fuerte frente al dólar. La revalorización del euro, en más de un 20%, nos ha compensado parte de esta subida al mismo tiempo que el grado de desarrollo de las economías europeas, y de la española también, hace que consumamos menos petróleo por cada punto de producción que hace veinte años. El petróleo explica parte de la subida de la inflación, 0,7 puntos, pero no explica la totalidad de la misma y, desde luego, no explica el diferencial que tenemos con las otras economías. 

Las causas de la inflación española hay que buscarlas en otras variables. Es cierto que la política monetaria de la zona euro, de bajos tipos de interés, no favorece el control de los precios. Pero esas mismas circunstancias tienen los demás países europeos y el conjunto de la zona euro, incluyendo a España, tiene un 2,1 de inflación. Es decir, la política monetaria no es la causa de la inflación europea, aunque una subida de tipos ayudaría a controlarla. Como tampoco se puede decir que la política fiscal española sea especialmente inflacionista. Llevamos más de cinco años con práctico equilibrio presupuestario y, si bien es cierto que para el año que viene se espera un crecimiento del gasto social y una menor austeridad pública, este pequeño déficit no generará presiones sobre la demanda. Y, de igual forma, tampoco se puede achacar la inflación española a la presión salarial o a los costes generales de personal. Nuestro mercado de trabajo, a pesar de la retórica laboral y de algunos organismos internacionales, se ha flexibilizado tanto (y este es un tema que merece un buen debate público) que los incrementos salariales reales en los últimos años han sido prácticamente nulos. No, no es en la política macroeconómica (monetaria, fiscal o de rentas) en donde hemos de buscar las causas de la diferencial inflación española. 

La inflación española existe porque los mercados españoles forman inflacionariamente los precios, porque no hay suficiente competencia y, desde luego, porque hay un exceso de regulaciones, especialmente de ámbito regional y local, que dificultan la misma competencia. 

Esta ausencia de competencia, de origen histórico, se debe a que, en realidad, y a pesar de la retórica gubernamental de algunos ministros, no hemos tenido verdaderos procesos de liberalización, por razones electorales, en la mayoría de los mercados, empezando por los servicios. Pero también porque los políticos de algunos ministerios sectoriales, como el ministro Montilla, los de la mayoría de las comunidades autónomas y, desde luego, de los ayuntamientos intervienen con regulaciones que quieren proteger actividades autóctonas y lo que hacen es perjudicar la formación competitiva de los precios. Unas regulaciones contra las que protestan los empresarios con la boca pequeña porque a ellos les favorece la inflación. En definitiva, tenemos inflación porque somos un país que no comprende, desde la sociedad civil y, por lo mismo no exige a sus políticos, una verdadera política de competencia y libertad de mercado. Y lo curioso y preocupante es que hayamos aceptado la competencia en el mercado laboral y no seamos capaces de exigir libertad y competencia en los demás mercados. Quizás porque, en el fondo, somos un país de socialistas conservadores o de conservadores socialistas. Los liberales son (somos) minoría. 

martes, 17 de diciembre de 2002

Inflación sin gobierno

La inflación, y lo escribía en estas mismas páginas en enero, no sólo no va bien, es que va muy mal. Con cifras cercanas al 4% en un año, duplicando, por tanto, la previsión del Gobierno, y sin perspectivas de que baje, la tasa de inflación, medida por el IPC, es sencillamente preocupante. Y es más preocupante porque la predisposición del gobierno a reconocer el problema, diagnosticarlo correctamente y poner remedio es, en la práctica, nula. 

¿Por qué no actúa el Gobierno decididamente para atajar el problema de la inflación? Una primera respuesta a esta pregunta es que el equipo económico del Gobierno, liderado por Rodrigo Rato, no sabe cómo resolverlo, que es manifiestamente incompetente. Pero esta respuesta es insostenible a poco que se conozca la trayectoria de los principales miembros de ese equipo, empezando por el mismo Rato, y los curricula de los técnicos al servicio del Ministerio de Economía. Una segunda explicación puede ser que el Gobierno considere que la situación de las cifras de inflación son coyunturales, que son, sencillamente, fruto del ciclo económico y de circunstancias que no puede controlar. Así, puede considerar que una parte importante de la tasa de inflación es inercial, o sea, debida a los crecimientos de años anteriores, que hacen que las empresas trasladen a los precios los incrementos de costes con un cierto retraso. O puede considerar que hay una parte de nuestra inflación que es natural, es decir, debido a que los niveles de precios absolutos en nuestro país son menores que los de otros países de la Unión y que, por tanto, los empresarios españoles no tienen ningún motivo para, en esos sectores, mantener los precios estables. Un ejemplo puede aclarar estas dos componentes, inercial y natural, de nuestra inflación. La ropa de la temporada de invierno que ahora tenemos fue fabricada hace unos meses con textil comprado hace más de un año. Puesto que la mayoría del textil se importa e importamos pagando en dólares, el hecho de que el dólar valiera un 13% más que este año, hace que los fabricantes del textil hayan repercutido estos precios a los de la confección, que los trasladan al consumidor ahora. Más aún, como la ropa es más barata en España, en media, que en Centroeuropa, los empresarios no tienen problemas de competencia a la hora de fijar estos precios. Desde esta perspectiva, y argumentada por algunos economistas del Ministerio, entre uno y dos puntos de nuestra inflación son inerciales y naturales. Pero esta explicación implica que el Gobierno no puede resolver el problema, que es impotente. Una tercera explicación puede ser que el Gobierno considere que la inflación española es estructural, pero que las medidas que puedan resolverlas son de tal calado político que no es prudente, ni conveniente para el Gobierno, tomarlas, y ello porque los sectores inflacionistas (empresarios de todos los tamaños y profesionales liberales) son fuentes de voto para el Partido Popular. Desde esta perspectiva, la inflación española estaría causada por los márgenes empresariales y la ausencia de verdadera competencia en los mercados. E incluso el Gobierno podría justificar la bondad de esta situación considerando que esta inflación está permitiendo sanear las empresas y su beneficio, lo que conlleva una mejora de la situación financiera de las empresas teniendo en cuenta que los tipos de interés están bajos, lo que incidirá en acelerar el crecimiento de la economía española (y de los niveles de empleo) en cuanto pase la incertidumbre de la economía mundial. Con lo que se puede concluir que el Gobierno no toma decisiones para controlar la inflación porque no quiere, porque no le interesa. 

Bien por una improbable ignorancia, bien por una parcial impotencia, bien por un inconfesable interés, el hecho es que la inflación española está sin gobierno. 

Y el desgobierno de la inflación es peligroso, porque puede contaminar los salarios y arrastrarlos a una espiral indeseable que, de profundizar en los diferenciales con nuestros socios europeos, puede llegar a producir una marea negra de paro.