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lunes, 16 de marzo de 2009

La maldición del paro

El paro es el principal problema económico causado por la crisis y, al mismo tiempo, es y será una de las causas de la duración de la crisis. Un paro, el nuestro, que es siempre elevado, el más elevado de los países industrializados y, al mismo tiempo, el que más rápidamente crece ante cualquier deterioro de la situación. Tanto que parece que la economía española tiene una especie de maldición con su paro. 

La explicación de porqué el paro ha crecido tanto últimamente, y crecerá más este año es muy sencilla. Puesto que el sector que más mano de obra ha absorbido en los últimos años ha sido la construcción y sus contratos son, normalmente, temporales, la paralización de la actividad ha puesto en la calle a casi un millón de ocupados en el sector. Si, además, tenemos en cuenta que el otro sector estrella de nuestra economía es el turismo y que este año, por la crisis internacional y la cotización de la libra, se espera una menor afluencia de visitantes, la contratación en el sector turístico será muy inferior a lo normal. Dado el efecto multiplicador de estos mercados en otros que dependen de ellos se deduce que veremos incrementarse significativamente la tasa de paro en los próximos meses. Casi con seguridad rozaremos los cuatro millones de parados a finales de este año, con una tasa de paro superior al 18%. O sea, en menos de dos años habremos destruido casi 2 millones de puestos de trabajo. 

Las razones de porqué nuestra tasa de paro es siempre más alta que la media de los países desarrollados es mucho más compleja. Nuestro paro es, desde hace años, dual. Tiene una parte keynesiana, es decir, debida a la debilidad de nuestra demanda y de nuestro tejido productivo (falta de empresas) ante una oferta de trabajadores creciente, y otra parte clásica, o sea, debida al alto coste laboral en relación con nuestra productividad. Dicho de otra forma, hay una parte del paro, casi dos millones de personas, que lo están porque no hay crecimiento, pero hay otros dos millones, los que teníamos parados antes de la crisis, que lo están porque no teníamos empresas competitivas a los salarios medios corrientes. Más grave aún, una parte importante de estos cuatro millones de parados son personas con bajo nivel de cualificación y con baja movilidad geográfica por lo que sus posibilidades de colocación son escasas. Aquellos territorios en los que el tejido empresarial sea más débil y tengan un nivel de formación más bajo serán, como Andalucía, los que concentren una mayor parte de los parados. 

Ante esta situación, que merece una más extensa y matizada explicación, no hay políticas sencillas, ni de corto plazo. Por eso, hay que actuar en muchos frentes a la vez: en primer lugar, reactivando la inversión empresarial en nuevos sectores productivos con incentivos fiscales y desregulación de sectores de servicios e industriales; en segundo lugar, acoplando el coste laboral a la productividad real de nuestras empresas, con bajadas de las cotizaciones sociales a cargo de las empresas y congelando salarios (mientras haya caída de actividad y estabilidad de precios); en tercer lugar, haciendo una reforma en profundidad de nuestro sistema educativo, especialmente intensa en la Formación Profesional; y, finalmente, reformando el marco legal de nuestro mercado de trabajo de tal forma que permita a nuestras empresas tener a los trabajadores más productivos (aspecto este del que me ocuparé más extensamente en otro artículo). 

Las políticas para luchar contra el paro han de responder a un plan general más amplio porque no hay salida al paro si no se vuelve a crecer, pero no se vuelve a crecer si no logramos ocupar a más gente. El problema es que este plan "ni está, ni se le espera". Por lo que seguiremos sufriendo por muchos años la maldición del paro. 

16 de marzo de 2009 

lunes, 5 de noviembre de 2007

Desigualdad y discriminación

Hay muchas razones por las que los salarios medios de los hombres y mujeres son diferentes. Como hay muchas razones para que sean diferentes los salarios medios de los nacionales españoles y los de los inmigrantes, como las hay para que haya diferencias entre los salarios medios en distintas comunidades autónomas. Y, aunque una de estas razones sea la discriminación, ésta no es, ni mucho menos, la única, ni, en algunos casos, la principal causa de estas diferencias. 

La retribución que percibe un trabajador es función directa de su productividad, y ésta depende, a su vez, del capital humano que posee el trabajador y de las características de la empresa en la que presta sus servicios. Los salarios se distribuyen, pues, según la forma en la que se distribuye el capital humano entre los individuos de una comunidad, o sea, por las diferencias en los niveles de formación, en el desempeño (el currículum), en la calidad de la educación, en la orientación profesional y en la experiencia. Por eso es lógico que una persona titulada perciba un salario más alto que una sin cualificación; que aquella que aprovechó mejor sus años de estudios gane más que la que solo aprobó; que aquel que estudió ingeniería perciba más que el que estudió ciencias ocultas; que la que estudió en un centro exigente reciba más que el que lo hizo en uno desorganizado; que aquel que tiene más experiencia gane más que el novato; como es lógico que cobre más el que más responsabilidad tiene. Pero los salarios son diferentes también entre personas con cualificaciones similares dependiendo de las características de la empresa en la que trabaja. Las empresas industriales o de servicios de alta cualificación pagan un mayor salario medio que las empresas agrarias. Y de igual forma, dentro del mismo sector, pagan un salario mayor las empresas grandes que las pequeñas. Hay, pues, hasta siete variables básicas (a las que habría que sumar las redes sociales, la capacidad de riesgo y el azar) que explican una parte importante de las diferencias de salarios. La arbitrariedad de la discriminación es la undécima razón de las diferencias. 

Teniendo esto en cuenta podemos explicar una parte importante de las diferencias de salarios medios entre los colectivos que queramos. Así, las mujeres ganan, en media, menos por varias razones: tienen un nivel medio de cualificación menor (algo que desaparecerá en pocos años y que tiene su origen en una discriminación educativa anterior a los setenta); se han orientado profesionalmente hacia cualificaciones menos productivas (más en letras que en ingenierías); tienen un nivel medio de experiencia menor (por su juventud media y por las bajas por maternidad); son escasas en algunos sectores de alta cualificación y suelen arriesgarse menos que los hombres para montar empresas. A esto, que explica una parte muy grande de las diferencias salariales entre hombres y mujeres, es a lo que hay que añadir la discriminación sexista que perjudica a las mujeres por la mala organización de nuestras empresas. 

El que los inmigrantes ganen menos también se explica por razones similares: tienen un nivel de formación medio mucho menor que el de los nacionales; son mucho más jóvenes; trabajan en sectores de cualificación media-baja (construcción, agricultura, servicio doméstico, hostelería); y, finalmente, también los discriminamos por racismo. Sin embargo, el que los madrileños o los catalanes ganen más en media que los andaluces no tiene que ver con que Madrid o Barcelona sean más caras o con que nos discriminen, sino con que Andalucía tiene mucha menos industria o servicios avanzados. 

No es injusto que haya diferencias salariales, sería más injusto que no las hubiera, sino que entre las causas de estas diferencias siga estando la discriminación machista o racista. 

5 de noviembre de 2007