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lunes, 27 de marzo de 2017

Para ganar unas elecciones

Para ganar unas elecciones se necesitan, en mi opinión, cuatro elementos esenciales: «marca», estructura, programa y líderes. 

Tener marca electoral significa que la ciudadanía asigna a unas siglas, a un logo, un conjunto de características ideológicas. Es decir, tener marca implica que las siglas sean conocidas y que la gente les asigne determinados atributos: derecha o izquierda, conservador o progresista, independentista o autonomista, etc. Tener marca implica tener, a priori, un público proclive claro, así como un público contrario también claro. Tener marca significa tener historia y haberla relatado, pues la marca se va haciendo a partir de una comunicación continua y orientada. Tener una marca limpia o poco dañada es una importante baza para ganar unas elecciones. Por el contrario, cuando una marca electoral está dañada, lo mejor es cambiarla. 

El segundo elemento para ganar unas elecciones es tener estructura con implantación en todo el territorio nacional o, al menos, en una parte importante del mismo. Estructura significa tener militantes o afiliados, personas de referencia en las sociedades locales, gente que trasmita opiniones hacia arriba y hacia abajo y organice encuentros, redes y contactos. Sin estructura no existe el partido y sin ella no es posible llegar a la ciudadanía. La fortaleza de los partidos tradicionales en España, más incluso que su marca (relativamente dañada por la corrupción), es precisamente su estructura: los miles de militantes organizados que tienen el PP y el PSOE le dan una clara ventaja frente a Ciudadanos y Podemos. 

El programa es, frente a lo que la gente cree, algo secundario en unas elecciones y va perdiendo importancia. Una buena marca y una buena estructura puede llegar a «vender» un programa regular, y, de la misma forma, un buen programa, sin marca y sin estructura puede no tener ningún éxito. Más aún, en estos tiempos de tuits y “post-verdad”, no es necesario ni siquiera tener un programa en el sentido clásico del término, pues basta con un par de «ideas-fuerza», especialmente, contra alguien o algo (como el de Syriza en Grecia contra el rescate o el de Trump contra los inmigrantes), para poderse presentar a unas elecciones e incluso ganarlas. 

Lo que sí es crítico para ganar unas elecciones es tener un líder. Es decir, una persona que encarne la marca, que alinee la estructura, que comunique el programa. Sin un líder, sea del tipo que sea, es imposible ganar unas elecciones. Más aún, un líder lo suficientemente fuerte es capaz de superar incluso las carencias de marca, de estructura y de programa y llegar a ganar unas elecciones. La inversa es también cierta: una marca, una estructura y un programa pueden engrandecer a un líder mediocre y hacerle ganar unas elecciones. 

Marca, estructura, programa y liderazgo son elementos necesarios y, todos juntos, suficientes para tener opciones en unas elecciones. Pero mientras que la marca y la estructura son cuestión de tiempo y de recursos, de estrategia comunicativa y de capacidad organizativa, los programas y los líderes son cuestión de oportunidad. Por eso es tan importante acertar con ellos, con los programas, pero, sobre todo, con los líderes. 

En poner a punto estos elementos es en lo que están realmente los partidos en España en estos meses. Todos los partidos están haciendo una cuidadosa campaña de márketing (unos para limpiar su imagen, otros para afianzarla), todos ellos están intentando afianzar sus estructuras (de ahí sus congresos nacionales, regionales y provinciales), algunos de ellos ya están perfilando los próximos programas electorales y algunos están buscando líder. 

De que acierten en poner a punto estos elementos es de lo que van a depender los resultados electorales de cada una de las formaciones en los próximos años, pues, una vez superada la sorpresa que supuso la irrupción de los nuevos partidos y conocida la orientación de cada uno, la política española puede volver a sendas de previsibilidad a poco que el PSOE vote estabilidad. En caso contrario, podemos volver a tiempos revueltos que en nada favorecen a la ciudadanía. 

27 de marzo de 2017 

lunes, 13 de marzo de 2017

Cumpleaños de Europa

Este mes Europa cumple 60 años. Más de medio siglo funcionando y cumpliendo objetivos. Más de medio siglo de éxitos, a pesar de los fracasos. Basta comparar los 60 años que van desde la firma del Tratado de Roma en 1957 y los 60 años anteriores a él, el período 1897-1957. En estos 60 años Europa no ha recuperado lo mucho que perdió en los 60 años anteriores en su papel en el mundo, pero ha ganado mucho más de lo perdido en niveles de bienestar para una mayoría de su población. En estos 60 años se han sucedido cuatro generaciones de europeos y cada una de ellas ha tenido una visión diferente de Europa y unos motivos diferentes para creer en Europa. 

La primera generación fue la que firmó el Tratado. Personas nacidas en las primeras décadas del siglo XX que vivieron la Primera y la Segunda Guerra Mundial, la primera como niños y la segunda como adultos. Personas que conocieron la decadencia de su mundo y el horror de las guerras. Personas que experimentaron la sinrazón del nacionalismo extremo y el totalitarismo. Personas que querían construir Europa para evitar repetir lo vivido. La mayoría de los políticos que urdieron o firmaron el Tratado de Roma sólo querían eso: que no volviera a ocurrir lo que habían vivido. Pero, conscientes de que las heridas estaban muy frescas en sus pueblos, optaron por el perfil bajo del comercio como forma de empezar la construcción europea. 

La segunda nació en los treinta, en plena crisis del 29, y en los cuarenta, en medio de la Segunda Guerra Mundial. Sufrió la Europa de la Guerra Fría, el boom económico de los sesenta y la crisis industrial de los setenta. Habían vivido una guerra y la bondad de la paz, y la crisis de los setenta, lejos de separarles, les llevó a «más Europa»: sabían que la crisis del 29 había tenido mucho que ver con los totalitarismos y con la guerra. Más Europa en forma de ampliaciones hacia el Sur, más Europa en forma de Mercado Único, más Europa en forma de euro. 

La tercera generación de europeos es la que nació en los cincuenta y en los sesenta. Para ellos Bruselas siempre existió, Europa era un mercado de oportunidades y recursos, compuesto por Estados del Bienestar. Las guerras para ellos fueron sólo cosas que pasan al otro lado de las fronteras en las que siempre están involucrados los norteamericanos. Esta generación soñó, junto con la anterior, unos Estados Unidos de Europa desde la frontera rusa hasta el Atlántico. Y escribió una Constitución que fracasó y luego se diluyó en una maraña de Tratados y reglas incomprensibles para la ciudadanía. 

La cuarta es la generación es la de la crisis y los problemas en el Este. La generación de las divisiones entre el centro y el Sur. La generación de los nuevos nacionalismos y del Brexit. Una generación para la que Europa es algo que está ahí, en la lejanía. Algo difuso que manda, pero que no se controla. Un algo con recursos, pero incompetente. Un algo culpable de la crisis. Un algo que no se sabe bien ni qué es, ni cómo funciona, ni para qué sirve. Un algo: ni una realidad, ni un sueño. 

Cuatro generaciones y cuatro formas de ver y sentir Europa. Ninguna de ellas se planteó cómo hacer de Europa, de la idea, algo más que un conjunto de instituciones y reglas que gestionaran los intereses. Ninguna se preocupó de establecer una educación europea que creara una comunidad de europeos. Ninguna se preocupó por un Estado del Bienestar Europeo. Ninguna de ellas quiso crear una administración europea que superara la suma de las administraciones. Ninguna de ellas ha dado verdaderos políticos europeos. Ninguna se preocupó por... ir más allá de un mercado, una moneda y unos símbolos. Ese es el problema, que ninguna de las generaciones de europeos se preocupó de hacer a los europeos europeístas. Y ese problema es el de los próximos cumpleaños de Europa. 

13 de marzo de 2017 

martes, 28 de febrero de 2017

Renta, riqueza y desigualdad

Desde hace unos años hablar de desigualdad está de moda. Desde que se constató la profundidad de la crisis y se fue consciente de que afectaba más a los más pobres, la desigualdad empezó a preocupar a la opinión pública. La publicación en inglés del libro de Piketty «El Capital en el siglo XXI», en una operación editorial con Paul Krugman contra el Financial Times, y la concesión del Nobel a Angus Deaton dio fundamento intelectual a esta preocupación. Los políticos y los medios de todo signo, especialmente los de izquierdas, se han sumado a un debate que, antes de esta moda, sólo nos interesaba a unos pocos economistas (Bourguignon, Milanovic, Ishikawa, etc.) capitaneados por el recientemente fallecido Tony Atkinson, a algunas ONGD y a escasos organismos internacionales. La desigualdad era, hasta la crisis, una cuestión de países pobres, no de dentro de nuestras fronteras. Ahora se habla mucho de desigualdad, pero se dicen muchas tonterías, entre otras cosas porque se busca más el ruido en la red que hacer un buen análisis. 

Para hacer un buen análisis hay que empezar por definir claramente la variable de la que se habla. En economía se llama renta al conjunto de todos los bienes y servicios de los que dispone una persona (o un grupo de personas) para satisfacer sus necesidades en un periodo de tiempo. Esta definición incluye la renta monetaria neta que recibe (sueldos, beneficios empresariales, pensiones y prestaciones, etc. descontados ya los impuestos directos), a la que hay que sumar rentas en especie (el uso de la vivienda en propiedad, por ejemplo) y lo que podríamos llamar rentas institucionales (como la enseñanza gratuita, el transporte público, etc.) que tienen mucho que ver con el gasto público. La renta total de una persona (o de un grupo de personas) es, en países desarrollados como España, mucho más que las rentas monetarias. La distribución de la renta total depende, pues, de las distribuciones de las rentas monetarias netas, de las rentas en especie y de las rentas institucionales. Como la renta monetaria neta incluye los impuestos directos, la desigualdad en la renta total final es función también de la progresividad de los impuestos directos (IRPF), de la desigualdad de las rentas en especie y de la igualdad de las rentas institucionales (Gasto Público). O sea, hablar de la desigualdad de la renta es ir mucho más allá de un simple análisis de los salarios brutos o de los beneficios empresariales, y tiene mucho que ver con el mercado de trabajo (paro, salarios), con el sistema impositivo y con el gasto público. 

La renta se produce a partir de la riqueza (el capital). La riqueza, el capital, es lo que produce la renta, es decir, la riqueza (el capital) es el conjunto de bienes tangibles e intangibles que generan renta. Entre los bienes tangibles están las propiedades y activos, como por ejemplo, una finca o acciones de una empresa (que produce dividendos) o una vivienda (que produce renta en especie). Entre los bienes intangibles está el capital humano (las capacidades personales) que, a través del trabajo, se convierten en salarios y pensiones, o los derechos sociales (que permiten el acceso, por ejemplo, a la sanidad). La riqueza se puede acumular a partir de la renta (ahorro), pero no sólo, pues también se obtiene mediante la formación (capital humano), la innovación y por reconocimiento institucional. Puesto que la renta se genera a partir de la riqueza (capital), la distribución de la renta depende de la distribución de la riqueza, pero sólo considerar la distribución de los activos tangibles es desenfocar el tema, pues los intangibles son no menos importantes. 

Con estas definiciones básicas se puede empezar a abordar la desigualdad, y digo empezar porque otro tema es a quién se le atribuye la renta y otro medir la desigualdad. Fijarse en sólo una parte de la renta o confundir, como es habitual, renta con riqueza es generar ruido que no resuelve la pobreza. Y eso sí es importante. 

27 de febrero de 2017 


lunes, 13 de febrero de 2017

Las amenazas de Europa

Europa está viviendo un momento crítico. Más crítico aún que el de las crisis del euro de 2011-12. Más crítico que ningún otro en los sesenta años de historia que se van a celebrar en Roma en el próximo mes de marzo. Más crítico porque lo que se va a jugar en los próximos dos años no es una cuestión monetaria, sino su propia supervivencia. 

La primera amenaza de la Unión es interior y tiene que ver con la falta de liderazgo dentro de la misma Unión. Está claro que no tenemos líderes europeos. Ni Juncker, ni Tusk, ni Merkel, ni Hollande son referentes. Los dos primeros porque no tienen ni la talla, ni el carácter, ni el relato que haga que los ciudadanos de cada uno de los países europeos nos volvamos europeístas. Los dos segundos porque o bien son tan prudentes que se comportan más como «madres» estrictas («Mutter Merkel») que como líderes políticos, o son una absoluta nulidad en el final de su mandato. Más aún, la primera es muy probable que pierda parte del apoyo que tuvo en las elecciones del 2013 por su gestión de la crisis de los refugiados, mientras el segundo ha llevado al desastre al socialismo francés, de tal forma que lo más seguro sea que en las elecciones del 23 de abril (segunda vuelta el 7 de mayo), los franceses den la primera opción a la ultraderechista Marine Le Pen. Desde luego, si en Francia gobernara Le Pen, podemos olvidarnos de la Unión Europea. No haría falta ningún otro impulso. Ante la debilidad de las instituciones europeas en las elecciones francesas de abril--mayo nos jugamos la primera mano de nuestro futuro. 

La segunda amenaza que puede dinamitar la Unión es el Brexit. Como bien ha anunciado Juncker, viejo zorro de la política, los británicos van a jugar en los próximos dos años a dividir a Europa. Intentarán, como ya hicieron hace sesenta años, negociar con unos y con otros diferentes acuerdos. A unos les ofrecerán ayuda financiera y política (Grecia, Chipre y Malta siempre en la órbita británica); a otros un mejor trato a sus nacionales (Irlanda, Dinamarca, Suecia); a otros una relación comercial privilegiada (Portugal, Holanda, Bélgica); a nosotros, una engañosa negociación sobre Gibraltar. Su estrategia será hacer parecer a Alemania como la mala de la película, de tal forma que vaya quedándose aislada. Sus periódicos levantarán ampollas antiguas y, el año que viene, cuando se cumpla el centenario de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial harán un canto imperial a su victoria, reforzando su autoestima. Si Europa sobrevive a las elecciones francesas, la segunda mano en la que nos juguemos nuestro futuro será el Brexit. 

La tercera amenaza, y ésta opera al mismo tiempo que las otras dos, es la política exterior del presidente Trump. Trump es una amenaza para Europa por tres razones: en primer lugar, porque su proteccionismo cuestiona la esencia de la economía europea que es el libre comercio y esto ralentiza el crecimiento europeo; en segundo lugar, porque está cuestionando la OTAN y, con ella, la seguridad de Europa ante la amenaza de Putin (¿qué harían los Estados Unidos si Putin desestabilizara o invadiera uno de los Estados Bálticos, por ejemplo, Letonia con un 26,2% de población rusa o Estonia con un 24,8%?); y, finalmente, porque su política en el Próximo Oriente generará más sufrimiento y una nueva presión migratoria en Europa. 

Ante estas amenazas, la crisis de la banca italiana (más grave cuando salga a la luz que la que nosotros sufrimos), el enésimo rescate griego o las amenazas de Marruecos por el tema del Sáhara, son juegos de niños que se pueden resolver. 

Como son juegos de niños, más bien de adolescentes, los desamores de Pablo e Íñigo y los enfurruñamientos de Pedro y Susana. Europa está en juego y mientras nos la jugamos al Risk, en España andamos echándonos una simple Oca (y tiro porque me toca). 

13 de febrero de 2017 

martes, 31 de enero de 2017

La economía política de Trump

Van a correr ríos de tinta (de bits) sobre Trump y su política. Están corriendo ya, sin ni siquiera esperar a los clásicos cien días desde la toma de posesión. Y, en gran medida, porque él no quiere que esperemos. No le interesa. 

La estrategia de Trump es muy simple. En primer lugar, Trump tiene prisa por poner en marcha su política porque no es corriente en la tradición política norteamericana tener un Congreso y un Senado del mismo partido que el del presidente. Lo normal es una situación de «divided government» en el que uno de los pilares está dominado por otro partido: en los últimos 50 años sólo en 8 ocasiones (16 años) ha habido coincidencia entre los tres. Lo normal es que un presidente tenga algún periodo con las Cámaras, para luego entrar en un «divided government». El que Trump no tuviera la mayoría del voto popular, sino de los delegados (sólo cinco veces en toda la historia), augura un cambio de mayoría en las «mid-term elections» de noviembre de 2018. Más aún, cuando algunas de sus políticas están movilizando demasiados grupos que no fueron a votar. Trump tiene prisa, además, porque su táctica electoral es la de generar continua polémica para estar en los medios y mantener movilizado a su electorado. Trump necesita, para sobrevivir políticamente a su vacío argumental, agitar la política. Por eso es, aparentemente, imprevisible. 

La previsibilidad de Trump viene dada por los objetivos que persigue que son muy sencillos. Trump es un empresario de un sector no expuesto a la competencia (el inmobiliario y los casinos), apoyado por empresarios que representan la vieja industria pesada norteamericana (acero, petróleo, automóviles) y al complejo “industrial-militar” que denunciara Eisenhower en su discurso de despedida de enero de 1961. Los intereses de este grupo, que representan lo más rancio y más reprobable de la sociedad norteamericana, son los que determinan los objetivos del nuevo gobierno. Para estos intereses es más importante poner barreras arancelarias al acero chino o a los automóviles fabricados en México que la posible inflación y pérdida de bienestar de los norteamericanos, a los que se les engaña con los posibles puestos de trabajo que se pudieran crear, porque así ganan los empresarios que representa Wilbur Ross, el nuevo secretario de Comercio. A estos intereses no les importa un repunte de inflación, con lo que perderán los trabajadores norteamericanos, porque la inflación mejora las expectativas de beneficios de los bancos y se diluye la deuda pública norteamericana (en manos de China). Para ellos, además, es importante generar incertidumbre en Oriente Próximo para que suba el precio del petróleo, con lo que aumentan las ganancias de las petroleras como Exxon Mobil (que ha colocado a su presidente Rex Tillerton como secretario de Estado) y de la industria pesada armamentística, al tiempo que se induce la volatilidad de los mercados, entorno en el que ganan dinero de verdad (ahora que la especulación está más controlada y los tipos de interés son muy bajos) los «hedge funds» que gestionaba el actual secretario del Tesoro (Steven Mnuchin). Y podría seguir. 

La política económica y exterior, así como la comercial, de inmigración o medioambiental, de Trump es muy simple. Para saber lo que va a hacer la Administración Trump en los dos próximos años, sólo hay que analizar lo que les puede interesar al grupo de empresarios que está detrás de Trump y saber que, para ellos, el objetivo es ganar dinero y la política una excusa para aumentar los rendimientos. Si para ello hay que mentir o vulnerar derechos, lo harán. 

Trump representa lo peor de la sociedad norteamericana: la de los intereses, la de los prejuicios raciales, la de la fuerza bruta, la de la arrogancia, la de la hipocresía. Ante esto, la única esperanza es que dentro de dos años hay elecciones parciales y puede haber rastros de razón y decencia en los Estados Unidos. 

30 de enero de 2017 


martes, 17 de enero de 2017

Trump, nacionalismo y educación

Parafraseando a Marx, «un fantasma de nacionalismo recorre el mundo». El Brexit en el Reino Unido, las expectativas de Marine Le Pen en Francia, ese 46% de Hofer en Austria, la victoria del PVV de GeertWilders en Holanda, la victoria de Trump en los Estados Unidos… son sólo algunos indicios de que Occidente vuelve al nacionalismo, ante la perplejidad que causa los problemas con los que se enfrenta. Sorprende que en un mundo tan globalizado, con tanta dependencia financiera, tanto turismo, se produzca un fenómeno como este. 

Algunos consideran que este auge del nacionalismo es coyuntural, pues la dependencia que la globalización impone hará que los intereses se sobrepongan a cualquier ideología. Para ellos, este auge es sólo un fenómeno retórico de consumo interno. Así argumentaban los que veían imposible que Alemania y Francia se enfrentaran en una guerra en 1914 y se equivocaron. Fue la retórica la que prendió aquella guerra. 

Para otros, esta vuelta al nacionalismo tiene que ver con los perdedores de la globalización. Son los parados de los centros industriales en América o los habitantes de las zonas rurales en el Reino Unido, los que han votado a Trump y el Brexit. Y puede que lleven razón: la desigualdad produce indignación y echar la culpa a los extranjeros es una propuesta que cala en los electorados simples. Pero no hay tantos perdedores de la globalización en el Reino Unido, Francia, Austria u Holanda, ni siquiera en los Estados Unidos, ni son sólo los que tienen menos educación los que votan estas soluciones. 

La causa, en mi opinión, es más profunda. Tiene que ver con la educación, no con la cantidad de años de escolarización, sino con lo que se aprende. Y lo que se aprende, porque es lo que se enseña, es nacionalismo. Difuso y sutil, pero nacionalismo. Lejos de tener una educación y una cultura cosmopolita, lo que enseñamos y lo que subrayamos es lo nacional. Construimos en nuestras mentes la identidad a fuerza de circunscribirnos a una geografía, y de repetir un relato de lo que somos, subrayando y superlativizando lo propio. Subrayamos lo bueno de lo nuestro, no lo bueno de cualquier lugar del mundo. Construimos nuestra identidad acentuando las diferencias. 

La política, y hablamos de política, no se estudia en las escuelas, se sustituye por la historia. Y la historia que enseñamos es la de cada uno de nuestros países afirmándose unos contra otros. Los franceses leen la maldad de los alemanes; los británicos, su imperio; los norteamericanos, el supremacismo blanco. No enseñamos nada de China o de India. Latinoamérica o África no existen hasta que no llegaron los europeos. No enseñamos arte precolombino, ni tenemos idea de la literatura japonesa, ni sabemos nada del islam. Nuestro entorno cultural, salvo la superficialidad importada de Norteamérica, es nacional: los deportes, las actividades, los referentes populares. Hasta los medios más abiertos señalan antes un logro español, subrayando lo de español, que uno extranjero. Todo está referido a un nosotros cada vez más constreñido. Nos inoculamos nacionalismo, cada vez más local, continuamente. 

Las sociedades cosmopolitas no se hacen con el comercio, porque comerciar es compartir intereses, ni con el turismo, pues es viajar sin comprender, ni con corresponsales. Las sociedades cosmopolitas se hacen reconociendo a los otros, reconociendo su historia, su literatura, su arte, su ciencia, sus costumbres. Se hacen comprendiendo que ellos son nuestros mismos yoes con otras circunstancias. Se hacen con una buena educación. 

Mientras en nuestra educación y en nuestra cultura no entre otra humanidad que la nuestra, mientras no tengamos un nosotros más amplio y menos etnocéntrico, seremos sociedades de nacionalistas larvados que, en el mejor de los casos, tendrán un internacionalismo superficial con una pátina de buenismo hacia los países pobres. Nacionalistas larvados que pueden convertirse en totalitarios con tres ideas simples y retórica patriotera. 

El nacionalismo, decía Baroja, se cura leyendo y viajando. El problema es viajar cómo y leer qué. 

16 de enero de 2017 

lunes, 19 de diciembre de 2016

PISA y mucho más

Hace un par de semanas se publicó el famoso informe PISA (Programme for Internacional Student Assessment) de la OCDE que compara los resultados educativos en lectura, conocimientos de ciencias y habilidades matemáticas de estudiantes de 15 años en más de 70 países. Y como pasa desde que se publica, España y, especialmente, Andalucía, dan resultados malos: si el máximo es 10, España da en lectura 7,9 y Andalucía solo 7; en ciencias 7,2 y nuestra comunidad autónoma, solo 6,3; y, finalmente, en matemáticas, 6,7 y 5,8, respectivamente. España está en la media, Andalucía por debajo. Y el problema no es solo el que reflejan estos datos, es más profundo. 

Porque un sistema educativo básico, el que forma a las personas hasta el inicio de la edad adulta (los 16 años), funciona bien si están en la escuela los que tienen que estar, los estudiantes aprenden lo que han de aprender en el tiempo que han de aprenderlo y si, terminada esa etapa de educación básica, continúan en su formación. Es decir, un sistema funciona bien si la tasa de escolarización se acerca al 100% (algo que prácticamente se ha logrado); si la tasa de repetición es pequeña (no del 38% como tenemos en Andalucía frente al 12% de la OCDE); si en el Informe PISA se está cerca del 10 (y no en el 6,38 de media); y la tasa de abandono escolar tiende a cero (y no es del 23,8%, frente al 10% en la Unión Europea). Con estos datos en la mano tenemos que decir que, objetivamente, la educación andaluza va mal y no es solo por los datos del informe PISA. 

Las causas de nuestros problemas educativos son múltiples. Desde luego, no son causas de nuestros problemas ni el franquismo, ni los cambios normativos, ni la LOMCE, pues, si así fuera, no habría en España diferencias regionales tan acusadas con Comunidades Autónomas (Castilla-León, Madrid, Navarra o Galicia) con todos los indicadores similares a los de los mejores países. Ni se puede decir que la causa es el menor nivel de renta per cápita o del gasto medio educativo, pues entonces Castilla-León o Galicia no estarían donde están. Como tampoco lo son los recortes en educación, pues entonces Portugal no hubiera subido como lo ha hecho, ya que su recorte en gasto por estudiante ha sido el doble que el español. No hay, finalmente, una causa regional idiosincrática como el clima, nuestra mentalidad o los referentes sociales de las familias andaluzas. Realmente no creo que los problemas de fondo de nuestro sistema educativo sean esos, aunque puedan encontrarse correlaciones entre estas causas y nuestros resultados. 

Posiblemente las causas sean más simples y tengan más que ver con cómo gestionamos nuestros recursos, especialmente los claustros, pues si los estudiantes son el objetivo de la educación, el profesorado es la esencia del sistema. Seguramente, si mejoráramos la ratio de profesores por estudiante, cubriéramos las bajas, simplificáramos la burocracia con la que se carga a la actividad y posibilitáramos la innovación docente, diéramos más autonomía a los centros, para que hagan realmente proyectos educativos adaptados a su entorno, si les estabilizáramos los claustros, si modificáramos los métodos de gestión administrativa, si les diéramos autoridad a las direcciones y amparo al profesorado, etc. Los resultados serían otros. Desde luego que existen causas sociales (bucles de pobreza en barriadas con familias sin expectativas), como existen causas económicas (un esclerótico mercado de trabajo), que se correlacionan con nuestros resultados educativos, pero la clave de nuestros males, en mi opinión, está en un erróneo concepto de nuestra gestión educativa. 

Un concepto erróneo que tiene mucho que ver con la concepción política de la educación como fuente de votos y un mecanismo de legitimación. Quisimos la competencia educativa porque, gestionada desde Sevilla, nos iba a ir mejor. La tenemos desde hace más de 30 años y hemos conseguido poco. Por supuesto, la culpa es de Madrid. 

19 de diciembre de 2016