Páginas

lunes, 17 de julio de 2017

El complejo catalán del PSOE

Esta semana pasada hemos sabido cual es la propuesta del PSOE del señor Sánchez para desencallar la cuestión catalana. Se ha recogido en la Declaración de Barcelona y en otras ideas que sugieren las vías para la reforma de la Constitución. 

La Declaración de Barcelona es un documento de 6 páginas, redactado por el PSC, con tres supuestos básicos: se hace «en beneficio de todos los catalanes y catalanas» (no de la ciudadanía española); para desbloquear los «más de cinco años de discriminación del Ejecutivo central a Cataluña» (cuando ha sido la comunidad autónoma que más ha recibido del FLA); e «iniciar una reforma federal de la Constitución española». Luego establece una «posición política» de obviedades (nada en contra de la legalidad), para pasar a los 7 ejes sustanciales: darle la razón a la Generalitat en sus demandas ante el Gobierno central; dar más autonomía (en contra del Constitucional); cambiar la financiación autonómica para favorecer a Cataluña (la clave desde el principio); condicionar la inversión estatal en Cataluña (convertir al Gobierno central en un mero financiador de infraestructuras); la imposición del catalán; hacer de Barcelona la otra capital de España (¿por qué no Málaga?), para, finalmente, dar cuatro ideas sobre la reforma constitucional. 

Una reforma constitucional en la que se sugiere que hay que reconocer a la «nación catalana» lo que nos llevaría a reformar la Constitución en el sentido de reconocer «naciones» sin Estado. Algo que se sugiere en otras declaraciones, poniendo como ejemplos a Bélgica y la Baviera. Dos ejemplos a analizar. 

Si lo que el PSOE propone es una reforma constitucional según el modelo belga, lo que propone es un proceso de desintegración. Porque el modelo belga contempla dos cuasiestados, Valonia y Flandes, construidos (imperfectamente) según la lengua, que mal se llevan y mal conviven en Bruselas. Proponer el modelo belga, además de no tener en cuenta ni la historia ni la geografía, es decirle claramente a Cataluña que se vaya sin coste alguno. Es proponer que España se descomponga por zonas lingüísticas, cuyo resultado final sería una confederación difusa de Castilla, más los Països Catalans, más el País Vasco (¿con Navarra, como quería ETA?), Galicia y Aragón. O sea, una disolución en los viejos reinos de los Austrias. España sería sólo una carcasa formal para pertenecer a la Unión Europea. Con esta propuesta, el PSOE propone dinamitar tres siglos de historia común. 

Por otra parte, si lo que el PSOE propone para solucionar el problema catalán es que Cataluña se parezca a la Baviera, no propone en realidad nada, pues las diferencias en términos históricos, sociales y políticos en sus respectivos papeles son abismales, y lo único que demuestra el PSOE es que no conoce ni la Baviera, ni a Cataluña. Para empezar, el bávaro es un dialecto del alemán (como hay otros 52), no una lengua propia, y fue reino independiente hasta 1871. Los bávaros no discuten su «alemanidad», como nadie discute que BMW o Bayer son empresas alemanas y no bávaras (a pesar del nombre). Y podría seguir, pues Baviera es mi otra «nacionalidad». 

En definitiva, que el PSOE del señor Sánchez ha caído en el mismo complejo que tuvo el del presidente Zapatero. Ha ido a Barcelona y se ha convencido de que Cataluña es una nación oprimida, víctima de la maldad de los demás (castellanos y andaluces, principalmente), a la que hay que liberar, para que lidere España, dándonos la modernidad que nos falta, porque la marca Barcelona es europea y chic, mientras que Madrid y Sevilla son castizas y folklóricas. 

Mucho me temo que el PSOE lleva años perdido en el tema territorial. Muy perdido. Quizás porque ninguno de sus dirigentes se ha puesto a estudiar cómo funcionan los Estados federales, empezando por el primero en serlo, los Estados Unidos de América, y el más avanzado de Europa, Alemania. Pero, claro, eso lleva más tiempo que ir a Disneyworld o a la Oktoberfest. 

17 de julio de 2017 

lunes, 19 de junio de 2017

Kanzler Kohl, Vielen Dank

La semana pasada murió el canciller Helmut Kohl. Supongo que, para una mayoría de los españoles, la que siempre vivió en democracia y la que no recuerda a España fuera de Europa, era un casi perfecto desconocido. Sin embargo, para aquellos que pertenecemos a la generación de la Transición, esos que estrenábamos ciudadanía hace cuarenta años, Kohl es uno de esos referentes imprescindibles. Un referente en un grupo de personalidades fundamentales que hicieron mucho por configurar el conjunto de instituciones políticas, sociales y económicas de las que ahora disfrutamos en España y en Europa. Un grupo de personalidades (el Rey Juan Carlos, Suárez, F. González, Schmidt, Mitterrand, Delors, Craxi, etc.) entre las que siempre destacó el doctor Kohl. 

De pensamiento social cristiano, lo que en España habría que traducir por un centrismo pragmático, Kohl será recordado en Alemania y Europa por dos hechos esenciales que no nacieron de su ideología, sino de su forma de interpretar la historia (especialidad en la que se había doctorado en Heidelberg). Dos hechos íntimamente unidos que certificaban el final del siglo de guerras europeas que llamamos mundiales: la reunificación alemana y la construcción de la Unión Europea. 

Recién llegado al poder, en octubre de 1982, Kohl supo ver que la construcción europea necesitaba un nuevo impulso, pues había salido muy dañada de la forma en la que los grandes países habían enfocado la crisis de finales de los setenta, especialmente por las devaluaciones competitivas y las políticas económicas ultranacionalistas. Fue el primer líder europeo en darse cuenta de que había que avanzar en una integración más profunda, al mismo tiempo que había que ampliar el número de socios como una forma, no sólo de mejorar el crecimiento económico de todos, sino de afianzamiento de un bloque que superara la dependencia de los Estados Unidos. Supo convencer al presidente Mitterrand, socialista y nacionalista francés, de la bondad de un nuevo tratado de la Unión y de la necesidad de las ampliaciones. El Acta Única Europea de 1986, que daría lugar al Tratado de la Unión Europea de Maastricht de 1992, sería el primer paso hacia la Unión Europea del euro, de la ciudadanía europea, de la libre circulación de personas, etcétera que hoy conocemos. En paralelo a esta política europea, Kohl mantuvo la estrategia alemana de la Östpolitik, es decir, el acercamiento al Este, especialmente a la otra Alemania, como una forma esencial de ir superando las cicatrices de una guerra, la Mundial, que él había vivido en su adolescencia. Kohl siempre estuvo atento a lo que pasaba en el otro bloque y supo ver las señales de desmoronamiento que se iniciaron con Mijail Gorbachov en 1985. Un desmoronamiento en el que encontró la oportunidad de reunificar Alemania en una operación sencillamente audaz. Con el apoyo del Presidente Bush (padre) y de sus socios europeos (González, entre ellos), logró sortear la oposición de la Primera Ministra Thatcher y del presidente Miterrand, y, hacer en menos de un año, una unificación que se inició con la caída del Muro en noviembre de 1989 y culminó con el tratado del 3 de octubre de 1990 por el que desaparecía la RDA. 

Sólo por su contribución a la construcción europea y el éxito de la reunificación, el Canciller Kohl merece un sitio en la historia. Como merece un sitio en nuestra historia, pues fue él y su gobierno el que ayudó al de Felipe González a cerrar la difícil negociación de nuestra adhesión, que Francia estuvo bloqueando (por temas que ahora nos parecerían nimios) durante tres años. Kohl fue, posiblemente, el mejor Canciller que pudimos tener. 

Por eso, por haber configurado la moderna historia de Europa y, con ella la nuestra, y por lo mucho que siempre ayudó a nuestro país, creo que los españoles, a fuer de bien nacidos, deberíamos recordarlo, mandando el pésame a los alemanes y diciendo, in memoriam, sencillamente «Vielen Dank, Kanzler Kohl, für seine Unterstützung und Freundschaft». 

19 de junio de 2017 

martes, 25 de abril de 2017

Dieta informativa

La realidad, lo que creemos que pasa, es una cuestión de percepción. La realidad que percibimos es función de la información que nos llega y de la digestión que hagamos de esa información. Igual que la salud de nuestro cuerpo depende, además de la genética, del ejercicio y de la dieta, la salud en la opinión, y con ella las expectativas que tenemos del futuro, depende, además de la formación de base, del ejercicio intelectual y de la dieta informativa que consumimos. De la misma forma que una dieta sin carbohidratos o sin grasas produce desequilibrios, una dieta informativa a base de sólo titulares catastrofistas produce malestar general, ansiedad social y pérdida de expectativas. Y no digamos si, además le añadimos una alta dosis de estimulantes del miedo político. 

Fruto de una mala dieta informativa es la percepción que aún tenemos de la situación de la economía española. Si le preguntamos a cualquiera de nuestros conocidos sobre cómo está la economía española, la mayoría de ellos dirá que la economía española que aún no ha salido de la crisis. Y, si dice lo contrario, lo más seguro sea tachado de ser alguien próximo al Gobierno o votante del PP. 

Pues bien, la economía española, con los datos en la mano ya no está en crisis, al menos de crecimiento. Según los últimos cálculos, que espero que se ratifiquen esta semana con los datos del INE, la economía española tuvo una renta per cápita en el año 2016, en euros constantes, de 23.830 euros. Si tenemos en cuenta que estamos creciendo al 2,6%, este año tendremos una renta per cápita de 24.450 euros, prácticamente la misma que tuvimos en el 2007, cuando conseguimos la renta per cápita histórica más alta, de 24.503 euros (en euros constantes). Puesto que la renta per cápita es una media, esto significa que, si distribuyéramos la renta que vamos a producir este año de la misma forma en la que lo hacíamos en 2007, estaríamos, en un viaje en el tiempo, en los mismos niveles de bienestar que entonces. El problema, pues, no es de nivel de renta (que estamos llegando a los niveles precrisis) o de crecimiento (que está cercano al nivel potencial), sino de cómo y quiénes producen estos niveles de renta. La economía española no está en crisis, lo que pasa es que tiene, como todas, problemas. 

Y es este la segunda parte del análisis que hay que hacer. Pues los problemas de la economía española hoy son radicalmente diferentes a los que enfrentaba en el año 2007. En el año 2007 teníamos un problema de inflación del 4,22%, lo que nos llevaba a una inflación diferencial que nos hacía perder competitividad. Teníamos un problema de Balanza de Pagos que se reflejaba en un déficit por cuenta corriente del 9,6% del PIB, lo que hacía que nos endeudáramos con el exterior a unos niveles excesivos (más del 100%). Más aún, en 2007 alcanzamos un nivel de endeudamiento privado bruto del casi el 240% del PIB. Frente a estos datos, los problemas con los que nos enfrentamos hoy son otros: no tenemos un problema de inflación, sino de paro (aún en el 18,63%, aunque baja al ritmo del 2,2% anual); no tenemos un problema de balanza de pagos, sino de déficit público (que aún está en el 4,5% y ajustándose); se ha reducido la deuda privada en más de 50 puntos, mientras la deuda pública es superior al 101% del PIB, etc. 

La economía española no está ya en crisis, digan lo que digan los catastrofistas, sino que se enfrenta a una situación nueva fruto de esa misma crisis. Estamos, pues, en otra fase de nuestra evolución económica. Es cierto que tenemos graves problemas económicos con un fuerte componente social (y político). Pero esos problemas no se arreglan vociferando catástrofes, sino analizando realidades. Es decir, pensando y con datos. O sea, haciendo ejercicio y comiendo sano. 

24 de abril de 2017 

lunes, 10 de abril de 2017

La compleja guerra siria

Analizar la guerra siria solo es posible si se tienen en cuenta a todos sus participantes, sus intereses, su fuerza y la lógica de sus conflictos. Si se tiene en cuenta qué gana (o pierde) cada uno de sus participantes y porqué participa en el conflicto. 

El conflicto sirio se inició en 2011 a partir de la represión por parte del régimen de Bashar Al-Asad de las manifestaciones estudiantiles. La dureza de la represión y la facilidad con la que los movimientos de protesta fueron infiltrados por distintas facciones, primero por los extremistas del ISIS y, a continuación, por distintas células de Al-Qaeda (Tahris el Sham, ahora), sumado a la cuestión territorial kurda, dio lugar a una complejísima situación, en la que no menos de cuatro grupos luchaban entre sí, haciendo que lo que había empezado como una guerra civil se convirtiera en una situación conflictual con no menos de seis conflictos cruzados. 

La participación de potencias regionales y países limítrofes, así como de potencias mundiales (Rusia y Estados Unidos), fue casi inmediata, lo que ha añadido planos de complejidad al conflicto, que aleja su solución, pues en Siria se dirimen, también, luchas regionales y globales. 

El plano regional viene determinado por la lucha entre Irán y Arabia Saudí por la hegemonía regional, así como por los intereses de Turquía, Jordania y Líbano. Irán apoya (con armas, combatientes y financiación) al Gobierno de Al-Asad porque éste mantiene una estrecha conexión en el Líbano con Hezbolá (sus milicias luchan en Siria), presiona a Israel y, a través de la relación Damasco-Beirut, mantiene relaciones financieras con Occidente. Por su parte, Arabia Saudí apoya (con financiación y armas occidentales) a los dos grupos más radicales (Tahsis el Sham e ISIS) con el objetivo de expandir hacia el norte su influencia (religiosa), mantener la casi perdida guerra en Irak, controlar la expansión de Irán y apoyar a la población suní en Siria. El interés de Turquía es más limitado. Turquía interviene en la guerra siria luchando contra los kurdos (y contra el gobierno sirio) porque quiere evitar el control kurdo del norte de Siria, pues, unido éste al que ya tienen sobre el norte de Irak (ganado contra el ISIS), los kurdos lograrían una amplia base territorial para sus viejas aspiraciones. Finalmente, Jordania y el Líbano mantienen una cierta presión sobre Siria porque quieren evitar el flujo de refugiados (y lo están logrando), pues, este flujo alteraría la composición étnico-religiosa de sus poblaciones. 

El plano global tiene mucho que ver con el interés de Rusia por reconquistar el papel que tuvo la antigua URSS. Rusia apoya al Gobierno sirio porque cuentan en Siria con la única base naval que tienen en el Mediterráneo (Tartus), así como con la única aérea que tienen en Oriente Próximo (Jmeini), bases necesarias en la lógica imperial de Putin porque están detrás de las fronteras OTAN y presionan sobre el Canal de Suez y sobre los yacimientos petroleros del Golfo. El apoyo ruso ha llegado hasta involucrar a su ejército (incluso su único grupo aeronaval) y a vetar cualquier resolución en las Naciones Unidas. Por su parte, el interés norteamericano fue, en su inicio, más la expresión de la política exterior de derechos humanos del presidente Obama que una cuestión geoestratégica. Sin embargo, la activación de los grupos de Al-Qaeda, el crecimiento del ISIS en Irak, la creciente presencia iraní y rusa, así como el escándalo en el uso de armas químicas movieron a los norteamericanos a involucrarse hasta llegar a apoyar a distintos grupos anti-Asad y anti-ISIS con armas, asesores y cuerpos de operaciones especiales, en una escalada que ha culminado la semana pasada con el lanzamiento de misiles ordenado por el presidente Trump. 

El conflicto sirio es, como puede observarse, de una terrible complejidad. Resolverlo implica un sudoku que va mucho más allá que unos cohetes retóricos, algo que no sé si la nueva administración norteamericana comprende. 

10 de abril de 2017 

lunes, 27 de marzo de 2017

Para ganar unas elecciones

Para ganar unas elecciones se necesitan, en mi opinión, cuatro elementos esenciales: «marca», estructura, programa y líderes. 

Tener marca electoral significa que la ciudadanía asigna a unas siglas, a un logo, un conjunto de características ideológicas. Es decir, tener marca implica que las siglas sean conocidas y que la gente les asigne determinados atributos: derecha o izquierda, conservador o progresista, independentista o autonomista, etc. Tener marca implica tener, a priori, un público proclive claro, así como un público contrario también claro. Tener marca significa tener historia y haberla relatado, pues la marca se va haciendo a partir de una comunicación continua y orientada. Tener una marca limpia o poco dañada es una importante baza para ganar unas elecciones. Por el contrario, cuando una marca electoral está dañada, lo mejor es cambiarla. 

El segundo elemento para ganar unas elecciones es tener estructura con implantación en todo el territorio nacional o, al menos, en una parte importante del mismo. Estructura significa tener militantes o afiliados, personas de referencia en las sociedades locales, gente que trasmita opiniones hacia arriba y hacia abajo y organice encuentros, redes y contactos. Sin estructura no existe el partido y sin ella no es posible llegar a la ciudadanía. La fortaleza de los partidos tradicionales en España, más incluso que su marca (relativamente dañada por la corrupción), es precisamente su estructura: los miles de militantes organizados que tienen el PP y el PSOE le dan una clara ventaja frente a Ciudadanos y Podemos. 

El programa es, frente a lo que la gente cree, algo secundario en unas elecciones y va perdiendo importancia. Una buena marca y una buena estructura puede llegar a «vender» un programa regular, y, de la misma forma, un buen programa, sin marca y sin estructura puede no tener ningún éxito. Más aún, en estos tiempos de tuits y “post-verdad”, no es necesario ni siquiera tener un programa en el sentido clásico del término, pues basta con un par de «ideas-fuerza», especialmente, contra alguien o algo (como el de Syriza en Grecia contra el rescate o el de Trump contra los inmigrantes), para poderse presentar a unas elecciones e incluso ganarlas. 

Lo que sí es crítico para ganar unas elecciones es tener un líder. Es decir, una persona que encarne la marca, que alinee la estructura, que comunique el programa. Sin un líder, sea del tipo que sea, es imposible ganar unas elecciones. Más aún, un líder lo suficientemente fuerte es capaz de superar incluso las carencias de marca, de estructura y de programa y llegar a ganar unas elecciones. La inversa es también cierta: una marca, una estructura y un programa pueden engrandecer a un líder mediocre y hacerle ganar unas elecciones. 

Marca, estructura, programa y liderazgo son elementos necesarios y, todos juntos, suficientes para tener opciones en unas elecciones. Pero mientras que la marca y la estructura son cuestión de tiempo y de recursos, de estrategia comunicativa y de capacidad organizativa, los programas y los líderes son cuestión de oportunidad. Por eso es tan importante acertar con ellos, con los programas, pero, sobre todo, con los líderes. 

En poner a punto estos elementos es en lo que están realmente los partidos en España en estos meses. Todos los partidos están haciendo una cuidadosa campaña de márketing (unos para limpiar su imagen, otros para afianzarla), todos ellos están intentando afianzar sus estructuras (de ahí sus congresos nacionales, regionales y provinciales), algunos de ellos ya están perfilando los próximos programas electorales y algunos están buscando líder. 

De que acierten en poner a punto estos elementos es de lo que van a depender los resultados electorales de cada una de las formaciones en los próximos años, pues, una vez superada la sorpresa que supuso la irrupción de los nuevos partidos y conocida la orientación de cada uno, la política española puede volver a sendas de previsibilidad a poco que el PSOE vote estabilidad. En caso contrario, podemos volver a tiempos revueltos que en nada favorecen a la ciudadanía. 

27 de marzo de 2017 

lunes, 13 de marzo de 2017

Cumpleaños de Europa

Este mes Europa cumple 60 años. Más de medio siglo funcionando y cumpliendo objetivos. Más de medio siglo de éxitos, a pesar de los fracasos. Basta comparar los 60 años que van desde la firma del Tratado de Roma en 1957 y los 60 años anteriores a él, el período 1897-1957. En estos 60 años Europa no ha recuperado lo mucho que perdió en los 60 años anteriores en su papel en el mundo, pero ha ganado mucho más de lo perdido en niveles de bienestar para una mayoría de su población. En estos 60 años se han sucedido cuatro generaciones de europeos y cada una de ellas ha tenido una visión diferente de Europa y unos motivos diferentes para creer en Europa. 

La primera generación fue la que firmó el Tratado. Personas nacidas en las primeras décadas del siglo XX que vivieron la Primera y la Segunda Guerra Mundial, la primera como niños y la segunda como adultos. Personas que conocieron la decadencia de su mundo y el horror de las guerras. Personas que experimentaron la sinrazón del nacionalismo extremo y el totalitarismo. Personas que querían construir Europa para evitar repetir lo vivido. La mayoría de los políticos que urdieron o firmaron el Tratado de Roma sólo querían eso: que no volviera a ocurrir lo que habían vivido. Pero, conscientes de que las heridas estaban muy frescas en sus pueblos, optaron por el perfil bajo del comercio como forma de empezar la construcción europea. 

La segunda nació en los treinta, en plena crisis del 29, y en los cuarenta, en medio de la Segunda Guerra Mundial. Sufrió la Europa de la Guerra Fría, el boom económico de los sesenta y la crisis industrial de los setenta. Habían vivido una guerra y la bondad de la paz, y la crisis de los setenta, lejos de separarles, les llevó a «más Europa»: sabían que la crisis del 29 había tenido mucho que ver con los totalitarismos y con la guerra. Más Europa en forma de ampliaciones hacia el Sur, más Europa en forma de Mercado Único, más Europa en forma de euro. 

La tercera generación de europeos es la que nació en los cincuenta y en los sesenta. Para ellos Bruselas siempre existió, Europa era un mercado de oportunidades y recursos, compuesto por Estados del Bienestar. Las guerras para ellos fueron sólo cosas que pasan al otro lado de las fronteras en las que siempre están involucrados los norteamericanos. Esta generación soñó, junto con la anterior, unos Estados Unidos de Europa desde la frontera rusa hasta el Atlántico. Y escribió una Constitución que fracasó y luego se diluyó en una maraña de Tratados y reglas incomprensibles para la ciudadanía. 

La cuarta es la generación es la de la crisis y los problemas en el Este. La generación de las divisiones entre el centro y el Sur. La generación de los nuevos nacionalismos y del Brexit. Una generación para la que Europa es algo que está ahí, en la lejanía. Algo difuso que manda, pero que no se controla. Un algo con recursos, pero incompetente. Un algo culpable de la crisis. Un algo que no se sabe bien ni qué es, ni cómo funciona, ni para qué sirve. Un algo: ni una realidad, ni un sueño. 

Cuatro generaciones y cuatro formas de ver y sentir Europa. Ninguna de ellas se planteó cómo hacer de Europa, de la idea, algo más que un conjunto de instituciones y reglas que gestionaran los intereses. Ninguna se preocupó de establecer una educación europea que creara una comunidad de europeos. Ninguna se preocupó por un Estado del Bienestar Europeo. Ninguna de ellas quiso crear una administración europea que superara la suma de las administraciones. Ninguna de ellas ha dado verdaderos políticos europeos. Ninguna se preocupó por... ir más allá de un mercado, una moneda y unos símbolos. Ese es el problema, que ninguna de las generaciones de europeos se preocupó de hacer a los europeos europeístas. Y ese problema es el de los próximos cumpleaños de Europa. 

13 de marzo de 2017 

martes, 28 de febrero de 2017

Renta, riqueza y desigualdad

Desde hace unos años hablar de desigualdad está de moda. Desde que se constató la profundidad de la crisis y se fue consciente de que afectaba más a los más pobres, la desigualdad empezó a preocupar a la opinión pública. La publicación en inglés del libro de Piketty «El Capital en el siglo XXI», en una operación editorial con Paul Krugman contra el Financial Times, y la concesión del Nobel a Angus Deaton dio fundamento intelectual a esta preocupación. Los políticos y los medios de todo signo, especialmente los de izquierdas, se han sumado a un debate que, antes de esta moda, sólo nos interesaba a unos pocos economistas (Bourguignon, Milanovic, Ishikawa, etc.) capitaneados por el recientemente fallecido Tony Atkinson, a algunas ONGD y a escasos organismos internacionales. La desigualdad era, hasta la crisis, una cuestión de países pobres, no de dentro de nuestras fronteras. Ahora se habla mucho de desigualdad, pero se dicen muchas tonterías, entre otras cosas porque se busca más el ruido en la red que hacer un buen análisis. 

Para hacer un buen análisis hay que empezar por definir claramente la variable de la que se habla. En economía se llama renta al conjunto de todos los bienes y servicios de los que dispone una persona (o un grupo de personas) para satisfacer sus necesidades en un periodo de tiempo. Esta definición incluye la renta monetaria neta que recibe (sueldos, beneficios empresariales, pensiones y prestaciones, etc. descontados ya los impuestos directos), a la que hay que sumar rentas en especie (el uso de la vivienda en propiedad, por ejemplo) y lo que podríamos llamar rentas institucionales (como la enseñanza gratuita, el transporte público, etc.) que tienen mucho que ver con el gasto público. La renta total de una persona (o de un grupo de personas) es, en países desarrollados como España, mucho más que las rentas monetarias. La distribución de la renta total depende, pues, de las distribuciones de las rentas monetarias netas, de las rentas en especie y de las rentas institucionales. Como la renta monetaria neta incluye los impuestos directos, la desigualdad en la renta total final es función también de la progresividad de los impuestos directos (IRPF), de la desigualdad de las rentas en especie y de la igualdad de las rentas institucionales (Gasto Público). O sea, hablar de la desigualdad de la renta es ir mucho más allá de un simple análisis de los salarios brutos o de los beneficios empresariales, y tiene mucho que ver con el mercado de trabajo (paro, salarios), con el sistema impositivo y con el gasto público. 

La renta se produce a partir de la riqueza (el capital). La riqueza, el capital, es lo que produce la renta, es decir, la riqueza (el capital) es el conjunto de bienes tangibles e intangibles que generan renta. Entre los bienes tangibles están las propiedades y activos, como por ejemplo, una finca o acciones de una empresa (que produce dividendos) o una vivienda (que produce renta en especie). Entre los bienes intangibles está el capital humano (las capacidades personales) que, a través del trabajo, se convierten en salarios y pensiones, o los derechos sociales (que permiten el acceso, por ejemplo, a la sanidad). La riqueza se puede acumular a partir de la renta (ahorro), pero no sólo, pues también se obtiene mediante la formación (capital humano), la innovación y por reconocimiento institucional. Puesto que la renta se genera a partir de la riqueza (capital), la distribución de la renta depende de la distribución de la riqueza, pero sólo considerar la distribución de los activos tangibles es desenfocar el tema, pues los intangibles son no menos importantes. 

Con estas definiciones básicas se puede empezar a abordar la desigualdad, y digo empezar porque otro tema es a quién se le atribuye la renta y otro medir la desigualdad. Fijarse en sólo una parte de la renta o confundir, como es habitual, renta con riqueza es generar ruido que no resuelve la pobreza. Y eso sí es importante. 

27 de febrero de 2017