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miércoles, 16 de enero de 2019

Jaime Loring, in memoriam

La semana pasada falleció Jaime Loring. Tenía 89 años, y muchos de los que leen estas páginas seguramente no saben quién fue. Y, sin embargo, Córdoba no sería la que es hoy sin personas como él. 
 
Hubo muchos «Jaime Loring» en la vida pública cordobesa. Para algunos está el Jaime Loring fundador y profesor de ETEA. Para otros está el cura antifranquista y progresista. Para la inmensa mayoría está el Jaime Loring de los artículos dominicales en el Diario CÓRDOBA. Para unos pocos está el padre Loring jesuita en San Hipólito. Para unos escogidos, posiblemente a los que más amó en los últimos años, está el Jaime Loring comprometido con Iemakaie. Hubo muchos Jaime Loring en Córdoba. Como hubo muchos Jaime Loring en el ámbito familiar y de la Compañía de Jesús. Como hubo muchos Jaime Loring en Centroamérica. 
 
Quizás el más conocido es el primero. Porque Jaime Loring fue, en 1963, el fundador de ETEA. Un pionero en la enseñanza universitaria cordobesa que fundó el segundo centro universitario con que contó Córdoba, después de la Facultad de Veterinaria. Un pionero que importó un Plan de Estudios de Francia para formar a los empresarios del sector agrario, creando la primera facultad de Empresariales de Andalucía. Un innovador que incorporó, por primera vez en los estudios empresariales en nuestro país, las Prácticas de Empresa o los Trabajos Fin de Carrera. Un adelantado a su tiempo en internacionalización, incorporación de nuevas tecnologías (el tercer ordenador de la provincia se montó en ETEA) y pedagogía. Y, junto a esto, un profundo investigador del campo andaluz. Pues Jaime Loring no solo hizo el primer plan de contabilidad para el sector agrario, sino que dirigió la primera base de datos económico-financieros de la agricultura andaluza. Como no solo dio clases de contabilidad, es que creó el complemento de contabilidad de sociedades al Plan General de Contabilidad. Gestor carismático, con una inmensa capacidad de riesgo, fue, al mismo tiempo, un gran investigador y un riguroso y exigente profesor de gestión empresarial. 
 
Solo por estos logros merecería nuestro recuerdo, pero hubo mucho más. Pues, fiel al espíritu de su tiempo, el del Concilio Vaticano II, y a los aires que introdujo el Padre Arrupe en la Compañía de Jesús, Jaime Loring se comprometió activamente con el cambio político y social en los últimos años del Franquismo, en la Transición y en los primeros años de nuestra democracia. Animador del Círculo Juan XXIII, que fundaron amigos suyos como Luis Valverde, Balbino Povedano, Pepe Aumente o Rafael Sarazá, y próximo a los movimientos obreros y antifranquistas, que protegió, acogiendo muchas reuniones en ETEA, Jaime Loring fue un demócrata convencido en una época en la que pocos lo eran, un progresista en el tiempo en el que ese calificativo tenía más significado. Una actividad pública que no solo se desarrollaba en encuentros y en las plataformas de participación ciudadana, sino en los medios, especialmente en sus artículos para el Diario CÓRDOBA. Loring siempre estuvo interesado por los problemas del mundo, con una visión global que nacía de su experiencia personal en la España de la postguerra, la Francia de los sesenta, la Argentina de Videla, la Centroamérica de las guerras civiles, y, desde luego, de su vocación religiosa con el carisma de Ignacio de Loyola. 
 
Porque si hay un Jaime Loring esencial es el Jaime Loring jesuita de su tiempo. Un jesuita formado en los cincuenta, pues entró en la Compañía de Jesús en 1945 y se ordenó en 1959. Un jesuita activo en el mundo universitario desde 1963. Un jesuita comprometido en la lucha contra la injusticia y cercano siempre a los más desfavorecidos, tanto cercanos como del otro lado del mundo. Un jesuita que transmitía con pasión su pensamiento y que siempre vivió animado por su misión de servir a la fe, promover la justicia y dialogar con los diferentes. 
 
La semana pasada falleció Jaime Loring. Córdoba ha perdido uno de sus Hijos predilectos. 
 
16 de enero de 2019

miércoles, 2 de enero de 2019

Mujeres

No sé si Vox, como los demás populismos, ha llegado para quedarse. Posiblemente sí, como reacción a las revoluciones, pues todo revolucionario genera un reaccionario. Lo que sí sé es que las redes sociales y el big data, el relativismo cognitivo, los movimientos migratorios, el ecologismo y la revolución femenina ya están aquí y están configurando nuestras sociedades, como los ha configurado la globalización. Son los tiempos que vivimos. 
 
Hace siglos que tenía que haberse acabado la desigualdad de la mujer. Porque es algo evidente, un hecho objetivo, que las mujeres, por el simple hecho de serlo, de ser morfológicamente diferentes a los hombres, han tenido y tienen, en todas las sociedades, menos derechos efectivos que los hombres. Y no me refiero solo en aquellas sociedades en las que se les reconocen menos derechos (como las musulmanas), sino también a aquellas, como la española, en las que teniendo los mismos derechos formales reconocidos en una Constitución, no pueden ejercerlos de la misma forma que los hombres. 
 
Llevan razón, pues, las feministas en la raíz de sus protestas: siendo iguales socialmente hombres y mujeres en lo abstracto, no lo somos en lo real. Porque son las mujeres las que han de «tener cuidado» de no pasear por determinados sitios o en determinadas horas; son las mujeres las que son objeto de la mayoría de la pornografía y de las violaciones; son las mujeres las que sufren más la prostitución y la «trata de blancas»; son las mujeres las que sufren la mayor parte de la violencia en el hogar; son las mujeres las que han tenido históricamente menos oportunidades escolares; son las mujeres las que sufren una mayor tasa de paro y unas peores condiciones laborales; son las mujeres las que sacrifican sus carreras profesionales por crear y mantener una familia; son las mujeres las que no participan activamente en la vida pública porque tienen otras obligaciones; son las mujeres, mayoritariamente, las que cuidan a los niños, a los mayores. 
 
En España, son mujeres más de 23,7 millones de personas de las casi 46,6 que somos residentes. Es decir, el 50,6% de la población. Lo que implica que en España viven hoy 873.000 mujeres más que hombres. Y, sin embargo, no tenemos una sociedad pensada para incluirlas eficazmente, para que puedan ejercer sus derechos, para que puedan vivir plenamente su ciudadanía. Porque tenemos una sociedad basada en unos principios culturales e ideológicos que no son igualitarios. Proclamamos la igualdad y establecemos el principio en las leyes, pero esto solo es efectivo si cambia al mismo tiempo la cultura que sostiene esa arquitectura legal. No sólo es que falten leyes (de horarios, de conciliación, de igualdad en los permisos, etc.), es que, además, faltan políticas y recursos que hagan efectivas las que tenemos (de dependencia, de violencia de género, de educación infantil, etc.). Pero, sobre todo, falta educación en igualdad. Educación en casa, en la sociedad, en la escuela. Porque la cultura social evoluciona realmente con las ideas y se interioriza en eso que llamamos educación. 
 
La desigualdad radical de las mujeres en nuestras sociedades es una de las más evidentes, y al mismo tiempo silenciadas y extendidas, injusticias. Una injusticia que nos atañe a todos, a las mujeres y a los hombres. Una injusticia que no puede ser solo una preocupación del movimiento feminista, ni siquiera sólo de las mujeres, sino de toda la ciudadanía, de todas las instituciones. 
 
Harían bien los partidos de todo el espectro, ahora que ya estamos en ciclo electoral, en pensar en propuestas que actualicen en femenino las leyes y las políticas, como harían también bien las instituciones (empresas, instituciones sociales, la Iglesia, etc.) en empezar a pensar en cómo integrar este movimiento, porque la revolución de las mujeres está en marcha, aunque algunos no lo quieran ver, otros no lo sepan, otros la quieran manipular y algunos se opongan. Es imparable y está recién iniciada. Y será tanto más eficaz cuanto menos erre tenga. 
 
2 de enero de 2019

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Vox

La irrupción de Vox en el panorama político ha sido una sorpresa para todos. Incluso para ellos, pues, ni las encuestas más optimistas les daban más de tres escaños. Nadie esperaba que llegaran a los 390.000 votos que han tenido, casi el 10% de los votos en Andalucía. Ni que obtuvieran 12 escaños y la llave del Gobierno. Y, menos, con una campaña como la suya: sin candidatos conocidos, sin estructura, sin presencia en los medios, sin publicidad. 

El análisis de este resultado es sencillo, pues, en mi opinión, se ha producido por el desgaste, ya largo, del Partido Popular y del PSOE. La sorpresa ha sido que los votantes que lo han causado se han comportado, esta vez, de una forma diferente a como se esperaba. 

Es evidente que la inmensa mayoría del voto a Vox son antiguos votantes del PP. Gente que ha optado por Vox desencantada al descubrir que el partido al que han votado desde los noventa era un nido de corrupción con exministros en la cárcel. Son gente que no ha entendido la leguleya gestión de Rajoy en Cataluña y que abomina de las concesiones, también del PP, a los nacionalistas, por lo que cuestiona las autonomías. Gente que quiere reivindicar su españolidad y que rechaza los ataques a sus símbolos de esta españolidad: la bandera, el himno, la historia imperial, los toros, la caza, etcétera. Gente que no termina de aceptar los cambios culturales y demográficos y se siente amenazada por el feminismo militante, la inmigración y la diversidad que comporta, la incertidumbre de la globalización. La mayoría no son nostálgicos franquistas, sino «personas de orden» que han perdido el referente que suponía el PP y a los que ha contaminado una eficaz campaña de fake news en redes al estilo Trump. Entre otras cosas porque el Partido Popular lleva años sin discurso, sin un proyecto de futuro, sin propuestas y sin presencia. Y, para ellos, el señor Moreno Bonilla no es nadie. 

El resto del voto a Vox es de origen variopinto, siendo significativos los votantes enfadados con la Junta y con los partidos tradicionales por el enquistamiento de problemas concretos en determinados barrios y localidades. Votantes que, por su nivel de renta, normalmente hubieran votado a opciones de izquierda, y que, por el enfado con la Junta y los políticos, en esta ocasión, en vez de votar a Podemos o abstenerse, han votado a Vox. Y, finalmente, ha ido a Vox una parte importante del voto antisistema de derecha. 

Pero todo esto no hubiera dado 12 parlamentarios y la llave del gobierno andaluz si, en paralelo, el voto al PSOE no se hubiera desmovilizado. Sin los abstencionistas del PSOE, Vox se hubiera quedado en menos de la mitad de escaños. Son «socialistas de toda la vida» que, en estas elecciones, se han quedado en su casa porque reconoce la corrupción y el amiguismo de su partido. Gente que le incomoda el Gobierno Sánchez, el apoyo de los independentistas y su trato de favor a Cataluña. Gente en contra de Susana Díaz por el triunfalismo de su propaganda y la superficialidad de su política. Gente harta de la Junta y sus promesas. 

La mayoría del voto a Vox procede del PP. Por eso, es el PP el que tiene que pensar en cómo volver a integrar este voto, sin perder por el centro el voto hacia Ciudadanos, reformulando ideas, renovando caras, haciendo pedagogía democrática. Pero la relevancia de este resultado tiene su origen en la desmovilización de los votantes del PSOE, por sus graves errores de proyecto, de gestión y de discurso. 

Fue la crisis de los dos viejos partidos la que trajo nuevos actores al panorama nacional (Ciudadanos, Podemos, etc.), pero han sido su inacción ante su corrupción, la escasa frescura de sus discursos, su escasísima renovación real, la que ha traído estos resultados. Veremos si reaccionan a tiempo, pues el partido solo acaba de comenzar. 

19 de diciembre de 2018 

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Más de lo mismo

Cuando escribo estas líneas no sé el resultado de las elecciones, pues escribo justo el domingo y a miles de kilómetros. Pero, siendo importantes, que lo son, no son relevantes, porque, gane quien gane, solo tendremos más de lo mismo. Aunque el bipartidismo se haya finiquitado y se configure un nuevo parlamento; aunque parezca que se avecina una forma nueva de gobernar; aunque ahora haya caras nuevas, mucho me temo que poco va a cambiar en la política andaluza. Y no va a cambiar porque nuestra política es una política infantil, localista, superficial y conservadora. No importa quién gobierne, pues estas características no cambian. 
 
La política española y andaluza es infantil porque, como los niños, los políticos no tienen sentido del tiempo, no saben mirar a largo plazo. Nuestros políticos viven intensamente el día a día, sueñan con ser algo de mayores, pero no saben qué. En la política española no se tienen en cuenta las variables importantes, solo se analizan (si se hace) las tendencias, no se debate sobre el mundo que se nos avecina. En España, y no digamos en Andalucía, los temas cibernéticos, de la biotecnología, de la nueva antropología o de las fronteras éticas ni siquiera suenan y, cuando lo hacen, se tratan ingenuamente, como cuentos de hadas. El mundo está cambiando, y nosotros, los andaluces, seguimos enfrascados en los mismos tópicos y debates. Un nuevo mundo y una nueva humanidad se nos avecina y nada hay en nuestra sociedad, ni desde luego, en nuestra política que lo anuncie. 
 
Nuestra política es increíblemente localista y cerrada, lo que mal casa con la geografía que habitamos. Bastaría con que supiéramos leer un mapa de la realidad para que nos diéramos cuenta de que España es un territorio de frontera: entre dos mares, entre dos continentes. Somos la frontera entre un continente joven, África, cuya población es ya de más de 1.200 millones y crece al ritmo de más de 30 millones cada año, y Europa, un continente de 740 millones, que no crece y que es viejo. En África nace una España en año y medio, una Andalucía en un trimestre. En 10 años, el desequilibrio poblacional y económico será tal que ni el Sahara, ni el Mediterráneo, ni los corruptos países del Magreb, ni las alambradas serán suficiente para contener la marea. Y, en primera línea, Andalucía. Una región que no sabe dónde está África. 
 
Además, nuestra política es muy superficial. Basta con haber escuchado los debates o leído las propuestas de nuestros candidatos y candidatas para darnos cuenta de lo simples de sus planteamientos. Para empezar, porque son incapaces de analizar con una media solvencia técnica los problemas de convergencia, paro, industrialización, dinámica social, inmigración, medio ambiente o corrupción de nuestra comunidad. Más aún, no solo no saben, sino que las soluciones las abordan con unas orejeras ideológicas del siglo XIX. Es increíble que todavía sea un argumento calificar a una medida de «derechas» o de «izquierdas», como si el calificativo justificara una acción. Como es asombroso que, en la pasada campaña electoral, se hayan utilizado ideas de los años treinta del pasado siglo. Como es un insulto a la ciudadanía que los políticos se insulten. 
 
Infantil, localista, banal y conservadora. Terriblemente conservadora, pues siempre discutimos de lo mismo, hacemos los mismos pobres análisis, damos las mismas ideologizadas soluciones y debatimos de la misma forma. En Andalucía son conservadores hasta los que dicen no serlo porque siempre buscan en el pasado las soluciones a los problemas del futuro. 
 
No sé si es ya la edad, que es posible, o la distancia desde la que escribo, que lo hago desde Austria, lo que sí sé es que la campaña electoral andaluza ha estado a la bajura de mis expectativas. Y lo que me temo es que el Gobierno de la Comunidad ni siquiera estará a la altura de éstas. 
 
5 de diciembre de 2018

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Pobreza andaluza

En Andalucía hay pobreza. Urbana y rural. Pobreza, personas pobres. Una pobreza que tenemos ahí, que conocemos, que no queremos ver, que ignoramos conscientemente. Bastaría con preguntar a cualquier adulto en la calle de cualquier ciudad andaluza por los nombres de los barrios pobres, y rápidamente tendríamos una, dos o varias respuestas. Todos los andaluces sabemos que en Andalucía hay pobres desde hace mucho tiempo. 
 
Para que nos hagamos una idea de la magnitud del problema basta con un dato del INE, que la Junta recoge en su pésimo informe Estrategia Regional Andaluza para la cohesión e inclusión social. Intervención en zonas desfavorecidas, aprobado el pasado 28 de agosto, (pág. 20): en Andalucía, según datos INE (2016), la tasa de riesgo de pobreza es del 35,4%, mientras que la media española es 13,1 puntos inferior. Lo que significa que el riesgo de pobreza en Andalucía es un ¡58% mayor! que en el resto de España. Un riesgo que se concentra en 187 barrios a los que la Junta ha llamado Zonas Desfavorecidas Identificadas (ZDI) en las que residen 1.490.215 personas, el 17% de la población andaluza (pág.28). Es decir, hay casi un millón y medio de andaluces que viven en barrios y zonas con alto riesgo de pobreza. 
 
Por supuesto, no todas estas zonas o barrios son iguales. En algo más de la mitad es donde se concentran las peores situaciones, con niveles no ya de riesgo, sino de pobreza cierta. Dicho en plata: en Andalucía casi 900.000 personas viven en situación de pobreza, con rentas familiares medias que están entre los 550-800 euros al mes (6.600-9.600 euros/año) o lo que es lo mismo, con rentas que son el 25% de la renta familiar media española. En Andalucía hay, pues, 900.000 personas que viven como si lo hicieran en Centroamérica. 
 
Son barrios en los que la tasa de paro llega al 50% de la población adulta y malviven con el trapicheo, con lo que salga y con las ayudas sociales (cuando llegan). Son barrios con un índice de abandono escolar de casi el 40%, con tasas de analfabetismo superiores al 5% y más de un 20% de personas sin estudios. Son barrios en los que menos del 5% tienen estudios de bachillerato. Barrios en los que las viviendas no llegan a 60 metros cuadrados, en las que se hacinan una media de 5 personas. Barrios en los que la gente no llega a finales de mes y pide a préstamo, además de la familia, no a un banco, sino a los usureros. Son barrios... 
 
Son barrios en los que las condiciones de vida no han cambiado significativamente en los 30 años de retórica autonómica, a los que los ciclos de crecimiento no llegan, pero sí llegan las crisis. Son barrios a los que las administraciones públicas no saben tratar. Son barrios a los que unas cuantas ONG, organizaciones de Iglesia, funcionarios voluntariosos y unos cuantos vecinos comprometidos contienen. Barrios que necesitan ayuda y, desde luego, otras políticas y actitudes sociales. 
 
En Andalucía hay pobreza. Y porque existe y me interpela como andaluz, me enfada la campaña en la que se han enzarzado unos y otros por frívola y superficial. Porque en esta pobreza hay una responsabilidad del PSOE que ha tenido más de 30 años para abordarla en serio y no con eslóganes vacíos que nada significan y recetas fallidas por ideológicas. Y una responsabilidad de la oposición, que, en un caso, ignora y se desentiende de estos problemas y no sabe proponer alternativas, y, en otro, la explota y busca soluciones en filósofos del siglo XIX. 
 
En Andalucía se vive muy bien, repetimos los andaluces a los foráneos. Y es cierto, pero según donde te haya tocado nacer. Andalucía te quiere, decía un anuncio de la Junta. Y es cierto, pero a unos más que a otros. Porque en Andalucía, aunque no queramos saberlo, hay pobreza. Hay andaluces pobres. 
 
21 de noviembre de 2018 
 

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Paro andaluz

Que el paro es el primer problema que tiene la economía andaluza es una obviedad que no por repetida deja de ser cierta. Un problema que se repite EPA tras EPA, pues mientras que la media nacional ha bajado en la última encuesta hasta el 15,28%, Madrid está en el 11,86% y Cataluña en el 10,63% (economías regionales de nuestro tamaño), el mercado de trabajo andaluz sigue teniendo una tasa de paro del 22,85%. Además, la tasa de actividad, es decir, el porcentaje de población en edad de trabajar que está incorporada al mercado laboral, es sólo del 56,8%, dos puntos por debajo de la nacional y 4,2% por debajo de la catalana y casi 8,7% menor que la madrileña. 
 
¿Qué pasaría si la economía andaluza tuviera las tasas de actividad y de empleo iguales a la media nacional? ¿Y si tuviera los mismos datos de Madrid o Cataluña? Los cálculos son sencillos y se pueden resumir en seis cifras. Si Andalucía tuviera las tasas de España tendría 133.000 activos más y 440.000 empleos más. Con las cifras de Madrid tendría 454.000 activos más y 510.000 empleos más, mientras que con las de Cataluña tendría sólo 302.000 activos más, pero 750.000 empleos más. 
 
Lo significativo de este ejercicio es que cuantifica el número mínimo de puestos de trabajo a crear para empezar a pensar en una convergencia en renta con la media la nacional. Andalucía necesita crear unos 500.000 empleos más para ir reduciendo su brecha histórica. Como es indudable que no es posible crear esos 500.000 empleos en el Sector Público (entre otras cosas porque no habría quien soportara los impuestos para financiarlo y ya tenemos una administración pública sobrecargada) la pregunta es, entonces, cuántas empresas habría que crear o cuanto tendrían que crecer las empresas actuales, y si es posible hacerlo. Y la respuesta, por desgracia, es que es muy difícil que esto se produzca, pues en Andalucía el gen emprendedor no se valora (un porcentaje exagerado de jóvenes quiere ser funcionario), y a las empresas emprendedoras se les ponen trabas de todo tipo, pues nuestra cultura no ve el beneficio como legítimo y siempre considera al empresario como sospechoso. Mientras la sociedad andaluza no valore a los emprendedores y las administraciones públicas no sean más amables con las iniciativas empresariales, no se crearán los 500.000 puestos de trabajo que nos llevarían a converger en la renta media española. 
 
Lo esperanzador es que nuestra situación no se debe a una crisis diferencial andaluza, pues Madrid y Cataluña tuvieron una crisis industrial más profunda a principios de los 80, mientras que han sufrido los mismos avatares que nosotros en la última crisis. Como tampoco tiene que ver con una arquitectura institucional diferente, pues el Gobierno Central es el mismo y nuestra Comunidad Autónoma no ha tenido menos competencias que las otras comunidades, ni hemos tenido un sistema de financiación diferente que el de Madrid y Cataluña (algo que sí se podría argumentar con el País Vasco o Navarra). Tampoco se puede aducir el peso de la Historia, pues en 40 años de democracia, los andaluces hemos sido responsables en gran medida de nuestra propia economía, la tasa de analfabetismo es (oficialmente) irrelevante, nos hemos dotado de capital público suficiente (infraestructuras) y hemos tenido una significativa financiación europea. 
 
Quizás lo que hemos tenido, además de una cultura que desprecia o silencia, muchas veces por envidia, al emprendedor (¿cuántas estatuas tienen los empresarios? ¿cuántas medallas de oro de Andalucía se les conceden?) ha sido una política económica sectorial errónea y un exceso de presencia de los políticos en todos sitios. 
 
Las tasas de actividad y de paro son síntomas de una economía y una sociedad enfermas. Pues un buen sistema educativo da como resultado un capital humano empleable y una buena política económica da como resultado un tejido empresarial que lo emplea. Curiosamente dos de las cosas sobre las que tenemos que pedir cuentas en los próximos días. 
 
7 de noviembre de 2018

miércoles, 24 de octubre de 2018

Economía regional básica

Ya está en marcha la campaña electoral que nos llevará a las elecciones del próximo 2 de diciembre. Una campaña electoral que, a tenor de lo que estamos viendo en los últimos años, estará llena de tuits, noticias falsas, memes virales, exageraciones en las redes y debates intrascendentes. O sea, tendremos una campaña «de Luxe», con bastante zafiedad, que no tratará los temas que hay que tratar, empezando por el económico. 
 
Porque un primer tema que hay que tratar en esta campaña electoral es el del atraso relativo de la renta andaluza respecto de la del resto de España. El hecho objetivo, al que los andaluces nos hemos acomodado, es que el producto interior bruto per capita andaluz es, desde hace años, el 70-75% de la renta media española, concretamente, según datos del INE para 2017, el 74%. Para hacernos una idea más clara, si el PIB andaluz es 100, el español es 135, mientras que el catalán es 162 y el de Madrid es un 183 (¡casi el doble!). Y la diferencia es prácticamente la misma desde hace 30 años. 
 
El problema de fondo de esta persistente divergencia entre nuestra economía y la del resto de España es relativamente simple: la productividad media del ocupado andaluz es menor que la media española, al tiempo que hay una mucho mayor tasa de paro y una menor tasa de actividad. 
 
Andalucía no converge con la media española porque no crece en sectores de alta productividad. Es decir, mientras no se desarrolle un potente sector industrial (con más capital e innovación) y un sector de servicios avanzados (sanitario, educativo, financiero, comercial, servicios a empresas, etc.), mientras no crezcan las empresas andaluzas internacionalmente, no aumentará la productividad. Mientras Andalucía lo fíe todo a su tierra (la agricultura y la industria agroalimentaria básica), al clima y patrimonio histórico (el turismo) y a omnipresencia de la Junta (Administración y Servicios Públicos) la productividad media no será alta y crecerá lentamente, porque la acumulación de capital físico será muy baja. No es con olivos en seto, bares, hoteles y servicios públicos como crece la productividad de una economía (aunque también). 
 
Pero el problema más grave es la tasa de paro. Según la última EPA, la del segundo trimestre de 2018 porque la del tercer trimestre se publicará mañana, el número de parados en Andalucía era de 910.000 personas, o lo que es lo mismo, el 23,09% de tasa de paro. Puesto que la media española es del 15,28%, la de Cataluña es del 11,29% y la de Madrid es del 12%, se puede decir que Andalucía tiene una tasa de paro un 51% superior a la española, el doble de la catalana y un 92% más alta que la madrileña. Y lo malo no es solo que haya más de 910.000 personas en paro, es que eso supone, además, 300.000 hogares con todos sus miembros en paro, lo que determina una alta tasa de pobreza sin perspectivas de salida de la situación. Un paro que no tiene solución mientras no se creen más empresas y no aumenten de tamaño las que ya tenemos. 
 
Así pues, mientras el mercado de trabajo andaluz tenga un comportamiento tan divergente con respecto al resto de España y la estructura productiva no cambie, Andalucía no convergerá en renta. Si tenemos en cuenta que tenemos el mismo marco jurídico en el mercado de trabajo, que el nivel competencial de la Junta es de los más altos de España y que ha recibido per capita más fondos europeos que casi ninguna otra región, me temo que alguna responsabilidad en esto tienen los más de 36 años de gobierno del PSOE. Por eso, me gustaría oír en esta campaña alguna explicación que no ofenda mi inteligencia (acudiendo, por ejemplo, al atraso histórico), como me gustaría oír propuestas de la oposición que no sean obviedades. Pero mucho me temo que no tendremos ni explicaciones, ni propuestas. 
 
24 de octubre de 2018