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miércoles, 27 de febrero de 2019

Votantes o ‘hooligans’

Ya estamos metidos en tiempo electoral. En realidad, no hemos salido de él en los últimos años. Con el «no debate» de presupuestos, y digo «no-debate», porque nadie, ni la ministra, habló de economía, se ha abierto oficialmente el ciclo electoral. O sea, el peor momento para hablar de política. Porque, lejos de ser un tiempo en el que la ciudadanía trate a la política con respeto, en el que los políticos apelen a los votantes con propuestas que se debatan racionalmente y se presenten candidatos/as, las campañas electorales se están convirtiendo en un tiempo de ruido en el que la competición electoral es la excusa para el exceso, un tiempo en que los políticos, lejos de apelar respetuosamente a los/las votantes, quieren convertirlos en bandas de hooligans, de fanáticos idiotas. 
 
Para ello, los principales partidos cuentan con profesionales que segmentan la población por características (los «target»), establecen los slogans que apelan a lo más elemental y visceral («claim»), buscando el impacto («led») y la aceptación («likes»). Ya no existen grupos de trabajo en los partidos que hayan estudiado los temas, piensen propuestas coherentes con la situación real y con su ideología, e intenten convencer a una mayoría. Lo que hay son profesionales de la propaganda que movilizan a los afiliados y simpatizantes dándoles frases para debates, tuits para circular, videos para viralizar. Además, se tienen, más o menos en nómina, opinadores profesionales que simplifican los temas, hacen metáforas exageradas, y califican a los otros como de «izquierdas» o de «derechas», como si un calificativo fuera en sí mismo un argumento. En vez de partidos con ideas que se debaten, lo que hay son marcas que hay que diferenciar obligatoriamente en la «competencia electoral». Marcas que se compran, que identifican al que se acerca a ellas. Identidades que sirven para calificar o descalificar lo que se diga según la marca del que lo diga. Lo importante en la lógica electoral actual, no es de qué se hable (da lo mismo hablar de igualdad, de paro o de política exterior), ni la racionalidad de lo dicho, lo importante es ser de algún grupo, que seas de «los nuestros». Parece que, en política, va pasando como en el fútbol, que lo importante no es si te gusta el juego o lo entiendes, sino si eres de un equipo o de otro. Y, por supuesto, si ese equipo gana. 
 
Y cuando la ciudadanía entra en este juego, al que incitan los expertos y los políticos, cuando lo importante no es el juego, sino tener unos colores, todo se polariza, se construyen los «nosotros» frente a los «ellos». Se entra en la lógica política del conflicto, de la guerra. La lógica del teórico nazi Carl Schmitt. Desaparece el debate racional, no hay diálogo porque no se habla de nada ideal o concreto, ni posibilidad de acuerdo, solo posiciones extremas que nada dicen, descalificaciones, ruido y furia. La democracia se simplifica en el recuento de seguidores, desaparece lo común, lo que nos une, para subrayar lo que nos separa, lo que nos diferencia. Y, en estos contextos, es cuando aparecen Podemos y Vox, Trumps y Maduros. Para los partidos lo importante, entonces, no es convencer a los otros, a los que opinan diferente, lo importante es movilizar a los propios. 
 
Frente a esta dinámica, una «dinámica Mouriño», solo hay tres soluciones en la ciudadanía: la denuncia permanente de la estupidez de no pocos debates, el silencio educado o el ruego a los políticos de que vuelvan a hacer y hablar de política seriamente. 
 
No. No es solo el crecimiento de la desigualdad en la crisis lo que está generando el deterioro de la democracia y la eclosión de los populismos, pues más desigualdad había en los primeros años de la democracia. Lo que deteriora nuestra democracia son esos políticos que no respetan a la ciudadanía y quieren ponerle una camiseta, haciendo de cada votante un hooligan. 
 
No lo permitamos. 
 
27 de febrero de 2019

miércoles, 13 de febrero de 2019

Los tres problemas del presidente Sánchez

El gobierno del presidente Sánchez lleva en Moncloa ocho meses y, sin embargo, está ya tan desgastado como si llevara ocho años. Un desgaste que tiene, en mi opinión, mucho que ver con tres problemas que no puede o no sabe resolver y que le van a abocar a unas elecciones en este año. 
 
El primer problema del Gobierno del presidente Sánchez es que nació débil, porque fue fruto de un pacto anti-Rajoy, con los podemitas y los nacionalistas catalanes y vascos, socios poco fiables donde los haya, y por contar con solo 85 diputados sobre 350, además de minoría en la Mesa del Congreso y en Senado. A esto hay que sumar que no tiene ni siquiera una buena base territorial, pues hoy el PSOE no gobierna ni Andalucía, ni Cataluña, ni Madrid, ni las grandes ciudades (salvo Sevilla). El presidente tiene poco poder de maniobra, máxime si en las elecciones de mayo se sigue llevando sorpresas como la de Andalucía. 
 
El segundo problema que tiene el Gobierno, con diferencia el más grave, es que no tiene un proyecto para la legislatura, no sabe qué hacer. En gran medida, porque el relato de la moción de censura fue desalojar a un gobierno manchado por la corrupción y convocar elecciones (algo que no hizo). Sin embargo, está pretendiendo gobernar a partir de trending-topics de fin de semana, como si toda la ciudadanía estuviera conectada a las redes, lo que le lleva a cometer muchos errores, con anuncios que luego desmiente. Errores como los que afectan al mercado de trabajo, pues las medidas que proponen son fruto de una fijación ideológica antigua, de dos supuestos falsos (que el Estatuto de los Trabajadores de 1981 es una buena ley y que el mercado laboral de 2025 necesitara volver al marco regulatorio de 2008) y de un pésimo análisis del paro español. Errores como los anuncios de transición energética. Errores como los del ministro Ábalos de mandar a las Comunidades Autónomas el tema del taxi y las VTC. Errores como la exhumación de Franco, que ha creado un problema donde no existía, pues los jóvenes se están posicionando sobre su figura (y no siempre en contra), con el peligro de convertirlo en un mito y transformando su tumba privada en un lugar de peregrinación, cuando en el Valle se controlaba por el Estado. Errores como la negociación con los independentistas, y no solo por la cantidad de cesiones simbólicas que se han hecho, empezando por aquel Consejo de Ministros en Barcelona de diciembre, sino por las tangibles que se están planteando a cambio de su voto a los presupuestos, empezando por las inversiones en infraestructuras. Por otra parte, la actitud presidencial de pensar que España es una república presidencialista, pues no sabe usar a la Casa Real, y gestionar el Gobierno como un grupo de ejecutivos le está pasando factura. 
 
El tercer problema del presidente Sánchez es que está desconectado de su partido. Parece no saber en qué situación está su militancia, especialmente en Andalucía, como parece no importarle lo que se juegan sus cuadros en las próximas elecciones. Una gran parte del PSOE no se siente representado en el Gobierno y ha dejado de ser su conexión con la realidad social. Y no ayuda a reconectarlo propuestas como la de la candidatura de Pepu Hernández en Madrid. Es como si pensara que puede ganar las generales sin su partido, que puede llegar directamente a los votantes, o que desea que algunos de sus candidatos pierdan en mayo para remodelar el PSOE a su imagen. 
 
Con estos tres problemas, me temo que la voluntad del presidente Sánchez de «agotar la legislatura» se me antoja ciencia-ficción. Como veo difícil el que tenga un buen resultado electoral, pues, lejos de haber convocado elecciones al rebufo de la salida de Rajoy, se va a ver abocado a hacerlo por su debilidad, sus errores y sin apoyo de su partido. 
 
13 de febrero de 2019

jueves, 31 de enero de 2019

El nuevo Gobierno

Desde la semana pasada tenemos nuevo Gobierno en Andalucía, lo que ha levantado no pocas expectativas, positivas en algunos casos, alarmistas en otros. El hecho es que no lo va a tener fácil. Más bien al contrario, va a tener muy complicado armar siquiera una línea clara de gestión, lo que no quiere decir que sea imposible, pues hay, en mi opinión, dificultades objetivas que el mismo Gobierno debería tener en cuenta para poder enfrentarlas. 
 
La primera dificultad del nuevo Gobierno andaluz es la misma forma en la que se ha configurado: una coalición minoritaria. Una coalición de dos partidos que necesitan el apoyo de un tercero, Vox, que está ideológicamente en el extremo de uno de ellos, lo que hace imposible una acción de gobierno coordinada. Es, como lo fue el del presidente Sánchez, más un gobierno «anti» que un gobierno «pro». Es decir, lo que une a los votantes y, por extensión, a los partidos en el Gobierno, no ha sido un proyecto común, que no lo tienen el PP, Ciudadanos y Vox, sino el hartazgo de la utilización de la Junta por parte del PSOE. Desalojado el PSOE han de encontrar un relato común que se concrete en aquellas medidas que conciten la mayoría en el Parlamento. 
 
La segunda dificultad es el momento en el que se ha producido el cambio, pues ha sido el resultado de las primeras elecciones de un ciclo electoral en el que los tres partidos cuasi-coaligados compiten. No va a ser fácil para el presidente Moreno y el vicepresidente Marín mantener la buena sintonía en los próximos meses compitiendo sus candidatos por las principales ciudades de España, y siendo conscientes de que, para gobernar muchas de ellas, tendrán que llegar a acuerdos. Como no va a ser fácil mantener el Gobierno en campaña para unas generales. 
 
La tercera dificultad es la misma Junta y la cultura política que ha instaurado el PSOE en Andalucía tras sus 36 años de Gobierno. La Junta, como todas las administraciones públicas regionales grandes con un partido dominante (Cataluña, País Vasco, Galicia) ha desarrollado un entramado institucional y una cultura político-administrativa que no es fácil de gestionar sino por inercia, especialmente sin cuadros medianamente preparados. No es solo, como se cree comúnmente, el problema de la «administración paralela», son también las relaciones personales y las dependencias económicas que la Administración andaluza ha ido tejiendo a lo largo de los años. La Junta de Andalucía es casi el 20% del PIB andaluz, lo que habla no solo de la debilidad relativa del sector privado, sino de la dependencia que ha tenido la actividad económica privada de la actividad de la Junta, de la cercanía al PSOE. Y, junto a la dependencia, la discrecionalidad en los modos y procedimientos de la Junta. Una discrecionalidad amparada en el convencimiento de que nadie podía enfrentarse a las decisiones de la Junta, pues el coste del enfrentamiento siempre ha corrido en contra de la ciudadanía. Cambiar esta cultura tampoco va a ser fácil. 
 
La cuarta dificultad va a ser la escasez de cuadros. Es cierto que el PP, partido estructurado y grande, tiene número suficiente de cuadros con experiencia en la Administración central y local. Pero no todos están disponibles. Por su parte, Ciudadanos no cuenta con tantos de confianza como para armar una administración en poco tiempo, máxime cuando una parte de ellos los tiene que presentar a las próximas elecciones para expandir su poder local, de ahí que necesite independientes. 
 
Y, finalmente, la última dificultad la va a plantear la oposición del PSOE. Una oposición que será dura y poco limpia (se vio en la investidura), porque no se esperaba perder el poder, porque hay ajustes de cuentas internos que solo se pueden acallar con una victoria en las municipales que prepare los votos para las generales. 
 
No, no lo va a tener fácil el nuevo Gobierno. Así que al menos puedo desearle suerte. 
 
31 de enero de 2019

miércoles, 16 de enero de 2019

Jaime Loring, in memoriam

La semana pasada falleció Jaime Loring. Tenía 89 años, y muchos de los que leen estas páginas seguramente no saben quién fue. Y, sin embargo, Córdoba no sería la que es hoy sin personas como él. 
 
Hubo muchos «Jaime Loring» en la vida pública cordobesa. Para algunos está el Jaime Loring fundador y profesor de ETEA. Para otros está el cura antifranquista y progresista. Para la inmensa mayoría está el Jaime Loring de los artículos dominicales en el Diario CÓRDOBA. Para unos pocos está el padre Loring jesuita en San Hipólito. Para unos escogidos, posiblemente a los que más amó en los últimos años, está el Jaime Loring comprometido con Iemakaie. Hubo muchos Jaime Loring en Córdoba. Como hubo muchos Jaime Loring en el ámbito familiar y de la Compañía de Jesús. Como hubo muchos Jaime Loring en Centroamérica. 
 
Quizás el más conocido es el primero. Porque Jaime Loring fue, en 1963, el fundador de ETEA. Un pionero en la enseñanza universitaria cordobesa que fundó el segundo centro universitario con que contó Córdoba, después de la Facultad de Veterinaria. Un pionero que importó un Plan de Estudios de Francia para formar a los empresarios del sector agrario, creando la primera facultad de Empresariales de Andalucía. Un innovador que incorporó, por primera vez en los estudios empresariales en nuestro país, las Prácticas de Empresa o los Trabajos Fin de Carrera. Un adelantado a su tiempo en internacionalización, incorporación de nuevas tecnologías (el tercer ordenador de la provincia se montó en ETEA) y pedagogía. Y, junto a esto, un profundo investigador del campo andaluz. Pues Jaime Loring no solo hizo el primer plan de contabilidad para el sector agrario, sino que dirigió la primera base de datos económico-financieros de la agricultura andaluza. Como no solo dio clases de contabilidad, es que creó el complemento de contabilidad de sociedades al Plan General de Contabilidad. Gestor carismático, con una inmensa capacidad de riesgo, fue, al mismo tiempo, un gran investigador y un riguroso y exigente profesor de gestión empresarial. 
 
Solo por estos logros merecería nuestro recuerdo, pero hubo mucho más. Pues, fiel al espíritu de su tiempo, el del Concilio Vaticano II, y a los aires que introdujo el Padre Arrupe en la Compañía de Jesús, Jaime Loring se comprometió activamente con el cambio político y social en los últimos años del Franquismo, en la Transición y en los primeros años de nuestra democracia. Animador del Círculo Juan XXIII, que fundaron amigos suyos como Luis Valverde, Balbino Povedano, Pepe Aumente o Rafael Sarazá, y próximo a los movimientos obreros y antifranquistas, que protegió, acogiendo muchas reuniones en ETEA, Jaime Loring fue un demócrata convencido en una época en la que pocos lo eran, un progresista en el tiempo en el que ese calificativo tenía más significado. Una actividad pública que no solo se desarrollaba en encuentros y en las plataformas de participación ciudadana, sino en los medios, especialmente en sus artículos para el Diario CÓRDOBA. Loring siempre estuvo interesado por los problemas del mundo, con una visión global que nacía de su experiencia personal en la España de la postguerra, la Francia de los sesenta, la Argentina de Videla, la Centroamérica de las guerras civiles, y, desde luego, de su vocación religiosa con el carisma de Ignacio de Loyola. 
 
Porque si hay un Jaime Loring esencial es el Jaime Loring jesuita de su tiempo. Un jesuita formado en los cincuenta, pues entró en la Compañía de Jesús en 1945 y se ordenó en 1959. Un jesuita activo en el mundo universitario desde 1963. Un jesuita comprometido en la lucha contra la injusticia y cercano siempre a los más desfavorecidos, tanto cercanos como del otro lado del mundo. Un jesuita que transmitía con pasión su pensamiento y que siempre vivió animado por su misión de servir a la fe, promover la justicia y dialogar con los diferentes. 
 
La semana pasada falleció Jaime Loring. Córdoba ha perdido uno de sus Hijos predilectos. 
 
16 de enero de 2019

miércoles, 2 de enero de 2019

Mujeres

No sé si Vox, como los demás populismos, ha llegado para quedarse. Posiblemente sí, como reacción a las revoluciones, pues todo revolucionario genera un reaccionario. Lo que sí sé es que las redes sociales y el big data, el relativismo cognitivo, los movimientos migratorios, el ecologismo y la revolución femenina ya están aquí y están configurando nuestras sociedades, como los ha configurado la globalización. Son los tiempos que vivimos. 
 
Hace siglos que tenía que haberse acabado la desigualdad de la mujer. Porque es algo evidente, un hecho objetivo, que las mujeres, por el simple hecho de serlo, de ser morfológicamente diferentes a los hombres, han tenido y tienen, en todas las sociedades, menos derechos efectivos que los hombres. Y no me refiero solo en aquellas sociedades en las que se les reconocen menos derechos (como las musulmanas), sino también a aquellas, como la española, en las que teniendo los mismos derechos formales reconocidos en una Constitución, no pueden ejercerlos de la misma forma que los hombres. 
 
Llevan razón, pues, las feministas en la raíz de sus protestas: siendo iguales socialmente hombres y mujeres en lo abstracto, no lo somos en lo real. Porque son las mujeres las que han de «tener cuidado» de no pasear por determinados sitios o en determinadas horas; son las mujeres las que son objeto de la mayoría de la pornografía y de las violaciones; son las mujeres las que sufren más la prostitución y la «trata de blancas»; son las mujeres las que sufren la mayor parte de la violencia en el hogar; son las mujeres las que han tenido históricamente menos oportunidades escolares; son las mujeres las que sufren una mayor tasa de paro y unas peores condiciones laborales; son las mujeres las que sacrifican sus carreras profesionales por crear y mantener una familia; son las mujeres las que no participan activamente en la vida pública porque tienen otras obligaciones; son las mujeres, mayoritariamente, las que cuidan a los niños, a los mayores. 
 
En España, son mujeres más de 23,7 millones de personas de las casi 46,6 que somos residentes. Es decir, el 50,6% de la población. Lo que implica que en España viven hoy 873.000 mujeres más que hombres. Y, sin embargo, no tenemos una sociedad pensada para incluirlas eficazmente, para que puedan ejercer sus derechos, para que puedan vivir plenamente su ciudadanía. Porque tenemos una sociedad basada en unos principios culturales e ideológicos que no son igualitarios. Proclamamos la igualdad y establecemos el principio en las leyes, pero esto solo es efectivo si cambia al mismo tiempo la cultura que sostiene esa arquitectura legal. No sólo es que falten leyes (de horarios, de conciliación, de igualdad en los permisos, etc.), es que, además, faltan políticas y recursos que hagan efectivas las que tenemos (de dependencia, de violencia de género, de educación infantil, etc.). Pero, sobre todo, falta educación en igualdad. Educación en casa, en la sociedad, en la escuela. Porque la cultura social evoluciona realmente con las ideas y se interioriza en eso que llamamos educación. 
 
La desigualdad radical de las mujeres en nuestras sociedades es una de las más evidentes, y al mismo tiempo silenciadas y extendidas, injusticias. Una injusticia que nos atañe a todos, a las mujeres y a los hombres. Una injusticia que no puede ser solo una preocupación del movimiento feminista, ni siquiera sólo de las mujeres, sino de toda la ciudadanía, de todas las instituciones. 
 
Harían bien los partidos de todo el espectro, ahora que ya estamos en ciclo electoral, en pensar en propuestas que actualicen en femenino las leyes y las políticas, como harían también bien las instituciones (empresas, instituciones sociales, la Iglesia, etc.) en empezar a pensar en cómo integrar este movimiento, porque la revolución de las mujeres está en marcha, aunque algunos no lo quieran ver, otros no lo sepan, otros la quieran manipular y algunos se opongan. Es imparable y está recién iniciada. Y será tanto más eficaz cuanto menos erre tenga. 
 
2 de enero de 2019

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Vox

La irrupción de Vox en el panorama político ha sido una sorpresa para todos. Incluso para ellos, pues, ni las encuestas más optimistas les daban más de tres escaños. Nadie esperaba que llegaran a los 390.000 votos que han tenido, casi el 10% de los votos en Andalucía. Ni que obtuvieran 12 escaños y la llave del Gobierno. Y, menos, con una campaña como la suya: sin candidatos conocidos, sin estructura, sin presencia en los medios, sin publicidad. 

El análisis de este resultado es sencillo, pues, en mi opinión, se ha producido por el desgaste, ya largo, del Partido Popular y del PSOE. La sorpresa ha sido que los votantes que lo han causado se han comportado, esta vez, de una forma diferente a como se esperaba. 

Es evidente que la inmensa mayoría del voto a Vox son antiguos votantes del PP. Gente que ha optado por Vox desencantada al descubrir que el partido al que han votado desde los noventa era un nido de corrupción con exministros en la cárcel. Son gente que no ha entendido la leguleya gestión de Rajoy en Cataluña y que abomina de las concesiones, también del PP, a los nacionalistas, por lo que cuestiona las autonomías. Gente que quiere reivindicar su españolidad y que rechaza los ataques a sus símbolos de esta españolidad: la bandera, el himno, la historia imperial, los toros, la caza, etcétera. Gente que no termina de aceptar los cambios culturales y demográficos y se siente amenazada por el feminismo militante, la inmigración y la diversidad que comporta, la incertidumbre de la globalización. La mayoría no son nostálgicos franquistas, sino «personas de orden» que han perdido el referente que suponía el PP y a los que ha contaminado una eficaz campaña de fake news en redes al estilo Trump. Entre otras cosas porque el Partido Popular lleva años sin discurso, sin un proyecto de futuro, sin propuestas y sin presencia. Y, para ellos, el señor Moreno Bonilla no es nadie. 

El resto del voto a Vox es de origen variopinto, siendo significativos los votantes enfadados con la Junta y con los partidos tradicionales por el enquistamiento de problemas concretos en determinados barrios y localidades. Votantes que, por su nivel de renta, normalmente hubieran votado a opciones de izquierda, y que, por el enfado con la Junta y los políticos, en esta ocasión, en vez de votar a Podemos o abstenerse, han votado a Vox. Y, finalmente, ha ido a Vox una parte importante del voto antisistema de derecha. 

Pero todo esto no hubiera dado 12 parlamentarios y la llave del gobierno andaluz si, en paralelo, el voto al PSOE no se hubiera desmovilizado. Sin los abstencionistas del PSOE, Vox se hubiera quedado en menos de la mitad de escaños. Son «socialistas de toda la vida» que, en estas elecciones, se han quedado en su casa porque reconoce la corrupción y el amiguismo de su partido. Gente que le incomoda el Gobierno Sánchez, el apoyo de los independentistas y su trato de favor a Cataluña. Gente en contra de Susana Díaz por el triunfalismo de su propaganda y la superficialidad de su política. Gente harta de la Junta y sus promesas. 

La mayoría del voto a Vox procede del PP. Por eso, es el PP el que tiene que pensar en cómo volver a integrar este voto, sin perder por el centro el voto hacia Ciudadanos, reformulando ideas, renovando caras, haciendo pedagogía democrática. Pero la relevancia de este resultado tiene su origen en la desmovilización de los votantes del PSOE, por sus graves errores de proyecto, de gestión y de discurso. 

Fue la crisis de los dos viejos partidos la que trajo nuevos actores al panorama nacional (Ciudadanos, Podemos, etc.), pero han sido su inacción ante su corrupción, la escasa frescura de sus discursos, su escasísima renovación real, la que ha traído estos resultados. Veremos si reaccionan a tiempo, pues el partido solo acaba de comenzar. 

19 de diciembre de 2018 

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Más de lo mismo

Cuando escribo estas líneas no sé el resultado de las elecciones, pues escribo justo el domingo y a miles de kilómetros. Pero, siendo importantes, que lo son, no son relevantes, porque, gane quien gane, solo tendremos más de lo mismo. Aunque el bipartidismo se haya finiquitado y se configure un nuevo parlamento; aunque parezca que se avecina una forma nueva de gobernar; aunque ahora haya caras nuevas, mucho me temo que poco va a cambiar en la política andaluza. Y no va a cambiar porque nuestra política es una política infantil, localista, superficial y conservadora. No importa quién gobierne, pues estas características no cambian. 
 
La política española y andaluza es infantil porque, como los niños, los políticos no tienen sentido del tiempo, no saben mirar a largo plazo. Nuestros políticos viven intensamente el día a día, sueñan con ser algo de mayores, pero no saben qué. En la política española no se tienen en cuenta las variables importantes, solo se analizan (si se hace) las tendencias, no se debate sobre el mundo que se nos avecina. En España, y no digamos en Andalucía, los temas cibernéticos, de la biotecnología, de la nueva antropología o de las fronteras éticas ni siquiera suenan y, cuando lo hacen, se tratan ingenuamente, como cuentos de hadas. El mundo está cambiando, y nosotros, los andaluces, seguimos enfrascados en los mismos tópicos y debates. Un nuevo mundo y una nueva humanidad se nos avecina y nada hay en nuestra sociedad, ni desde luego, en nuestra política que lo anuncie. 
 
Nuestra política es increíblemente localista y cerrada, lo que mal casa con la geografía que habitamos. Bastaría con que supiéramos leer un mapa de la realidad para que nos diéramos cuenta de que España es un territorio de frontera: entre dos mares, entre dos continentes. Somos la frontera entre un continente joven, África, cuya población es ya de más de 1.200 millones y crece al ritmo de más de 30 millones cada año, y Europa, un continente de 740 millones, que no crece y que es viejo. En África nace una España en año y medio, una Andalucía en un trimestre. En 10 años, el desequilibrio poblacional y económico será tal que ni el Sahara, ni el Mediterráneo, ni los corruptos países del Magreb, ni las alambradas serán suficiente para contener la marea. Y, en primera línea, Andalucía. Una región que no sabe dónde está África. 
 
Además, nuestra política es muy superficial. Basta con haber escuchado los debates o leído las propuestas de nuestros candidatos y candidatas para darnos cuenta de lo simples de sus planteamientos. Para empezar, porque son incapaces de analizar con una media solvencia técnica los problemas de convergencia, paro, industrialización, dinámica social, inmigración, medio ambiente o corrupción de nuestra comunidad. Más aún, no solo no saben, sino que las soluciones las abordan con unas orejeras ideológicas del siglo XIX. Es increíble que todavía sea un argumento calificar a una medida de «derechas» o de «izquierdas», como si el calificativo justificara una acción. Como es asombroso que, en la pasada campaña electoral, se hayan utilizado ideas de los años treinta del pasado siglo. Como es un insulto a la ciudadanía que los políticos se insulten. 
 
Infantil, localista, banal y conservadora. Terriblemente conservadora, pues siempre discutimos de lo mismo, hacemos los mismos pobres análisis, damos las mismas ideologizadas soluciones y debatimos de la misma forma. En Andalucía son conservadores hasta los que dicen no serlo porque siempre buscan en el pasado las soluciones a los problemas del futuro. 
 
No sé si es ya la edad, que es posible, o la distancia desde la que escribo, que lo hago desde Austria, lo que sí sé es que la campaña electoral andaluza ha estado a la bajura de mis expectativas. Y lo que me temo es que el Gobierno de la Comunidad ni siquiera estará a la altura de éstas. 
 
5 de diciembre de 2018