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miércoles, 23 de octubre de 2019

Rupturas

Al margen de que se exhume a Franco (una típica cortina de humo de campaña electoral), lo más noticioso de estos días son las violentas protestas en Cataluña y el enésimo embrollo del brexit. Dos hechos que, además de noticiosos, nos están dejando lecciones para el futuro que no deberíamos desdeñar. 
 
La primera lección que se podría extraer del brexit es muy simple: no es bueno dirimir en un referéndum situaciones complejas, porque no es posible sintetizar en una pregunta dicotómica (de sí o no) esa complejidad. Y menos si la situación se plantea en términos emocionales y con mentiras. La irresponsabilidad de Cameron de plantear un referéndum de permanencia en la UE es tanta, como la de los políticos nacionalistas catalanes de pretender dirimir la convivencia en el conjunto de España en términos de un referéndum. Y es irresponsable porque el mero hecho de preguntar no es inocente, pues genera una ruptura entre aquellos a los que se le plantea. La inmensa mayoría de los británicos no se estaban cuestionando la permanencia a la Unión Europea cuando Cameron los invitó a hacerlo unos meses antes de su referéndum. Como nadie en Cataluña, salvo ERC, se planteaba la pertenencia a España hasta que a los nacionalistas de CiU no les valió con un nuevo Estatuto y quisieron un sistema de financiación propio que les favoreciera. Ahora, las dos sociedades, la británica y la catalana, están divididas y difíciles de gobernar, pues contar con el apoyo de unos es tener a los otros en contra. Y como la división es emocional, no hay forma de ganarse a la otra parte, ni con buena gestión: las emociones se viven, se cultivan, no se razonan. Uno puede cambiar de opinión razonando, pero nadie puede abrazar lo que emocionalmente se rechaza. Las rupturas emocionales generan una desconfianza que sólo la voluntad de superarla, el tiempo y, muchas veces, el silencio, puede restañar. Por eso, tengo la certeza de que las rupturas que ya se han producido en ambos casos, tanto en el interior de sus sociedades, como con los demás a los que algunos quieren dejar, tardarán mucho tiempo en cicatrizar, si es que alguna vez lo hacen. 
 
La segunda lección es que las relaciones entre sociedades son mucho más profundas y complejas de lo que pretenden los que propugnan las rupturas. Sobre todo si se ha compartido una historia y hay lazos culturales, económicos y políticos. Formalizar una separación entre la sociedad de un territorio y otro no es solo una cuestión de hacer una declaración, es establecer las condiciones de ciudadanía, dirimir la jurisdicción sobre todos los ámbitos, determinar una separación de derechos y obligaciones, etc. Dicho de otra forma, responder a preguntas tales como ¿quién es nacional de cada país? ¿qué derechos tienen los nacionales de un país en el otro? ¿cómo pueden operar y a quién han de pagar los impuestos las empresas de cada país cuando operan en el otro? ¿cómo se reparten los inmuebles públicos? ¿y los funcionarios? ¿quién se hace cargo de la deuda pública emitida? ¿quién paga las pensiones de los nacionales del otro país que radiquen en el contrario? Y así hasta casi el infinito, pues las rupturas sociales, y más en las que las sociedades llevan siglos unidas tienen muchos más pasos que una declaración y una ley de desconexión como la que intentaron hace dos años. 
 
La tercera lección es que toda ruptura tiene un coste. Y no sólo el emocional. Tiene un coste en términos de PIB, de empleo, de ineficiencia de mercado y de prestación de servicios, de pérdida de competitividad. Un coste que es proporcionalmente mayor para la parte menor que se separe. 
 
Estas son sólo tres lecciones de lo que pasa. Habría más, pero no merece la pena extraerlas, pues no creo que nadie esté dispuesto a cambiar de opinión sobre el tema del brexit o de Cataluña por mucho que se intente razonar. 
 
Es lo que tienen las rupturas. 
 
23 de octubre 2019

miércoles, 9 de octubre de 2019

Enfriamiento

Las señales que va dando la economía española en este inicio de otoño son de enfriamiento. El PIB está creciendo al 2% interanual, lo que supone la tasa de crecimiento más baja desde 2015. Un crecimiento que se debe más al crecimiento de los gastos de la administración pública y de las exportaciones que al del consumo privado y la inversión, lo que genera no pocas incertidumbres, pues el límite de las administraciones públicas lo determinan los impuestos y el de las exportaciones la competitividad exterior. Un enfriamiento que se empieza a notar en todos los indicios de los que nos servimos los economistas: la contratación se está reduciendo respecto al mismo mes del año 2018, como se están reduciendo las ventas de turismos, como está cayendo el consumo de energía eléctrica o la producción industrial. 
 
Las causas de este enfriamiento son conocidas y se venían anunciado. El modelo de crecimiento de salida de la crisis ha sido un modelo basado en la demanda externa y la competitividad exterior, en un contexto de política monetaria muy expansiva (tipos de interés cercanos al cero) y fiscal también expansiva (déficits públicos del 3%). Puesto que parte de la burbuja de crecimiento de la economía española se había debido a un crecimiento de las rentas salariales superior al crecimiento de la productividad, financiado desde el exterior, la corrección de estos desequilibrios solo podía producirse mediante la dieta de devaluación salarial a la que se ha sometido la economía española. Esta dieta, más dura que la de nuestros competidores, ha dado como resultado un modelo de crecimiento basado en el turismo y las exportaciones, por un lado, y el consumo y la inversión, por otro. Los dos primeros por la mejoría relativa de competitividad frente al exterior y los dos segundos por las políticas monetarias y fiscal expansivas. 
 
Pero estas bases están llegando a su fin. En primer lugar, porque las principales economías de las que depende la economía española, para la colocación de sus bienes (coches, bienes de equipo, etc.) y servicios (turismo), como para su financiación, se están enfriando: Alemania está al borde de la recesión, lo que implica menos exportaciones y menos turismo; Francia está en situación de estancamiento y el Reino Unido e Italia están sumidas en profundas incertidumbres que debilitan nuestra economía. En segundo lugar, porque los competidores de nuestros principales productos, empezando por el turismo, están volviendo a ser competitivos: Grecia, Turquía, Túnez, etc., vuelven a competir en los mercados turísticos. Y, finalmente, y en tercer lugar, porque el margen de las políticas expansivas se estrecha con el tiempo, pues no es posible mantener una política monetaria de tipos de interés cero durante tiempo indefinido sin poner en peligro el mismo sistema financiero, como no es posible una política fiscal de déficits públicos estructurales de casi el 3% del PIB con deudas públicas cercanas al 100% del PIB sin poner en peligro la misma economía. 
 
La economía española se está enfriando, pues, en un contexto de políticas instrumentales muy expansivo que no se puede mantener en el tiempo. Dicho de otra forma, y de una forma más cruda: el crecimiento de la economía española puede ser cercano al cero en los próximos trimestres, lo que traerá una disminución de la creación de empleo y una contracción de las expectativas sobre el futuro de nuestra economía, sin que tengamos mucho margen de maniobra. Esto supondrá que empecemos a hablar nuevamente de crisis. Una crisis que, esta vez, no se puede edulcorar con más gasto público, ni se va a resolver con más expansión monetaria. 
 
Y porque esta crisis va a llegar y le va a tocar al próximo gobierno, me gustaría, si no fuera mucha molestia, que en la campaña electoral se hablara seriamente de economía. El problema es que mucho me temo que ninguno de los candidatos tiene ni idea de qué es eso. Empezando por uno que dicen que es doctor en la materia. 
 
9 de octubre de 2019

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Novatadas

Vamos a las cuartas elecciones en cuatro años. Y vamos, además de por el cálculo electoral que hizo en julio el señor Sánchez, por los errores de estrategia que han cometido el señor Iglesias y el señor Rivera. 
 
El error de estrategia de Iglesias empezó cuando, tras su éxito electoral en las generales de 2015, y ante la debilidad del PSOE, creyó que podía desbancarlo en el liderazgo de la izquierda. No tuvo en cuenta entonces, y no tiene en cuenta ahora, que el PSOE es un partido de poder y con poder. Es decir, el PSOE es un partido organizado con una cultura política interna clara, con orientaciones ambiguas en algunos temas, pero con mensajes comunes, especialmente en época de elecciones. Así mismo, es un partido de implantación nacional, tanto en el medio urbano como rural, que cuenta, desde el inicio de la democracia, con poder autonómico y local, lo que le ha dado presupuesto y cuadros, que tienen incentivos personales para mantener su poder. Por eso, el PSOE tiene un suelo electoral resistente a los errores de sus gobiernos e inmunes a sus escándalos, un suelo electoral del 20-22% de los votos, lo que significa que uno de cada cinco votantes, como mínimo, opta por el PSOE en las elecciones generales. Y la prueba es que, aun en el peor momento del PSOE, en 2011, éste consiguió el 28% de los votos, y que ya con Podemos como estrella ascendente, en las elecciones de 2015 y 2016, retuvo el 22% de los votos, precisamente con Pedro Sánchez de candidato. Un resultado que se elevó al 28% en la cita de abril de este año y al 29,2% en las municipales. Frente a eso, Unidas Podemos es un movimiento desorganizado, con muchas voces, demasiadas ocurrencias, escasa implantación territorial, sin experiencia de poder, sin cuadros, cuyas únicas ventajas iniciales fueron el hartazgo social por la crisis (el 15-M), un potente discurso populista y el mejor manejo de las redes y medios. Ventajas que no han compensado sus carencias, pues sus resultados electorales se han quedado siempre entre 10 y 14 puntos del PSOE, lo que refleja la imposibilidad de la estrategia de Pablo Iglesias. Ante esto, la mejor opción de influir en la política nacional no pasaba, en el verano, por una negociación desde una postura de máximos, sino de mínimos, de tal manera que se anclara al electorado de extrema izquierda y aparecer como partido necesario. Por eso, hace dos meses me pareció irracional su táctica. Una táctica que, en mi opinión, le hará perder votos, porcentaje y escaños. Y, quién sabe, si el liderazgo. 
 
El mismo error de Pablo Iglesias es el que ha cometido Albert Rivera con el PP. Es cierto que la distancia de votos (200.000) entre Ciudadanos y PP en las elecciones de abril fue muy escasa, pero en las municipales de mayo, el PP le sacó más de 13 puntos (más de 3 millones de votos de diferencia), lo que habla de la debilidad orgánica y territorial de Ciudadanos y de la fortaleza de un partido, también de poder y con poder, como es el Partido Popular. Más aún, el abandono de sus bases en Cataluña y el movimiento hacia Madrid, así como la pérdida de su enfoque de partido bisagra, un partido que puede pactar con unos y con otros, que le ha alejado a buenos cuadros, le provocará una sangría de votos en las próximas elecciones, que se acentuará porque el veto a Sánchez fue tan tajante que le obliga a competir por el electorado del PP, cuando éste tiene ventaja. 
 
Iglesias y Rivera son dos líderes potentes que, al menos en mi opinión, han cometido el profundo error de considerar que la política en España va de liderazgos, cuando lo es, también, y más, de partidos. Y, por supuesto, de historia. Quizás porque vamos siendo un país de viejos con una democracia de más de 40 años. 
 
25 de septiembre de 2019

miércoles, 11 de septiembre de 2019

‘Brexit’ lento

La situación de la política británica puede parecer, tras las votaciones de la última semana, kafkiana. Y, sin embargo, es muy simple. 
 
Lo que el Parlamento británico ha votado es darle un mandato imperativo al primer ministro Johnson para que o bien llegue a un nuevo acuerdo de salida o bien pida una prórroga para negociarlo. Y los parlamentarios saben que, hoy, el único acuerdo de salida que hay encima de la mesa de los británicos es el que alcanzó la señora May, y que ellos rechazaron, por lo que la primera opción, es decir, que el primer ministro Johnson consiga en poco más de un mes negociar mejoras en ese documento, ya votado, además, por los 27 socios restantes, es imposible. Así pues, la única opción que tiene es pedir una prórroga para ver si se puede negociar otro acuerdo. Una prórroga que es posible, pero que no serviría para alcanzar un nuevo acuerdo, pues ni los socios europeos están dispuestos a cambiar las líneas rojas del acuerdo ya alcanzado (la frontera blanda irlandesa, los derechos de los residentes, etc.), ni el Reino Unido puede hacer otra cosa que amenazar con un brexit abrupto, algo increíble, puesto que el mismo Parlamento ha votado una ley que impide que sea así, y que, con la prórroga, se diluye. Los parlamentarios británicos han conseguido dos cosas: más tiempo para un brexit que llegará y deshacer el juego planteado por el señor Johnson. 
 
Desde que los británicos votaron por la salida han pasado ya dos años, a los que se podría sumar un tercero con la prórroga, de tal forma, que, en caso de salida sin acuerdo, los británicos (y los europeos) habrán tenido tiempo para adaptarse a la nueva situación. Las empresas habrán acomodado sus stocks, buscado nuevos proveedores, recalculado precios, ajustado salarios, mientras que los ciudadanos se habrán desecho de parte de sus activos exteriores y se habrán adaptado a la nueva situación. La administración pública también se habrá reestructurado. Fruto de esto, que ya está en marcha, y de los ajustes financieros, la libra se ha depreciado hasta 1,1 euros y, con esa debilidad, los británicos mantienen su competitividad exterior, reajustando sus precios interiores, que crecen décimas por encima de los europeos. El resultado de esta ganancia de tiempo es que impacto final del brexit sobre la economía británica será menor al anunciado, y los parlamentarios, muchos de ellos euroescépticos, se podrán presentar ante su electorado como representantes pragmáticos que han salvaguardado los intereses de su ciudadanía, pero que, al mismo tiempo, han cumplido el mandato de la salida. Los parlamentarios, y el Partido Laborista a la cabeza, lo que están pensando no es cómo resolver el brexit o el posbrexit, sino en cómo ganar las próximas y cercanas elecciones, teniendo en cuenta la salida. 
 
Y, para eso, necesitaban destrozar la estrategia del señor Johnson. El juego de Boris Johnson tenía un eje central: la de plantear a la Unión Europea un «juego del gallina (game of chicken)», pues al fijar una fecha tope de salida en octubre, sin la atadura del Parlamento, obligaba a la Unión Europea a reabrir el preacuerdo o arriesgarse a una salida abrupta con grandes pérdidas. Si la Unión Europea abría el acuerdo, Johnson se presentaba al electorado como el líder del nuevo Reino Unido «libre», con posibilidades de una mayoría absoluta. Si no lo lograba, la culpa la tendría, la pérfida Unión Europea, con lo que también tendría posibilidades. La clave, pues, de la estrategia de Johnson no era cumplir con el brexit, sino qué hacer con él para ganar las siguientes elecciones. Y, para esta estrategia, necesitaba suspender el Parlamento. La clave, pues, para entender lo que ha ocurrido es sencillo: todo es cálculo electoral. La política británica es, como todas, muy simple, pues debajo de los discursos lo que late es la ambición del poder. O sea, las próximas elecciones. Y si no, pregúntenle a Pedro Sánchez. 
 
11 de septiembre de 2019

miércoles, 28 de agosto de 2019

‘Trumpez’

La economía norteamericana está funcionando razonablemente bien, dentro del modelo único que tiene en el mundo: crece al 2,3% (más del doble que la zona euro), tiene una tasa de paro del 3,7% (la mitad que la zona euro) y una inflación anualizada del 2% (ligeramente superior a la nuestra, justo en el ideal). Como siempre, mantiene sus dos «twin deficits», sus déficits gemelos, con un déficit público del -4,7% del PIB y un saldo exterior negativo por cuenta corriente del -2,4%, que financia con un mecanismo excepcional en el mundo: las economías exteriores con superávit en los Estados Unidos (básicamente Alemania y China) transforman su beneficio allí obtenido en bonos norteamericanos, que dan una rentabilidad mayor (el 1,7%) que la de los países de origen (el -0,6% en el caso de Alemania y el 2,9% con riesgo de tipo de cambio en el caso de China), lo que financia el déficit público. Por eso, los mayores tenedores de bonos norteamericanos, después del sistema bancario norteamericano (incluyendo la Reserva Federal), son los sistemas bancarios europeo y chino (especialmente éste). La Reserva Federal, además, actúa como un preciso regulador del mecanismo, pues compra y vende bonos monetizando (emitiendo dinero) los déficits y regulando los tipos de interés. Dicho de otra forma, la economía norteamericana funciona como lo viene haciendo en su relación con el mundo desde hace más de sesenta años, es decir, como una economía dominante con capacidad de «seigniorage», pues emite una moneda, el dólar, con valor en todo el mundo, ya que es aceptado en todos los mercados. Una economía que es la cúspide de la globalizada economía mundial, el motor de ella: las demás economías del planeta dependen, en gran medida, del crecimiento de la economía norteamericana, al tiempo que ella depende de la financiación de los demás. Una financiación casi sin coste, ni riesgo de quiebra, pues el volumen total de dólares emitidos es aún pequeño en relación al monto total de transacciones de la economía mundial. Los Estados Unidos son, como economía, en el mundo globalizado, lo que un banco central a una economía normal: únicos. 

Este modelo económico que, con sus problemas de desigualdad y de sostenibilidad a largo plazo, pero con su creatividad y pujanza, funciona, es la que está poniendo en peligro el Presidente Trump con sus ocurrencias. La economía norteamericana, como cualquier economía, no se puede permitir la incertidumbre que genera el Presidente en su política exterior (crisis en Oriente Próximo, amenazas a China). Como no se puede permitir a largo plazo la paralización de los flujos migratorios, por la necesidad de mano de obra, ni una guerra comercial con el resto del mundo, dando marcha atrás a la globalización, ya que una subida arancelaria, lejos de resolver el déficit comercial norteamericano lo único que va a lograr es una recesión mundial. Una recesión mundial con efectos directos sobre la economía norteamericana, porque una parte importante de los activos y de las rentas de las familias norteamericanas y de sus pensiones dependen de los rendimientos de sus fondos en el exterior. 

Está claro que el Presidente Trump no sabe más economía que la de un especulador inmobiliario, un sector clásico sin competencia exterior y con poca innovación que se dinamiza con la incertidumbre, porque es refugio, y al que le interesan tipos de interés bajos e inflación alta. Por sus hechos y sus tuits se ve que no comprende cómo funciona la economía que gobierna. 

Define el Diccionario de la Real Academia que «estupidez» es la «torpeza notable en comprender las cosas». Quizás, después de que el Presidente Trump logre provocar una recesión mundial, y va camino de ello, haya que incluir una nueva palabra en nuestro vocabulario: «trumpez», cuya definición sería algo así como «torpeza notable en comprender la realidad, con tendencia a la mentira, pero con capacidad para beneficiarse personalmente». Pero eso nos obligaría a poblar nuestro diccionario de palabras como «bolsonarez», «johnsonez», «salvinez», o... 

28 de agosto de 2019 

miércoles, 31 de julio de 2019

Cálculo electoral

Después de lo visto en la sesión de investidura, mucho me temo que vamos a elecciones en el otoño. Por simple cálculo electoral. Un cálculo que es muy simple.

Para ser investido presidente y poder gobernar, lo importante no son los millones de votos que respalden a un partido, sino el número de escaños en el Congreso de los Diputados. Un número de escaños que depende del porcentaje de votos válidos que se obtengan y, cosa importante, si el partido fue de los dos primeros, porque el sistema electoral D’Hont recompensa a los primeros en cada circunscripción. Si el sistema fuera proporcional puro un 1% de los votos equivaldría a 3,5 escaños en el Congreso. Sin embargo, en las tres últimas elecciones (2019, 2016 y 2015), un 1% de los votos de los dos primeros partidos (PSOE y PP) se transformaron en 3,9-4,2 escaños. Es decir, los primeros partidos en las elecciones consiguen por cada punto un escaño más, que, lógicamente, pierden los otros partidos, nacionalistas aparte. Así, el 28,7% de los votos del PSOE en las últimas elecciones le han dado 123 escaños (multiplica por 4,3), mientras que el 16,7% del PP le ha dado 66 (multiplica por 3,95), mientras que, por ejemplo, el 14,3% de Podemos solo le ha dado 42 (multiplica por 2,9), mientras que Vox con un 10,3% solo tiene 24 escaños (multiplica por 2,3). Y esto se repite en las anteriores elecciones con bastante aproximación.

Desde esta perspectiva, y sabiendo que el PSOE está en condiciones de volver a ser la fuerza más votada y el PP la segunda, a ambos les interesa ir a elecciones en el otoño. Al PSOE porque sabe que, al margen de la abstención por hartazgo, que afectaría a todos los partidos, puede mejorar su porcentaje por el desgaste de Podemos y de Ciudadanos. Solo con una mejora del 2-3% se iría a 135-138 escaños, a 40 de la mayoría absoluta, que son con los que gobernó Rajoy. Con lo que tendría más fácil una coalición en otoño, pues Podemos no tendría tantas exigencias e incluso Ciudadanos podría entender su papel de partido bisagra si bajara de los 50 diputados. Y podría no depender de los independentistas. Por otra parte, sabe que la distancia de 12 puntos que tiene con el PP hace que este no pueda ser el partido más votado, ni formar gobierno.

Al PP también le interesan las elecciones en otoño. La corrupción y el cambio de liderazgo ya se pagaron en las elecciones anteriores, y Casado y el nuevo aparato han madurado para unas elecciones con más garantías. Mejoría su porcentaje por la bajada de Ciudadanos y, sobre todo, de Vox, con lo que podría ganar un 3% que serían unos 10-12 escaños hasta llegar a los 78 escaños.

Curiosamente los dos partidos que más podrían perder con una nueva convocatoria, Ciudadanos y Podemos (Vox aparte), aquellos cuyos factores de multiplicación electoral es inferior al 3,5 por su posición relativa en las últimas elecciones, son los que más han hecho por ir a ella. A Ciudadanos una pérdida de un 3%, algo posible por la estrategia de Rivera, le llevaría a perder 8-10 escaños. Tendría menos de 50 escaños, lo que permitiría una rectificación y aceptar una coalición con el PSOE (con ministerios) o apoyo externo, como hizo con Rajoy. Podemos, por su parte, también perdería con nuevas elecciones, ya que una caída de 2-3 puntos le haría perder entre 6-8 escaños. Máxime si Errejón lanza su plataforma. Por eso, si la estrategia de Rivera es incomprensible, la de Iglesias es irracional.

A Pedro Sánchez, además, no le interesa ahora una coalición con Podemos, por la desconfianza generada, por la incertidumbre de la sentencia del procés y porque el verano mejora las variables económicas. Así pues, para Pedro Sánchez lo mejor es paciencia y elecciones, salvo que Rivera rectifique (que lo dudo). Y conste que no me llamo Iván Redondo.

31 de julio de 2019

jueves, 18 de julio de 2019

La próxima crisis

Entre las muchas noticias que nos asedian todos los días, una de las más recurrentes en la prensa económica es el anuncio de una inminente nueva crisis. Una crisis más profunda que la anterior y que nos llevaría al borde del colapso económico. Parece que vista la fortuna que hizo Roubini con sus predicciones hay toda una multitud de discípulos regalando análisis sobre el futuro.

Que en algún momento del futuro puede haber una crisis de crecimiento en cualquier economía del planeta es un hecho seguro, pues no existe la economía perfecta de crecimiento infinito sin desequilibrios, como no existe la máquina del movimiento perpetuo. Como es seguro que se producirá una crisis de la economía global a poco que la sufra cualquiera de las grandes economías, pues la economía global es la suma de economías y mercados imperfectos. Las crisis, las disminuciones de crecimiento, incluso las profundas que cursan con una recesión y desequilibrios profundos como aumento del paro, los déficits o la inflación, son inevitables en todos los sistemas económicos, estén más o menos regulados. Y no, como erróneamente se cree, porque ocurrieron en el pasado, sino por la lógica del comportamiento humano: en las economías de mercado por los «fallos del mercado» (por el comportamiento «manada» de agentes racionales), y, en las reguladas, por los «fallos de sobreinversión» que son incluso más graves (pregúntesele a los rusos). Más aún, que vamos a tener una crisis de crecimiento global en el futuro es seguro, aunque solo fuera por la maldición malthusiana de que el crecimiento de la población mundial llevará al agotamiento de algunos recursos naturales básicos, dada la tecnología actual, si no es que llega antes el colapso medioambiental, que también tiene graves consecuencias económicas. Así pues, no tiene ningún mérito predecir genéricamente una crisis económica para el futuro, pues es lo mismo que predecir que todos los seres humanos que hoy estamos vivos en algún momento del futuro moriremos. La clave, entonces, no está en predecir una crisis, pues los altibajos en el crecimiento, como las enfermedades, son inevitables, sino en sortearla el mayor tiempo posible interpretando correctamente las señales de debilidad y los peligros, y actuando contra ellos, y, en el caso de que llegue, ejecutando políticas para que dure lo menos posible y sea lo menos maligna socialmente.

Precisamente porque es algo inevitable que tarde o temprano pasa, la economía española va a vivir una disminución de su tasa de crecimiento que, de conjurarse con algunos peligros que están en el horizonte, sí la podrían llevar a una nueva crisis, de menor intensidad que la anterior, sin que esto signifique que vaya a ocurrir el año que viene. Una disminución del crecimiento cuyo origen estará en la saturación del sector turístico, pues se están batiendo récords y se empieza a activar la competencia en otros destinos; en la incertidumbre que rodea al sector automovilístico por las nuevas regulaciones medioambientales y el alto coste de cambiar sus plantas; en el estancamiento de las exportaciones por las guerras comerciales y la ralentización china; en la saturación de la construcción de viviendas, pues aún hay un stock de casi 460.000 sin vender y el número de hogares crece lentamente; y, finalmente, en la ralentización del crecimiento del sector público, porque se está alcanzando el límite de lo sostenible de deuda pública. Así, pues en cuanto la mitad de los motores de nuestro actual crecimiento (turismo, automóvil y exportaciones, construcción y sector público) empiecen a alcanzar el punto de saturación, la disminución de la tasa de crecimiento (lo que algunos llamarían la crisis sin serlo), será un hecho. Que podría agravarse si amenazas como la crisis italiana o la crisis bancaria alemana (más que el Brexit) se materializan.

Una crisis que podríamos mitigar, incluso evitar, con una política de reforma estructural que empieza a ser inaplazable. Algo que no creo que sepa, ni pueda hacer, el hipotético Gobierno del señor Sánchez.

18 de julio de 2019