La política económica que se hace depende de la ideología, los valores que se profesen, y del conocimiento que se tenga de economía. Y, normalmente, aun en los ámbitos académicos, se suele manipular el segundo para que no sea incompatible con la primera. En política económica, por desgracia, suele influir más la ideología que el conocimiento empírico o la lógica. De ahí que algunos, no solo los políticos, argumenten con razones absurdas que son un insulto a la inteligencia. Los hay, incluso, que se atreven a dar un discurso semitécnico amparados en los manuales elementales de macroeconomía que estudiaron hace años.
En este debate, mitad ideológico y mitad técnico, que es desde el que realizan las propuestas de política económica para la opinión pública, se vienen observando dos grandes líneas de propuestas que me atrevo a llamar "keynesianismo ingenuo" y "liberalismo simple", que merecen una seria reflexión. No incluyo el "izquierdismo adolescente" en este nivel, aunque lo apoyen pseudointelectuales, porque sus categorías conceptuales carecen de rigor.
Los "keynesianos ingenuos" tienen un magnífico discurso. Para salir de la crisis, para volver a la senda de crecimiento, lo que hay que hacer, según ellos, es una fuerte expansión monetaria, acompañada de un fuerte estímulo fiscal con alto crecimiento del gasto público en todos los niveles. Confían en que los multiplicadores de gasto son mayores que los de impuestos (Teorema de Haavelmo) y creen firmemente que el paro se resuelve sin más que mantener durante el tiempo suficiente los estímulos monetarios y fiscales porque es fruto de una baja demanda efectiva (Teorema de Keynes). Todo esto se sintetiza en unas sencillas líneas de política económica: tipos de interés bajos, inversión pública, gasto social, déficit público. Salir de la crisis es, entonces, cuestión de tiempo.
Este programa, que es el que está aplicando con matices en todo el mundo, tiene, sin embargo, problemas. En primer lugar, la política monetaria, en segundo plano ahora, solo es eficaz si el sistema financiero funciona correctamente, o sea, si existe transmisión monetaria. Por eso, por mucha expansión monetaria que haya (que la está habiendo), mientras no se recupere el sistema y se reequilibren las cuentas financieras de familias y empresas, la política monetaria solo será un instrumento necesario, pero no decisivo, en la recuperación. Por su parte, los multiplicadores de gasto e impuestos no son estables a lo largo del tiempo, ni son indiferentes al componente de gasto o de impuestos sobre el que se haga la expansión. Dicho de otra forma, la eficacia de la política fiscal depende más de qué impuesto se baje o de qué gasto se amplíe que del a priori de uno u otro. Por cierto, que el gasto en infraestructuras, inversión pública, ni resuelve el problema del paro ni hace crecer la economía si no hay inversión en capital humano e inversión privada que la acompañe. En cuanto al mercado de trabajo, hay un hecho empírico y paradójico con él: cuando es flexible (como el americano), el paro que se produce es mayoritariamente keynesiano, es decir, se resuelve con expansión de la demanda; cuando es rígido (como el europeo), el paro es, en parte, clásico, o sea, debido a un exceso de salario sobre la productividad media. Finalmente, los keynesianos ingenuos no son conscientes de que las políticas que proponen son insostenibles a largo plazo porque generan deudas públicas explosivas y tipos de interés altos o inflación, lo que reduce el potencial de crecimiento.
Lo siento, pero los keynesianos ingenuos invocan una vieja macroeconomía que sirvió para resolver problemas de economías muy diferentes a las globalizadas economías modernas. Me temo que no llegan a comprender, si es que realmente han leído a Keynes, ni el contexto económico ni la inmensa aportación teórica de la Teoría General. Creo que si Keynes viviera reivindicaría una versión más sofisticada y sutil de su pensamiento. Pero la exposición de este keynesianismo sofisticado tendrá que esperar a un próximo artículo.
10 de noviembre de 2009
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