Las transiciones o las revoluciones son, en política, como las crisis en economía: un periodo de tiempo, más o menos largo, en el que se producen cambios rápidos en la realidad social. El resultado es una realidad distinta. La profundidad y rapidez del cambio depende de la naturaleza y fuerza de sus causas.
Las causas de los cambios sociales rápidos (los de transformación social son más complejos) suelen ser, en una primera aproximación, relativamente sencillas: el pueblo se manifiesta, más o menos violentamente, ante una situación insoportable de injusticia política o de deterioro económico. Suele ser ésta última la causa de la mayoría de las revoluciones y transiciones políticas, pues la injusticia política solo suele concretarse contra individuos y minorías, se puede silenciar y su percepción puede distorsionarse para la mayoría. Sin embargo, una situación de crisis económica, con carestía de bienes básicos, subidas de precios, paro, la corrupción, etcétera, no es posible silenciarla, pues es el conjunto de la ciudadanía el que la percibe y vive. Por eso, la mayoría de las revoluciones y transiciones han tenido, a lo largo de la historia, un componente económico. Las revoluciones francesa y norteamericana del siglo XVIII, las revoluciones burguesas del XIX, revolución rusa de 1917, las transiciones del Mediterráneo en los 70, las transiciones del Este y de Corea del Sur o Taiwán en los 90, las revueltas en el Magreb de estos días, todas ellas tienen un componente económico. El complementario de esta idea es evidente: una sociedad con crecimiento económico, sin paro, con mecanismos de distribución, no es revolucionaria, ni suele reclamar una transición, aunque tenga un régimen político autoritario (China es un buen ejemplo). En estos casos, la transición, cuando se produce, lo hace como evolución de la sociedad: emergencia de la clase media, cambio generacional y cultural, cambio económico.
El éxito de una transición, hacia una sociedad más abierta y democrática, depende de muchos factores. Tres son, en mi opinión, los factores críticos de éxito de una transición: la existencia de una clase media relativamente consolidada o la creación de esa clase media en el periodo de transición; la existencia de un pacto político que cree una coalición amplia (política y social) en pos del cambio, y cuyo contenido sea la transformación rápida de las instituciones políticas; y, finalmente, lograr un éxito relativamente rápido contra el origen de la crisis. Dicho de otro modo, que haya un sustrato social para la transición, que haya un grupo amplio que manifieste su voluntad de cambio y, por último, que este cambio se legitime resolviendo el problema original. Traducido a nuestra historia: el desarrollo de los 60, los Pactos de la Moncloa (y el apoyo de occidente) y la creación del Estado del bienestar (y la apertura a Europa).
Teniendo esto en cuenta (y recomiendo releer a Przewosky) podemos explicar lo que está ocurriendo en cada uno de los países del Magreb. Así, en Túnez la clave va a estar en la capacidad que tenga la muy poco estructurada oposición en legitimarse ante las masas, pactando al mismo tiempo con lo que queda del régimen de Ben Alí (fundamentalmente el ejército). En Egipto, por el contrario, la situación es mucho más compleja, porque no llega a tener una clase media amplia, la oposición está dividida por posiciones casi irreconciliables (los Hermanos Musulmanes y la oposición laica tienen visiones diferentes del futuro), es difícil el pacto con lo que queda del régimen de Mubarak (éste no quiere irse) y la situación económica es más grave que en Túnez. En estos contextos, la ayuda internacional, tanto de los países ricos, como de los vecinos y aliados, es clave. Por eso, Europa y Estados Unidos deben volcarse en la consecución del pacto de transición y en ayuda económica para empezar a legitimar al nuevo régimen.
Quiera Alá que esto se produzca, porque en el Magreb está el flanco sur de Europa.
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