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lunes, 22 de agosto de 2011

Nada europea

En Occidente, la coyuntura económica de este mes de agosto está siendo muy problemática. La economía norteamericana ha vivido al borde de una crisis de deuda por el infantilismo cerril del Tea Party y la falta de liderazgo del Presidente Obama, lo que está llevando a una situación insostenible de bajo crecimiento y enquistamiento del paro. Por su parte, en Europa la situación no es mejor. La crisis de la deuda de los pasados días se ha resuelto, momentáneamente, con la intervención del BCE y una simple declaración de los principales líderes del continente. La coyuntura está desbordando a nuestros políticos y a nuestras instituciones, en todos los niveles, por lo que el resultado es una política de improvisaciones que sólo sirve para salir del paso hasta el siguiente momento de crisis. La crisis económica está dejando en evidencia la ausencia de ideas, la carencia de líderes con visión, la artrosis de las instituciones europeas. Está retratando la nada europea. 

Los europeos no tienen una idea clara de qué es Europa y de qué puede ser en el siglo XXI. Los europeos no somos "europeístas", no vemos un futuro común. Quizás porque, en el continente del nacionalismo, y vendido éste como el último grito de modernidad política, el localismo (sea lo amplio que sea) nos impide ver el fundamento común de nuestra cultura y el interés de la suma de nuestras realidades para tener voz en los asuntos del mundo. Después del fracaso de la Constitución Europea (en 2004) dejó de hablarse de la integración europea y la idea de Europa salió del debate político, incluso del debate académico. En Europa ya no tenemos "teóricos de Europa", ya no soñamos sobre el futuro de Europa. Hace años que nadie invoca ya la bandera de los Estados Unidos de Europa. Los europeos estamos perdiendo el sentido de Europa. Y, sin embargo, Europa es una realidad porque nuestras economías son tan interdependientes que parte de la solución para salir de la crisis hay que articularla entre todos. Más Europa haría más fácil el crecimiento porque haría posible una política fiscal integrada y coordinada, lo que permitiría una mejor gestión de la deuda. 

Pero para tener más Europa, además de ideas, necesitamos líderes europeos y europeístas. No hay una idea de Europa, en parte, porque tampoco hay líderes europeos. En Europa tenemos políticos, pero no tenemos líderes. Es decir, tenemos profesionales de ganar elecciones nacionales y de detentar el poder en su país, pero no tenemos líderes que sueñen el futuro común y sean capaces de articular un discurso europeísta con el que la ciudadanía se identifique e ilusione. Desde la retirada o desaparición de los Delors, Kohl, González, Miterrand, etc. no hemos tenido políticos que hayan tenido dimensión europea. Peor aún, la generación de los Aznar, Chirac, Blair, etc. desvirtuó, incluso, el sentido de Europa, no sólo porque fracasaron con la Constitución Europea, sino porque generalizaron esa forma de "hacer política en Europa" de pensar en términos nacionales (que había inventado la señora Thatcher) según la cual a Europa se iba para "sacar tajada". Se respondía así a miopes "intereses nacionales", no pensando que la mejor forma de defender estos intereses era sumando el esfuerzo de todos. La nueva generación de los Zapatero, Merkel, Sarkozy es tan miope que, para evitar que Europa pudiera funcionar, incluso han llegado a nombrar a mediocres políticos al frente de las instituciones europeas. 

Sin ideas europeístas que fijen objetivos de futuro y con líderes miopes más preocupados por unas elecciones regionales que por construir una potencia mundial, la compleja institucionalidad europea es sólo una burocracia endogámica que sólo genera desafección en los ciudadanos. 

Con estas condiciones, Europa está siendo, en esta crisis, y por desgracia, la nada. Su política económica es sólo una sucesión de improvisaciones de políticos mediocres y desbordados por los acontecimientos. O sea, una versión en 27 idiomas, corregida y aumentada, de lo que los españoles venimos viviendo. Así nos va. 

martes, 9 de agosto de 2011

Hablemos de deuda pública

Hablemos de deuda pública seriamente, con datos contrastados. La deuda pública española ascendía, a 31 de diciembre del 2010, último ejercicio completo cerrado y según datos del Banco de España, a 657.856 millones de euros (el 77,1% de la Administración central, el 17,52% de las Autonomías y solo el 5,38% de los ayuntamientos). Cantidad a la que habría que sumar los 48.740 millones de deuda reconocida de las empresas públicas estatales y de las Comunidades Autónomas, y una cantidad indeterminada de los cientos de empresas públicas propiedad de los ayuntamientos. El monto total de lo que debíamos hace siete meses era, pues, cómo mínimo de 706.596 millones de euros. Por esta deuda se pagaron 20.423 millones de euros de intereses, lo que supuso un tipo de interés medio del 2,89%. La mayoría de esta deuda tiene un plazo de entre 5 y 10 años y alrededor del 43% (unos 309.277 millones) está en manos de bancos e instituciones extranjeras. Finalmente, el pasado año, los ingresos totales de las administraciones públicas fueron de 379.344 millones de euros y los gastos de 478.165 millones, por lo que el déficit del conjunto de las administraciones fue de 98.821 millones. 

Si tenemos en cuenta que el PIB del 2010 fue de 1.062.591 millones de euros, nuestra ratio de deuda pública sobre PIB era de algo más de 66,9%, los ingresos supusieron el 35,7% del PIB, el gasto público el 45% del PIB y el déficit público el 9,3%. Si comparamos estos datos con los de los países europeos, especialmente con los de las grandes economías europeas, con deudas en el entorno del 80%, podemos decir que nuestra deuda es baja. Más aún, ni siquiera calculando la deuda sobre el total de ingresos (un 186%) nuestra deuda es alta. Solo el déficit es preocupante y se está reduciendo. Teniendo esto en cuenta, se puede concluir que ni el volumen absoluto, ni el volumen relativo de nuestra deuda, ni la estructura impositiva (no siendo buena), ni la composición del gasto (muy mejorable), explica la crisis de nuestra deuda. 

Si el problema no es, entonces, de volumen de deuda, ¿cuál es el problema? El problema es de expectativas sobre nuestra economía y de credibilidad de nuestra política económica. El problema es que ningún analista cree que el PIB español vaya a crecer, en los próximos dos o tres años, por encima del 1,5%, ni que vayamos a reducir la tasa de paro por debajo del 20%. Y mientras no haya crecimiento y tengamos paro, nadie cree que los ingresos públicos vayan a ser suficientes para el nivel de gasto, por lo que persistirá el déficit y crecerá la deuda. 

Y nadie cree que vayamos a mejorar en nuestra economía porque nadie cree que tengamos políticos que sean capaces de hacer la política económica que necesita nuestra situación. Ningún analista confía en que nuestros políticos sean capaces de reestructurar nuestra costosa Administración (incluidos ayuntamientos y televisiones públicas), como nadie cree que nuestros políticos (sean de PP o del PSOE) vayan a hacer una profunda reforma fiscal que, al mismo tiempo, reactive la economía, aumente la recaudación y genere una mejor distribución de la carga. De igual forma, todos sabemos que ni Rajoy ni Rubalcaba harán una auténtica reforma laboral, ni van a llegar a acuerdos sobre Educación o energía, ni... Más aún, hay analistas que incluso creen, vista la deriva independentista de Cataluña, que tendrá su concierto o será independiente, lo que hará insostenible la deuda del conjunto. El problema de la deuda es de política. Para ser más exactos, de políticos. Porque ni Rajoy es Aznar, ni Rubalcaba es Felipe. Lo bueno es que cualquiera es mejor que Zapatero. Lo malo es que estaremos sin gobierno hasta Navidad y sin presupuestos hasta marzo. Y esto, en finanzas internacionales, es demasiado tiempo. Y se paga. Se paga, a corto plazo, en prima de riesgo. 

lunes, 25 de julio de 2011

Somalia

Mientras discutimos si Camps se ha sacrificado o no por hacer lo que tenía que haber hecho hace meses, o si se debe llevar corbata o no en el Congreso, en Somalia, la gente se muere de hambre. Mientras en Europa se discute sobre cómo salvar a Grecia con ¡100.000 millones de euros!, en Somalia, son millones de personas las que no se salvan porque se mueren de hambre. 

En Somalia, la gente se muere de hambre porque es un estado fallido. Una gran parte del territorio está en manos de señores de la guerra, que gobiernan sociedades jerarquizadas ligadas por lazos de sangre, en permanente conflicto entre ellos y con el entorno (piratería incluida). El Estado, sencillamente, no existe, por lo que la política se regula por la mera fuerza, mientras que la vida social se organiza por una versión primitiva del islam que es, a su vez, una forma de dominación opresiva de la población, y una excusa para protegerse de la intervención exterior. Los somalíes no son, pues, ciudadanos, sujetos de ningún tipo de derecho (ni pasivo, ni, desde luego, activo), sino simples súbditos de los señores de la guerra. Y, como en todas las sociedades sin derechos, los débiles (y lo son todas las mujeres y los pobres) son los que menos derechos tienen. Ante este Estado fallido, y conociendo la permanente y generalizada violación de los derechos humanos que se dan en Somalia, las grandes potencias del mundo callan y consienten, porque ni Somalia es área estratégica para ninguna, ni es país rico en recursos, ni es más amenaza que otras zonas del planeta en la que se preparan terroristas. Más aún, hubo un intento fallido de intervención norteamericana por lo que, ahora, de repliegue en todos sitios por razones económicas, nadie se va a meter en Somalia. Somalia como espacio geoestratégico no interesa. 

En Somalia, la gente se muere de hambre porque es una economía agraria de subsistencia. Una agricultura en la que no es posible ahorrar, porque no tiene productividad suficiente, y en la que no es posible invertir, por la inseguridad que provocan las guerras. Para una agricultura tan pobre, una sequía, como la que tienen, es sencillamente mortal. Más mortal porque no pueden importar alimentos a sus inalcanzables precios actuales (fruto de la especulación) y no tienen posibilidad de que nadie les financie. Por eso, ante una emergencia, solo es posible la ayuda exterior masiva. Una ayuda que llegará tarde, y no llegará a todos, porque sus señores de la guerra se querrán enriquecer con ella. Para comprar, eso sí, más armas, en un perverso mecanismo comercial para el que sí hay dinero. 

En Somalia, la gente se muere de hambre porque son gente sin voz. Porque no pueden hacer llegar su situación a través de las redes sociales. En Somalia la gente se muere en silencio, sin que nos enteremos. Sin que nadie les preste la voz. Sin que esto nos indigne. Y aunque nos indignara, ¿alguien lo tendría en cuenta para las próximas elecciones? ¿Realmente le ha importado a la opinión pública española que el Gobierno haya incumplido sistemáticamente sus promesas de ayuda al desarrollo, o haya hecho una absurda e ineficiente política de cooperación? Somalia no tiene voz, ni quien se la preste, en un mundo en el que es más importante escandalizar que conocer o actuar. 

En Somalia, la gente se muere de hambre. Como se van a morir en todo el Sahel y en otras partes del planeta. Por la falta de Estado, pero también por falta de intervención exterior. Por falta de agua, pero también por la especulación en los mercados de alimentos. Por falta de ayuda, pero también por exceso de armas. Por falta de presencia pública, pero también por nuestra superficialidad. 

En Somalia, la gente se muere de hambre. En última instancia, porque no les vamos a dedicar más tiempo que los tres minutos que hemos tardado en leer este artículo. 

lunes, 11 de julio de 2011

Deuda, agencias y primas de riesgo

Llevamos más de dos años hablando de deuda, de agencias de calificación y de prima de riesgo y creo que hay más de sensacionalismo en lo que se dice que explicación de lo que sucede. 

Empecemos por lo que debemos tener siempre en cuenta. La economía española creció, entre 1997 y el 2007, sobre una inmensa expansión de su deuda, especialmente de las familias y empresas. Correlativamente a esa expansión de la deuda privada, creció la deuda (el pasivo) de los bancos y cajas porque son los intermediarios de esta financiación, mientras que la deuda pública, en esos años, fue decreciendo por la mejora de las cuentas públicas y el crecimiento del PIB. En esos años, la deuda total de la economía española se duplicó en términos de PIB y una mayoría de estas necesidades de financiación se captaron en el exterior, haciendo que la deuda exterior española fuera de alrededor del 80% de nuestro PIB. O sea, en la época de crecimiento, la economía española no solo se endeudó extraordinariamente, sino que se endeudó a través de nuestros bancos y cajas con inversores exteriores. Y lo hizo captando deuda a corto plazo (pues nadie le presta a un banco a más de cinco años), mientras que las inversiones realizadas con ese dinero se inmovilizaron en activos de rentabilidad a largo plazo, básicamente, en la construcción. 

A partir del 2008 la situación anterior empeora. Al producirse la crisis financiera mundial, los bancos y cajas españolas no pueden captar financiación en el exterior, por lo que se para la financiación de las familias y empresas españolas, lo que a su vez paraliza el crecimiento económico. Esta parálisis del crecimiento económico hace caer inmediatamente las expectativas, lo que alimenta una mayor caída de la producción. El paro se duplica hasta alcanzar el 20% de la población activa. La caída del crecimiento económico deteriora los ingresos públicos, al tiempo que la subida del paro y una serie desafortunada (siendo muy piadoso en el calificativo) de medidas de política fiscal expanden el gasto público, lo que lleva a un espectacular déficit público del 9,40% en el año 2009, que provoca una subida de la deuda pública sobre PIB hasta más allá del 50%. Las administraciones públicas tienen, entonces, una inmensa necesidad de financiación. Como las familias españolas tienen una caída de su renta y están pagando deudas pasadas, la economía española no tiene suficiente capacidad de ahorro como para financiar este déficit, por lo que nuestras administraciones públicas tienen que salir al exterior a captar esos recursos. Y esto implica más deuda exterior, ahora pública. 

De lo anterior tiene que quedar clara una idea: la economía española en su conjunto tiene un alto grado de endeudamiento, del que una parte importante es exterior. Como, además, no tenemos expectativas de crecimiento interno, ni una línea de política económica clara y decidida y no hay una consciencia social de la situación general (hay indignación, pero no conocimiento) todos los inversores internacionales ven el futuro de nuestra economía con incertidumbre. 

Y es esta incertidumbre, sumada a las desesperadas necesidades de financiación a corto plazo de nuestras empresas, cajas y administraciones, así como la superficialidad de nuestra clase política, la que juzgan las agencias de rating en forma de "calificaciones" de la deuda emitida, y es por ella por lo que pagamos un mayor tipo de interés que Alemania, la economía que mejor lo hace, pues es esta diferencia lo que se llama la "prima de riesgo". 

Dicho de otra forma, si no tuviéramos tanta necesidad de financiación, una estructura administrativa sostenible, política económica sensata y una población decidida a salir adelante (en vez de a acampar), seguramente la calificación sería menor. Más aún, ni siquiera podrían jugar, bastarda y corruptamente, como hacen, con las expectativas de nuestra economía, haciéndonos pagar más. Pero, para dejarlas en evidencia quizás debiéramos empezar por despejar incertidumbres y no darles motivo para la especulación. 

lunes, 27 de junio de 2011

El error Bildu

De todo lo ocurrido en las elecciones de mayo pasado, lo más grave para el futuro de España es la resurrección política de ETA a través de Bildu. Porque mientras el movimiento 15-M es, en mi opinión, un movimiento político populista y superficial, y la hegemonía del PP con el hundimiento del PSOE es parte del funcionamiento normal de una democracia bipartidista como la española, la eclosión de Bildu es un factor de distorsión de primera magnitud, pues supone una vuelta atrás en la lucha antiterrorista. Justo cuando, según todos los indicios, ETA estaba al borde de la capitulación. 

El apoyo electoral de Bildu se debe a tres factores. El primero es la maduración de la política educativa del PNV desde la que se ha aleccionado a más de la mitad de población vasca en el nacionalismo independentista sabiniano. De ahí que una vasca como Rosa Díez, exdirigente del PSOE, pida la vuelta de las competencias educativas al Gobierno Central. El segundo es la crisis que, aunque no ha afectado de la misma forma a la economía vasca por tener empresas industriales y exportadoras, ha generado un paro juvenil que se manifiesta en descontento. Y, finalmente, la falta de coherencia del discurso del PSOE, especialmente por la actitud de Eguiguren y Patxi López ante el fenómeno independentista, pues mientras se sostienen en el poder gracias al apoyo del PP, hacen continuos guiños a la izquierda independentista. 

El ascenso de Bildu es un grave, gravísimo error, en la lucha antiterrorista porque ETA ha conseguido un paso político más, sin ceder nada. El éxito electoral de Bildu ha reforzado a ETA porque, en primer lugar, ha conseguido estar en las instituciones que más le interesan, los ayuntamientos y la Diputación Foral. Instituciones en las que colocar gente y tener financiación bien a través de subvenciones de los ayuntamientos, la diputación foral y la Kutxa, bien a través de la extorsión (ahora más eficaz por disponer de los ficheros de la Diputación foral y los de la Caja de Ahorros). Y la ha reforzado, en segundo lugar, porque jugando con la posibilidad de la desaparición de ETA, Bildu tiene siempre una baza de negociación política con los ingenuos del PSOE vasco y sus primos del PNV. Más aún, ETA será ahora más influyente en la política vasca porque condicionará más la vida local, no tiene que matar para tener audiencia y hacerse oír y se ha legitimado para ser interlocutora del Gobierno. Finalmente, ETA ahora tiene la oportunidad de reforzarse, por si volviera una política antiterrorista dura. 

El Gobierno, y con él el Estado, ha perdido una de sus bazas de negociación. Desde una posición de fuerza ha cedido en algo a cambio de nada en un gesto de ingenuidad democrática que nos ha costado diez años de lucha antiterrorista. De hecho, con esto lo único que ha conseguido es legitimar a Bildu como fuerza política negociadora con el Estado, con lo que está dando a ETA un incentivo para seguir existiendo. A través de Bildu, ETA gobernará el País Vasco con los nacionalistas del PNV y habrá conseguido lo que quería: una casi independencia en un Estado cuasi confederal, con intervención importante en una economía rica, integrada en la UE, que ellos pueden usufructuar y manejar al estilo de la mafia. Con el error Bildu, ETA se ha enquistado para mucho tiempo. 

Permitir que Bildu se haya presentado a las elecciones ha sido el mayor error en la lucha antiterrorista que podía cometer el Gobierno. Aunque lo haya cometido a través de un desprestigiado Tribunal Constitucional. Y si pienso que es un error, grave, pero sólo un error, es porque no quiero pensar en otra explicación más grave: la capitulación negociada del Estado, de la que esto sería sólo la primera fase. Pues, para ETA, ya solo falta que se le acerquen los presos y negociar su salida. Algo impensable hace sólo tres meses. 

lunes, 30 de mayo de 2011

Flores de mayo

Si mayo del pasado año fue importante porque en ese mes se reorientó nuestra política económica, este mes de mayo del 2011 será clave para nuestro futuro porque está cambiando radicalmente la situación política. Las consecuencias de las elecciones del 22 de mayo y el nacimiento del movimiento 15-M son dos de los elementos clave del nuevo panorama político nacional que es necesario analizar cuidadosamente. Voy a empezar por este último porque es el más transitorio, dejando para un artículo posterior el análisis de las elecciones del 22 de mayo. 

Los movimientos 15-M son, en mi opinión, más un síntoma del descontento que un desafío real al sistema institucional que tenemos. Porque ni el procedimiento en el que se basan es un procedimiento realmente democrático, ni el resultado de sus deliberaciones, su manifiesto, es algo más que un cúmulo de eslóganes políticos inconexos y, en parte, alejados de los problemas de la ciudadanía. Empecemos por lo evidente. El hecho de concentrarse en la calle o acampar en una plaza pública para protestar y debatir es, además del ejercicio de un derecho constitucional, una forma de protesta y participación política vieja y poco efectiva (salvo excepciones), aunque esté resultando muy mediática. 

Para empezar, es una forma de participación política vieja. Incluso sabemos, cuando se generalizan, hasta dónde pueden llegar. Y basta con hacer un breve análisis histórico. Porque las asambleas de descontentos (indignados, diríamos ahora) tienen un magnífico precedente que los de estas concentraciones deberían estudiar: los soviets. Originariamente, los soviets fueron asambleas de obreros, campesinos y soldados que pacíficamente debatían de política y de reformas y culminaron en la revolución de 1917. Su evolución posterior es conocida. 

Como tampoco es, a pesar de las apariencias, una forma de democracia más pura que la que representativa que tenemos, porque su forma de articulación no lo es más democrática. Y hay numerosos estudios sobre el tema. Realmente la democracia asamblearia no es más democrática que la democracia representativa porque es una forma de formulación de las preferencias colectivas en la que no todos tienen la misma representación. Es cierto, por ejemplo, que el actual sistema de partidos es una poliarquía (en la terminología de Robert Dahl), pero el que pudiera organizarse a través de un sistema de asambleas no es más representativo. 

Más aún, el sistema asambleario, de democracia directa, es terriblemente ineficiente. Porque por ese sistema no es posible articular un discurso político más allá de unos principios generales, con los que es imposible estar en desacuerdo, como los que contiene el primer manifiesto, aunque tiene lagunas inmensas e incomprensibles que espero que subsanen en elaboraciones posteriores. Me temo que el mismo sistema hace imposible ir más allá, pues, ¿alguien cree posible hacer una ley tributaria, un código penal o una ley de educación a partir de asambleas reunidas en plazas?, ¿se podría hacer una ley bancaria o un plan de ordenación urbana a partir de reuniones de democracia directa?, ¿sería posible articular una política económica a partir de votaciones a mano alzada y debates en plan "happening"? 

Lo siento, pero esto del 15-M me parece una fiebre juvenil oportunista y primaveral. Juvenil porque son ellos los principales protagonistas, oportunista porque se ha calculado para una semana antes de las únicas elecciones en España que son fijas, y primaveral porque no veo a los acampados en pleno invierno de Madrid. 

Por todo lo anterior, antes de magnificar la participación directa en la democracia representativa, sería conveniente que se estudiara lo que ha ocurrido en California en los últimos años, pues desde que se aprobó la ley de participación y referéndum solo han aprobado leyes que suponen incremento del gasto público, por lo que hoy una de las economías más ricas del planeta está al borde de la quiebra como Grecia. 

Lo siento, pero gobernar la realidad social es algo más complejo que reunirse y votar. Aunque me encanta que también la generación de jóvenes actuales tenga su happening político que contar en el futuro. 

lunes, 16 de mayo de 2011

Información, anuncios y elecciones

En pleno ciclo electoral, pues esto no se acaba hasta marzo del año que viene, vamos a asistir a una guerra de cifras y de valoraciones económicas que, bajo la apariencia de exactitud y rigor, manipulan a la opinión pública a la vez que la confunden. Por eso, permítanme un artículo no electoral (o muy electoral) sobre las cifras económicas y los informes económicos que ahora nos invaden. La información, ese aumento del conocimiento sobre el mundo que nos permite actuar racionalmente, es clave en economía, como en cualquier actividad humana, porque condiciona lo que hacemos. Cuanta más información relevante tengamos sobre cualquier asunto con más probabilidad tomaremos una mejor decisión. Por eso, con poca información o información incompleta las decisiones son siempre azarosas. Por otra parte, si se quiere condicionar una acción, si se quiere manipularla, basta con condicionar la información que le llega al que tiene que realizarla. De ahí la importancia de los medios de comunicación libres en la democracia y la importancia de la transparencia de los gobiernos. De ahí, también, el interés de todos los gobiernos, incluso la mayoría de los democráticos, en manejar o filtrar la información. 

El manejo de la información es clave para la política y, desde luego, en política económica. Máxime si tenemos en cuenta que la información gobierna las expectativas y que de éstas depende, en no poca medida, el desempeño de la economía. Por eso una parte esencial de la política económica es la gestión de las expectativas a través de lo que llamamos "anuncios". Es decir, una información dada al servicio de un objetivo determinado. Así, si un banco central anuncia, como ha hecho hace poco el Banco Central Europeo, que subirán los tipos de interés, lo más probable es que los tipos suban casi inmediatamente. De igual forma, si todos los agentes coinciden en que la economía está mal, como ha venido ocurriendo con la economía española, la economía se deteriora porque nadie invierte, nadie contrata, nadie consume. Más aún, se puede llegar al extremo de la "pequeña mentira" (little lie) de las empresas americanas que, normalmente, hacen sus previsiones sobreestimando el crecimiento económico en unas décimas porque su economía es muy dependiente de las expectativas. Y lo mismo, pero a la inversa, hacen, por ejemplo, las agencias de calificación y los bancos de inversión que sobreestiman las malas noticias para subir los tipos de interés o la prima de riesgo. 

Incluso las declaraciones de responsables de no pocos organismos oficiales caen en la manipulación informativa cuando hacen valoraciones de datos. Así, el Fondo Monetario Internacional o la Comisión Europea declaran en público que aplauden "las medidas de reforma" de nuestro gobierno, pero en la letra pequeña de sus informes, la que solo los académicos leemos, escriben diplomáticamente que son insuficientes. Esta discrepancia se explica porque lo que se publica y llega a la opinión pública, lo que genera expectativas realmente, son las declaraciones y resúmenes de prensa, y el FMI y a la Comisión, por ejemplo, tienen verdadero interés en que España no tenga que ser rescatada, porque serían estos organismos los que tendrían que poner el dinero del rescate. 

¿A quién creer entonces? La regla general debe ser la respuesta de la siguiente pregunta: ¿gana el que da la información algo con darla? Si gana votos o dinero con la información que da, sospéchese. No es que la información que dé sea, per se, mala, es que puede estar sesgada, por lo que es bueno contrastarla con otras fuentes. Precisamente por eso, confío, por ejemplo, en la información de los organismos oficiales independientes como el INE, en los del Banco de España o en los de los gobiernos democráticos con leyes de transparencia, y no me creo los datos e informes de los bancos comerciales, ni los de los think tank de los partidos políticos. Quizás porque estamos en campaña electoral. O porque me voy haciendo un viejo incrédulo.