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lunes, 24 de octubre de 2016

Miedo

En el debate interno sobre estrategia que está manteniendo Podemos se viene discutiendo desde hace un mes sobre el grado de radicalidad de sus planteamientos. Un debate que se puede sintetizar en dos posturas: Pablo Iglesias habla de «dar miedo», mientras que Errejón sugiere «la seducción» como arma estratégica. Ambos con el mismo objetivo: el poder. 

Cuando Pablo Iglesias dice que «el día que dejen de dar miedo serán uno más y ese día no tendrán ningún sentido como fuerza política», lo que está diciendo es que quiere situar a Podemos como una fuerza revolucionaria cuya raíz ideológica es el antagonismo extremo con los que opinan diferente. Cuando Errejón dice que hay que usar la seducción, se sitúa en el plano de la democracia, del reconocimiento al otro, de la aceptación de las reglas del juego. 

La propuesta de Iglesias es, a pesar de su atractivo para sus bases, realmente peligrosa para el conjunto, pues el día que los españoles tengamos que tener miedo, en que unos nos sintamos amenazados por los otros, volverán a tener sentido político las palabras «ellos» y «nosotros». El día que tengamos que tener miedo dejaremos de ser una comunidad de hombres y mujeres libres, con sus fracturas, pero libres, para volver a ser miembros de «partidos», en los que habrá «bandas». El día que tengamos miedo Iglesias habrá logrado dar cumplimiento a la visión política del teórico nazi Carl Schmitt, que la concebía como un antagonismo, como una lucha entre los «amigos» y los «enemigos». El día en que tengamos miedo a una fuerza política porque «solo tiene sentido si da miedo» será el día de «Juego de Tronos». El día en el que renunciamos a construir una democracia. 

Porque la democracia se basa en no tener miedo. Es no tener miedo a pensar de una forma diferente, no tener miedo a decir lo que se piensa, no tener miedo a que te encarcelen sin un juicio justo, no tener miedo a que te excluyan de tu puesto de trabajo o te quiten tus propiedades, no tener miedo a que las administraciones discriminen a los que piensan de otra forma, no tener miedo… No tener miedo a ninguno de nuestros conciudadanos, no tener miedo al forastero, no tener miedo al extranjero. No tener miedo. Reconocer en el otro, en los otros, una buena voluntad. Confiar en que el otro, en los otros, es esencia de la convivencia y es la esencia de la democracia. Sin una mínima confianza en el otro, sin esa mínima confianza que elimina el recelo, no es posible la vida en sociedad, por lo que no es posible la democracia. El miedo de una ciudadanía es la medida de la calidad de una democracia, porque el miedo es inversamente proporcional a la confianza en los otros. 

Sin terminar de superar el miedo a ETA y sus adláteres, con miedo al terrorismo yihadista (que tantos derechos se está llevando por delante); con miedos cotidianos a un accidente de tráfico o perder el trabajo; con miedos sociales como el miedo al qué dirán... generar un nuevo miedo, aunque sea sólo en una parte de la sociedad, es lo último que nos faltaba por oír que ha de hacer una fuerza política por la ciudadanía. Y menos de una fuerza política que se dice democrática y moderna, pues la democracia es una forma de gobierno con los discrepantes, no una forma de gobierno de las unanimidades, ni votar a mano alzada en las asambleas, y la modernidad es liberación, no generar miedo. 

No sé si finalmente ganará la posición de Pablo Iglesias en Podemos, aunque lo normal es que sí, pues este debate lo han tenido todos los partidos revolucionarios desde el siglo XVIII y siempre ganaron los radicales. Lo que me preocupa es que Iglesias llevará a Podemos por un camino en los que soplan vientos totalitarios. Eso sí, un camino democráticamente elegido a la búlgara. 

24 de octubre de 2016 

martes, 11 de octubre de 2016

De las formas

En España, la palabra ‘educación’ tiene dos acepciones fundamentales que distinguimos, esencialmente, con los adjetivos con que la calificamos. En una primera acepción, educación significa, básicamente, el proceso por el que una persona adquiere un conjunto de conocimientos, desarrolla unas habilidades y practica unos valores. Esta educación se suele reconocer en forma de títulos de tal forma que, cuando decimos que alguien recibió una “magnífica educación”, pensamos que estudió en colegios o institutos reconocidos y en universidades prestigiosas. 

En una segunda acepción, educación significa tener modales, conocer y practicar usos sociales que permiten convivir. Es cumplir un código de conducta en los hechos cotidianos que ayudan a relacionarnos. Hechos simples como no decir palabrotas, no dar voces, ir vestido adecuadamente según la ocasión, no tirar nada al suelo, etc. son parte de esta educación. Cuando decimos que una persona tiene una ‘buena educación’, normalmente pensamos que es una persona que guarda las formas, que en ningún momento va a ponernos en una situación incómoda. Según esta acepción, uno está ‘bien’ o ‘mal’ educado, sin gradaciones, y, en general, la responsabilidad de esta ‘buena’ o ‘mala’ educación es familiar. 

Haber recibido una ‘magnífica educación’, no implica estar ‘bien educado’. Seguramente, la sociedad española con más posibilidades educativas de toda la historia sea la nuestra. Nunca el nivel de analfabetismo fue tan bajo (no llega al 2% de la población), ni el nivel de cualificación tan alto (el 30% de los españoles tiene educación superior). Nunca ninguna generación de españoles tuvo, como nuestros jóvenes, tantas oportunidades educativas, ni más recursos por estudiante, ni menor ratio profesor/alumno, ni más libros y medios a su alcance. Nunca tuvimos unos sistemas pedagógicos tan potentes como los que tenemos ahora. Aquellos que añoran, por ejemplo, los tiempos universitarios pasados idealizan lo que vivieron, pues no eran mejores las universidades españolas de finales de los 70 que las que ahora tenemos. Y basta con comparar la calidad media de los claustros (¿qué porcentaje de cátedros hablaba inglés en 1978 o había pisado el extranjero?), las ratios, las oportunidades de intercambios internacionales, las prácticas en empresa, las bibliotecas, los medios audiovisuales o los laboratorios para hacernos una idea de lo mucho que se ha invertido (nunca suficientemente) y se invierte en la educación en España. 

Sin embargo, al mismo tiempo, no creo que nunca hubiera tanto porcentaje de ‘mala educación’ en España como ahora. Y la prueba de esto lo tenemos todos los días en nuestros platós de televisión, en el Parlamento, en las redes sociales, incluso en los periódicos. Miren algunos programa de debate en televisión o no digamos ya los de cotilleo, asómense a un debate en el Congreso (como el del martes pasado sobre precisamente educación), estudien las discusiones que se producen en las redes sociales, hagan una breve investigación de las palabras que se usan en las radios o los periódicos, paseen por cualquier zona de botellón o por los aledaños de un campo de fútbol y verán la “mala educación” de nuestra sociedad. Parece que la ‘mala educación’ vende, que romper las formas es ahora el modelo social. 

Creo que las formas son fundamentales para vivir en sociedad, que una buena educación es parte del cemento con el que se construye una comunidad. Creo que la buena educación no está reñida con la profundidad de las discrepancias, pues se puede discrepar y debatir educadamente. Creo que la cortesía, lejos de ser una muestra de hipocresía, manifiesta el valor de ponerse en el lugar del otro, de los demás. Guardar las formas es un elemento esencial de cualquier civilización. 

Quizás por eso me desagradan, además de por las diferencias ideológicas, los populismos, pues sus líderes parecen permanentemente enfadados con el mundo. Quizás por eso hace dos semanas sentí bochorno por el espectáculo de los socialistas. Quizás por eso cada vez me desagrada más la política, porque, además de vacía, cada vez es más maleducada. 

martes, 27 de septiembre de 2016

Inercia

Llevamos casi un año sin gobierno y la economía española sigue funcionando a velocidad de crucero, con algunos problemas graves en vías de mejora. A la espera de tener datos del tercer trimestre (que mejorarán los que ahora tenemos), las principales variables macroeconómicas están en el buen camino: el PIB está creciendo por encima del 3%; los precios están estables; la ocupación ha crecido hasta los 18,3 millones de personas; la balanza de bienes y servicios es positiva y la deuda externa se reduce significativamente. Es cierto que seguimos teniendo problemas, y algunos muy graves como una tasa de paro del 20%, un déficit público de más del 5% y una deuda total por encima del 250% del PIB (de los que 101 puntos son de deuda pública). Como es cierto que seguimos sin resolver problemas básicos de desigualdad social, que tenemos enquistados desde hace años y que la crisis no ha hecho nada más que exacerbar. 

Para explicar esta situación de una economía que crece sin el impulso de una política económica activa, que es extraña para muchas economías desarrolladas, los economistas acudimos (una vez más) a una analogía con un concepto de la Física, y decimos que toda economía tiene una «inercia» que mantiene la tendencia. Es decir, puesto que los datos macroeconómicos son solo la agregación de las decisiones individuales de millones de familias, empresas e instituciones, y éstas mantienen su actividad y toman sus decisiones diarias solo lejanamente influidas por las decisiones de los Gobiernos, una economía puede seguir funcionando al margen de la formación o no de un Gobierno tras unas elecciones. Lo que, en el caso de España, es más cierto porque, en realidad, el margen de actuación de nuestro Gobierno es muy limitado por su pertenencia a la zona euro. 

La inercia de una economía, esa capacidad para funcionar e ir resolviendo sus problemas al margen del impulso político, depende de muchos factores, esencialmente, tres: el peso del Sector Público en el conjunto de la actividad, pues cuanta menos actividad dependa de la administración, menos dependencia de la ejecución presupuestaria y, por lo mismo, menos parte de la economía se ve afectada por la parálisis del Gobierno; de la calidad de sus instituciones económicas (leyes civiles, mercantiles y laborales, sistema financiero, etc.) y de sus administraciones públicas, pues son las que permiten el funcionamiento eficiente de la actividad económica; y, finalmente, de la cohesión social y de la articulación de su sociedad civil. 

La economía española tiene una alta inercia básicamente porque tiene un Sector Público contenido, porque sus instituciones económicas son estables y dependen más de la Unión Europea que de sus decisiones internas (política monetaria, límites en la política fiscal, regulaciones básicas de mercados, etc.), y porque, a pesar de las desigualdades y de los problemas, sigue teniendo una alta cohesión social, en la que el papel de la familia (se entienda por esta palabra lo que se entienda) sigue siendo esencial. En definitiva, la economía española tiene la inercia que tiene y crece como crece, en gran medida, porque la sociedad española está mostrando en esta situación, como en otras que podríamos poner de manifiesto si el discurso catastrofista y dramático que se ha instalado dejara ver la realidad con datos, una madurez y seriedad que no tiene su estructura política, y desde luego, que no tienen sus líderes políticos. 

Pero la inercia económica, como la física, tiende a cero por la incertidumbre, que actúa de freno como el rozamiento, por lo que no se debe estar mucho tiempo sin Gobierno. La inercia económica no dura más allá de tres o cuatro años, aunque se note su disminución año a año. De ahí que sea conveniente que, al menos en ese periodo (antes si fuera posible), vayamos pensando en formar un Gobierno, bien porque se llegue a un pacto razonable, bien porque, tras seis o siete elecciones, los españoles volvamos a dar la mayoría absoluta a algún partido. 

lunes, 12 de septiembre de 2016

Colombia, año cero

De todas las noticias recientes que nos llegan del «otro lado del charco» quizás la más relevante, por su importancia, profundidad y calado sea la de la firma de los acuerdos de paz en Colombia. 

Y es que con los acuerdos de paz en Colombia se pone fin a la más antigua guerra civil del continente americano. Una guerra que, heredera de la tradición guerracivilista colombiana, se desató por un problema agrario en el contexto de la Guerra Fría en los primeros años 60, se sostuvo en la lógica del enfrentamiento de bloques y, desaparecida la Unión Soviética, se mantuvo por el narcotráfico y el apoyo venezolano. Una situación de guerra que se alimentó a sí misma: lo que empezó siendo la reivindicación de una injusta transformación agraria, se convirtió en una excusa en el tablero internacional, hasta derivar en un modo de vida para una parte de la población que ha vivido de la misma guerra. Un conflicto con demasiados «daños colaterales»: asesinatos, desapariciones, violaciones, desplazamientos, pobreza, injusticia. Y, a nivel macro, una democracia con zonas oscuras por la obsesión de la seguridad, una administración corrupta, una economía con mucho dinero manchado de coca (lavado en Panamá) y una estructura social desigual y violenta. Un conflicto que hacía de Colombia un país enfermo. 

Los acuerdos de paz son el fruto de la estrategia diseñada por el presidente Uribe (ahora en contra del acuerdo) ejecutada por el presidente Santos (ministro de Defensa en el gobierno Uribe) de «debilitar para negociar», y de la constatación, por parte de la guerrilla, de que su causa carecía de soporte político, viabilidad social y capacidad tecnológica a medio plazo, aunque aún podían causar mucho dolor al país. Los acuerdos, un documento de 297 páginas muy farragoso titulado Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera (www.cancilleria.gov.co), se articulan alrededor de seis ejes temáticos clave: un plan de desarrollo rural de Colombia que sea el motor del crecimiento en el territorio controlado por la guerrilla; la transformación de la guerrilla en un movimiento político integrado en la democracia colombiana, con plenas garantías para su participación, con escaños garantizados; el cese del conflicto y de la violencia; la búsqueda de una solución al problema del narcotráfico; la identificación y reparación de las víctimas del conflicto; y, finalmente, la implementación, verificación y refrendo del acuerdo. Se complementan estos capítulos, muy engarzados unos con otros y con muchas repeticiones, con unos protocolos y anexos en los que se establecen precisiones muy necesarias. En general, y en mi opinión, un buen documento que, con algunas lagunas, como la normalización en la zona actualmente controlada por la guerrilla de la acción del Estado, y con algunos guiños de difícil cumplimiento como algunas modificaciones legales, puede ser la base para que Colombia reinicie su historia. 

Ahora queda lo más difícil: transformar la paz en convivencia. Algo que sólo es posible si los acuerdos generan cuatro dinámicas de superación del conflicto. La primera es una dinámica de participación política no violenta y normalizada, algo complejo, pero no imposible, en un país tan dual (como casi todos los latinoamericanos) como Colombia. La segunda es una dinámica de integración psicosocial de las personas cuya vida ha sido la guerrilla o la guerra contra ella, pues son personas que no han conocido otra vida, que tienen armas, que saben vivir en el conflicto y, en algunos casos, al margen de la ley, personas que han de reconstruir una biografía. La tercera, la más delicada, es la dinámica del reconocimiento de las víctimas, el perdón y la reparación dentro de lo posible. Y, finalmente, la dinámica de la reescritura de la historia, del relato de la sociedad colombiana de lo vivido. 

Colombia ha firmado la paz. Y eso es una buena noticia no sólo para los más de 48 millones de colombianos, sino para una humanidad que vive demasiados conflictos. 

12 de septiembre de 2016 

martes, 23 de agosto de 2016

Burbujitas turísticas

No sólo lo reflejan las estadísticas y las estimaciones que ya se van conociendo, es que lo están sufriendo los que están de veraneo en cualquier sitio: este año es año de record turístico. Con un crecimiento en el número de turistas internacionales del 12% hasta junio, lo que nos llevará a superar los 70 millones de turistas a finales de año, y un crecimiento del turismo interior del 8%, este año 2016 va a ser año de record. Un record que está haciendo que la economía española crezca por encima del 3,2% (el sector aporta casi un tercio de este crecimiento), que se creen casi 440 mil empleos en el sector servicios y que la cuenta corriente de nuestra balanza de pagos sea superavitaria. El turismo vuelve a ser, como ya lo fue en el pasado en todos los momentos críticos la tabla de salvación de la economía española. 

El crecimiento en el número de visitantes exteriores, fundamentalmente europeos (más de 15 millones de británicos, 11 millones de franceses, 10 millones de alemanes, etc.), se debe, no sólo a una mejoría de nuestra competitividad, sino al hundimiento de nuestros principales competidores cercanos por temas de seguridad. Es cierto que la relación calidad-precio de nuestra oferta turística ha mejorado en los últimos años, pero lo realmente significativo para explicar el boom turístico que estamos viviendo es la profunda crisis del turismo en los países de la orilla sur del Mediterráneo. Salvo Marruecos, que se mantiene como destino, Argelia y Libia hace años que dejaron de ser destino turístico de los europeos, como lo están dejando de ser tres potencias como Túnez (turismo de playa muy competitivo), Egipto (una caída de más del 35% en el número de visitantes en los dos últimos años) o Turquía (una caída de más del 10% este pasado año). A eso hay que sumarle, la crisis griega, especialmente frente al turismo alemán, y la debilidad de euro respecto del dólar, lo que ha encarecido a los destinos caribeños y asiáticos. España va a batir records turísticos, pues, por tercer año consecutivo, además de por otros factores, por la percepción de inseguridad y la pérdida de imagen de destinos musulmanes. 

A estos records está contribuyendo también el turismo interior, que no sólo se está reanimando por la superación de la crisis en capas sociales medias, sino porque los españoles están sustituyendo también el turismo exótico por turismo doméstico y por las mismas razones de seguridad, percepción y precios. 

Este crecimiento de la demanda turística está teniendo un correlativo crecimiento de la capacidad instalada. No sólo han mejorado las tasas de utilización de la capacidad previamente instalada por la ampliación del periodo de apertura de muchos establecimientos, lo que ha llevado a la contratación de más personal, sino que, en los dos últimos años, además, se está ampliado la oferta y, este año, se están incrementando los precios. Los empresarios turísticos tradicionales están ampliando con prudencia, pero en un sector en el que la inversión es pequeña en relación con el volumen de facturación, con un periodo de maduración casi inmediato y tan flexible en la contratación se están multiplicando los empresarios rápidamente, lo que hace crecer la oferta y la competencia. 

El sector turístico bate records y anima el crecimiento de la economía española, mejora las tasas de empleo, hace crecer la recaudación, genera expectativas y reactiva la inversión. Pero su crecimiento tiene elementos muy coyunturales, genera empleo temporal y de baja cualificación (los nuevos “jornaleros”), aumenta la ocultación fiscal, está empezando una espiral de crecimiento de precios y está genera un tipo de empresas con muy poca tecnología. Si no fuera porque el turismo es un bien de consumo se diría que estamos a las puertas de una burbuja económica. Como, además, para tomarse unas cañas y unos espetos no hace falta un préstamo, sólo estamos ante unas burbujitas. Unas burbujitas que, desde luego, no hay que inflar. 

22 de agosto 2016 

martes, 9 de agosto de 2016

Telebasura, polibasura

De verdad que no termino de entender a los políticos españoles. Creo que a base de hablarse a sí mismos y de sí mismos viven al margen de la realidad que ellos mismos fabrican. Me temo que están en una especie de programa de telebasura en el que siempre hablan de los mismos y de lo mismo, en el que se fabrican debates impostados y autorreferenciales y cuyo objetivo es rellenar el tiempo. 

Nuestros políticos no paran de darles vueltas a la investidura de un presidente del Gobierno. No se dan cuenta de que esto es condición necesaria, aunque no suficiente, para empezar a hacer política, pues sin Gobierno no hay oposición, no hay iniciativa política, no hay propuestas, porque… no hay Gobierno para ejecutarlas. Y, si esto es así, hoy solo hay dos opciones razonablemente viables: o se favorece la investidura de Rajoy con la abstención del PSOE, o vamos a unas terceras elecciones en las que los escaños del PP subirían por razones casi evidentes, sin que esto beneficie al resto. Es cierto, como dice el señor Sánchez, que “una mayoría no quiere a Rajoy”, pero no es menos cierto que una mayoría mayor no lo quiere a él, y que una mayoría mayor aún no quiere al señor Iglesias y que una mayoría mucho mayor no quiere al señor Rivera. Si la condición para ser presidente en España hubiera sido que una mayoría de los votantes lo quisiera, no hubiéramos tenido ningún presidente. Creo que no son tiempos de impostar la voz en ruedas de prensa, ni de componer el gesto, ni hacer el papel de damisela o cabarellete ofendido, sino de aceptar la pura y simple realidad. Con los números en la mano y siguiendo las reglas de la lógica política, la decisión es muy simple: o Rajoy o elecciones. Rajoy es, así, una condición necesaria para salir del bucle en el que estamos, aunque Rajoy no sea importante en sí mismo, como son irrelevantes los otros líderes políticos que tenemos. 

Y si el tema sobre el presidente es una cuestión casi evidente, el mantra de que los ciudadanos hemos votado “para que” los políticos se pongan de acuerdo es un sinsentido que oculta el hecho evidente de los resultados. Es un sinsentido porque el multipartidismo imperfecto que tenemos no es el fruto de una decisión racional, consciente y estratégica de un ente llamado “ciudadanía”. En absoluto. El multipartidismo imperfecto que tenemos es el resultado de una agregación de votos, sin que necesariamente lo que ha salido sea la preferencia de ninguno de los votantes. Más aún, cada uno de los votantes hubiera preferido una mayoría absoluta del partido al que ha votado, y dudo mucho que el resultado que tenemos sea ni siquiera la segunda preferencia de una mayoría de votantes. Máxime si tenemos en cuenta que muchos votantes votan no a “favor de”, sino “en contra de”. De hecho, el consenso de todos los partidos no sería la segunda preferencia de ningún votante racional, pues siempre habría una coalición de su primera preferencia con otro partido más próximo que sería preferible. El resultado que tenemos no es mejor ni peor que ningún otro, es el que es y no tiene significado en sí mismo, es sólo un hecho que hay que gestionar. Una gestión que implica negociar, no confrontar, no ponerse estupendo. No son tiempos de debates estériles, sino de hacer propuestas para los presupuestos, sobre la posición de España ante el terrorismo yihadista, la financiación autonómica, etc. 

Realmente no termino de entender a los políticos españoles ni la política española. Quizás porque no sé dónde está el entretenimiento en ver a unos señores en un plató hortera, hablando a voces de personas que sólo son importantes porque se habla de ellos en ese programa y que en nada nos afectan en nuestra vida. Quizás por eso me aburre la televisión y empieza a hartarme la política. 

8 de agosto de 2016 

martes, 5 de julio de 2016

Gobierno a la vista

Los resultados de las elecciones del pasado día 26 suponen un punto final a una serie de tendencias, lo que, en mi opinión, hará que tengamos Gobierno. 

El primer resultado importante es que el Partido Popular remonta. No es sólo que tenga 7,9 millones de votos (685.000 más que en diciembre), es que tiene el apoyo del 33% de los votantes. El PP tiene un suelo electoral potente, por lo que su perspectiva es de crecimiento. En este contexto, al PP le interesa gobernar porque así puede capitalizar la mejoría económica y porque es menos traumático renovarse en el Gobierno que en la oposición, pero tampoco le importarían unas terceras elecciones, si lograra echarle la culpa a Ciudadanos o al PSOE. Es evidente que para conseguir cualquiera de las dos cosas, Rajoy tendrá que presentarse a la investidura. Y tanto para concitar el apoyo de Ciudadanos, como la abstención del PSOE, tendrá que hacer un discurso de futuro, reformas y pactos. En mi opinión, se equivocaría si hace un discurso de reivindicación de su legado o de ataque a los socialistas. Ya no es tiempo de afirmaciones ideológicas, sino de gestión de consensos. 

El segundo resultado importante es que, en política, «dos más dos no son cuatro», Errejón dixit. La suma de Podemos más Izquierda Unida ha tenido 5 millones de votos, un millón menos de los que tuvieron por separado en las elecciones de diciembre. En mi opinión, esta pérdida se ha debido al hecho de la misma coalición, y la experiencia de PSOE e IU en las elecciones del 2000 podía haberles servido. Esta vez, creo que ha ocurrido igual, es decir, que una parte del millón de votos de menos de la nueva coalición se ha debido a que muchos votantes de IU se han ido a la abstención (por eso también ha habido una menor participación). El votante de Izquierda Unida es un votante muy ideologizado (vota una opción que no gobierna y sin representación), encuadrado a través del Partido Comunista, con un discurso elaborado claro, al que toda referencia a la transversalidad le repele. Por su parte, la coalición también ha anclado a Podemos en una posición de izquierda, lo que ha generado rechazo en aquellos que en las elecciones generales anteriores venían de otras opciones políticas. El error ya no tiene marcha atrás. Sus expectativas sólo vuelven a ser crecientes si sabe capitalizar la oposición al posible Gobierno del PP, sustituyendo al PSOE, lo que le va a resultar muy difícil. 

El PSOE vuelve a ser la clave y tiene, otra vez, una difícil decisión. Aunque ha ganado a las encuestas, ha perdido las elecciones. Creo que 1,6 millones votos menos que en 2011, 100.000 votos menos que hace seis meses y 85 escaños (cinco menos) en el Congreso debieran hacer pensar al PSOE que tiene un problema. Un problema grave que necesita un nuevo y mucho más potente liderazgo y un nuevo y mucho más potente discurso. Al PSOE no le interesan nuevas elecciones, por lo que tiene que facilitar de alguna forma un gobierno del PP, pero, al mismo tiempo, tiene que liderar la oposición y renovarse. 

Ciudadanos, por su parte, sólo tiene una opción de sobrevivir y crecer. Con 3,2 millones de votos, mayoritariamente antiguos votantes del PP, sólo puede tener expectativas de futuro si es decisivo en la formación de Gobierno, si es un verdadero partido bisagra siendo útil al PP y al PSOE. Y eso sólo lo puede hacer si logra pactar con el PP y servir de coartada a la abstención del PSOE. Desde luego, unas nuevas elecciones serían un desastre para ellos. 

Si el análisis anterior es correcto, al único al que le podrían interesar otras elecciones es al PP, que es también el único que puede formar gobierno, mientras que a todos los demás no les interesa una tercera vuelta. En cuanto los partidos sean conscientes de esto, tendremos, en mi opinión, Gobierno. 

4 de julio de 2016