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martes, 23 de febrero de 2010

Gobierno y oposición

La semana pasada se celebró, tras el parón de las vacaciones parlamentarias, el esperado debate sobre política económica. Un debate en el que el Gobierno certificó su incompetencia, pero que retrató una oposición no menos incapaz. 

El Gobierno volvió a demostrar que está desbordado por la situación. Sigue sin hacer un análisis serio de nuestra crisis diferencial, posiblemente porque se conforma con someros estudios; es incapaz de hacer autocrítica; no tiene una idea clara de lo que significa, cuantitativamente, la expresión "salir de la crisis" o "cambio de modelo"; no puede, lógicamente, proponer objetivos razonables y alcanzables; y, desde luego, no es capaz de articular un catálogo de medidas que sean eficaces para lograr esos objetivos. Zapatero no tiene un método de trabajo para articular la política económica, ni siquiera cuatro ideas claras y, por eso, improvisa continuamente. La ocurrencia del miércoles pasado fue la de la comisión para pensar y pactar medidas sobre la crisis. Algo tan evidente como que los ministros que tienen que ver con la crisis se reúnan para coordinarse, y que se intente llegar a acuerdos con la oposición se convierte, por el arte de la impostación de ZP, ¡en una medida de política económica! Porque tampoco es una medida de política económica un pacto por sí mismo. Llegar a un pacto entre las fuerzas políticas solo es hacer más creíble el contenido, si el pacto carece de él, no genera, per se, confianza. Las demás ideas que se aportaron no dejan de ser la enésima cortina de humo de un Gobierno que no sabe adónde va. La oposición del PP fue igualmente decepcionante. Personalizar la crisis en Zapatero es una estrategia política demagógica que insulta la inteligencia: el que se vaya Zapatero no resuelve la crisis, solo produciría un cambio de Gobierno. La crisis se resuelve con medidas de política económica. Y medidas de política económica no son genéricas y ambiguas frases mantra como "reducir el gasto improductivo", "bajar los impuestos" o "reformar el mercado de trabajo", sino con propuestas concretas y articuladas. Una oposición seria habría ido al debate con un diagnóstico ponderado y no catastrofista, unos objetivos claros y un catálogo de propuestas concretas de proposiciones de ley para debatir, demostrando así que tiene capacidad de análisis, ideas y liderazgo. Hacer oposición no es negar, ridiculizar o atacar todo lo que hace el Gobierno, es también, y especialmente cuanto éste es incompetente, arriesgarse a proponer medidas realizables, argumentar y convencer a los demás grupos y a la opinión pública. En definitiva, es mostrar la capacidad de gobernar y ser alternativa. Sé que puede parecer ingenuo, pero, en mi opinión, ser alternativa por la incompetencia del otro y no por los propios méritos es de mediocres. Una mediocridad que mostró Rajoy en casi toda su intervención. 

Los grupos minoritarios fueron, en mi opinión, mucho más coherentes consigo mismos. CiU, fiel a su origen, propone llegar a un pacto con el PSOE como sea con tal de ningunear el resultado, si fuera adverso como presumen, del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto. Recuperándose poco a poco de la pérdida del poder en el País Vasco, el PNV estuvo mucho más contundente. Izquierda Unida fue el grupo con mayor coherencia al fijar al Gobierno los límites de sus ideas para los posibles pactos. Mientras que Rosa Díez sólo habló de política. 

En definitiva, el debate de política económica de la semana pasada, historia ya al ritmo que se suceden los cambios, vino a corroborar la incapacidad de nuestra clase política para hablar educadamente, para debatir ideas de forma inteligente, para analizar los problemas con profundidad, para proponer leyes y tomar decisiones... o sea, gobernarnos. Me temo que si siguen así, no solo no saldremos pronto de la crisis económica y social que ya tenemos, sino que agravarán la crisis política que arrastramos y que nos impide tomar sensatas decisiones colectivas. 

23 de febrero de 2010 

martes, 26 de enero de 2010

Réquiem por Haití

El terremoto que ha devastado Haití se ha llevado por delante el país. Y digo país porque, mientras que una población es sólo un conjunto de individuos, un país es esa población con un conjunto de relaciones, capacidades e instituciones. O sea, con un Estado organizado, con unas instituciones sociales en funcionamiento, con unas instituciones económicas productivas. Es cierto que en el caso de Haití todo esto funcionaba mal, pero, al menos, las tenían. Hoy ni siquiera eso. En una catástrofe como la que han vivido, a la desgracia de perder a los seres queridos, de sufrir heridas, de perder los bienes que se poseen, ha de sumarse la pérdida de las instituciones, el dislocamiento del orden social, la devastación del capital físico que permitía que el país, mal que bien, existiera. 

Por eso ayudar a Haití no puede ser sólo resolver la urgencia de la catástrofe. No se trata sólo de intentar, en las primeras dos semanas, salvar al mayor número de personas de debajo de los escombros, de atender a los heridos, de dar agua potable y comida a los sanos, se trata de que, a continuación, se empiece la reconstrucción de lo perdido. Y para eso se necesita mucha, muchísima ayuda, porque Haití no es sólo un país pobre, hoy es un país paupérrimo que prácticamente no existe. 

Las pérdidas han sido inmensas. En un población de 8,7 millones de personas han fallecido unos 100.000. Seguramente están heridos otros 250.000. Esto implica que Haití ha perdido casi el 1,2% de su población en unos días y tiene otro 2,9% de heridos o enfermos. Para hacernos una idea de estas pérdidas es como si en España se hubieran muerto unas 500.000 personas y tuviéramos que hacer frente a 1,3 millones de heridos. Y eso en un país que es ¡diez! veces más pobre que nosotros. A estas pérdidas hay que sumar además el capital humano e institucional destruido. Dado que la mayoría de la destrucción se ha centrado en la capital, donde se concentraba la parte más importante de las instituciones administrativas, sociales y económicas, así como de sus infraestructuras, se puede decir que el terremoto ha tenido un impacto mayor sobre el país que el que ha producido sobre su población. Una somera cuantificación nos lleva a la cifra de entre unos 9 y 12.000 millones de dólares en pérdidas, lo que equivale al 65-70% del PIB del país. En términos españoles esta cantidad supondría unos 600.000 millones de euros. 

Teniendo en cuenta lo anterior, la ayuda que necesita Haití en los próximos tres o cuatro años es de 12.000 a 14.000 millones de dólares (unos 3.500 millones por año como mínimo). Si este volumen de ayuda no llega, Haití no se recuperará ni alcanzará en mucho tiempo los bajísimos niveles de antes del terremoto. Peor aún, si esta ayuda no llega con reforzamiento de sus instituciones (una especie de protectorado deferente) el país desaparecerá. Porque empezarán las migraciones (ya lo han hecho), se descapitalizará, se instalará la ley del más fuerte, la corrupción se adueñará de la ayuda y, al desastre del terremoto, se sumará el desastre de un país fallido. 

O sea, que, en mi opinión, hemos asistido a la muerte de Haití, y no porque sea un pesimista antropológico, sino porque la ayuda que salvaría a Haití depende de las promesas de los políticos que nosotros, los ricos, elegimos. Y éstos no han cumplido nunca las promesas de ayuda que han hecho a los pobres (la prueba son las miles de millones de promesas incumplidas para África, Afganistán, Palestina, Centroamérica, etcétera). Peor aún, ni siquiera son capaces de cumplir las promesas que nos hacen, cada cuatro años, a los que los votamos. 

Lo siento, pero debajo de los escombros de Puerto Príncipe está enterrado un país pobre al que nosotros los ricos dejaremos morir, aunque la causa oficial de la muerte sea un simple y terrorífico desastre natural. Descanse en paz. 

26 de enero de 2010 

martes, 22 de diciembre de 2009

Tipos de salida

En el último informe del Fondo Monetario Internacional hay una magnífica reflexión sobre qué forma podría tener la salida de la crisis. La gente del Fondo, con dos magníficos economistas como Blanchard y Viñals al frente, se pregunta si una vez tocado fondo (lo que ahora está haciendo la economía española) el crecimiento económico vuelve a ser alto al año siguiente o si hay un periodo en el que no se crece. Incluso se preguntan si, una vez en la senda del crecimiento, éste se mantendrá alto o si puede haber alguna recaída. Si dibujáramos en un gráfico temporal estas tres posibilidades (hay otras), veríamos que la primera (la de vuelta rápida al crecimiento) tiene forma de uve (V), la segunda (la del estancamiento) tiene forma de ele (L), y, finalmente, la tercera, la que contempla posibilidades de recaída, tiene forma de uve doble (W). El análisis, que se basa en el estudio de las crisis de finales del siglo XX, tiene una perspectiva historicista que es ilustrativa, aunque no sea, en mi opinión, demasiado rigurosa. 

Si aplicamos a España esta misma metodología, tendríamos que empezar por la crisis de los setenta. En aquella crisis, cuyo origen fue la subida de los precios del petróleo, el sector dañado fue el sector industrial y éste contagió al financiero. En plena transición política y para contrarrestar sus consecuencias, se hicieron unas políticas fiscales y monetarias muy expansivas y una política laboral dictada por los sindicatos. El resultado fue una larga crisis en forma de W en la que tardamos cinco años en volver a un crecimiento del 2,5%. Y se salió de ella por las reformas estructurales que se abordaron a partir de 1983, por la creación del Estado del Bienestar y por la entrada en la Unión Europea. O sea, se salió cuando se ajustó el sector real dañado (la famosa reconversión industrial), se reordenó el sistema financiero (con más de veinte intervenciones y quiebras), se liberalizaron los mercados y se empezaron a equilibrar las cuentas públicas. No se logró una mejora significativa en el tema del paro por factores demográficos y porque los sindicatos paralizaron las reformas a finales de los ochenta. 

Por su parte, la crisis de 1992-94 fue mucho más corta, pero no menos dura, y se salió de ella en forma V, en gran medida porque se supieron tomar las medidas en el momento oportuno: se devaluó la peseta, se hizo un fuerte ajuste fiscal (con congelaciones de los sueldos de los funcionarios y subida del IVA), se vendieron empresas públicas y se flexibilizó el mercado laboral. 

De la experiencia de estas dos crisis, y con todas las cautelas que hay que poner a los análisis históricos, se pueden extraer algunas lecciones. La primera es que no hay una salida rápida: una economía como la nuestra no se ajusta en menos de tres años o más si están dañados un sector real y el sistema financiero. La segunda lección es que solo empezaremos a salir de la crisis cuando se completen los ajustes sectoriales aceptando sus costes económicos y políticos. Trasladar los ajustes en el tiempo es alargar la crisis. La tercera lección es que los ajustes fiscales son la segunda parte de toda crisis porque, usado el déficit para paliar los efectos de la primera parte, después hay que ajustar la deuda pública so pena de ser insolvente. La cuarta es que con rigideces en el mercado laboral no se vuelve a crear empleo en años. Y, por último, sin liderazgo no hay política económica creíble que acorte el tiempo de crisis. 

De esta crisis, pues, no salimos hasta bien entrado el año 12 o 13 porque no se está abordando bien el ajuste sectorial, ni se sabe cómo ajustar el déficit (y hoy no tenemos la baja fiscalidad del 84, ni empresas públicas que vender), ni se ha empezado la reforma laboral, ni hay liderazgo político. Me temo que a alguno los Reyes Magos deberían traerle mucho carbón de su tierra y subvencionado. 

22 de diciembre de 2009 

martes, 24 de noviembre de 2009

Keynesianos ingenuos y otros (II)

La Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero de Keynes es un libro complejo. No solo porque está escrito en un lenguaje técnico, a veces farragoso e irónico, sino porque en él están contenidos tres libros diferentes: un manual de macroeconomía; el ensayo de política económica más influyente de la historia; y un panfleto contra el establishment de su época. Precisamente porque los dos primeros libros son coherentes es por lo que sus ideas han tenido tanta influencia. Y, sin embargo, por eso mismo, porque es un libro de análisis y de propuesta tan acertado para su época es por lo que hoy no nos sirve. Es decir, de puro bueno para su tiempo, hoy no es útil, porque la economía que describe Keynes y para la que hace sus propuestas de política económica, sencillamente, no existe. Lo siento, pero el mundo es ahora más complejo. Por eso, si Keynes viviera, sostendría una macroeconomía diferente para explicar lo que ocurre y una política económica más sutil que la que propuso. Keynes sería hoy keynesiano, pero un keynesiano "sofisticado". 

Y como ellos, aceptaría que no hay una única "Teoría General" que explique el comportamiento de todas las economías. Estoy seguro de que aceptaría, por ejemplo, que las funciones de consumo dependen, además de la renta, de la forma en que esta renta está distribuida, de variables demográficas, de las posibilidades financieras y de la existencia o no del Estado del Bienestar, por lo que los resultados dinámicos en distintos países son también diferentes. Supongo que aceptaría que la inversión no depende solo de los tipos de interés, sino también, y principalmente, de las expectativas (idea que él dejó incompleta). Y, de igual forma, sostendría que los mercados de trabajo no son clásicos, por lo que todo el paro no es provocado por una ausencia de demanda efectiva, sino que una parte del mismo es debido al exceso de salario sobre la productividad. De igual forma, supongo que no discutiría que el dinero es algo diferente y más complejo que el de su tiempo. Me temo que Keynes, hoy, hablaría con más cuidado del acelerador, sobre todo después de la nueva economía del crecimiento económico, y que tendría en cuenta el sector exterior porque las economías abiertas funcionan de otra forma que las cerradas. Me temo que la macroeconomía moderna tiene que ser más compleja que la de la Teoría General porque las economías también son más complejas que las de entonces. 

Igualmente, estoy seguro que el viejo Keynes coincidiría con los "sofisticados" en que el éxito de las antiguas políticas keynesianas estuvo en que las políticas de expansión fiscal supusieron una inmensa política de redistribución de renta, tanto dentro de las economías (creación de los estados del Bienestar) como a nivel mundial (Plan Marshall a la cabeza), mientras que las políticas monetarias solo facilitaron la expansión. Y es que los keynesianos sofisticados saben que las viejas políticas fueron eficaces porque se aplicaron sobre economías cerradas con bajos niveles de renta y mala distribución. Por eso, un keynesiano sofisticado sabe que la eficacia de estas políticas dentro de economías desarrolladas depende mucho de cómo se articulen, mientras critica que no se le dé la importancia que tiene a la dimensión mundial e internacional de la crisis. De ahí que un keynesiano sofisticado, como el viejo Keynes antes de morir, haga tanto hincapié en que la solución a la crisis es mundial y proponga una política expansiva internacional, de ayuda a los países pobres, porque sabe que parte de la solución de la crisis de las economías desarrolladas sería un gigantesco Plan África-Asia, al tiempo que se hacen reformas estructurales para hacer más flexibles las economías desarrolladas. Unas reformas que hay que diseñar ad hoc para cada economía. 

Para explicar todo esto, se necesitaría una nueva "Teoría General". Pero no tendría éxito, porque ya nadie lee libros, sino blogs de keynesianos ingenuos o de liberales simples. 

24 de noviembre 2009 

martes, 10 de noviembre de 2009

Keynesianos ingenuos y otros (I)

La política económica que se hace depende de la ideología, los valores que se profesen, y del conocimiento que se tenga de economía. Y, normalmente, aun en los ámbitos académicos, se suele manipular el segundo para que no sea incompatible con la primera. En política económica, por desgracia, suele influir más la ideología que el conocimiento empírico o la lógica. De ahí que algunos, no solo los políticos, argumenten con razones absurdas que son un insulto a la inteligencia. Los hay, incluso, que se atreven a dar un discurso semitécnico amparados en los manuales elementales de macroeconomía que estudiaron hace años. 

En este debate, mitad ideológico y mitad técnico, que es desde el que realizan las propuestas de política económica para la opinión pública, se vienen observando dos grandes líneas de propuestas que me atrevo a llamar "keynesianismo ingenuo" y "liberalismo simple", que merecen una seria reflexión. No incluyo el "izquierdismo adolescente" en este nivel, aunque lo apoyen pseudointelectuales, porque sus categorías conceptuales carecen de rigor. 

Los "keynesianos ingenuos" tienen un magnífico discurso. Para salir de la crisis, para volver a la senda de crecimiento, lo que hay que hacer, según ellos, es una fuerte expansión monetaria, acompañada de un fuerte estímulo fiscal con alto crecimiento del gasto público en todos los niveles. Confían en que los multiplicadores de gasto son mayores que los de impuestos (Teorema de Haavelmo) y creen firmemente que el paro se resuelve sin más que mantener durante el tiempo suficiente los estímulos monetarios y fiscales porque es fruto de una baja demanda efectiva (Teorema de Keynes). Todo esto se sintetiza en unas sencillas líneas de política económica: tipos de interés bajos, inversión pública, gasto social, déficit público. Salir de la crisis es, entonces, cuestión de tiempo. 

Este programa, que es el que está aplicando con matices en todo el mundo, tiene, sin embargo, problemas. En primer lugar, la política monetaria, en segundo plano ahora, solo es eficaz si el sistema financiero funciona correctamente, o sea, si existe transmisión monetaria. Por eso, por mucha expansión monetaria que haya (que la está habiendo), mientras no se recupere el sistema y se reequilibren las cuentas financieras de familias y empresas, la política monetaria solo será un instrumento necesario, pero no decisivo, en la recuperación. Por su parte, los multiplicadores de gasto e impuestos no son estables a lo largo del tiempo, ni son indiferentes al componente de gasto o de impuestos sobre el que se haga la expansión. Dicho de otra forma, la eficacia de la política fiscal depende más de qué impuesto se baje o de qué gasto se amplíe que del a priori de uno u otro. Por cierto, que el gasto en infraestructuras, inversión pública, ni resuelve el problema del paro ni hace crecer la economía si no hay inversión en capital humano e inversión privada que la acompañe. En cuanto al mercado de trabajo, hay un hecho empírico y paradójico con él: cuando es flexible (como el americano), el paro que se produce es mayoritariamente keynesiano, es decir, se resuelve con expansión de la demanda; cuando es rígido (como el europeo), el paro es, en parte, clásico, o sea, debido a un exceso de salario sobre la productividad media. Finalmente, los keynesianos ingenuos no son conscientes de que las políticas que proponen son insostenibles a largo plazo porque generan deudas públicas explosivas y tipos de interés altos o inflación, lo que reduce el potencial de crecimiento. 

Lo siento, pero los keynesianos ingenuos invocan una vieja macroeconomía que sirvió para resolver problemas de economías muy diferentes a las globalizadas economías modernas. Me temo que no llegan a comprender, si es que realmente han leído a Keynes, ni el contexto económico ni la inmensa aportación teórica de la Teoría General. Creo que si Keynes viviera reivindicaría una versión más sofisticada y sutil de su pensamiento. Pero la exposición de este keynesianismo sofisticado tendrá que esperar a un próximo artículo. 

10 de noviembre de 2009 

martes, 27 de octubre de 2009

Culpables o ignorantes

Desde su inicio, ha habido muchos dedos acusadores contra los economistas como culpables de la crisis. Y algunos de nosotros hasta se declaran abiertamente culpables en sus conferencias y publicaciones. Los argumentos para formular esta acusación son, esencialmente, dos: que no fuimos capaces de prever la crisis y que somos responsables de las políticas económicas que nos han llevado a ella. 

La primera acusación, en la que han entrado algunos como Krugman y, en España, Estefanía y otros, es muy ingenua. Parte del convencimiento de que la economía puede prever el futuro, lo que es imposible. Y es imposible por tres razones. La primera es lo que podemos llamar el principio de imposibilidad de Popper, que dice que es imposible predecir la acción humana porque ésta está determinada por lo que en cada momento se conoce; puesto que no sabemos hoy lo que solo sabremos en el futuro, es imposible decir hoy lo que vamos a hacer en ese momento futuro. La segunda razón para no poder predecir tiene que ver con una característica que define esencialmente la acción humana: la libertad, la posibilidad de hacer otra cosa. Solo si no fuéramos libres, si fuésemos máquinas deterministas, podríamos predecir el futuro. Y, finalmente, no es posible la predicción, aún a corto plazo, muchas veces por una razón más pedestre: sencillamente porque no disponemos de datos en tiempo real de muchas variables. Podemos, entonces, predecir a corto plazo porque muchas cosas cambian muy lentamente, pero no a largo plazo, y siempre con dificultad. 

El segundo cargo que se nos formula es el de que somos responsables de la política económica. Y eso es cierto solo en parte, en la parte monetaria, que está muy tecnificada, porque el resto de la política económica está en manos de políticos con escasos, y en el mejor de los casos obsoletos, conocimientos de economía que se mueven más por intereses políticos (los votos o la popularidad a corto plazo) que por racionalidad económica de largo plazo. Es curioso, pero cuando la política económica tiene un fuerte consenso técnico suele funcionar mejor que cuando se politiza. Y habría tantos ejemplos que tendría para escribir varios libros. 

Más interesante que asumir culpas me parece reconocer que la crisis nos ha hecho ver que sabemos poca economía. Nunca se publicó tanto y hubo tantos investigadores como ahora. Pero tampoco nunca hubo tan poca profundidad. Y mi crítica va tanto contra los ensayos como contra los artículos científicos de revistas serias. Los primeros son best-seller escritos para rentabilizar el nombre de su autor, contienen poca argumentación, datos muy sesgados y un relato poco preciso. Y basta leer los libros de algunos premios Nobel recientes para comprobarlo. Comparados con la Teoría General de Keynes o con los clásicos del siglo XIX se ve una inmensa diferencia: no solo es el estilo, es la argumentación, la lógica, la completitud, el ansia teórica de unos y otros. 

Pero siendo esto grave, porque banaliza el debate público y político, más grave me parece que la economía académica que hacemos sea tan ingenua, irrelevante y simple, a pesar de su complejidad matemática. Y es que los modelos macroeconómicos al uso son muy planos en cuanto a sus variables (con dificultad incluyen el comportamiento político, como sugería Lindbeck); siempre reflejan al homo economicus medio; incluyen relaciones causales incompletas y lejanas; se validan con métodos estadísticos conceptualmente elementales; y estudian, normalmente, una pequeña parcela de la realidad. Hacemos, pues, una economía pobre, con pocas ideas y pensamiento. Por eso quizás se vuelve a siempre a Keynes. 

Los economistas no somos culpables de la crisis, como los médicos no son culpables de las enfermedades. De lo que posiblemente sí seamos culpables es de arrogancia y de vanidad, de haber fomentado la sensación de que lo sabíamos todo. Somos, en el fondo, solo culpables de ignorancia. 

27 de octubre de 2009 

lunes, 12 de octubre de 2009

Propaganda presupuestaria

Hace unos días el Gobierno envió al Congreso, para el inicio del trámite parlamentario, la ley de Presupuestos Generales del Estado. Una ley clave en la política económica porque un presupuesto es la expresión económica de las decisiones políticas. Los Presupuestos contienen tanto una valoración de la situación política y económica, como los criterios que con que la aborda. 

Después de analizar con detalle las grandes cifras que ha publicado el ministerio se llega fácilmente a la conclusión de que los Presupuestos presentados por la ministra Salgado son, sencillamente, un ejercicio de propaganda, no de economía. Y ello por tres razones importantes: en primer lugar, porque el cuadro macroeconómico en el que se basan los presupuestos es, sencillamente, increíble; en segundo lugar, porque las opciones de política económica tomadas serán ineficaces para los objetivos que debieran pretenderse; y, finalmente, porque los objetivos que se dice que se persiguen no son los que se plasman en los presupuestos. 

Todo presupuesto parte de un cuadro macroeconómico porque de estas previsiones dependen las cantidades reflejadas en el presupuesto. Así, a partir de lo que se prevé que puede crecer el consumo privado se puede hacer una estimación de la recaudación del IVA; como es necesaria una previsión de la tasa de paro para hacer una estimación del gasto social en desempleo. Fallar en el cuadro macroeconómico supone fallar en la ejecución y tener que hacer permanentes e improvisados ajustes. Las previsiones no son nunca perfectas, pero se pueden aproximar. Las de este año son, sencillamente, inverosímiles: se prevé una inflación cero para todo el año, una tasa de paro que se va a alcanzar ya en el primer trimestre y un número de afiliados a la Seguridad Social difícilmente alcanzables. El resultado final del presupuesto, también otra cifra macroeconómica, es así mismo imposible: nadie se cree que el déficit final de la Administración central vaya a ser del 5,4%, porque la recaudación seguramente será menor y los gastos posiblemente mayores. Máxime si tenemos en cuenta que 10 comunidades ya han superado todos los topes de déficit (entre ellas Cataluña, con elecciones el año próximo) y la situación de los Ayuntamientos es crítica. Las previsiones son, sencillamente, irreales. 

Además de lo anterior, los criterios con los que se ha elaborado el presupuesto no son los más adecuados para salir de la crisis que tenemos. Con un consumo privado en disminución o estancado no es la mejor opción de subida impositiva la de aumentar el IVA, máxime cuando es un impuesto regresivo. Como no es la mejor opción no hacer nada con las contribuciones sociales a cargo de la empresa con una tasa de paro que superará el 20%. O hacer más regresivo el IRPF. Para reducir el déficit público, y no entrar en una deuda pública explosiva, lo más sensato es empezar por recortar gastos, y hay muchos que se pueden eliminar sin más que reordenar las competencias autonómicas y usar criterios de eficiencia en la gestión de los servicios públicos. 

Finalmente, se argumenta que los presupuestos son un instrumento para el cambio del modelo productivo de nuestra economía, cuando las medidas que harían posible este cambio brillan por su ausencia. Empezando porque es falso que se esté haciendo un mayor esfuerzo en I+D+i o en investigación cuando hay un fuerte recorte en estas partidas sobre lo ya recortado este año. 

En suma, los presupuestos presentados son un simple ejercicio de propaganda. Porque ni el esfuerzo fiscal que se prevé es moderado (¡el segundo déficit más alto en democracia!), ni es solidario (con aumento de la regresividad en los impuestos), ni es austero, ni se prima la inversión productiva (por favor, no mientan en las cifras de infraestructuras). Lo siento, pero cada decisión que toma este Gobierno en política económica solo demuestra lo muy superficiales que son sus conocimientos de economía. Y mejor no califico los de nuestros parlamentarios si, Jordi Sevilla dixit, Zapatero es el que más sabe de la materia. Eso sí, su propaganda es impecable. 

12 de octubre de 2009