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martes, 21 de junio de 2016

Segunda vuelta

Estamos a una semana de las elecciones y las encuestas dibujan unos resultados muy interesantes, muy parecidos a los de las elecciones de diciembre, pero con perfiles más nítidos. Es como si estuviéramos celebrando la segunda vuelta de las anteriores. 

El primero es que la sociedad española sigue igual de polarizada en el eje derecha-izquierda (con toda la simplicidad que esto implica) que antes de la aparición de los nuevos partidos. Si, como dicen las encuestas, el PP tiene un apoyo del entorno del 30%, Unidos-Podemos de un 25%, el PSOE del 21% y Ciudadanos de alrededor del 15%, esto implica, suponiendo que el PNV es conservador y que Esquerra Republicana de izquierdas, que los españoles estamos divididos como siempre, la mitad es de derechas (PP, Ciudadanos, PNV, UPN, etc.) y la otra mitad de izquierdas (PSOE, Unidos-Podemos, ERC, etc.). Y la prueba de que estamos polarizados es que el 30% que apoya al PP nunca votaría a Unidos-Podemos, de la misma forma que el 25% de éstos y una parte importante de los que votan al PSOE nunca votarían al PP. Eso supone que, para alrededor del 70% de los votantes, tan importante es que gane su partido, como que otro no gane. O sea, que sigue habiendo dos Españas (como hay dos Francias, dos Estados Unidos, dos Italias, etc). 

El segundo resultado es que, por la incapacidad manifiesta de los grandes partidos para regenerarse, se consolida un cuatripartidismo imperfecto. Al PP se le ha escapado un electorado de centro importante para la formación de gobierno por su incapacidad para cambiar a sus dirigentes, mientras que el PSOE ha perdido su capacidad de influencia en la izquierda por su volatilidad ideológica. Lo que ha cambiado en la política española en los últimos años no es la orientación ideológica de la población, sino la estructura de partidos, la estructura de los «intermediarios políticos». La novedad no es solo que hay un partido, Ciudadanos, que limita el crecimiento de los dos grandes partidos por el centro, sino que los comunistas se han actualizado en las formas (han pasado de los largos discursos a los tuits y de los bares a la televisión) y están ganando la batalla de la izquierda al PSOE. En las elecciones del domingo, la gran novedad (salvo milagro) será el tercer puesto del PSOE. 

El tercer resultado es que, dada nuestra estructura de partidos y el sistema electoral, inevitablemente se van a necesitar dos partidos y la abstención de otro para conformar gobierno. A partir de las encuestas no es posible saber cómo va a quedar realmente constituido el Congreso, pero aun en las mejores hipótesis para los dos bloques, la suma de PP más Ciudadanos no llegaría a la mayoría absoluta, como tampoco la de PSOE más Unidos Podemos. La clave, como ya ocurrió en diciembre, la va a volver a tener el PSOE. Pero esta vez en una posición más clara, por ser más débil. Ahora no va a poder liderar el gobierno, por lo que sus opciones son tres: la primera es permitir, con su abstención, un Gobierno del PP que cuente con el apoyo de Ciudadanos; la segunda es un Gobierno de coalición con Podemos, siendo estos mayoritarios; y, tres, nuevas elecciones con más desgaste. Cualquiera de las tres es mala para las expectativas del PSOE a medio plazo, pero las dos últimas serían, en mi opinión, un suicidio. 

Sinceramente no creo que en lo que queda de campaña se vaya a producir ningún cambio significativo sobre lo que hoy vemos. El PP está intentando movilizar a su electorado (especialmente el aznarista) con el miedo a Podemos, Ciudadanos está queriendo pescar en el votante que ha cambiado de partido últimamente, el PSOE ha llamado a rebato a toda su estructura y se bate barrio a barrio (especialmente en Andalucía) y Podemos confía en el voto de los viejos comunistas. Lo dicho. Una típica segunda vuelta. 

20 de junio de 2016 

martes, 7 de junio de 2016

Otra mirada sobre el Brexit

El próximo día 23, los británicos están llamados a las urnas para decidir si continúan siendo miembros de la Unión Europea, de una forma especial, o se van. Un referéndum en el que los europeos nos jugamos mucho más de lo que creemos. 

El mero hecho de que el referéndum se celebre en los términos en los que se ha planteado (véanse el Anexo I de las Conclusiones del Consejo Europeo del 18 y 19 de febrero pasado), y no en los de dentro («in») o fuera («out»), es un fracaso estrepitoso para el mismo concepto de Europa como cuerpo político. Los británicos están votando cómo quieren ser parte de Europa, mientras que el resto de los europeos no podemos votar si estamos de acuerdo con esa forma que van a tener ellos de estar. Con este referéndum los europeos estamos renunciando al principio democrático elemental de la igualdad, pues, si de lo que se trata es de decidir sobre el futuro de todos, y lo es porque la pertenencia del Reino Unido nos afecta a todos, todos tendríamos que poder participar. Si sale el sí, los británicos, una vez más, habrán modelado Europa según sus intereses y no según el interés común de todos. 

Si saliera el sí, y los británicos siguieran en Europa, lo que los británicos habrán conseguido es sacralizar la excepción británica en dos temas de mucho calado: las finanzas y la emigración. Es decir, excluir de las reglas económicas comunes al sistema financiero británico, y hacer una excepción en las reglas de movilidad de personas dentro de la Unión. Y lo primero es lo que realmente les importa. 

Hace años que el Reino Unido dejó de ser líder en cualquier sector de la economía real y vive de la intermediación en los flujos financieros mundiales. Los británicos dependen de las finanzas como nosotros dependemos del turismo. Más aún, perdido su peso político por su debilidad poblacional y económica real, el poder político británico se basa en la información que generan las finanzas. Por eso, la política británica tiene tres ejes esenciales que coinciden con la visión del mundo y los intereses de los banqueros afincados en Londres: el libre comercio, la autonomía de la política monetaria y la autorregulación financiera. Como, por otra parte, necesitan a Europa como mercado primario interior, buscan permanentemente la excepción dentro de ella. En definitiva, con este referéndum, y si gana el sí, los británicos protegen el poder que tienen sobre los flujos financieros europeos, tanto interiores como exteriores, pues Londres es la segunda plaza financiera del mundo. Por eso, el Gobierno de Su Majestad Británica no quiere perder soberanía, porque su sistema financiero necesita la flexibilidad de su sistema jurídico, mucho más liberal que el continental, al tiempo que no quiere tener la supervisión de Frankfurt. 

La contrapartida para el resto de los europeos de la excepción británica es que estamos aceptando que, siendo los banqueros de Europa, pueden tener un gobierno autónomo para ellos, con sus propias reglas. Sólo la debilidad de las estructuras políticas europeas (dentro de su propia burbuja de irrealidad), la nacionalista y pragmática concepción de Europa que tienen los partidos y las opiniones públicas europeas, la ausencia de visión de los líderes europeos, empezando por Juncker y Tusk, y la superficialidad del cálculo político con la que se tratan temas como este, pueden explicar los términos del referéndum británico. 

Por eso, en mi opinión, si saliera el sí, el referéndum británico, lejos de ser la salvación de Europa como nos han vendido nuestros políticos, es un paso más hacia la muerte de Europa. Creo que el mejor resultado para Europa sería que saliera el no, que los británicos se equivocaran votando la salida. Nos harían un favor a todos porque podríamos empezar otra vez a pensar en una Europa unida, y alejarnos del complejo mundo de nadas burocráticas en el que la hemos convertido. 

6 de junio de 2016 

martes, 24 de mayo de 2016

Aburrimiento político

La política española, bajo esa apariencia de cambio y dinamismo, es increíblemente repetitiva. Hay poca novedad en nuestra política, pues la mayoría de las ideas que se proponen tienen décadas, cuando no algún siglo. Cambian algunas caras, cambian algunos mensajes, pero no cambian los actores, ni cambian las ideas. Tenemos una política aburrida. 

Es aburrida la monótona cantinela del Partido Popular. No es ya que Rajoy lleve más de 20 años en primera fila de la política (fue ministro en 1996), sino que los nuevos dicen lo mismo que decían sus mayores, solo que sin corbata. El PP lleva con el mismo mensaje desde que Aznar lo fijó hace 20 años: en política exterior, dos lugares comunes sobre Europa y el terrorismo internacional; en política interior, nacionalismo español; en política económica, bajar impuestos; en política educativa, clases de Religión; en el resto de los temas, mantener lo que hay; y, en cuanto a la corrupción, mirar hacia otro lado. Su debate con el PSOE se centra ahora en Zapatero, como antes en González, y moviliza a su electorado con el miedo, de raíz guerracivilista, a una “izquierda radical”. 

El PSOE es igual de repetitivo. Desde que se fue González, único líder real que ha tenido, sigue con sus luchas internas y sus contradicciones. Aún no sabemos si Pedro Sánchez es (como Almunia y Zapatero) un candidato provisional para unas elecciones o el verdadero líder del PSOE. Como no sabemos, porque ellos tampoco lo saben, si son constitucionalistas o nacionalistas de geometría variable, si creen en el Estado o en el mercado. Igual que el discurso del PP es una actualización del de Aznar, el del PSOE sigue siendo el ambiguo de Zapatero: blando en política exterior; federalista asimétrico (una contradicción) en temas territoriales; difuso en política económica; ocurrente en las demás cuestiones. Su estrategia electoral es también simple: ir contra Rajoy, sin que nos sepan decir por qué Pedro Sánchez podría ser mejor. 

Los partidos “nuevos” son, aunque parecen novedosos, “remakes” ideológicos de viejas estructuras. 

Ciudadanos recuerda mucho al Partido Reformista Democrático, el partido de Garrigues y Roca, del que fue secretario general Florentino Pérez. Un partido que intentó hace 30 años la “Operación Roca”, o sea, trasladar desde Cataluña al resto de España las ideas liberales y centradas que entonces tenía CiU. La estrategia de Ciudadanos es similar: ante el desgaste político del partido en el gobierno (entonces el PSOE y ahora el PP) y el estancamiento del otro, aparece un líder catalán, de discurso moderado y potente, que se propone como partido bisagra. Todo esto promovido por un medio de comunicación (entonces “Cambio 16” y Pedro J Ramírez) y apoyado por la CEOE. La diferencia es que Rivera no viene del nacionalismo catalán y es más fotogénico. 

Podemos es igualmente “retro” y cualquiera que viviera la Transición reconoce sus propuestas. Podemos es la coalición “vintage” de los movimientos de izquierda de los setenta, incluido ahora el Partido Comunista de España. Su asamblearismo es el mismo que se vivía en la CNT y en la ORT; sus votaciones a mano alzada siguen los manuales del PCE; el apoyo al régimen cubano y a los regímenes izquierdistas latinoamericanos es el mismo que movía a las manifestaciones anti--norteamericanas de hace 40 años, cartel del Che incluido; sus conexiones con regímenes dictatoriales son tortuosos como que los que había con la URSS o con la Rumanía de Ceaucescu; el anti--capitalismo está en cualquier pasquín del Partido de los Trabajadores. Que ahora parezcan como novedosas propuestas de Anguita, que ya eran rancias hace 30 años, sólo se puede explicar por el conservadurismo izquierdista y la moda de lo retro. 

La política española es repetitiva. En realidad, todas las elecciones generales desde hace 30 años son la misma. La política española es muy aburrida. La duda es si esto es el reflejo de una democracia madura, o de una sociedad sin imaginación que, a pesar de todo, funciona. 

23 de mayo de 2016 

lunes, 9 de mayo de 2016

Elecciones y paro

Es ya un lugar común el decir que el paro es el principal problema de la economía española. Desde la crisis del petróleo de los setenta tenemos enquistada una tasa de paro mayor que la media de los países industrializados. Nunca, en los últimos cuarenta años, la economía española se acercó a las tasas de paro del 4-5% que son las cifras de un buen mercado de trabajo. Y, precisamente porque hemos tenido estas cifras de paro durante tanto tiempo, y porque es un problema que han sufrido más del 85% de las familias españolas, el paro ha sido, desde la primera encuesta que hizo el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en 1979, la primera preocupación de la ciudadanía. Solo tras los atentados del 11-M (en 2004) y tras la ruptura de la tregua de ETA (en 2006), el terrorismo fue considerado más problemático que el paro. El paro ha sido catalogado como el principal problema de España en el 96,5% de las encuestas del CIS en los últimos 36 años. Es lógico, pues, que el paro sea uno de los ejes centrales de la campaña electoral. El problema es que las propuestas que hicieron los partidos en la anterior campaña electoral, y que ahora seguramente repetirán, no sirven para resolver el paro. De hecho, los problemas de nuestro mercado de trabajo, que van mucho más allá del paro, ni siquiera serán medianamente enfocados. 

Para empezar, el problema del paro en España no se puede ver como una mera cuestión aislada, parcial e interna, que se resuelve con un cambio de legislación, porque la economía española es una economía abierta, integrada en Europa y en el euro, tecnológica y financieramente dependiente del exterior. Más aún, el mercado de trabajo español, además del paro, tiene un conjunto muy importante de disfunciones que van desde la precariedad laboral y los bajos salarios hasta problemas de dualización, paro juvenil o de larga duración. Problemas que hay que abordar al mismo tiempo, pues la mejora en uno puede generar un empeoramiento en otro. 

Para luchar contra el paro y los demás problemas del mercado laboral español es necesario un cambio profundo de nuestro modelo productivo. Y esto implica que necesitamos más empresas, básicamente porque, en una economía moderna, más del 80% del empleo se genera en el sector privado (en España el 83,25%), siendo insostenibles ratios de empleo público superiores al 18-20%. Más empresas y empresas más grandes, más tecnológicas y volcadas a la innovación. Más empresas industriales, energéticas, de bio, de servicios avanzados... y no tanta empresa de "parque temático" orientadas hacia un turismo necesariamente estacional. Mercados de bienes y servicios mucho más flexibles y competitivos, con muchas menos regulaciones previas y fragmentadas que asfixian la iniciativa. Un sistema impositivo mucho más moderno, con un IRPF realmente progresivo, un impuesto de sociedades más competitivo y unas cotizaciones sociales mucho más bajas que no penalicen (como lo hacen) el empleo. Un mercado laboral más flexible, con un nuevo Estatuto de los Trabajadores y nuevos convenios colectivos, reformados sobre conceptos más modernos de las relaciones laborales (y no sobre viejos conceptos como "explotación" o "lucha de clases"). Una revisión profunda de la protección al desempleo (culpable en parte del paro de larga duración). Una pactada y estable reforma de nuestro sistema educativo... 

Como puede verse, para luchar contra el paro, y el resto de problemas de nuestro mercado laboral, se necesita mucho más que un mero cambio legislativo partidista o un conjunto de soluciones simples, ideológicamente sesgadas, articuladas en cinco tuits y un debate televisivo. Si alguien piensa que la solución a los problemas laborales de España es la vuelta a legislaciones antiguas, basadas en conceptos del siglo XIX, o que pasa por más empleo público sin más, sin matices, es que no sabe economía moderna o es un demagogo populista. Lo malo es que de ambos tipos tenemos muchos en la política y en los platós de televisión. 

9 de mayo de 2016 

lunes, 25 de abril de 2016

Demasiado lento por demasiado tiempo

Hace unos días el Fondo Monetario Internacional publicó la revisión de su informe de coyuntura, el World Economic Outlook (WEO), de la economía mundial. El título, Too slow for too long (Demasiado lento por demasiado tiempo), refleja la esencia del informe: la economía mundial está entrando en un periodo de lento crecimiento y, según los cálculos, este periodo puede alargarse varios años. La economía mundial creció el pasado 2015 a un ritmo de sólo el 3,1%, la tasa más baja desde el año crítico de 2009, y muy por debajo de la media de los 20 años anteriores a la crisis de 2008-09 que fue de 4,2. Las previsiones para los próximos tres años es que este crecimiento se mantendrá en el entorno del 3%. El origen de esta ralentización del crecimiento de la economía mundial se focaliza en las tres economías tractoras de la economía mundial. Así, la larguísima crisis europea (la economía europea lleva estancada por debajo del 2% desde hace casi una década), la bajada del crecimiento de la economía norteamericana (al 2,4%) y las menores tasas de la economía china hacen que las demás economías del planeta, especialmente las exportadoras de petróleo y de materias primas, sufran también una profunda caída en sus tasas de crecimiento, que se hace, a su vez, más honda, por la bajada de los precios internacionales de las materias primas. La economía mundial está entrando en una peligrosa espiral de estancamiento, pues de los cuatro motores del mundo, uno (Europa) lleva años sin funcionar, otro (Japón) hace décadas que "ni está, ni se le espera", y los dos principales (USA y China) dan muestras de fatiga. Lo peor es que este estancamiento se produce en unas condiciones de políticas fiscales moderadamente expansivas y en unos entornos monetarios sumamente expansivos, pues nunca los tipos de interés internacionales estuvieron tan bajos (en el entorno del 0,2-0,3%), ni las inyecciones de liquidez fueron nunca tan importantes como en la actualidad. 

Parece que el modelo de crecimiento de la globalización, al menos tal y como la concebimos desde los noventa, empieza a agotarse. Si analizamos el detalle de las variables macroeconómicas en las distintas economías del plantea, una parte importante de su crecimiento en las dos décadas anteriores a la crisis se explica por el crecimiento inducido desde el exterior, bien en forma de aumento de las exportaciones (Japón en su momento, Alemania, Francia o Italia desde siempre y China más recientemente), bien en forma de aumento de la inversión extranjera en su territorio (Europa periférica, Latinoamérica, Africa). La globalización, ese proceso de aumento de los flujos de intercambio que aumenta la eficiencia de los mercados, ha sido la principal causa del crecimiento mundial en las últimas décadas. Pero da muestras de agotamiento. Basta mirar al ejemplo más acabado del modelo, el proceso europeo, para saber de sus límites, pues el modelo de crecimiento de la Unión Europea de ampliaciones sucesivas tiene la misma base que el de la globalización, si bien con una estructura de instituciones democráticas y completado con unos fondos comunes que soportan políticas comunes. 

Quizás por eso, porque los líderes mundiales son conscientes de que hay que darle un nuevo impulso al modelo, es por lo que el presidente Obama está estos días negociando con la cancillera Merkel el Transatlantic Trade and Investment Partnerchip (TTIP), que crearía el área de libre comercio más grande del mundo. Pero ese impulso sería más potente si fuera más allá del libre comercio e inversión y se complementara con la expansión de los estados del bienestar de los países más pobres, como se hizo en las ampliaciones europeas. Así, no sólo creceríamos todos otra vez y más rápido, sino que creceríamos de una forma más equitativa y, probablemente, más sostenible. 

Lector impenitente del WEO desde hace años, reconozco que sueño con uno que se titule More equal, faster and greener. Algo que es eso, un sueño. 

25 de abril de 2016 

martes, 12 de abril de 2016

El peso de la historia

La semana pasada estuve en los Estados Unidos. La precampaña electoral sigue su curso y, mientras se van despejando dudas en el campo demócrata a favor de la señora Clinton (más por los errores del senador Sanders, que por aciertos propios), en el campo republicano el senador Ted Cruz intenta frenar a Trump, aunque ambos me parecen, por lo que he visto y leído, igualmente peligrosos, tanto para los Estados Unidos, como para el resto del mundo. Mi reflexión, sin embargo, no va de política norteamericana, sino de la diferente actitud con la que unos y otros presentamos lo que somos, la diferente forma de enfocar la vida pública. Es un hecho que los Estados Unidos no tienen casi historia. Cuando empiezan a construir sus primeras colonias en el Este, allá por 1620, cualquiera de nuestras ciudades tenía más de dos mil años. Y cuando empiezan a explorar su territorio, el de Europa tenía mapas de más de 400 años. No, los Estados Unidos no tienen casi historia. Por eso, es raro que ellos hablen del pasado, y menos, frente a los europeos, y cuando lo hacen lo hacen con una precisión pasmosa. Pero no les preocupa. Nosotros, sin embargo, rebosamos historia. Continuamente, cuando vamos a presentar nuestras ciudades o cuando vienen a visitarnos, hacemos alarde de nuestra historia, de lo antiguo que es todo, de nuestras tradiciones de décadas, cuando no de siglos. Contamos una historia que realmente no conocemos (¿qué sabemos realmente de las condiciones de vida, economía, leyes, salud, educación, familia o vida cotidiana en el Califato?) y de la que nos sentimos orgullosos, sin saber bien el porqué. 

Los norteamericanos no tienen casi monumentos. Los monumentos en los Estados Unidos son, en realidad, esos edificios gigantescos que son los rascacielos y, junto a ellos, esas iglesias neogóticas del siglo XIX que son malas imitaciones de Notre Dame. Nosotros, en cambio, tenemos miles de monumentos que van desde arcos de triunfo o teatros romanos hasta mezquitas y palacios de origen musulmán, junto a cientos de iglesias románicas, góticas o barrocas. En los Estados Unidos, cuando te quieren mostrar su ciudad, te suelen enseñar tres cosas: las sedes de sus empresas o sus gigantescos centros comerciales, los museos de arte moderno o de ciencias en medio de algún parque y los campus de sus universidades. Nosotros les hacemos un tour de edificios religiosos, museos llenos de reliquias y palacios. Si comparamos lo que enseñamos nosotros con lo que enseñan ellos, vemos una inmensa diferencia: nosotros nos enorgullecemos del pasado, de lo que otras generaciones, que ni conocimos, hicieron. Ellos, en cambio, se enorgullecen de lo que se hace ahora. Nosotros contamos el legado de otros, ellos cuentan lo que hacen hoy. Nosotros enseñamos edificios "muertos" (o casi) que utilizamos como reclamos de visitantes o como "photo-call" de turistas, ellos edificios que llenan todos los días de gente que trabaja, que genera ideas, en los que se hace ciencia. Nosotros contamos historias que significan muy poco o nada para la ciudadanía (¿o es que alguien aspira a ser Abderramán III?). Ellos ensalzan a modelos sociales que inspiran todos los días a miles de norteamericanos. Nosotros vivimos de lo que otros hicieron, ellos viven pensando en lo que harán en el futuro. 

Es cierto, los Estados Unidos no tienen historia, ni monumentos. Nosotros tenemos monumentos e historia. Ellos, sin embargo, viven sus monumentos, mientras que nosotros solo conservamos y explotamos los nuestros. Ellos tienen ciudades vivas que cambian y crecen todos los días, mientras nosotros hacemos de nuestras ciudades parques temáticos de sí mismas. Ellos están obsesionados por la tecnología, nosotros por la gastronomía. Ellos gastan dinero en lo que puede venir, nosotros en mantenernos como siempre. Ellos fracasan y reempiezan, nosotros evitamos fracasar. Nosotros tenemos un pasado, los norteamericanos, un futuro. Quizás sea eso lo que nos pasa: que no avanzamos por el tremendo peso de nuestra historia. 

11 de abril de 2016 

lunes, 28 de marzo de 2016

Terrorismo contra Europa

Esta Semana Santa hemos tenido otro atentado terrorista en Europa y los europeos hemos vuelto a hacer lo de siempre: hemos calificado el hecho; nos hemos solidarizado con las víctimas; cada país ha hecho el recuento de sus compatriotas y, en función de esto, se le ha dado más o menos importancia a la noticia; se ha convocado a los ministros de Interior; y, finalmente, y en paralelo, el país que ha sufrido el atentado ha hecho declaraciones duras, ha iniciado la captura del terrorista y ha reforzado la cooperación militar en Oriente Próximo. Por lo demás, todo igual. Los europeos seguimos reaccionando como si cada atentado fuera un asunto interno de cada país, como si no tuviera conexión con los demás. No nos damos cuenta de que reaccionando así somos más débiles, porque uno a uno ningún país de Europa puede luchar solo contra el terrorismo internacional. No nos damos cuenta de que reaccionando así nos encerramos en nosotros mismos, con lo que destruimos la idea de la construcción europea. No nos damos cuenta de que considerando que el atentado de Bruselas es una cuestión belga rompemos la idea misma de Europa. 

Ningún país europeo puede, por sí solo, luchar contra el terrorismo internacional. Ni Francia, ni el Reino Unido, las dos grandes potencias militares de Europa Occidental y viejos imperios coloniales en los países de donde nace el nuevo terrorismo, pueden luchar en tantos frentes. Francia, con una pequeña ayuda del resto de Europa, intenta frenar el terrorismo del Norte de África que la dispersión de los arsenales de Gadafi propició, al tiempo que, tras los atentados de París, participa activamente en la guerra de Siria. El Reino Unido, de la mano de los norteamericanos, mantiene su actividad en los países en los que tuvo intereses y en los que ha luchado recientemente: Iraq, Afganistán, Pakistán, Nigeria, Kenia, etcétera. Ambos lo hacen descoordinadamente entre sí y con el resto de los socios europeos, pues Francia sigue sin participar plenamente en la estructuras militares comunes y no comparte información, mientras que el Reino Unido mantiene su "relación especial" con los norteamericanos. Los demás socios europeos participan de una forma testimonial en esta lucha antiterrorista, tanto desde un punto de vista de información como de recursos. Una ojeada a un mapa de las misiones de defensa en las que está España, Alemania o Italia nos indica lo poco que nos involucramos los demás en la lucha antiterrorista (y no digamos los países pequeños o los del Este). Europa es frente a la amenaza terrorista poco más que un grupo desorganizado de países que dedican un residuo de su presupuesto a esta lucha. 

Pero no bastan los recursos, hace falta tener una política común antiterrorista. Hoy, más que nunca, necesitamos una política de seguridad común que vaya mucho más allá de la defensa clásica, porque las amenazas potenciales no son solo los rusos (que lo siguen siendo, especialmente para los países bálticos), sino el terrorismo internacional que se genera alrededor de nuestras fronteras. Europa necesita una política europea común antiterrorista, necesita empezar a considerar que el terrorismo en suelo europeo es un asunto de todos, porque sin esta política no movilizaremos eficazmente los recursos, ni atajaremos las causas profundas que producen tanto dolor. Frente al terrorismo internacional islámico, Europa tiene que reaccionar con más recursos y, sobre todo, con una política claramente europea. Y la prueba más evidente de que frente al terrorismo internacional es clave tener una política firme la tenemos en los Estados Unidos. En los últimos años, el número de muertes en los Estados Unidos por terroristas desde el 11-S es mucho menor que el número de víctimas de París en los atentados de noviembre, mientras que los atentados en suelo americano son cuatro veces menos (véase www.start.umd.edu). 

Frente a los problemas, necesitamos, una vez más, más Europa, no menos. Unidos podríamos reducir los atentados, separados seguiremos contando muertos. 

28 de marzo de 2016