Páginas

martes, 23 de agosto de 2016

Burbujitas turísticas

No sólo lo reflejan las estadísticas y las estimaciones que ya se van conociendo, es que lo están sufriendo los que están de veraneo en cualquier sitio: este año es año de record turístico. Con un crecimiento en el número de turistas internacionales del 12% hasta junio, lo que nos llevará a superar los 70 millones de turistas a finales de año, y un crecimiento del turismo interior del 8%, este año 2016 va a ser año de record. Un record que está haciendo que la economía española crezca por encima del 3,2% (el sector aporta casi un tercio de este crecimiento), que se creen casi 440 mil empleos en el sector servicios y que la cuenta corriente de nuestra balanza de pagos sea superavitaria. El turismo vuelve a ser, como ya lo fue en el pasado en todos los momentos críticos la tabla de salvación de la economía española. 

El crecimiento en el número de visitantes exteriores, fundamentalmente europeos (más de 15 millones de británicos, 11 millones de franceses, 10 millones de alemanes, etc.), se debe, no sólo a una mejoría de nuestra competitividad, sino al hundimiento de nuestros principales competidores cercanos por temas de seguridad. Es cierto que la relación calidad-precio de nuestra oferta turística ha mejorado en los últimos años, pero lo realmente significativo para explicar el boom turístico que estamos viviendo es la profunda crisis del turismo en los países de la orilla sur del Mediterráneo. Salvo Marruecos, que se mantiene como destino, Argelia y Libia hace años que dejaron de ser destino turístico de los europeos, como lo están dejando de ser tres potencias como Túnez (turismo de playa muy competitivo), Egipto (una caída de más del 35% en el número de visitantes en los dos últimos años) o Turquía (una caída de más del 10% este pasado año). A eso hay que sumarle, la crisis griega, especialmente frente al turismo alemán, y la debilidad de euro respecto del dólar, lo que ha encarecido a los destinos caribeños y asiáticos. España va a batir records turísticos, pues, por tercer año consecutivo, además de por otros factores, por la percepción de inseguridad y la pérdida de imagen de destinos musulmanes. 

A estos records está contribuyendo también el turismo interior, que no sólo se está reanimando por la superación de la crisis en capas sociales medias, sino porque los españoles están sustituyendo también el turismo exótico por turismo doméstico y por las mismas razones de seguridad, percepción y precios. 

Este crecimiento de la demanda turística está teniendo un correlativo crecimiento de la capacidad instalada. No sólo han mejorado las tasas de utilización de la capacidad previamente instalada por la ampliación del periodo de apertura de muchos establecimientos, lo que ha llevado a la contratación de más personal, sino que, en los dos últimos años, además, se está ampliado la oferta y, este año, se están incrementando los precios. Los empresarios turísticos tradicionales están ampliando con prudencia, pero en un sector en el que la inversión es pequeña en relación con el volumen de facturación, con un periodo de maduración casi inmediato y tan flexible en la contratación se están multiplicando los empresarios rápidamente, lo que hace crecer la oferta y la competencia. 

El sector turístico bate records y anima el crecimiento de la economía española, mejora las tasas de empleo, hace crecer la recaudación, genera expectativas y reactiva la inversión. Pero su crecimiento tiene elementos muy coyunturales, genera empleo temporal y de baja cualificación (los nuevos “jornaleros”), aumenta la ocultación fiscal, está empezando una espiral de crecimiento de precios y está genera un tipo de empresas con muy poca tecnología. Si no fuera porque el turismo es un bien de consumo se diría que estamos a las puertas de una burbuja económica. Como, además, para tomarse unas cañas y unos espetos no hace falta un préstamo, sólo estamos ante unas burbujitas. Unas burbujitas que, desde luego, no hay que inflar. 

22 de agosto 2016 

martes, 9 de agosto de 2016

Telebasura, polibasura

De verdad que no termino de entender a los políticos españoles. Creo que a base de hablarse a sí mismos y de sí mismos viven al margen de la realidad que ellos mismos fabrican. Me temo que están en una especie de programa de telebasura en el que siempre hablan de los mismos y de lo mismo, en el que se fabrican debates impostados y autorreferenciales y cuyo objetivo es rellenar el tiempo. 

Nuestros políticos no paran de darles vueltas a la investidura de un presidente del Gobierno. No se dan cuenta de que esto es condición necesaria, aunque no suficiente, para empezar a hacer política, pues sin Gobierno no hay oposición, no hay iniciativa política, no hay propuestas, porque… no hay Gobierno para ejecutarlas. Y, si esto es así, hoy solo hay dos opciones razonablemente viables: o se favorece la investidura de Rajoy con la abstención del PSOE, o vamos a unas terceras elecciones en las que los escaños del PP subirían por razones casi evidentes, sin que esto beneficie al resto. Es cierto, como dice el señor Sánchez, que “una mayoría no quiere a Rajoy”, pero no es menos cierto que una mayoría mayor no lo quiere a él, y que una mayoría mayor aún no quiere al señor Iglesias y que una mayoría mucho mayor no quiere al señor Rivera. Si la condición para ser presidente en España hubiera sido que una mayoría de los votantes lo quisiera, no hubiéramos tenido ningún presidente. Creo que no son tiempos de impostar la voz en ruedas de prensa, ni de componer el gesto, ni hacer el papel de damisela o cabarellete ofendido, sino de aceptar la pura y simple realidad. Con los números en la mano y siguiendo las reglas de la lógica política, la decisión es muy simple: o Rajoy o elecciones. Rajoy es, así, una condición necesaria para salir del bucle en el que estamos, aunque Rajoy no sea importante en sí mismo, como son irrelevantes los otros líderes políticos que tenemos. 

Y si el tema sobre el presidente es una cuestión casi evidente, el mantra de que los ciudadanos hemos votado “para que” los políticos se pongan de acuerdo es un sinsentido que oculta el hecho evidente de los resultados. Es un sinsentido porque el multipartidismo imperfecto que tenemos no es el fruto de una decisión racional, consciente y estratégica de un ente llamado “ciudadanía”. En absoluto. El multipartidismo imperfecto que tenemos es el resultado de una agregación de votos, sin que necesariamente lo que ha salido sea la preferencia de ninguno de los votantes. Más aún, cada uno de los votantes hubiera preferido una mayoría absoluta del partido al que ha votado, y dudo mucho que el resultado que tenemos sea ni siquiera la segunda preferencia de una mayoría de votantes. Máxime si tenemos en cuenta que muchos votantes votan no a “favor de”, sino “en contra de”. De hecho, el consenso de todos los partidos no sería la segunda preferencia de ningún votante racional, pues siempre habría una coalición de su primera preferencia con otro partido más próximo que sería preferible. El resultado que tenemos no es mejor ni peor que ningún otro, es el que es y no tiene significado en sí mismo, es sólo un hecho que hay que gestionar. Una gestión que implica negociar, no confrontar, no ponerse estupendo. No son tiempos de debates estériles, sino de hacer propuestas para los presupuestos, sobre la posición de España ante el terrorismo yihadista, la financiación autonómica, etc. 

Realmente no termino de entender a los políticos españoles ni la política española. Quizás porque no sé dónde está el entretenimiento en ver a unos señores en un plató hortera, hablando a voces de personas que sólo son importantes porque se habla de ellos en ese programa y que en nada nos afectan en nuestra vida. Quizás por eso me aburre la televisión y empieza a hartarme la política. 

8 de agosto de 2016 

martes, 5 de julio de 2016

Gobierno a la vista

Los resultados de las elecciones del pasado día 26 suponen un punto final a una serie de tendencias, lo que, en mi opinión, hará que tengamos Gobierno. 

El primer resultado importante es que el Partido Popular remonta. No es sólo que tenga 7,9 millones de votos (685.000 más que en diciembre), es que tiene el apoyo del 33% de los votantes. El PP tiene un suelo electoral potente, por lo que su perspectiva es de crecimiento. En este contexto, al PP le interesa gobernar porque así puede capitalizar la mejoría económica y porque es menos traumático renovarse en el Gobierno que en la oposición, pero tampoco le importarían unas terceras elecciones, si lograra echarle la culpa a Ciudadanos o al PSOE. Es evidente que para conseguir cualquiera de las dos cosas, Rajoy tendrá que presentarse a la investidura. Y tanto para concitar el apoyo de Ciudadanos, como la abstención del PSOE, tendrá que hacer un discurso de futuro, reformas y pactos. En mi opinión, se equivocaría si hace un discurso de reivindicación de su legado o de ataque a los socialistas. Ya no es tiempo de afirmaciones ideológicas, sino de gestión de consensos. 

El segundo resultado importante es que, en política, «dos más dos no son cuatro», Errejón dixit. La suma de Podemos más Izquierda Unida ha tenido 5 millones de votos, un millón menos de los que tuvieron por separado en las elecciones de diciembre. En mi opinión, esta pérdida se ha debido al hecho de la misma coalición, y la experiencia de PSOE e IU en las elecciones del 2000 podía haberles servido. Esta vez, creo que ha ocurrido igual, es decir, que una parte del millón de votos de menos de la nueva coalición se ha debido a que muchos votantes de IU se han ido a la abstención (por eso también ha habido una menor participación). El votante de Izquierda Unida es un votante muy ideologizado (vota una opción que no gobierna y sin representación), encuadrado a través del Partido Comunista, con un discurso elaborado claro, al que toda referencia a la transversalidad le repele. Por su parte, la coalición también ha anclado a Podemos en una posición de izquierda, lo que ha generado rechazo en aquellos que en las elecciones generales anteriores venían de otras opciones políticas. El error ya no tiene marcha atrás. Sus expectativas sólo vuelven a ser crecientes si sabe capitalizar la oposición al posible Gobierno del PP, sustituyendo al PSOE, lo que le va a resultar muy difícil. 

El PSOE vuelve a ser la clave y tiene, otra vez, una difícil decisión. Aunque ha ganado a las encuestas, ha perdido las elecciones. Creo que 1,6 millones votos menos que en 2011, 100.000 votos menos que hace seis meses y 85 escaños (cinco menos) en el Congreso debieran hacer pensar al PSOE que tiene un problema. Un problema grave que necesita un nuevo y mucho más potente liderazgo y un nuevo y mucho más potente discurso. Al PSOE no le interesan nuevas elecciones, por lo que tiene que facilitar de alguna forma un gobierno del PP, pero, al mismo tiempo, tiene que liderar la oposición y renovarse. 

Ciudadanos, por su parte, sólo tiene una opción de sobrevivir y crecer. Con 3,2 millones de votos, mayoritariamente antiguos votantes del PP, sólo puede tener expectativas de futuro si es decisivo en la formación de Gobierno, si es un verdadero partido bisagra siendo útil al PP y al PSOE. Y eso sólo lo puede hacer si logra pactar con el PP y servir de coartada a la abstención del PSOE. Desde luego, unas nuevas elecciones serían un desastre para ellos. 

Si el análisis anterior es correcto, al único al que le podrían interesar otras elecciones es al PP, que es también el único que puede formar gobierno, mientras que a todos los demás no les interesa una tercera vuelta. En cuanto los partidos sean conscientes de esto, tendremos, en mi opinión, Gobierno. 

4 de julio de 2016 

martes, 21 de junio de 2016

Segunda vuelta

Estamos a una semana de las elecciones y las encuestas dibujan unos resultados muy interesantes, muy parecidos a los de las elecciones de diciembre, pero con perfiles más nítidos. Es como si estuviéramos celebrando la segunda vuelta de las anteriores. 

El primero es que la sociedad española sigue igual de polarizada en el eje derecha-izquierda (con toda la simplicidad que esto implica) que antes de la aparición de los nuevos partidos. Si, como dicen las encuestas, el PP tiene un apoyo del entorno del 30%, Unidos-Podemos de un 25%, el PSOE del 21% y Ciudadanos de alrededor del 15%, esto implica, suponiendo que el PNV es conservador y que Esquerra Republicana de izquierdas, que los españoles estamos divididos como siempre, la mitad es de derechas (PP, Ciudadanos, PNV, UPN, etc.) y la otra mitad de izquierdas (PSOE, Unidos-Podemos, ERC, etc.). Y la prueba de que estamos polarizados es que el 30% que apoya al PP nunca votaría a Unidos-Podemos, de la misma forma que el 25% de éstos y una parte importante de los que votan al PSOE nunca votarían al PP. Eso supone que, para alrededor del 70% de los votantes, tan importante es que gane su partido, como que otro no gane. O sea, que sigue habiendo dos Españas (como hay dos Francias, dos Estados Unidos, dos Italias, etc). 

El segundo resultado es que, por la incapacidad manifiesta de los grandes partidos para regenerarse, se consolida un cuatripartidismo imperfecto. Al PP se le ha escapado un electorado de centro importante para la formación de gobierno por su incapacidad para cambiar a sus dirigentes, mientras que el PSOE ha perdido su capacidad de influencia en la izquierda por su volatilidad ideológica. Lo que ha cambiado en la política española en los últimos años no es la orientación ideológica de la población, sino la estructura de partidos, la estructura de los «intermediarios políticos». La novedad no es solo que hay un partido, Ciudadanos, que limita el crecimiento de los dos grandes partidos por el centro, sino que los comunistas se han actualizado en las formas (han pasado de los largos discursos a los tuits y de los bares a la televisión) y están ganando la batalla de la izquierda al PSOE. En las elecciones del domingo, la gran novedad (salvo milagro) será el tercer puesto del PSOE. 

El tercer resultado es que, dada nuestra estructura de partidos y el sistema electoral, inevitablemente se van a necesitar dos partidos y la abstención de otro para conformar gobierno. A partir de las encuestas no es posible saber cómo va a quedar realmente constituido el Congreso, pero aun en las mejores hipótesis para los dos bloques, la suma de PP más Ciudadanos no llegaría a la mayoría absoluta, como tampoco la de PSOE más Unidos Podemos. La clave, como ya ocurrió en diciembre, la va a volver a tener el PSOE. Pero esta vez en una posición más clara, por ser más débil. Ahora no va a poder liderar el gobierno, por lo que sus opciones son tres: la primera es permitir, con su abstención, un Gobierno del PP que cuente con el apoyo de Ciudadanos; la segunda es un Gobierno de coalición con Podemos, siendo estos mayoritarios; y, tres, nuevas elecciones con más desgaste. Cualquiera de las tres es mala para las expectativas del PSOE a medio plazo, pero las dos últimas serían, en mi opinión, un suicidio. 

Sinceramente no creo que en lo que queda de campaña se vaya a producir ningún cambio significativo sobre lo que hoy vemos. El PP está intentando movilizar a su electorado (especialmente el aznarista) con el miedo a Podemos, Ciudadanos está queriendo pescar en el votante que ha cambiado de partido últimamente, el PSOE ha llamado a rebato a toda su estructura y se bate barrio a barrio (especialmente en Andalucía) y Podemos confía en el voto de los viejos comunistas. Lo dicho. Una típica segunda vuelta. 

20 de junio de 2016 

martes, 7 de junio de 2016

Otra mirada sobre el Brexit

El próximo día 23, los británicos están llamados a las urnas para decidir si continúan siendo miembros de la Unión Europea, de una forma especial, o se van. Un referéndum en el que los europeos nos jugamos mucho más de lo que creemos. 

El mero hecho de que el referéndum se celebre en los términos en los que se ha planteado (véanse el Anexo I de las Conclusiones del Consejo Europeo del 18 y 19 de febrero pasado), y no en los de dentro («in») o fuera («out»), es un fracaso estrepitoso para el mismo concepto de Europa como cuerpo político. Los británicos están votando cómo quieren ser parte de Europa, mientras que el resto de los europeos no podemos votar si estamos de acuerdo con esa forma que van a tener ellos de estar. Con este referéndum los europeos estamos renunciando al principio democrático elemental de la igualdad, pues, si de lo que se trata es de decidir sobre el futuro de todos, y lo es porque la pertenencia del Reino Unido nos afecta a todos, todos tendríamos que poder participar. Si sale el sí, los británicos, una vez más, habrán modelado Europa según sus intereses y no según el interés común de todos. 

Si saliera el sí, y los británicos siguieran en Europa, lo que los británicos habrán conseguido es sacralizar la excepción británica en dos temas de mucho calado: las finanzas y la emigración. Es decir, excluir de las reglas económicas comunes al sistema financiero británico, y hacer una excepción en las reglas de movilidad de personas dentro de la Unión. Y lo primero es lo que realmente les importa. 

Hace años que el Reino Unido dejó de ser líder en cualquier sector de la economía real y vive de la intermediación en los flujos financieros mundiales. Los británicos dependen de las finanzas como nosotros dependemos del turismo. Más aún, perdido su peso político por su debilidad poblacional y económica real, el poder político británico se basa en la información que generan las finanzas. Por eso, la política británica tiene tres ejes esenciales que coinciden con la visión del mundo y los intereses de los banqueros afincados en Londres: el libre comercio, la autonomía de la política monetaria y la autorregulación financiera. Como, por otra parte, necesitan a Europa como mercado primario interior, buscan permanentemente la excepción dentro de ella. En definitiva, con este referéndum, y si gana el sí, los británicos protegen el poder que tienen sobre los flujos financieros europeos, tanto interiores como exteriores, pues Londres es la segunda plaza financiera del mundo. Por eso, el Gobierno de Su Majestad Británica no quiere perder soberanía, porque su sistema financiero necesita la flexibilidad de su sistema jurídico, mucho más liberal que el continental, al tiempo que no quiere tener la supervisión de Frankfurt. 

La contrapartida para el resto de los europeos de la excepción británica es que estamos aceptando que, siendo los banqueros de Europa, pueden tener un gobierno autónomo para ellos, con sus propias reglas. Sólo la debilidad de las estructuras políticas europeas (dentro de su propia burbuja de irrealidad), la nacionalista y pragmática concepción de Europa que tienen los partidos y las opiniones públicas europeas, la ausencia de visión de los líderes europeos, empezando por Juncker y Tusk, y la superficialidad del cálculo político con la que se tratan temas como este, pueden explicar los términos del referéndum británico. 

Por eso, en mi opinión, si saliera el sí, el referéndum británico, lejos de ser la salvación de Europa como nos han vendido nuestros políticos, es un paso más hacia la muerte de Europa. Creo que el mejor resultado para Europa sería que saliera el no, que los británicos se equivocaran votando la salida. Nos harían un favor a todos porque podríamos empezar otra vez a pensar en una Europa unida, y alejarnos del complejo mundo de nadas burocráticas en el que la hemos convertido. 

6 de junio de 2016 

martes, 24 de mayo de 2016

Aburrimiento político

La política española, bajo esa apariencia de cambio y dinamismo, es increíblemente repetitiva. Hay poca novedad en nuestra política, pues la mayoría de las ideas que se proponen tienen décadas, cuando no algún siglo. Cambian algunas caras, cambian algunos mensajes, pero no cambian los actores, ni cambian las ideas. Tenemos una política aburrida. 

Es aburrida la monótona cantinela del Partido Popular. No es ya que Rajoy lleve más de 20 años en primera fila de la política (fue ministro en 1996), sino que los nuevos dicen lo mismo que decían sus mayores, solo que sin corbata. El PP lleva con el mismo mensaje desde que Aznar lo fijó hace 20 años: en política exterior, dos lugares comunes sobre Europa y el terrorismo internacional; en política interior, nacionalismo español; en política económica, bajar impuestos; en política educativa, clases de Religión; en el resto de los temas, mantener lo que hay; y, en cuanto a la corrupción, mirar hacia otro lado. Su debate con el PSOE se centra ahora en Zapatero, como antes en González, y moviliza a su electorado con el miedo, de raíz guerracivilista, a una “izquierda radical”. 

El PSOE es igual de repetitivo. Desde que se fue González, único líder real que ha tenido, sigue con sus luchas internas y sus contradicciones. Aún no sabemos si Pedro Sánchez es (como Almunia y Zapatero) un candidato provisional para unas elecciones o el verdadero líder del PSOE. Como no sabemos, porque ellos tampoco lo saben, si son constitucionalistas o nacionalistas de geometría variable, si creen en el Estado o en el mercado. Igual que el discurso del PP es una actualización del de Aznar, el del PSOE sigue siendo el ambiguo de Zapatero: blando en política exterior; federalista asimétrico (una contradicción) en temas territoriales; difuso en política económica; ocurrente en las demás cuestiones. Su estrategia electoral es también simple: ir contra Rajoy, sin que nos sepan decir por qué Pedro Sánchez podría ser mejor. 

Los partidos “nuevos” son, aunque parecen novedosos, “remakes” ideológicos de viejas estructuras. 

Ciudadanos recuerda mucho al Partido Reformista Democrático, el partido de Garrigues y Roca, del que fue secretario general Florentino Pérez. Un partido que intentó hace 30 años la “Operación Roca”, o sea, trasladar desde Cataluña al resto de España las ideas liberales y centradas que entonces tenía CiU. La estrategia de Ciudadanos es similar: ante el desgaste político del partido en el gobierno (entonces el PSOE y ahora el PP) y el estancamiento del otro, aparece un líder catalán, de discurso moderado y potente, que se propone como partido bisagra. Todo esto promovido por un medio de comunicación (entonces “Cambio 16” y Pedro J Ramírez) y apoyado por la CEOE. La diferencia es que Rivera no viene del nacionalismo catalán y es más fotogénico. 

Podemos es igualmente “retro” y cualquiera que viviera la Transición reconoce sus propuestas. Podemos es la coalición “vintage” de los movimientos de izquierda de los setenta, incluido ahora el Partido Comunista de España. Su asamblearismo es el mismo que se vivía en la CNT y en la ORT; sus votaciones a mano alzada siguen los manuales del PCE; el apoyo al régimen cubano y a los regímenes izquierdistas latinoamericanos es el mismo que movía a las manifestaciones anti--norteamericanas de hace 40 años, cartel del Che incluido; sus conexiones con regímenes dictatoriales son tortuosos como que los que había con la URSS o con la Rumanía de Ceaucescu; el anti--capitalismo está en cualquier pasquín del Partido de los Trabajadores. Que ahora parezcan como novedosas propuestas de Anguita, que ya eran rancias hace 30 años, sólo se puede explicar por el conservadurismo izquierdista y la moda de lo retro. 

La política española es repetitiva. En realidad, todas las elecciones generales desde hace 30 años son la misma. La política española es muy aburrida. La duda es si esto es el reflejo de una democracia madura, o de una sociedad sin imaginación que, a pesar de todo, funciona. 

23 de mayo de 2016 

lunes, 9 de mayo de 2016

Elecciones y paro

Es ya un lugar común el decir que el paro es el principal problema de la economía española. Desde la crisis del petróleo de los setenta tenemos enquistada una tasa de paro mayor que la media de los países industrializados. Nunca, en los últimos cuarenta años, la economía española se acercó a las tasas de paro del 4-5% que son las cifras de un buen mercado de trabajo. Y, precisamente porque hemos tenido estas cifras de paro durante tanto tiempo, y porque es un problema que han sufrido más del 85% de las familias españolas, el paro ha sido, desde la primera encuesta que hizo el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en 1979, la primera preocupación de la ciudadanía. Solo tras los atentados del 11-M (en 2004) y tras la ruptura de la tregua de ETA (en 2006), el terrorismo fue considerado más problemático que el paro. El paro ha sido catalogado como el principal problema de España en el 96,5% de las encuestas del CIS en los últimos 36 años. Es lógico, pues, que el paro sea uno de los ejes centrales de la campaña electoral. El problema es que las propuestas que hicieron los partidos en la anterior campaña electoral, y que ahora seguramente repetirán, no sirven para resolver el paro. De hecho, los problemas de nuestro mercado de trabajo, que van mucho más allá del paro, ni siquiera serán medianamente enfocados. 

Para empezar, el problema del paro en España no se puede ver como una mera cuestión aislada, parcial e interna, que se resuelve con un cambio de legislación, porque la economía española es una economía abierta, integrada en Europa y en el euro, tecnológica y financieramente dependiente del exterior. Más aún, el mercado de trabajo español, además del paro, tiene un conjunto muy importante de disfunciones que van desde la precariedad laboral y los bajos salarios hasta problemas de dualización, paro juvenil o de larga duración. Problemas que hay que abordar al mismo tiempo, pues la mejora en uno puede generar un empeoramiento en otro. 

Para luchar contra el paro y los demás problemas del mercado laboral español es necesario un cambio profundo de nuestro modelo productivo. Y esto implica que necesitamos más empresas, básicamente porque, en una economía moderna, más del 80% del empleo se genera en el sector privado (en España el 83,25%), siendo insostenibles ratios de empleo público superiores al 18-20%. Más empresas y empresas más grandes, más tecnológicas y volcadas a la innovación. Más empresas industriales, energéticas, de bio, de servicios avanzados... y no tanta empresa de "parque temático" orientadas hacia un turismo necesariamente estacional. Mercados de bienes y servicios mucho más flexibles y competitivos, con muchas menos regulaciones previas y fragmentadas que asfixian la iniciativa. Un sistema impositivo mucho más moderno, con un IRPF realmente progresivo, un impuesto de sociedades más competitivo y unas cotizaciones sociales mucho más bajas que no penalicen (como lo hacen) el empleo. Un mercado laboral más flexible, con un nuevo Estatuto de los Trabajadores y nuevos convenios colectivos, reformados sobre conceptos más modernos de las relaciones laborales (y no sobre viejos conceptos como "explotación" o "lucha de clases"). Una revisión profunda de la protección al desempleo (culpable en parte del paro de larga duración). Una pactada y estable reforma de nuestro sistema educativo... 

Como puede verse, para luchar contra el paro, y el resto de problemas de nuestro mercado laboral, se necesita mucho más que un mero cambio legislativo partidista o un conjunto de soluciones simples, ideológicamente sesgadas, articuladas en cinco tuits y un debate televisivo. Si alguien piensa que la solución a los problemas laborales de España es la vuelta a legislaciones antiguas, basadas en conceptos del siglo XIX, o que pasa por más empleo público sin más, sin matices, es que no sabe economía moderna o es un demagogo populista. Lo malo es que de ambos tipos tenemos muchos en la política y en los platós de televisión. 

9 de mayo de 2016