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lunes, 19 de diciembre de 2016

PISA y mucho más

Hace un par de semanas se publicó el famoso informe PISA (Programme for Internacional Student Assessment) de la OCDE que compara los resultados educativos en lectura, conocimientos de ciencias y habilidades matemáticas de estudiantes de 15 años en más de 70 países. Y como pasa desde que se publica, España y, especialmente, Andalucía, dan resultados malos: si el máximo es 10, España da en lectura 7,9 y Andalucía solo 7; en ciencias 7,2 y nuestra comunidad autónoma, solo 6,3; y, finalmente, en matemáticas, 6,7 y 5,8, respectivamente. España está en la media, Andalucía por debajo. Y el problema no es solo el que reflejan estos datos, es más profundo. 

Porque un sistema educativo básico, el que forma a las personas hasta el inicio de la edad adulta (los 16 años), funciona bien si están en la escuela los que tienen que estar, los estudiantes aprenden lo que han de aprender en el tiempo que han de aprenderlo y si, terminada esa etapa de educación básica, continúan en su formación. Es decir, un sistema funciona bien si la tasa de escolarización se acerca al 100% (algo que prácticamente se ha logrado); si la tasa de repetición es pequeña (no del 38% como tenemos en Andalucía frente al 12% de la OCDE); si en el Informe PISA se está cerca del 10 (y no en el 6,38 de media); y la tasa de abandono escolar tiende a cero (y no es del 23,8%, frente al 10% en la Unión Europea). Con estos datos en la mano tenemos que decir que, objetivamente, la educación andaluza va mal y no es solo por los datos del informe PISA. 

Las causas de nuestros problemas educativos son múltiples. Desde luego, no son causas de nuestros problemas ni el franquismo, ni los cambios normativos, ni la LOMCE, pues, si así fuera, no habría en España diferencias regionales tan acusadas con Comunidades Autónomas (Castilla-León, Madrid, Navarra o Galicia) con todos los indicadores similares a los de los mejores países. Ni se puede decir que la causa es el menor nivel de renta per cápita o del gasto medio educativo, pues entonces Castilla-León o Galicia no estarían donde están. Como tampoco lo son los recortes en educación, pues entonces Portugal no hubiera subido como lo ha hecho, ya que su recorte en gasto por estudiante ha sido el doble que el español. No hay, finalmente, una causa regional idiosincrática como el clima, nuestra mentalidad o los referentes sociales de las familias andaluzas. Realmente no creo que los problemas de fondo de nuestro sistema educativo sean esos, aunque puedan encontrarse correlaciones entre estas causas y nuestros resultados. 

Posiblemente las causas sean más simples y tengan más que ver con cómo gestionamos nuestros recursos, especialmente los claustros, pues si los estudiantes son el objetivo de la educación, el profesorado es la esencia del sistema. Seguramente, si mejoráramos la ratio de profesores por estudiante, cubriéramos las bajas, simplificáramos la burocracia con la que se carga a la actividad y posibilitáramos la innovación docente, diéramos más autonomía a los centros, para que hagan realmente proyectos educativos adaptados a su entorno, si les estabilizáramos los claustros, si modificáramos los métodos de gestión administrativa, si les diéramos autoridad a las direcciones y amparo al profesorado, etc. Los resultados serían otros. Desde luego que existen causas sociales (bucles de pobreza en barriadas con familias sin expectativas), como existen causas económicas (un esclerótico mercado de trabajo), que se correlacionan con nuestros resultados educativos, pero la clave de nuestros males, en mi opinión, está en un erróneo concepto de nuestra gestión educativa. 

Un concepto erróneo que tiene mucho que ver con la concepción política de la educación como fuente de votos y un mecanismo de legitimación. Quisimos la competencia educativa porque, gestionada desde Sevilla, nos iba a ir mejor. La tenemos desde hace más de 30 años y hemos conseguido poco. Por supuesto, la culpa es de Madrid. 

19 de diciembre de 2016 

lunes, 5 de diciembre de 2016

Elecciones en Austria

En el momento en el que escribo estas líneas, los austríacos están votando. Son la repetición de unas elecciones presidenciales que se anularon por errores en la custodia de los votos por correo y, puesto que el resultado de las elecciones anteriores se dirimió por solo 31.000 votos, las encuestas dan un empate técnico cuyo desenlace lo tendrá quien esto lea en estas mismas páginas. 

Estas presidenciales en Austria no son, en sí mismas, importantes. El presidente federal austríaco tiene unas competencias meramente representativas, aunque puede convocar elecciones legislativas, ya que el poder real radica en la Cancillería. Además, quien sea el presidente de Austria no es especialmente relevante para el conjunto de Europa, ni para el mundo, pues Austria es un muy rico país de poco más de 8 millones de habitantes (ligeramente mayor que Andalucía) sin proyección marítima. Los dos candidatos, Alexander van der Bellen y Norbert Hofer, son dos personas radicalmente diferentes. Alexander van der Bellen es un político independiente, de 70 años, profesor de economía, de fuertes convicciones ecologistas, europeísta en un sentido amplio y una visión cosmopolita de Austria, está apoyado por los Verdes, por los socialdemócratas del SPÖ y los moderados del ÖVP. Frente a él, Norbert Hofer es un joven político del viejo FPÖ de Georg Haider (extrema derecha), con fuertes anclajes nacionalistas, liberal en lo económico, revisionista frente a Europa, contrario a la inmigración (especialmente la de origen musulmán) y con una visión de una Austria clásicamente germánica. 

La campaña electoral ha sido modélica en las formas y muy dura en los contenidos. En las formas, la campaña ha sido suave, como es tradición en la educada Austria, pues, desde la presencia en la calle (con charangas y caramelos) hasta el debate en televisión del jueves pasado, los dos bandos han sido respetuosos, aunque los mensajes hayan sido muy antagónicos. En el debate televisivo, incluso, los dos candidatos se trataron con una cortesía impropia de dos políticos tan en las antípodas ideológicas. 

Pero lo relevante de estas elecciones no es ni su importancia real, ni las personas que encarnan las candidaturas, ni su educada campaña (con algún chanchullo por parte del FPÖ), sino las dos concepciones de la sociedad y de la política que se enfrentan en ellas. Van der Bellen representa un conjunto de valores cosmopolitas que construye la identidad a partir de reconocer que los seres humanos somos esencialmente iguales, y que lo que nos diferencia (el color de la piel, la lengua o la cultura) es contingente, que podría ser de otra forma, que «el otro» es solo «el mismo yo con otras circunstancias». Van der Bellen arma un discurso en el que la identidad se construye por agregación de culturas: las sociedades del futuro serán, para él, multiculturales, todos debemos ser cosmopolitas. Por su parte, Hofer representa la romántica y muy germánica idea de que lo que nos identifica, lo que nos hace pertenecer a una comunidad y nos une, es lo cercano, es decir, la lengua, la raza, la religión, un conjunto de mitos más o menos compartidos. Para Hofer, lo que nos da identidad, y nos hace comunidad, es lo circunstancial, lo social. Frente a van der Bellen, la posición de Hofer es extremista porque es excluyente. 

En las elecciones austríacas, como ya ocurrió en las norteamericanas, y seguramente ocurrirá en las francesas, lo que late, no es, pues, sólo una cuestión de quién es el presidente, sino un enfrentamiento entre dos conceptos de ser humano y de los valores sobre los que construir nuestras sociedades. Un enfrentamiento entre el cosmopolitismo y el nacionalismo. 

No sé, cuando firmo este artículo en Linz, quién ha ganado finalmente. Si ha ganado van der Bellen significa que la idea de la ciudadanía cosmopolita aún resiste. Si ha ganado Hofer es que el incendio del nacionalismo identitario acaba de prender en Europa, como ha prendido ya en Norteamérica. Y, si es así, ¡pobre Europa! 

5 de diciembre de 2016

lunes, 21 de noviembre de 2016

El peligro de Trump

La elección del señor Trump como próximo presidente de los Estados Unidos ha sido, en estas dos últimas semanas, objeto de análisis, debates, manifestaciones y, desde luego, de preocupación. Pero conviene recordar algunas obviedades sobre el sistema democrático norteamericano para rebajar lo que se anda diciendo, pues la democracia americana es diferente a cualquiera de las europeas, tanto para bien, como para mal. 

La primera es que los norteamericanos han escogido sólo a un presidente, no un dictador. Ni escogieron un mesías cuando eligieron al presidente Obama, ni ahora han escogido a un dictador fascista (aunque en algunas declaraciones lo parezca). La segunda obviedad es que, siendo el presidente la cúspide del sistema político norteamericano, su arquitectura institucional es mucho más compleja y está llena de «checks and balances». Para empezar, aunque las cámaras estén dominadas por personas del Partido Republicano, eso no garantiza que Trump pueda aprobar las leyes que quiera, básicamente, porque no controla el Partido (no hay un «comité federal» que les diga a los congresistas lo que tienen que votar) y porque los congresistas (todos «diputados» y un tercio de los senadores) vuelven a las urnas dentro de dos años, por lo que, lógicamente, sólo votarán lo que quiere Trump si coincide con lo que quieren sus electores. La tercera obviedad es que Estados Unidos es un estado de derecho. Imperfecto, como todos, pero con la particularidad de que un tribunal inferior (no como en España) puede llegar a parar una ley a instancias de un simple ciudadano. Una estrategia que, igual que ha funcionado para ralentizar la puesta en marcha de iniciativas progresistas, funcionará para limitar las regresiones que pudiera proponer el presidente electo. Y, finalmente, está el tema competencial. En los Estados Unidos, el poder está muy distribuido entre el Gobierno Federal, los Estados y los Ayuntamientos. Trump tendrá mucho poder en política exterior y en grandes orientaciones de política interior, pero no tiene competencias directas sobre educación (más allá de grandes iniciativas federales, pues es competencia de los ayuntamientos), ni sobre sanidad (el problema del «Obamacare»), ni sobre seguridad interior (la policía es local), ni sobre leyes civiles en los Estados. Incluso sobre impuestos tiene una limitada competencia. 

Sin embargo, Trump es ciertamente un peligro, tanto para los norteamericanos, como para el resto del mundo. Para los norteamericanos, porque a pesar de que tiene un poder limitado sobre ellos, sus intereses pueden verse defendidos por sus congresistas y sus derechos protegidos por sus tribunales, las ideas y las formas del señor Trump están polarizando a la sociedad norteamericana y llevando a la marginación a minorías, fracturando aún más a una sociedad, ya de por sí fracturada por razones de renta, status, raza, etc. 

Pero peor será para los demás. Trump es un peligro para los mexicanos y latinoamericanos porque serán perseguidos en los Estados Unidos y habrá más presión en las condiciones de vida en América Latina. Como será un peligro para nosotros, los europeos, porque su política en Oriente Próximo causará más desolación y más presión migratoria, al tiempo que su acercamiento a Rusia nos obligará a invertir más en armas y a cuidar nuestras fronteras bálticas y polacas. También porque le dará alas a los xenófobos y populistas de todo tipo en Europa. A los asiáticos porque, si vuelve al proteccionismo, los condena a una crisis económica profunda. 

Trump es, para mí, un peligro no porque vaya a hacer de los Estados Unidos una dictadura o porque refleje una América que no me gusta (pues siendo un viejo admirador siempre he sido consciente de sus defectos), sino porque su política económica será una vuelta atrás y generará heridas en la sociedad norteamericana, y porque su política exterior hará peor un mundo ya de por sí complicado. Lo que me consuela es que los Estados Unidos son la democracia más antigua del mundo y dentro de dos años vuelve a haber elecciones, aunque sean parciales. 

21 de noviembre de 2016 

lunes, 7 de noviembre de 2016

Elecciones desquiciadas

No sé quién ganará las elecciones norteamericanas mañana. Probablemente, la señora Clinton. Pero no sé si esto es más un deseo que una realidad, pues las últimas encuestas que se están publicando en los medios americanos le dan solo entre 5 y 9 puntos de ventaja global, que luego hay que desgranar por Estados, pues el voto popular no es directo, sino a través del colegio de compromisarios, por lo que hay que ganar en los grandes Estados y en muchos pequeños. Todas las personas con las que he hablado en los Estados Unidos la última semana confían en esa victoria, pero no dejan de tener un punto de fatalismo, por las desquiciadas elecciones que se están viviendo. Probablemente ganará la señora Clinton. Frente a la victoria del presidente Obama de hace ocho años, que despertó una ola de entusiasmo, la posible victoria de Clinton no genera ninguno. La señora Clinton es, desde luego, una política muy preparada: máster por Yale, abogada, primera dama de un Estado y en la Casa Blanca, senadora, secretaria de Estado. Seguramente hay muy pocas personas en los Estados Unidos que tengan el conocimiento y la experiencia de la señora Clinton para ser presidente. Su mensaje es, además, muy moderado dentro del Partido Demócrata. Clinton es una demócrata del MidWest-Costa Este, lo que significa, en términos europeos, que sus posiciones son progresistas en temas sociales (aborto, pena de muerte, armas), pero liberales en temas económicos. Con la salvedad de los acuerdos comerciales, en los que ha tomado una postura restrictiva a la que le han llevado las primarias contra el senador Sanders, más antiglobalización, sus propuestas tienen un fuerte sello continuista con la presidencia de Obama. Su campaña se ha dirigido especialmente a los mismos grupos que auparon a la presidencia a Obama: las mujeres, las minorías raciales (afroamericanos e hispanos), las clases populares de las ciudades, los jóvenes, etc. a los que habría que sumar las clases medias universitarias de todo el país. El problema es que la señora Clinton, siendo una muy buena candidata y con un buen planteamiento de las elecciones, ha hecho una campaña demasiado clásica, demasiado «lo de siempre», especialmente ante un candidato antisistema como es Donald Trump. 

Donald Trump es, precisamente, lo contrario a la señora Clinton, pues es un «outsider» de la política. Empresario de éxito relativo, pues suspendió pagos en 1989, es uno de los tiburones inmobiliarios de los Estados Unidos, especializado en hoteles y casinos. Asiduo de la prensa del corazón por sus sonados matrimonios y líos, protagonista de un «reality show», Trump es una especie de Jesús Gil, americano y rubio, que cambió el fútbol por los concursos de misses. Sus propuestas en la campaña son muy simples y apelan, directamente, al imaginario más populista relacionando delincuencia con inmigración, paro con apertura, corrupción con Washington, etc. Trump ha dado una visión catastrofista de la situación americana manipulando cifras, para aparecer como un «salvador». Su mensaje se dirige, esencialmente, a aquellos que tienen un perfil más claramente nacionalista y una visión esencialista de los Estados Unidos como un país de WASP, es decir, de blancos, anglosajones y protestantes. Por clases sociales, tiene un apoyo minoritario entre las clases más pobres, pues la pobreza en los Estados Unidos va muy unida a la raza, y no tiene el de las mujeres, pero sí el de los pequeños y medianos empresarios y obreros especializados. Su eslogan de campaña es muy potente («let’s make America great again») y es un clásico, como lo es su sucia campaña que sigue al pie de la letra los manuales más cínicos y ha dislocado la campaña. 

Entre estos dos candidatos, no sé quién ganará las elecciones mañana pues depende de la participación, pero sí sé que nos jugamos mucho, porque en el desquiciado entorno en el que nos movemos lo que nos faltaba era un presidente populista como Donald Trump con una UE en coma. 

7 de noviembre de 2016 


lunes, 24 de octubre de 2016

Miedo

En el debate interno sobre estrategia que está manteniendo Podemos se viene discutiendo desde hace un mes sobre el grado de radicalidad de sus planteamientos. Un debate que se puede sintetizar en dos posturas: Pablo Iglesias habla de «dar miedo», mientras que Errejón sugiere «la seducción» como arma estratégica. Ambos con el mismo objetivo: el poder. 

Cuando Pablo Iglesias dice que «el día que dejen de dar miedo serán uno más y ese día no tendrán ningún sentido como fuerza política», lo que está diciendo es que quiere situar a Podemos como una fuerza revolucionaria cuya raíz ideológica es el antagonismo extremo con los que opinan diferente. Cuando Errejón dice que hay que usar la seducción, se sitúa en el plano de la democracia, del reconocimiento al otro, de la aceptación de las reglas del juego. 

La propuesta de Iglesias es, a pesar de su atractivo para sus bases, realmente peligrosa para el conjunto, pues el día que los españoles tengamos que tener miedo, en que unos nos sintamos amenazados por los otros, volverán a tener sentido político las palabras «ellos» y «nosotros». El día que tengamos que tener miedo dejaremos de ser una comunidad de hombres y mujeres libres, con sus fracturas, pero libres, para volver a ser miembros de «partidos», en los que habrá «bandas». El día que tengamos miedo Iglesias habrá logrado dar cumplimiento a la visión política del teórico nazi Carl Schmitt, que la concebía como un antagonismo, como una lucha entre los «amigos» y los «enemigos». El día en que tengamos miedo a una fuerza política porque «solo tiene sentido si da miedo» será el día de «Juego de Tronos». El día en el que renunciamos a construir una democracia. 

Porque la democracia se basa en no tener miedo. Es no tener miedo a pensar de una forma diferente, no tener miedo a decir lo que se piensa, no tener miedo a que te encarcelen sin un juicio justo, no tener miedo a que te excluyan de tu puesto de trabajo o te quiten tus propiedades, no tener miedo a que las administraciones discriminen a los que piensan de otra forma, no tener miedo… No tener miedo a ninguno de nuestros conciudadanos, no tener miedo al forastero, no tener miedo al extranjero. No tener miedo. Reconocer en el otro, en los otros, una buena voluntad. Confiar en que el otro, en los otros, es esencia de la convivencia y es la esencia de la democracia. Sin una mínima confianza en el otro, sin esa mínima confianza que elimina el recelo, no es posible la vida en sociedad, por lo que no es posible la democracia. El miedo de una ciudadanía es la medida de la calidad de una democracia, porque el miedo es inversamente proporcional a la confianza en los otros. 

Sin terminar de superar el miedo a ETA y sus adláteres, con miedo al terrorismo yihadista (que tantos derechos se está llevando por delante); con miedos cotidianos a un accidente de tráfico o perder el trabajo; con miedos sociales como el miedo al qué dirán... generar un nuevo miedo, aunque sea sólo en una parte de la sociedad, es lo último que nos faltaba por oír que ha de hacer una fuerza política por la ciudadanía. Y menos de una fuerza política que se dice democrática y moderna, pues la democracia es una forma de gobierno con los discrepantes, no una forma de gobierno de las unanimidades, ni votar a mano alzada en las asambleas, y la modernidad es liberación, no generar miedo. 

No sé si finalmente ganará la posición de Pablo Iglesias en Podemos, aunque lo normal es que sí, pues este debate lo han tenido todos los partidos revolucionarios desde el siglo XVIII y siempre ganaron los radicales. Lo que me preocupa es que Iglesias llevará a Podemos por un camino en los que soplan vientos totalitarios. Eso sí, un camino democráticamente elegido a la búlgara. 

24 de octubre de 2016 

martes, 11 de octubre de 2016

De las formas

En España, la palabra ‘educación’ tiene dos acepciones fundamentales que distinguimos, esencialmente, con los adjetivos con que la calificamos. En una primera acepción, educación significa, básicamente, el proceso por el que una persona adquiere un conjunto de conocimientos, desarrolla unas habilidades y practica unos valores. Esta educación se suele reconocer en forma de títulos de tal forma que, cuando decimos que alguien recibió una “magnífica educación”, pensamos que estudió en colegios o institutos reconocidos y en universidades prestigiosas. 

En una segunda acepción, educación significa tener modales, conocer y practicar usos sociales que permiten convivir. Es cumplir un código de conducta en los hechos cotidianos que ayudan a relacionarnos. Hechos simples como no decir palabrotas, no dar voces, ir vestido adecuadamente según la ocasión, no tirar nada al suelo, etc. son parte de esta educación. Cuando decimos que una persona tiene una ‘buena educación’, normalmente pensamos que es una persona que guarda las formas, que en ningún momento va a ponernos en una situación incómoda. Según esta acepción, uno está ‘bien’ o ‘mal’ educado, sin gradaciones, y, en general, la responsabilidad de esta ‘buena’ o ‘mala’ educación es familiar. 

Haber recibido una ‘magnífica educación’, no implica estar ‘bien educado’. Seguramente, la sociedad española con más posibilidades educativas de toda la historia sea la nuestra. Nunca el nivel de analfabetismo fue tan bajo (no llega al 2% de la población), ni el nivel de cualificación tan alto (el 30% de los españoles tiene educación superior). Nunca ninguna generación de españoles tuvo, como nuestros jóvenes, tantas oportunidades educativas, ni más recursos por estudiante, ni menor ratio profesor/alumno, ni más libros y medios a su alcance. Nunca tuvimos unos sistemas pedagógicos tan potentes como los que tenemos ahora. Aquellos que añoran, por ejemplo, los tiempos universitarios pasados idealizan lo que vivieron, pues no eran mejores las universidades españolas de finales de los 70 que las que ahora tenemos. Y basta con comparar la calidad media de los claustros (¿qué porcentaje de cátedros hablaba inglés en 1978 o había pisado el extranjero?), las ratios, las oportunidades de intercambios internacionales, las prácticas en empresa, las bibliotecas, los medios audiovisuales o los laboratorios para hacernos una idea de lo mucho que se ha invertido (nunca suficientemente) y se invierte en la educación en España. 

Sin embargo, al mismo tiempo, no creo que nunca hubiera tanto porcentaje de ‘mala educación’ en España como ahora. Y la prueba de esto lo tenemos todos los días en nuestros platós de televisión, en el Parlamento, en las redes sociales, incluso en los periódicos. Miren algunos programa de debate en televisión o no digamos ya los de cotilleo, asómense a un debate en el Congreso (como el del martes pasado sobre precisamente educación), estudien las discusiones que se producen en las redes sociales, hagan una breve investigación de las palabras que se usan en las radios o los periódicos, paseen por cualquier zona de botellón o por los aledaños de un campo de fútbol y verán la “mala educación” de nuestra sociedad. Parece que la ‘mala educación’ vende, que romper las formas es ahora el modelo social. 

Creo que las formas son fundamentales para vivir en sociedad, que una buena educación es parte del cemento con el que se construye una comunidad. Creo que la buena educación no está reñida con la profundidad de las discrepancias, pues se puede discrepar y debatir educadamente. Creo que la cortesía, lejos de ser una muestra de hipocresía, manifiesta el valor de ponerse en el lugar del otro, de los demás. Guardar las formas es un elemento esencial de cualquier civilización. 

Quizás por eso me desagradan, además de por las diferencias ideológicas, los populismos, pues sus líderes parecen permanentemente enfadados con el mundo. Quizás por eso hace dos semanas sentí bochorno por el espectáculo de los socialistas. Quizás por eso cada vez me desagrada más la política, porque, además de vacía, cada vez es más maleducada. 

martes, 27 de septiembre de 2016

Inercia

Llevamos casi un año sin gobierno y la economía española sigue funcionando a velocidad de crucero, con algunos problemas graves en vías de mejora. A la espera de tener datos del tercer trimestre (que mejorarán los que ahora tenemos), las principales variables macroeconómicas están en el buen camino: el PIB está creciendo por encima del 3%; los precios están estables; la ocupación ha crecido hasta los 18,3 millones de personas; la balanza de bienes y servicios es positiva y la deuda externa se reduce significativamente. Es cierto que seguimos teniendo problemas, y algunos muy graves como una tasa de paro del 20%, un déficit público de más del 5% y una deuda total por encima del 250% del PIB (de los que 101 puntos son de deuda pública). Como es cierto que seguimos sin resolver problemas básicos de desigualdad social, que tenemos enquistados desde hace años y que la crisis no ha hecho nada más que exacerbar. 

Para explicar esta situación de una economía que crece sin el impulso de una política económica activa, que es extraña para muchas economías desarrolladas, los economistas acudimos (una vez más) a una analogía con un concepto de la Física, y decimos que toda economía tiene una «inercia» que mantiene la tendencia. Es decir, puesto que los datos macroeconómicos son solo la agregación de las decisiones individuales de millones de familias, empresas e instituciones, y éstas mantienen su actividad y toman sus decisiones diarias solo lejanamente influidas por las decisiones de los Gobiernos, una economía puede seguir funcionando al margen de la formación o no de un Gobierno tras unas elecciones. Lo que, en el caso de España, es más cierto porque, en realidad, el margen de actuación de nuestro Gobierno es muy limitado por su pertenencia a la zona euro. 

La inercia de una economía, esa capacidad para funcionar e ir resolviendo sus problemas al margen del impulso político, depende de muchos factores, esencialmente, tres: el peso del Sector Público en el conjunto de la actividad, pues cuanta menos actividad dependa de la administración, menos dependencia de la ejecución presupuestaria y, por lo mismo, menos parte de la economía se ve afectada por la parálisis del Gobierno; de la calidad de sus instituciones económicas (leyes civiles, mercantiles y laborales, sistema financiero, etc.) y de sus administraciones públicas, pues son las que permiten el funcionamiento eficiente de la actividad económica; y, finalmente, de la cohesión social y de la articulación de su sociedad civil. 

La economía española tiene una alta inercia básicamente porque tiene un Sector Público contenido, porque sus instituciones económicas son estables y dependen más de la Unión Europea que de sus decisiones internas (política monetaria, límites en la política fiscal, regulaciones básicas de mercados, etc.), y porque, a pesar de las desigualdades y de los problemas, sigue teniendo una alta cohesión social, en la que el papel de la familia (se entienda por esta palabra lo que se entienda) sigue siendo esencial. En definitiva, la economía española tiene la inercia que tiene y crece como crece, en gran medida, porque la sociedad española está mostrando en esta situación, como en otras que podríamos poner de manifiesto si el discurso catastrofista y dramático que se ha instalado dejara ver la realidad con datos, una madurez y seriedad que no tiene su estructura política, y desde luego, que no tienen sus líderes políticos. 

Pero la inercia económica, como la física, tiende a cero por la incertidumbre, que actúa de freno como el rozamiento, por lo que no se debe estar mucho tiempo sin Gobierno. La inercia económica no dura más allá de tres o cuatro años, aunque se note su disminución año a año. De ahí que sea conveniente que, al menos en ese periodo (antes si fuera posible), vayamos pensando en formar un Gobierno, bien porque se llegue a un pacto razonable, bien porque, tras seis o siete elecciones, los españoles volvamos a dar la mayoría absoluta a algún partido.