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lunes, 5 de mayo de 2003

Los retos de Lula

Hace más de cuatro meses que Luiz Inacio Lula da Silva tomó posesión de la presidencia de uno de los países más fascinantes del planeta. Con un territorio diecisiete veces el de España y una población de 170 millones de personas, la economía brasileña tiene un producto interior bruto similar al español y una renta per capita de alrededor del 30% de la nuestra. Brasil tiene, además, unos ingentes recursos naturales, una contrastada capacidad tecnológica en algunos sectores y las posibilidades de un inmenso mercado. Pero estas posibilidades se ven lastradas por los, también, inmensos problemas sociales y económicos: grandes bolsas de pobreza, deuda externa, presión sobre la selva amazónica, megaurbes, corrupción. Problemas cuyo principal origen es el problema estructural de Brasil: una de las más desiguales distribuciones de la renta del mundo. Y es precisamente este problema el que impide a esta economía desarrollar sus posibilidades. Resolverlo y desarrollarse como la potencia que puede ser es el reto al que se enfrenta Luiz Inacio Lula da Silva. 

Luchar contra estos problemas pasa, como en tantos otros países, por alcanzar tres objetivos relacionados: conseguir una estabilidad política que permita construir un verdadero estado de derecho y una eficaz administración, libre de corrupción; generar confianza en todas las capas sociales, desde los empresarios internacionales hasta los marginados, de tal forma que aumente la inversión; y, finalmente, diseñar correctas medidas de redistribución que vayan modificando la estructura de distribución de la renta, lo que a su vez potencia el estado de derecho y el crecimiento económico. 

Las primeras medidas de Lula en estos cien días han sido esperanzadoras, tanto en los gestos políticos como en las acciones concretas. El nombramiento de su heterogéneo gobierno, en el que se mezclan artistas con financieros, la gira por los Estados más pobres, la cancelación de la compra de aviones militares y la campaña de lucha contra el hambre han sido cuatro importantes y espectaculares gestos con un fuerte contenido político. En cuanto a la política económica, en manos de Antonio Palocci, los objetivos son tan ortodoxos que sorprenden en un líder obrero: la lucha contra la inflación y el control de las cuentas públicas. Para controlar la inflación, Palocci ha tomado dos medidas que han sorprendido y que están causando fuertes presiones en el Partido de los Trabajadores: la primera, conceder la independencia al Banco Central y nombrar a Enrique Meirelles, un banquero privado, su gobernador, con lo que la política monetaria ha sido la de subir los tipos de interés hasta el entorno del 26%, diez puntos por encima de la inflación; y, en segundo lugar, congelar los gastos públicos no esenciales y reformar tanto la Seguridad Social, eliminando las altas pensiones de antiguos funcionarios públicos, como el sistema tributario, endureciendo la progresividad impositiva. En el frente de la redistribución, además de las medidas anteriores de indudables efectos redistribuidores, y con un objetivo de dinamizar la economía a través del consumo, las dos medidas estelares han sido la subida del salario mínimo en algo más del 20% y el proyecto de hacer propietarios a los pobladores de las favelas. El resultado inmediato de estas medidas ha sido la ralentización del crecimiento de la inflación a pesar de los contradictorios efectos a corto plazo de algunas de las decisiones; la estabilidad del real lo que favorece las exportaciones y reduce el saldo exterior; la generación de expectativas muy positivas en los inversores internacionales, por la credibilidad de la política monetaria y fiscal; y, finalmente, la aceleración de la tasa de crecimiento económico, debido al tirón del consumo y de la inversión, hasta el entorno del 3%. 

El éxito de Lula, en el que se juega su futuro político y el de Brasil, depende de cuatro factores claves: de su pragmatismo y su capacidad de luchar contra el dogmatismo de su partido; de su idea de reforma del Estado brasileño y de su capacidad para cambiar a los poderes fácticos brasileños; de su diplomacia y de capacidad para genera confianza internacional en su proyecto; y, finalmente, de la eficacia de las medidas concretas de redistribución. Si tiene éxito veremos el nacimiento de una nueva potencia de rango mundial. Si no lo logra al menos le quedará el consuelo de ser siempre una potencia en ese sucedáneo de realidad que es el fútbol. 

martes, 22 de abril de 2003

Las consecuencias de Mr. Bush

Uno de los más finos teóricos de la política del siglo XIX, Alexis de Tocqueville, escribió un libro, De la democracia en América, que constituye, aún hoy más de ciento cincuenta años después de su publicación, uno de los mejores análisis de las ideas esenciales que conforman el sistema político norteamericano. 

Tocqueville subrayaba cuatro hechos para explicar el nacimiento y la consolidación de los principios democráticos en los Estados Unidos: en primer lugar, la sujeción de los poderes públicos a la ley, es decir, la existencia de un estado de derecho; en segundo lugar, la separación de poderes y los equilibrios de poder entre ellos; en tercer lugar, la tolerancia y libertad en el debate político; y, finalmente, y en cuarto lugar, la igualdad de los ciudadanos ante la ley y entre ellos, debido la inexistencia de aristocracia y de grandes desigualdades educativas y la muy igualitaria distribución de la renta, fruto de la relativamente igualitaria distribución de la tierra. La sujeción de los poderes públicos a la ley se la deben los norteamericanos a sus antepasados británicos, que libraron una guerra civil para establecer la primacía del Parlamento sobre el Rey, y al fuero que defendieron en su propia guerra de independencia, sintetizado en el grito de la rebelión de 1773: No impuestos sin representación. La separación de poderes y los equilibrios de poder de la democracia norteamericana tienen su origen en las desconfianzas que todo poder político despertaba en los Padres de la patria norteamericana. Para evitar la tiranía diseñaron instituciones que limitaban la arbitrariedad y el ejercicio despótico del poder garantizándose así todos su propia libertad o, mejor, sus libertades. Libertades consagradas en las enmiendas a la Constitución y que empiezan por la libertad religiosa y por la libertad de prensa. Libertades que reclaman en su simbología al grabar en sus monedas la palabra Libertad junto al perfil de Lincoln. 

Pero el debate político libre implica la tercera característica, la tolerancia. Una tolerancia hacia la libertad de opinión del otro por la que todas las posturas tienen cabida. Eso sí aceptando que el final del debate es elegir una de ellas. También de esta idea se hacen eco los norteamericanos al grabar en el reverso de la moneda de George Washington el lema: E pluribus unum, uno entre muchos. 

Y, por último, la igualdad de la distribución de la renta. Y es que para poder ser libre no sólo ha de haber ausencia de restricciones políticas, hay que no depender de nadie para cubrir las necesidades básicas. Porque toda dependencia es una suerte de dominación y la libertad sólo se ejerce desde la no dominación, la igualdad en las oportunidades de acceso a la renta es esencial para la libertad. 

Estas características han sido básicas no sólo en el desarrollo de la democracia en América, sino que han constituido, junto con los logros paralelos de la revolución francesa y los del Estado del Bienestar, la esencia del pensamiento que ha permitido ese sistema de organización política que llamamos democracia. 

Pero estas ideas se están poniendo en cuestión, cuando no atacando por la vía de los hechos. Bajo la presidencia de Mr. George W. Bush Jr., aprovechando y manipulando el shock del 11 de septiembre, se está vulnerando el estado de derecho al tener prisioneros en Guantánamo sin cargos, al aceptar la licitud de los asesinatos selectivos en el exterior y la guerra preventiva, y al romper los tratados firmados en la Carta de las Naciones Unidas. Y se vulnera la separación de poderes y se coarta la libertad y la tolerancia al imponer la censura de la prensa en la guerra de Irak por la razón de Estado, y al acusar de desleales a aquellos que no se alinean con su política. Y se está poniendo en peligro la igualdad entre los norteamericanos al aprobar una reforma fiscal que sólo favorece al 1% de la población, precisamente la más rica, multiplicando por tres las desigualdades en la distribución. Mr. Bush está poniendo en peligro la democracia en América. O lo que es lo mismo, la misma democracia que dice defender, en la que creen muchos norteamericanos y a la que, algunos, hemos llegado a amar. 

lunes, 7 de abril de 2003

Paradojas de la guerra

Todas las guerras producen, además de víctimas, paradojas. La cosecha de víctimas sigue mientras leemos estas líneas, las paradojas se están poniendo de manifiesto, a medida que se intenta justificar y razonar esta guerra. Dice el Diccionario de la Real Academia que paradoja es una idea extraña u opuesta a la común opinión y al sentir de las personas. Y, en una segunda acepción, que es una aserción inverosímil o absurda, que se presenta con apariencias de verdadera. 

La primera paradoja se puede formular así: la decisión de ir a la guerra se tomó para luchar contra el terrorismo. Y posiblemente sea cierto, pero el medio que se está usando es, desde la perspectiva de la población iraquí, igualmente terrorista. Porque si lo que pretende cualquier terrorista es causar un estado de miedo para alcanzar unas contrapartidas políticas, ¿no es esto lo que se pretende también con la operación "Impacto y Pavor" con que han castigado las fuerzas anglo-norteamericanas a los iraquíes? Desde la perspectiva de los iraquíes, la guerra es pavor y destrucción y coaccionados por la violencia se pretenden que se entreguen y se pongan bajo la protección y dominio de las fuerzas de la coalición. También eso es lo pretenden no pocos grupos guerrilleros de todo el mundo, a los que llamamos terroristas, y la misma justificación que se dan a sí mismos estos grupos. No se lucha contra el terrorismo con el pavor, sino con la fuerza de la legalidad y desactivando sus raíces. 

Se podrá argumentar que no es posible comparar a estos grupos armados con los gobiernos legítimamente elegidos de los Estados Unidos y sus aliados, pero aquí reside otra paradoja. La paradoja de la democracia tirana. Porque es cierto que estos gobiernos son legítimos porque fueron elegidos en las urnas, pero lo fueron para ejercer su poder, con las limitaciones que llamamos derechos, sobre el mismo cuerpo social que los eligió. Si se traspasan estos límites de los derechos o se ejerce el poder sobre una comunidad que no los eligió libremente se deja de ser democrático en la medida en que esos límites se traspasen. Dicho de otra forma, un gobierno puede ser democrático en su país y ser tiránico en otro. Y el hecho que se pretenda sustituir a un tirano no hace democrático al que lo sustituya, aunque pueda sea más benévolo: el general Franks será un tirano para los irakíes por la sencilla razón de que ellos no lo escogieron. La democracia americana lo es sólo para los norteamericanos, para los demás puede no serlo. 

Esto me lleva a la tercera paradoja: la de la democracia impuesta. Y es que la democracia se basa en la igualdad y la libertad. La igualdad que se expresa periódicamente en el voto sin coacciones y en la libertad de actuar sólo limitada por las leyes que todos nos damos y a todos afectan. Votar con una fuerza de ocupación extranjera en un país y limitar la acción a aquello que los ocupantes consideren correcto (como mucho me temo) es antidemocrático. La esencia de la democracia se basa en tres principios esenciales: la igualdad, que se expresa en el voto libre y secreto; la limitación en el ejercicio del poder, recogida en un conjunto de derechos primigenios que son inviolables; y, finalmente, la regulación de todas las acciones del gobierno mediante aprobación de la mayoría. Fue Jefferson, uno de los padres de los Estados Unidos, el que escribió: el Dios que nos dio la vida, nos dio al mismo tiempo la libertad: la violencia puede destruirlas, pero no puede separarlas, así como otra frase basada en las ideas de Locke, por la naturaleza de las cosas toda sociedad debe, en todo momento, conservar para sí el poder soberano de legislar. Una guerra no es la forma de liberar nada, es la forma de imponer un orden decidido por los vencedores y es que la libertad no se impone, se conquista. Pero no son éstas las únicas paradojas. También está la paradoja de la legalidad que no obliga, y la de la seguridad por la guerra y la del nuevo orden a partir de la producción de caos. Pero son consecuencias de las anteriores. O mejor, son consecuencias de una mente que padece de paranoia, enfermedad que el Diccionario de la Real Academia define como una perturbación mental fijada en una idea o en un orden de cosas. Porque todas las guerras se producen en un mar paradojas para las que no tenemos solución. Salvo para los paranoicos que las inician. 

lunes, 24 de marzo de 2003

Las razones de una guerra

La guerra de Irak es, ya, una realidad. La guerra es una realidad porque así lo ha decidido y querido el Gobierno de los Estados Unidos. Sostener lo contrario es negar la evidencia: el comportamiento de Sadam Hussein podría haber provocado una guerra futura, pero no ha empezado esta guerra. Esta guerra es deseada por los Estados Unidos por varias razones. Razones todas ellas que están en que la situación posterior a la guerra puede ser más ventajosa para los Estados Unidos que la situación de partida. Los Estados Unidos van a la guerra porque creen firmemente que controlando Irak logran dos objetivos importantes y algunos secundarios. En primer lugar, controlando Irak con presencia militar de ocupación y/o un régimen aliado, los Estados Unidos tendrán un mayor control sobre tres países que son claves en el terrorismo islámico internacional, a saber, Irán, Siria y Arabia Saudí. Y es que es conocido que Irán y Siria han financiado y sostienen a grupos fundamentalistas que operan en Argelia, en Palestina, en Líbano, en Yemen, en Sudán, en Nigeria y en Indonesia. Como es igualmente conocido que Arabia Saudí es el origen del dinero y de la mayoría de los ideólogos que produjeron la dictadura de los talibanes en Afganistán y organizaron la Al-qaeda de Bin Laden. Controlando Irak se tiene un control casi absoluto de las fronteras iraníes, sirias y saudíes. La paradoja (y la mentira de algunos) es que sufrirá la guerra el único país de los cuatro grandes que no tiene una relación probada con el terrorismo islámico, pero es el más débil y sobre el que más fácilmente se puede justificar la guerra. En segundo lugar, y relacionado con el anterior, controlando Irak, los Estados Unidos controlarán las segundas reservas de petróleo más grandes del mundo, lo que sumado al dominio que ejercen sobre las kuwaitíes y saudíes, en pago por la anterior guerra, facilitará a los norteamericanos el control sobre el muy inestable y político mercado del petróleo. Se garantizan, así, un mercado estratégico que no podían manejar sólo con sus multinacionales y que estaba al albur de problemas como los de Venezuela. Además, la financiación que los países antes citados dedican al terrorismo está vinculado a este mercado, por lo que el control de las finanzas ligadas al petróleo, además de sus beneficios económicos, cumple un objetivo político de seguridad. Finalmente, y como objetivos secundarios, el control de Irak permite a los norteamericanos tener presencia en una zona relativamente cercana a China, a Rusia y a la Unión Europea. Además, y por la forma en que se ha llevado la estrategia y por el conocimiento que tiene la inteligencia norteamericana (¿procedente del espionaje a sus aliados?) de las disensiones europeas, los norteamericanos han conseguido un objetivo colateral: acentuar las diferencias europeas en el momento del paso decisivo en la construcción de un Estado Europeo, el del periodo constituyente. Un Estado que, por múltiples razones, puede ser un competidor incómodo en el mundo del siglo XXI. 

Y las mismas razones, aunque con matices y algunas al contrario, son las que explican las posiciones de Francia, Alemania y Rusia, que también quieren el control de Irak, un control que no puede ser militar como el norteamericano, porque ninguno de los tres países tiene la potencia militar de los USA. Ellos quieren lo mismo, pero por la diplomacia y el comercio y con tiempo, mientras que los Estados Unidos lo han querido ahora que está caliente el patriotismo nacionalista americano, y hay tiempo para que una victoria tenga rendimientos en las elecciones presidenciales del año que viene. Al fin y al cabo la guerra es, como sostenía von Clausewitz, la política exterior por otros medios. Irak es, pues, la pieza clave y la más débil en la actualidad de Oriente Próximo. Y su control aminora lejanos peligros que se perciben en el mundo islámico y desactiva el arma del petróleo que es la principal arma de este mundo. 

Estas son, en mi opinión y en síntesis, las claves de lo que pasa. Todo lo demás son justificaciones. Y es que necesitamos justificar nuestros actos, bien en la legalidad, bien en la razón, porque no podemos reconocernos como realmente somos en las relaciones internacionales: lobos para los demás. 

lunes, 24 de febrero de 2003

¿Quo vadis, Europa?

Europa está desorientada. Tanto que parece que los retos a los que ahora se enfrenta, la ampliación hacia el Este y su propia organización a través de la Constitución europea, no le ilusionan, Tanto que parece que su propio papel en el mundo de la hiperpotencia norteamericana le asusta. Tanto que se muestra débil e impotente, dividida e histérica. Y en los momentos de desorientación, y más si coinciden con una cierta sensación de crisis económica, es cuando deben funcionar las instituciones y cuando los líderes son necesarios. El problema es que las instituciones europeas dependen demasiado de los líderes nacionales y éstos no se están mostrando a la altura de las circunstancias. La desorientación que vive Europa es, en gran medida, fruto de los mismos líderes que tenemos, o mejor, de la carencia de estos líderes. Europa no tiene líderes de talla europea. Prodi no es, desde luego, Delors, y a Solana le falta aún una mayor capacidad de protagonismo. Y los líderes nacionales no son creíbles para el resto de los europeos. ¿O alguien en España percibe a Berlusconi, a Blair, a Schröeder, o al mismo Aznar como un presidente de los europeos? Frente al liderazgo fuerte de Delors, de Kohl, de Miterrand o de González, por poner sólo el ejemplo de los más cercanos en el tiempo, el de los líderes actuales palidece. Y la prueba es que, mientras que los primeros podrían haber sido aceptados como presidentes por parte de ciudadanos de otros países, nadie de fuera de su propio país, y aun en éstos con no poca dificultad, acepta a los actuales. No, Europa no tiene líderes de proyección europea. Más aún, Europa no tiene líderes que tengan conocimiento de lo que es la política exterior, que no banalicen las relaciones exteriores. Y es que sustituir en la política exterior el debate de objetivos e intereses por las simpatías y fobias supone hacer superficial, hasta unos límites impropios, la política. Es convertir las relaciones entre estados y pueblos en relaciones personales y sociales, es sustituir la "química" por la historia y la política. Es hacer sustituir el pensamiento por la prensa rosa. 

Y la prueba de que esto pasa se observa en cómo nuestro presidente Aznar está sustituyendo la importancia, económica y política, que para España tienen Francia y Alemania, por la buena relación que tiene con Blair y con Berlusconi. Y cómo éstos dos están más preocupados por la hablar de tú con Bush que por la construcción de la nueva Europa. No, Europa no tiene líderes sólidos en política exterior. Y, más grave aún, los líderes que tenemos no tienen ideología europeísta. Pensar que Europa es sólo la suma de unos Estados, como hacen Blair, Belusconi o Aznar, y no la posibilidad de un super-estado, es reducir el futuro europeo a la dependencia de los Estados Unidos. Competir por la aquiescencia norteamericana es renunciar a la posibilidad de una política y una economía independiente. Acordar posiciones al margen de los demás como hicieron Chirac y Schröder y, después, los firmantes de la "Carta de los Ocho" es decir al mundo que Europa no es un proyecto común. No, Europa no tiene líderes europeístas. 

¡Pobre Europa! Que carente de líderes se refugia en gestores y burócratas. ¡Pobre Europa! Que carente de políticos con proyección se refugia en pequeños políticos. ¡Pobre Europa! Que sustituye el debate de ideas por el sensacionalismo de pequeñas rencillas y declaraciones. ¡Pobre Europa! Sin gobierno y sin norte. ¡Pobre Europa! A la que el nacionalismo y la carencia de líderes le llevó a destrozar su propia historia y a enfrentarse en dos guerras infinitas. ¡Pobre Europa! Que perderá, así, en el siglo XXI oportunidades que tanto trabajo le costó forjarse en el XX. ¡Pobre y desorientada y vieja Europa! ¡Qué poco será en el mundo del futuro! 

lunes, 10 de febrero de 2003

Balance de una guerra

Toda guerra tiene un coste, sin que se sepa si tiene ingresos. Sin entrar en el coste, incalculable e infinito, de las vidas y del horror que pagarán las personas que la sufran, la nueva guerra del Golfo tiene costes económicos que habremos de pagar todos y que aún no conocemos. Costes que se nos cobrarán directa e indirectamente. Costes que algunos pagarán más que otros. 

Las economías que sufrirán directamente los costes de la guerra son, como es obvio, aquellas que se vean involucradas directamente en el conflicto. Es indudable que el coste para Irak será inmenso: ya los ocho años de guerra con Irán lo hicieron retroceder a los niveles de renta per cápita de 1977, mientras que la anterior guerra del Golfo y el bloqueo de los noventa lo han hundido hasta la renta que tuvo hace cuarenta años. La nueva guerra hará que Irak, un país inmensamente rico, retroceda a la situación de poco después de su independencia, allá por los años veinte, con la circunstancia agravante de que no dispondrá de su petróleo en años por los contratos que se verá forzado a firmar con las compañías de los países vencedores. La guerra, una guerra que no puede ganar, llevará a Irak a la extrema pobreza por mucho tiempo. Extrema pobreza que provocará un éxodo de refugiados hacia Irán (los chiítas) y hacia Jordania, causando nuevos y graves problemas a estos países. 

Pero tampoco saldrá gratis la guerra a los Estados Unidos, ni a los que se alíen con ellos. Pues la movilización, durante dos o tres años, de un contingente de unos 200.000 soldados supondrá a la muy poderosa economía norteamericana un desembolso de más de dos y medio billones de pesetas por año, calculados según los costes de la anterior guerra del golfo. Un sobrecoste directo a su ya abultado déficit público que tendrá, por muy grande que sea la economía americana, indudables efectos en forma de menor crecimiento futuro. 

Pero al afectar la guerra al mercado del petróleo, tanto más cuanto más dure y más destrucción haya, la escalada de precios del crudo nos salpicará a todos. Así, a los países ricos y pobres que importan petróleo, la guerra les provocará inflación, tanto más alta cuanto más dependientes del petróleo y cuanto más ineficientes en el uso de este recurso. Y, de durar la guerra, la inflación será tanto más persistente cuanto más se contagie a los salarios y a los sectores más monopólicos. Una inflación que necesitará ajustes que llevarán a un menor crecimiento. O sea, justo lo que no necesita una economía mundial estancada por la desaceleración de la economía de los países desarrollados, las altas deudas que se arrastran en muchos países y la arriesgada posición financiera de empresas y familias en los mismos Estados Unidos, en Japón, en Alemania, en España. La guerra provocará, en una mayoría de economías, una menor tasa de crecimiento, una mayor inflación, un mayor paro y un mayor déficit público. Lo que traducido en cifras significa que puede costarnos, en forma de menor crecimiento y no proporcionalmente repartidos, entre uno y dos puntos del PIB mundial, es decir, entre 80 y 160 billones de pesetas, o lo que es lo mismo, en el mejor de los casos la renta de España de un año y, en el peor, la de Francia. Renta que no se producirá por la incertidumbre que retrae inversión, por el sobrecoste del petróleo, por la posible subida de tipos de interés. Lo que, a su vez, provocará paro y un peor reparto de la renta. Y, como en todas las crisis, afectará más a los más pobres. 

No, la guerra no nos va a salir gratis. Porque la guerra, cualquier guerra, y a pesar del reparto de despojos, no es una inversión, salvo para las aves carroñeras. Y es que en una guerra todo son pérdidas. Todos perderemos a las personas que en esa guerra mueran. Todos perderemos la inocencia de las vidas marcadas por el horror. Todos perderemos esfuerzos, recursos y tiempo. Y, por las razones por las que se inicia, mucho me temo que todos estamos perdiendo algo tanto o más valioso: la razón. 

martes, 14 de enero de 2003

Guerra y petróleo

Desde que a finales del siglo XIX se inventara el motor de explosión interna, nuestra forma de vida, y no sólo en los países industriales, gira alrededor de una materia prima que, hasta ese momento, tenía un papel muy secundario: el petróleo. La historia de la economía del siglo XX es, en no poca medida, la historia del petróleo. 

El petróleo no sólo ha condicionado la historia económica, sino que ha determinado y determina, en una gran medida, la historia política. Porque por esa necesidad de petróleo se han tomado, y se están tomando, decisiones que han hecho del siglo XX uno de los más sangrientos de la historia y, por los visos que lleva la política internacional en estos albores del siglo XXI, vamos camino de convertirlo en una continuación del anterior. 

Y es que fue por el petróleo por lo que se hicieron las particiones de los despojos del Imperio Otomano después de la Primera Guerra Mundial, que dieron lugar al nacimiento de las fronteras de Oriente Medio y a los inestables regímenes que gobiernan en estos países. Y fue por petróleo por lo que Rusia mantuvo su dominio sobre las repúblicas caucásicas. 

Y por petróleo, el del Cáucaso para Alemania y el de Indonesia para Japón, por lo que la Segunda Guerra Mundial se desarrolló de la forma en que lo hizo. 

Y no sólo las grandes guerras entre países, sino muchos otros conflictos, con infinito sufrimiento, han estado condicionadas por el control del petróleo y las ganancias derivadas de él. Porque fue la corrupción del petróleo lo que provocó la Revolución Islámica en Irán en el 79, y fue el petróleo por lo que Sadam Hussein recibió el apoyo de Occidente (Europa y Estados Unidos) en la sangrienta guerra Irano-Irakí de los ochenta. Y también fue el hundimiento de los precios del petróleo, a finales de los ochenta, lo que provocó el ascenso islamista y prendió la mecha de la larvada guerra civil que vive Argelia desde entonces. Y fue el control de las reservas de petróleo el que nos llevó a la Primera Guerra del Golfo contra Irak en los noventa. Y el que mantiene vivo el problema de Israel, el que provocó la guerra civil en Angola y el que motivó más de diez golpes de Estado en Nigeria. 

Y es el control del transporte del petróleo hasta Occidente en que motivó la intervención soviética en Afganistán y, aunque en segundo término, la reciente guerra de todos contra los talibanes. Y la intervención rusa en Chechenia y la permanente situación de emergencia en Azerbaiyán y Armenia tienen su explicación en el petróleo. Y fue por petróleo por lo que se produjo la guerra del Cóndor entre Ecuador y Perú. Y es por petróleo por lo que tanto Estados Unidos como España apoyaron el golpe contra Chávez en Venezuela del año pasado que está marcando el conflicto actual. Y, a pesar de la retórica de la seguridad, a nadie se le oculta que es por petróleo por lo que puede haber guerra contra Irak este año. 

Petróleo. Negro petróleo. Es por petróleo por lo que estamos dispuestos a matar y a morir, por lo que estamos dispuestos a sacrificar nuestros principios éticos y nuestras impecables y racionales creencias políticas. Porque, a estas alturas de la historia, ya nadie puede creer que es el bienestar y los derechos humanos de los afganos, de los angoleños, de los argelinos, de los nigerianos, de guineanos, de los venezolanos o de los iraníes lo que nos preocupa a los ciudadanos de los países ricos y a nuestros gobernantes. Es el bienestar que nos produce a nosotros y a otros como nosotros el uso del petróleo. 

Al uso del petróleo le debemos una parte importante de nuestro bienestar. Pero también le debe mucho del sufrimiento que la guerra y la corrupción ha generado y genera. La cuestión, entonces, es: ¿no hay otra forma más racional de resolver el uso y la explotación de este bien escaso? ¿Estamos necesariamente condenados los seres humanos a usar permanentemente la fuerza para alcanzar nuestros fines? ¿de nada nos sirve nuestra ciencia para buscar un sustituto que, además, no contamine? La historia, a pesar de lo que quieran ver algunos, no se repite, lo que se repite permanentemente es la codicia de unos pocos, la sinrazón de los gobernantes y la estulticia de todos. Negra historia del petróleo.