Páginas

martes, 2 de octubre de 2012

Unos presupuestos increibles

El viernes pasado, el Gobierno aprobó el proyecto de presupuestos generales del Estado para el año 2013. Unos presupuestos cuyo objetivo final, según compromiso con Bruselas, es alcanzar un déficit público del 4,5%. Unos presupuestos que, en una primera lectura, me parecen, sencillamente, increíbles. 

Estos primeros presupuestos completos del Gobierno Rajoy me parecen increíbles, en primer lugar, porque las previsiones macroeconómicas sobre las que se basan son todo un ejercicio de voluntarismo, algo que llevamos viendo en todos los presupuestos que se han aprobado desde 2008. Y lo es porque no hay ningún analista que crea que la economía española vaya a decrecer en 2013 sólo el -0,5%, pues la mayoría de los modelos predicen una caída en el entorno del -1%. Como nadie se puede creer tampoco que este -0,5% sea el resultado de una caída de la demanda nacional del -2,9% (una cifra casi realista) que, según el Gobierno, se compensará con un crecimiento de las exportaciones del ¡6%! Más ilusorias aún son las cifras del mercado de trabajo, pues con una caída del -0,5 del PIB, el Gobierno prevé que el empleo sólo caiga el -0,2%, y, ¡al mismo tiempo!, se reduzca la tasa de paro hasta el ¡24,3%! Algo que sólo es posible si se produce una caída de la población activa en unas 360.000 personas. Finalmente, el Gobierno cree que, con una recesión como la que se dibuja y un déficit público del 4,5% del PIB, la economía española es capaz de autofinanciarse y de pagar deudas exteriores, de tal forma que la posición financiera exterior mejore el 0,6% del PIB. 

De un cuadro macroeconómico increíble se deduce, en segundo lugar, una previsión de ingresos más increíble todavía. Así, el Gobierno prevé un crecimiento de la recaudación por IVA del 13,2%, sobre una disminución de la base imposible de un -2,9%, lo que supondría una efectividad total de la subida de tipos de este año y una importante caída del nivel de fraude. Lo que contradice la evidencia empírica de los últimos años de que la recaudación por IVA disminuye más que proporcionalmente a la caída del consumo. Peor aún es la optimista previsión del IRPF: ¿realmente cree el Gobierno que en un contexto de congelación o disminución de salarios y con una tasa de paro que será de casi el 26% (a pesar de sus previsiones), la recaudación va a subir el 2,2%? Eso sólo sería posible si se hiciera una profunda reforma del impuesto tocando las rentas empresariales, algo que dudo que este Gobierno se atreva a hacer por ser parte de su base electoral. 

Y si los ingresos de este presupuesto son increíbles, en la vertiente del gasto, además de increíbles, se hacen contradictorios. ¿Cómo puede ser que con una subida del gasto en pensiones del 1% y previendo que no va a aumentar la protección por desempleo (pues prevé una reducción de la tasa de paro y estabilidad en la ocupación, según su cuadro macro) tenga que aumentar la aportación a la Seguridad Social un ¡74,9%!? ¿Por qué, además, presupuesta un 33,8% (un punto de PIB) más de intereses? ¿Es que cree tan poco en su política que calcula que los intereses medios de la deuda del Estado van a estar todo el 2013 en el ¡6,45%!? Si estos son los intereses que prevé el Gobierno, ¿por qué no pide el rescate? Esto no cuadra. Como no cuadra que con una congelación salarial de los empleados públicos y la hibernación de la inversión pública, el gasto de unos presupuestos que se autocalifican de austeros suba un ¡5,6%! 

Con estos presupuestos, el Gobierno está diciendo a gritos, no sólo que no ha diagnosticado correctamente nuestros problemas y que está pendiente siempre de elecciones, sino que se hace trampas en el solitario y que no está dispuesto a tomar decisiones de calado. O sea, que, un año después, tenemos otro Gobierno metido en una burbuja. 

lunes, 17 de septiembre de 2012

Independencia (vista desde Cataluña)

La relación entre Cataluña y el resto de España es una cuestión lo suficientemente compleja como para que dirimirla en una manifestación, o para que la simplifiquemos en un diálogo de titulares. Creo, además, que situar el debate en el plano ideológico, historicista, cultural o victimista es erróneo. Porque todas las ideologías no extremistas (incluso las nacionalistas) son argumentables; porque toda discusión historicista es estéril, ya que lo que se hizo en el pasado solo explica nuestro presente, pero no debe condicionar nuestro futuro; porque no hay una lengua materna superior a otra; porque un memorial de agravios no lleva a nada constructivo. El análisis de una eventual independencia de Cataluña debería hacerse, en mi opinión, desde sus consecuencias, desde una perspectiva de teoría de juegos. Analicemos en este artículo la situación desde Cataluña. 

Si Cataluña fuera independiente, el primer hecho relevante es que no sería miembro de la Unión Europea. Esto supondría que tendrían que crear una moneda que podría valer igual que el euro a corto plazo (aunque tendría que cotizarse). Fiscalmente, la Generalitat ingresaría todo lo que se recaudara en Cataluña y tendría que hacer frente a todos los gastos públicos que allí se generaran. En cuanto a sus ingresos, éstos serían mayores que los que ahora tienen, pero no excesivamente, porque si bien recaudaría la totalidad del IRPF y del Impuesto de Sociedades, la recaudación actual de IVA y la de cotizaciones sociales sería compartida con el resto de España, porque las ventas de las empresas catalanas en el resto de España se considerarían como importaciones, por lo que el Gobierno español recaudaría su IVA de esas ventas, de la misma forma que las cotizaciones sociales de los trabajadores ocupados por empresas catalanas en el resto de España tendrían que pagarse también aquí. Por su parte, tendrían que hacerse cargo de los gastos de la Seguridad Social (pensiones, desempleo, etcétera) de los que queden en su territorio. No he hecho las cuentas con detalle, pero el déficit público estaría más o menos como ahora, puesto que empeoraría su gasto, aunque mejoraría su recaudación. Mejor se quedan en cuanto a deudas públicas: solo tendrían que pagar las suyas (el 22% de su PIB), absorbiendo el resto de España la totalidad de la que tiene hoy el Estado (cuya ratio pasaría del 75,9 al 97,2%). Pero habría que llegar a un acuerdo por las propiedades de titularidad estatal que están en Cataluña. Desde un punto de vista fiscal, la independencia es, a corto plazo, una solución a sus problemas. 

Mucho más sufriría el tejido empresarial catalán y su mercado de trabajo. No es solo que muchas empresas tendrían que duplicar sedes, sino que muchas multinacionales trasladarían sede y operaciones a Madrid para estar dentro de la Unión. Peor aún sería la pérdida temporal de aprecio de muchas de sus empresas (además del Barça), con consecuencias en su cuenta de resultados, y de inversión extranjera. Es muy probable que el PIB catalán sufriera, a corto plazo, un fuerte retroceso, con incremento del paro, porque también la economía catalana está muy endeudada exteriormente y tendría problemas de acceso a los mercados financieros. 

Desde un punto de vista político, además de hacerse republicana, no creo que en Cataluña se produjera un cambio de la estructura de partidos. Más imprevisibles serían las consecuencias sociales sobre las relaciones entre las distintas comunidades lingüísticas o los movimientos migratorios, lo que tampoco añadiría confianza para salir de la crisis. 

Vista desde Cataluña, la independencia es en realidad una opción, si fuera rápida, para resolver los problemas financieros de la Generalitat, pero no es demasiado deseable por lo arriesgado. Por eso, en el fondo, y como siempre, es solo una baza de negociación para que el rescate de Cataluña no tenga condiciones políticas. Lo malo es que para algo tan prosaico se incendian las emociones. Pero ya se sabe que los políticos son pirómanos bomberos y la buena gente... manipulable. 

lunes, 6 de agosto de 2012

Rescate suave para otoño

En medio del ruido de las declaraciones de las últimas semanas, la situación de la economía española parece, al menos en mi opinión, aclararse. Y me arriesgo. Creo que para la cumbre europea del 18-19 de octubre (o a más tardar para diciembre), el Gobierno español solicitará una refinanciación de parte de la deuda pública española al Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), a lo que seguirá una intervención del Banco Central Europeo en el mercado de deuda. Es decir, creo que España será, este otoño, "suave" y parcialmente rescatada. 

Las razones económicas de este rescate son casi evidentes. La primera es que nuestra deuda exterior es excesiva (977.000 millones de euros, un 95% del PIB) y tenemos demasiada a corto plazo (casi un 20%). La segunda es que nuestra economía está muy dañada, con expectativas de crecimiento negativas a corto plazo, porque nuestras empresas dependen demasiado del estancado mercado interior, tienen problemas de competitividad que están ajustando lentamente, están muy endeudadas y dependen de una difícil financiación bancaria con un sistema bancario en plena reconversión. Y, finalmente, porque no tenemos posibilidades de hacer una política económica creíble con resultados a corto plazo ya que, al margen de los errores, de fondo y forma, del propio Gobierno, tenemos un marco político-administrativo en el que más del 50% del gasto lo gestionan las Comunidades Autónomas, que no responden al gobierno central, estando, además, las dos más pobladas gobernadas por partidos diferentes al del Gobierno central, y con dinámicas de oposición (Andalucía) y ruptura (Cataluña). En estas condiciones, el tipo de interés al que nos estamos financiando es superior al 6% (más de 500 puntos de prima de riesgo), lo que hace imposible reactivar la economía (espiral depresiva), al tiempo que podríamos entrar en riesgo de impago (espiral de deuda explosiva). 


Ante esta situación, creo que el Gobierno está dispuesto a pedir ayuda en forma de rescate, parcial y más suave que el griego o el portugués, porque no podemos seguir así y ha descontado que es más fácil imponer las reformas que hay que hacer, tanto a sus barones como a los ajenos, amparado en unas condiciones exteriores y una situación de emergencia, que batallarlas política y jurídicamente sin apoyo exterior. Más aún, tiene todavía la posibilidad de echarle la culpa al Gobierno anterior, cuenta con un líder de la oposición débil y corresponsable del desastre y tiene tiempo de legislatura suficiente como para recuperar el voto si la economía española se activa en el 2014. 

Por su parte, los gobiernos europeos están dispuestos a refinanciar, a través del MEDE (si el Tribunal Constitucional alemán lo autoriza en septiembre), parte de nuestra deuda pública y a permitir al Banco Central Europeo a intervenir en los mercados financieros para estabilizar los tipos, siempre que se pida formalmente y cumplamos unas condiciones de política económica, porque se eliminan incertidumbres en España y se puede abordar el problema de Italia. 

El rescate de la economía española será, pues, parcial y más "suave", por el tamaño de nuestra economía y el absoluto de nuestra deuda, la menor profundidad relativa del problema y por nuestro mayor potencial de crecimiento. Y se hará en dos fases: una primera ya en marcha con el rescate bancario (un crédito de hasta 100.000 millones); y una segunda, el rescate público (de unos 150.000-180.000 millones). De hacerse así, en unos meses se resolvería parte del problema de la deuda pública y del tipo de interés, se eliminarían incertidumbres y se ganaría tiempo para las reformas estructurales de la gobernanza y la economía españolas que tenemos que hacer para salir de la crisis. Unas reformas estructurales que exigirán casi reinventarnos. 

Y, mientras, la Sra. Merkel se presentará a sus elecciones de septiembre del 2013 fiel a sus principios y habiendo salvado el euro. O sea el marco alemán de este siglo. Una moneda que conllevaba una responsabilidad que no quisimos ver y que ahora se nos exige. 

lunes, 23 de julio de 2012

Momento crítico

El viernes pasado, la prima de riesgo española superó los 610 puntos básicos, lo que significa que el tipo de interés del bono español fue del 7,27%. Un tipo de interés inasumible para el sector público porque, sólo en intereses, el año que viene pagaremos casi un 14% del total de los ingresos públicos. Un tipo de interés que está llevando a la tasa de paro a cifras escandalosas por las dificultades de financiación de las empresas. Pero, ¿por qué está la prima de riesgo tan alta? En mi opinión, por cuatro razones básicas. 

En primer lugar, la prima de riesgo está alta por la tardanza, por parte de nuestras Administraciones, en darse cuenta de la insostenibilidad de sus cuentas. Hasta mayo de 2010, el Gobierno Zapatero no tomó ninguna medida para atajar el problema. Pero es que, a lo largo del año siguiente, ninguna administración local o autonómica redujo su nivel de gasto por las elecciones que se avecinaban. Más aún, Zapatero retrasó la convocatoria de elecciones generales hasta otoño y hubo que reformar rápidamente la Constitución, en pleno agosto, como símbolo de compromiso fiscal. Llegado Rajoy al poder, su tardanza en adoptar medidas de peso, por las elecciones andaluzas, nos ha abocado al nivel que ahora tenemos. Si hoy estamos en más de 600 puntos se lo debemos, en no poca medida, a la irresponsabilidad económica de los políticos en todas las administraciones, y de cualquier partido, que sólo han pensado en términos electorales. 

La segunda razón tiene que ver con la inacción, también por razones políticas, de nuestros socios europeos. Alemania no quiere hacer más porque Merkel tiene una débil situación política, con problemas dentro de su coalición, que solo se salva por la responsable actuación de la oposición socialdemócrata. Y el Banco Central Europeo no quiere hacer más (aunque se verá obligado a hacerlo esta semana) porque quiere el control del sistema financiero español. Si Merkel no tuviera elecciones el año que viene, hablaría de los eurobonos y hubiera permitido ya al Banco Central Europeo medidas extraordinarias de compra de deuda española. La prima de riesgo, pues, escala puntos porque Europa no tiene instituciones para afrontar la crisis, la opinión pública alemana no es consciente del peligro que supone la deuda española y el BCE está haciendo una política equivocada. 

La tercera razón, probablemente la más importante, es la superficialidad de la política económica del Gobierno Rajoy. El Gobierno ha tomado muchas decisiones en los últimos meses. Algunas en la dirección correcta (como la flexibilización del mercado laboral), pero otras fallidas como las reformas financieras (que culminarán ahora con la intervención de Bruselas) o el plan fiscal que presentó hace unos días. Rajoy perdió una inmensa oportunidad de presentar un plan creíble y coherente de política económica y, en cambio, presentó un conjunto de medidas parciales (algunas necesarias) de ajuste fiscal, que no atacan las raíces del problema del déficit español: un insuficiente sistema tributario para unas administraciones públicas insostenibles, fruto de una estructura de Estado ineficiente y difícilmente reformable. El Gobierno incluso ha renunciado a una reforma estructural de la economía española porque cree que consiste en ¡la ampliación de los horarios comerciales o la ley de costas! Mientras el Gobierno viva en el activismo incoherente podrá, con suerte, bajar la prima de riesgo unos puntos, pero difícilmente resolverá el problema de los tipos de interés. 

Finalmente, la prima de riesgo está alta porque hay una especulación que es imposible de atajar por la falta de credibilidad de todos los actores de la política económica en esta crisis. 

En síntesis, para bajar la prima de riesgo española se necesita una acción decidida del Banco Central Europeo ya, una posición más europeísta de nuestros socios y un buen plan de política económica. Y todo para ayer, porque ya hemos perdido demasiado tiempo. El momento es crítico. Muy crítico. Tanto que está en juego una nueva recesión mundial con epicentro en España. 


martes, 10 de julio de 2012

Dos nadas europeas

Las dos semanas pasadas, las instituciones europeas que deben tomar decisiones sobre la política económica para salir de la crisis económica europea (de la que la española es solo una parte, y es causa y consecuencia) volvieron, como viene siendo habitual, a decepcionar. 

El Consejo Europeo, el "Gobierno de Europa", se reunió en Bruselas el 28 pasado bajo la amenaza de la "desaparición del euro" y, tras un acuerdo para reformular las instituciones (dentro de unos años), una discusión jurídica sobre los fondos de rescate y la creación (para el año que viene) de un supervisor bancario, hicieron la enésima declaración rimbombante de "paso en la construcción europea", que todos tradujeron a las opiniones públicas de sus países de origen como una "victoria" del país sobre el resto. Es decir, los políticos van a Bruselas, toman una decisión sobre lo que van a hacer dentro de un año, componen un discurso que es un canto a Europa y, luego, de vuelta hacen otro canto que niega a Europa. Tanto que el mismo lunes 2 de julio, los gobiernos de Finlandia, Austria y Holanda se desmarcaron de lo que habían pactado el día 28. Y el de Alemania matizó mucho su posición (la situación de la Sr. Merkel es cada vez más débil), con lo que el mismo miércoles, día 4, tras los debates en clave interior, ya habíamos vuelto más o menos a la situación anterior de la cumbre. Los Consejos Europeos cada vez sirven para menos porque allí no van europeístas, sino nacionalistas miopes, que todo lo traducen en política interna. Por eso, los Consejos se convierten, una semana después de celebrarse, en nada. 

Lo malo no ha sido solo que el Consejo cosechara otro fracaso en política fiscal y no tomara medidas de urgencia reales para salvar la crisis de deuda de los grandes países periféricos, es que el jueves de la semana pasada, día 5, el Banco Central Europeo bajó los tipos de interés en el 0,25%, dejando el principal en el 0,75%. Y, como es costumbre, el gobernador del Banco Central Europeo, el Sr. Draghi, dio las correspondientes explicaciones en las que reconocía que: primero, no hay expectativas de tensiones inflacionistas en la eurozona; segundo, que la economía europea no crece; tercero, que hay graves problemas en los mercados financieros que "pueden afectar" al crecimiento económico (de hecho ya lo hacen); y, cuarto, que los mercados de crédito están cerrados. Y, tras reconocer la gravedad de la situación, sostiene que se han bajado los tipos y que no se van a tomar más medidas. Con lo que la bajada de tipos sirve para muy poco, porque el problema de la política monetaria en Europa no son los tipos (que también los son), sino que no existe transmisión monetaria, es decir, que el dinero no llega a los consumidores finales (empresas y familias) porque los bancos no se prestan y no prestan. Dicho de otra forma, el Banco Central Europeo toma una medida que sabe que es ineficaz por causas que reconoce ¡y el Sr. Draghi no ve necesario tomar medidas excepcionales! Solo una dogmática visión de la política monetaria de clásico origen Bundesbank (inútil como todos los dogmatismos), el cálculo político de acaparar más poder cambiando una política más flexible por nuevas competencias (como la supervisión última del sistema financiero), una aversión muy fuerte al riesgo de equivocarse (algo que ya hace) o un intento de ganar reputación de estricto pueden explicar una política monetaria tan cínica. Una política monetaria que no tendrá casi ningún efecto en las economías con problemas. 

Y en medio de estas dos nadas europeas, la economía española sigue debatiéndose con sus enfermedades de deuda y paro. Unas enfermedades que las decisiones europeas no empeoran, si acaso alivian, pero que, desde luego, no curan. Unas enfermedades que tendremos que tratarnos solos porque la esperanza de que desde Europa venga la solución se va diluyendo en la nada.

martes, 26 de junio de 2012

La enfermedad europea

Esta semana se celebrará en Bruselas la cumbre europea de final de semestre centrada, cómo no, en la crisis. Ya la semana pasada hubo reuniones y declaraciones. Como las habrá esta semana. En ellas se dirá que la Unión Europea está en una situación crítica y que urge tomar decisiones para atajarla porque, como dice la señora Lagarde, directora del FMI, "hay tres meses para salvar al euro". Los jefes de Estado y de Gobierno, con los máximos responsables de la Unión, Barroso y Van Rompuy, discutirán dos días y llegarán a consensuar grandes declaraciones. Dirán que gracias a la "madurez del pueblo griego", a los esfuerzos de España e Italia y a los avances en la construcción europea, que se han plasmado en el "Tratado sobre Estabilidad, Coordinación y Gobernanza" en la zona euro, ahora se puede dar el paso hacia una coordinación de la política económica que nos lleve a la "senda del crecimiento económico". Se lanzará la idea de que es conveniente un nuevo Tratado, "Maastrich 2.0", que complete el de 1992 y que fije como objetivo la creación de unos Estados Unidos de Europa (aunque sin decirlo, por el fracaso de la Constitución Europea). Como esta semana, además, el Banco Central Europeo está abriendo la mano en las facilidades crediticias a las entidades financieras, especialmente españolas, los mercados se relajarán, con lo que parecerá que lo peor ha pasado. 

Por unos días parecerá que los gobiernos europeos han resuelto el problema de la deuda y diremos que Europa da un paso hacia su integración, lo que supone un rayo de esperanza para la salida de la crisis y la promesa de un futuro mejor. Y es posible que esta imagen sea cierta. Ojalá sea cierta. Pero también es posible que sea un simple espejismo hasta la siguiente crisis. Porque el problema de Europa, su enfermedad, no es la crisis de la deuda, ni la atonía económica, ni la falta de grandes declaraciones, ni de objetivos (léanse solo las primeras páginas del Tratado de Maastricht de 1992). La enfermedad europea no es económica, ni publicitaria, es más profunda, es política. 

Europa tiene una enfermedad que se manifiesta en una arquitectura institucional que es defectuosa (demasiado alejada del ciudadano, demasiado compleja, demasiado centrada en lo intergubernamental, con demasiado déficit democrático, etcétera), en liderazgos europeos débiles con discursos miopes y cortoplacistas, en la ausencia de un discurso europeísta en los medios de comunicación y en la pérdida de entusiasmo europeísta entre la ciudadanía. Europa, en medio de la crisis, vuelve a manifestar los síntomas de su enfermedad política. Una enfermedad que hará que no salgamos realmente de la crisis, sino que solo la aplacemos. 

La enfermedad europea es antigua y está muy extendida. Es genética, fruto de una mutación de principios del siglo XIX y se propaga a cada generación. Se llama nacionalismo, ha sido mortal en el siglo XX y, en este, nos condena a la nada. Los europeos somos malditamente nacionalistas. Los hay radicales, más suaves o más cínicos, pero somos nacionalistas. Y mientras lo seamos, mientras no se nos pase por la cabeza que sería bueno poder votar a un presidente europeo (nacido en Francia o en Alemania), que nos representen en el Parlamento europeo personas nacidas en Polonia o Portugal, que las grandes empresas europeas son también nuestras y que una selección europea de fútbol o de atletismo sería casi imbatible, no haremos realidad la idea de Europa, y seguiremos poniendo dificultades a la salida de la crisis y al futuro que podríamos tener. Mientras no encontremos la forma de cambiar esta enfermedad genética no haremos otra cosa que ir renqueando hacia nuestro futuro. 

Esta semana habrá cumbre europea. Y se tratará de la crisis. Pero mucho me temo que será otra más, porque entre los de los que allí se reúnan dudo que haya siquiera diez justos que no sean nacionalistas y eviten la maldición divina de nuestra lenta destrucción. 

lunes, 11 de junio de 2012

Superficialidad y ocurrencias

Siento tener que decirlo, pero de esta crisis tardaremos en salir. Mucho más de lo que desearíamos. Y no es sólo por su profundidad o la falta de liderazgo europeo, sino por la superficialidad con la que se vive y gestiona la cosa pública. 

Ante una crisis profunda que está poniendo en cuestión muchas certezas, la sociedad en su dimensión pública lo único que opone es superficialidad. Vivimos en medio de la superficialidad y casi no nos damos cuenta. Superficiales los medios de comunicación, preocupados los unos por Gibraltar y los otros por el IBI de la Iglesia; superficiales los intelectuales que sostienen "mantras indemostrables" y hacen de la anécdota la generalidad. Superficialidad en la universidad cuando cualquier exposición no puede durar más de 20 minutos, y se pretende que ideas complejas se argumenten en no más de dos páginas porque una ciudadanía que, se supone, es la más instruida de nuestra historia es incapaz de prestar atención o de leer más de cinco minutos seguidos. Vivimos rodeados de superficialidad. Somos una sociedad superficial. 

Y esta superficialidad tiene como consecuencia que nuestros políticos tienen ocurrencias que insultan la inteligencia y empeoran la situación. Porque es superficial el ministro Wert cuando dice que el aumento de la ratio de los alumnos no influye en la calidad docente, o cuando confunde los problemas de la universidad española (gobernanza, rigideces estructurales y endogamia) con la manifestación de sus problemas y quiere resolverlos con cinco artículos en un decreto. Como es superficial el ministro Guindos cuando no se da cuenta de que el problema de la banca española no se resuelve con una renacionalización y el desprestigio del Banco de España, sino con la creación de un sistema financiero europeo que reparta los riesgos de concentración (por cierto, alguien se va a hacer de oro con Bankia dentro de cinco años). Como es superficial el ministro Montoro con su reforma fiscal y su amnistía haciendo caso a tontadas de tertulia y debilitando la lucha contra el inmenso fraude fiscal que tenemos. Como es superficial el presidente Griñán cuando baja el sueldo de los funcionarios "transitoriamente" para atajar el problema del déficit que tenemos, con lo que está diciendo que la causa de este déficit es que los funcionarios andaluces ganan mucho. ¿Realmente creen Griñán y Esperanza Aguirre que el problema de sus administraciones es que sus empleados ganan mucho y no la estructura de la que se han dotado? Es claro que no han analizado sus cuentas, que no saben la dimensión de sus administraciones, que no tienen idea de la maraña paralela, de los excesos de regulación, de la locura de subvenciones de las administraciones bajo su dirección. Como es claro que ninguno fue nunca a una clase de Presupuestación de Base Cero. 

Estamos rodeados de políticos superficiales que no saben para qué sirve su trocito de poder, ni qué quieren hacer con él, ni adonde se dirigen. Sencillamente porque no son capaces de mirar más allá de hacer lo contrario de lo que dice el otro partido. Porque la política en España es tan superficial que no se hace para llevar a la sociedad a otra situación, sino para oponerse a lo que el otro puede querer. El Gobierno es siempre la oposición de la Oposición. De la misma forma que la Oposición no es la Oposición, sino la oposición de la oposición de la Oposición. De la misma forma que las regulaciones no se hacen para ordenar la acción de los ciudadanos, sino para contentar y justificar la mera existencia de la administración. Como lo importante no es lo que se haga con las subvenciones, sino que haya gente que dependa de ellas. 

Somos un país superficial que sólo tiene ocurrencias porque una mayoría sabe más de fútbol que del porqué de las cosas. Y sin porqués, todo es superficialidad y fútbol. Con el que quieren tapar la realidad de cinco millones de parados.