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lunes, 27 de agosto de 2007

Economía real y financiera

Uno de los temas en los que no suelen hacer hincapié los libros de economía es que el funcionamiento real de las economías depende de su entramado institucional. Y es que la forma en la que se pagan los impuestos, se organiza el mercado de trabajo o funciona el sistema financiero, determina el funcionamiento final de la economía porque afecta al comportamiento de las familias y al de las empresas, unidades básicas de la producción. Por eso, entre otras causas, no hay dos economías idénticas. Por eso una economía no es idéntica ni siquiera a sí misma a lo largo del tiempo, ni se pueden copiar ni repetir las estrategias de política económica. Las economías son organismos vivos que evolucionan. Y no hay dos idénticas. Tener esto en cuenta es importante porque muchos analistas económicos de chiringuito están haciendo estos días una serie de conjeturas sobre la economía española, a cuenta de lo que ocurre en la norteamericana, que hay que matizar. 

Desde un punto de vista de las instituciones y del sistema financiero hay varias diferencias importantes: la primera diferencia radica en que las familias norteamericanas pagan menos impuestos, en media, que los europeos, lo que determina que sean ellas las que deciden más claramente su nivel de consumo y de ahorro. Como su sector público no les presta tantos servicios como el nuestro (no tienen sanidad universal gratuita, ni un sistema universal de pensiones, ni universidades públicas casi gratuitas), la familia media americana tiene que ahorrar en forma de seguros médicos, planes de pensiones y fondos para la universidad de los hijos. Un ahorro que se canaliza a través de los grandes fondos de inversión que, a su vez, colocan este dinero en las empresas que cotizan en las bolsas norteamericanas (de las que Wall Street, la New York Stock Exchange, es solo una, aunque la más importante). Por otra parte, y esta es la segunda gran diferencia, las empresas americanas suelen financiarse emitiendo acciones y obligaciones convertibles por lo que acuden a los mercados, en vez de a los bancos, como hacen las empresas europeas. Como por otro lado, los dividendos se suelen pagar en forma de acciones liberadas por cuestiones fiscales, el resultado es que la evolución de la Bolsa americana no solo es determinante en el patrimonio financiero de las familias, sino también en su renta, por lo que sus fluctuaciones sí afectan al comportamiento del consumo de las familias y, a través de éste, al conjunto de la economía. El sistema financiero americano, esa institución que casa el ahorro con la inversión en una economía, está basado en los mercados, mientras que el nuestro pivota mucho más en los bancos. Y un dato corrobora lo dicho: en los Estados Unidos, casi el 70% de las familias tienen sus ahorros o parte de ellos en fondos de inversión o similares; en España, y es un hecho reciente, no llegan a 20%. 

Teniendo esto en cuenta podemos deducir que las relaciones entre economía financiera (y, por ende, variables monetarias) y economía real son mucho más intensas en los Estados Unidos que en Europa. Allí sí es cierto que la Bolsa influye en la economía real (y viceversa), en Europa es menos cierto, y en la muy estrecha bolsa española, la relación es muy tenue. De igual forma, lo dicho explica por qué el BCE y la Fed han actuado de forma diferente, pues mientras que para el BCE se trata de salvar a los Bancos, para la Fed se trata de mantener la confianza de los americanos en su bolsa. Y, finalmente, de lo expuesto también podemos deducir que, ante la situación actual, los daños que puedan causarse serán limitados y, además, que la política fiscal no puede actuar sobre ella. Por eso ha hecho bien la señora Merkel al no aceptar la propuesta del presidente Sarkozy (tan activo él) de reunir el G-8, como ha hecho bien Solbes en minimizar la situación. Y es que actuar histéricamente es, en este caso, además de erróneo, de mal gusto. 

27 de agosto de 2007 

lunes, 13 de agosto de 2007

Problemas financieros

En las últimas semanas están llegando noticias sobre quiebras de bancos hipotecarios norteamericanos, caídas en las distintas bolsas, intervenciones tanto de la Reserva Federal como del Banco Central Europeo, etc. que dan la sensación de que hay problemas financieros. 

Lo que está ocurriendo en los mercados financieros americanos es fácil de explicar. A lo largo del año 2001, y con el fin de evitar el enfriamiento de la tasa de crecimiento de la economía norteamericana, la Reserva Federal empezó una paulatina disminución de los tipos de interés. Ante los acontecimientos del 11-S, Greenspan, entonces presidente de la Reserva Federal, decidió una fuerte disminución de los tipos de interés que, en términos reales, llegaron a ser, a partir de mediados del 2002, negativos. Con tipos de interés reales negativos, las familias americanas se empezaron a endeudar, invirtiendo, al mismo tiempo, en activos inmobiliarios que, además, tenían buenas expectativas de rentabilidad. Esta inversión determinó un alza de los precios de las viviendas, a pesar de la flexibilidad de la oferta, cuyo resultado ha sido un gran crecimiento del sector de la construcción americano financiado con crédito hipotecario. Un crédito que, en los Estados Unidos, lo conceden bancos especializados, los bancos hipotecarios, que, a su vez, se financian con la colocación de paquetes de hipotecas en los mercados internacionales. La subida de los tipos de interés de los últimos años, la concesión de créditos con malas garantías y, finalmente, el exceso de viviendas vacías han provocado, en los últimos meses, una caída de los precios de las viviendas. Como, además, muchas familias se han endeudado por encima de sus posibilidades, han aumentado los créditos impagados dentro de los balances de los bancos hipotecarios haciendo que aumente el riesgo de invertir en ellos. Ante esto, los demás bancos les han cortado las líneas de financiación, por lo que muchos no pueden hacer frente a los pagos comprometidos. El resultado: la quiebra. Unas quiebras que, además, están afectando a aquellos bancos y fondos que compraron los paquetes de activos hipotecarios, y entre ellos, a algunos europeos y, seguramente, bancos chinos y asiáticos. 

Desde la perspectiva de la economía española, esta situación en los mercados norteamericanos nos puede, en mi opinión, afectar, pero más levemente de lo que los periódicos adelantan. La reacción coordinada de la Reserva Federal y del Banco Central Europeo hará que los daños sean limitados. Como por otra parte, la inflación está bajo control a ambos lados del Atlántico, los Bancos Centrales tienen margen de maniobra para mantener o estabilizar los tipos de interés reales en niveles razonables. En los Estados Unidos desaparecerán algunos bancos especializados, habrá correcciones en los niveles bursátiles y una caída de actividad en la construcción, lo que hará que su crecimiento sea más lento en unos trimestres. Pero, si solo es esto, esta situación tendrá una influencia muy lejana en nuestra economía y, en todo caso, de forma indirecta, a través de los problemas que puedan tener los alemanes y los franceses. 

Y no, no vamos a tener los mismos problemas en nuestros mercados financieros porque nosotros no tenemos bancos hipotecarios, nuestros bancos y cajas están muy vigilados en sus riesgos por parte del Banco de España y nuestros mercados son menos flexibles que los americanos. De cualquier forma, el boom hipotecario se ha pasado, pero no por contagio de lo que ocurre en los Estados Unidos, sino porque en nuestra economía se están dando causas internas similares a las que están en el origen de los actuales problemas norteamericanos. 

Dicho de otra forma, el enfriamiento de nuestra tasa de crecimiento, que ya se empieza a notar en los indicadores adelantados, no será igual ni se deberá a lo que ocurre en los Estados Unidos, sino a lo que los españoles hemos hecho, y dejado de hacer, con nuestra economía. 

13 de agosto de 2007 

lunes, 30 de julio de 2007

Optimismo

Que la economía española crece y que crecerá el año que viene a un ritmo superior al 3,5% es algo ya sabido, como lo es el que tenemos una cifra de paro por debajo del 8%, como lo es que se está consiguiendo con dos importantes equilibrios como son un buen superávit presupuestario y una moderada inflación. La economía española crece y, al menos en las cifras macroeconómicas, lo hace con buenos resultados y de forma sostenida. Estamos viviendo, así, uno de los más largos periodos de crecimiento económico de nuestra historia, de momento sólo superado por el de los sesenta, el "del Desarrollo", que duró 16 años, pero muy por encima del de los ochenta, "la Recuperación", y que sólo nos duró 7. Este que estamos viviendo, que algunos llamamos "de la Convergencia" por su origen en la política de convergencia nominal que nos llevó al euro y por la convergencia en renta con Europa que estamos experimentando, tiene, sin embargo, unas características que, más que instalarnos en la autocomplacencia, nos deben hacer pensar seriamente en cómo mantenerlo. Dicho de otra forma, que si queremos alargarlo es necesario trabajar en una nueva política económica para resolver sus debilidades. Una nueva política económica que, desde luego, no puede consistir sólo en mandar un mensaje de optimismo, sino en un conjunto de decisiones reales, muchas de ellas de política microeconómica. 

Y es que la concentración sectorial en la construcción y en los servicios de esta etapa de crecimiento es, al tiempo que una de las características que le dan mayor realce a algunas cifras, por la rapidez en que este crecimiento se convierte en empleo, una de sus grandes desventajas. Así, mientras que, en las dos grandes etapas anteriores de crecimiento, uno de los motores más importantes fue el crecimiento del sector industrial, tanto en capacidad instalada como en empleo, en esta etapa de crecimiento el sector industrial brilla por su ausencia. Estamos creciendo mucho, pero lo hacemos en sectores no directamente expuestos a la competencia internacional y con un carburante, la deuda de las familias, que terminará por agotarse más que por una subida de tipos, por los altos niveles de riesgo de las instituciones financieras. Factores de crecimiento, además, netamente internos, como muestra nuestro déficit comercial, que, cuando se agoten, son difícilmente repetibles, pues nuestro turismo de sol y playa está casi al borde de la saturación, mientras que un parque de casi 4 millones de viviendas vacías no augura un largo futuro a nuestro sector de la construcción. Es cierto que, con la prudente gestión de las cuentas públicas de los últimos años y un históricamente bajo nivel de deuda pública, es posible mantener, por un tiempo, buenos niveles de crecimiento sin más que expandir el gasto público, lo que aleja el fantasma de que este ciclo de crecimiento se acabe de forma brusca, pero no es menos cierto que si no empezamos pronto a cambiar nuestro modelo de crecimiento, ahora que la demanda internacional es fuerte y que las condiciones financieras son aún favorables, nos podemos condenar a un periodo de lento crecimiento económico en la próxima década, porque, entre otras cosas, estamos creando mucho empleo de baja cualificación y baja productividad y cambiar estas características no es inmediato. 

La economía española necesita una creíble política de oferta ya. Una política de oferta que pasa por una reactivación de los sectores industriales y de servicios avanzados con empleos de alta productividad. Y eso, por desgracia, ni se improvisa, ni es sólo cuestión de dinero, pues implica una mejor educación, una más decidida apuesta por la tecnología, unas mejores condiciones de infraestructuras, un nuevo tejido productivo y dé, como resultado, una mayor penetración en los mercados exteriores y una mayor cuota de mercado en los propios. Un reto que no se encara desde la autocomplacencia y para el que no vale sólo el optimismo. 

30 de julio de 2014 

lunes, 16 de julio de 2007

Suspensos europeos

Hace dos semanas se terminó el semestre de presidencia europea de Alemania y, como es tradición, se celebró una cumbre de jefes de Estado y de Gobierno. Una cumbre que fue un examen final de junio sobre europeísmo, sobre lo que realmente saben y piensan sobre la política y economía europea los líderes del continente. Y, como suele suceder con los malos estudiantes, lo que dijeron, a la salida del examen, sobre lo que habían hecho se parece en muy poco a lo que realmente escribieron en el examen. Y es que, junto a algunos puntos positivos, como el acuerdo de mínimos sobre la Constitución europea, hay muchos puntos negativos y demasiadas lagunas en este examen de junio. 

En primer lugar, por cómo han tratado muchos gobiernos los resultados de la cumbre, se puede colegir que la mayoría de nuestros líderes y sus técnicos, y Zapatero entre ellos, siguen sin entender que, en el mundo globalizado y policéntrico de las superpotencias que se avecina, una confederación difusa como es la Unión Europea actual tiene muy poco que hacer. Cada uno de los países europeos actúa en el panorama mundial con una voz que es mucho menos que la suma de las partes. Por eso, mientras nuestros líderes no se den cuenta que es mucho mejor actuar unidos, aunque a veces no se esté de acuerdo, que no actuar, seremos meros sujetos pasivos de los problemas que afectan al conjunto de la humanidad y simples espectadores de problemas regionales en otras partes del planeta. Nada aportamos al problema del calentamiento global; nada aportamos a la lucha contra el terrorismo global; nada decimos en la situación de Oriente Próximo y del petróleo; nada decimos en las migraciones mundiales o en los problemas africanos. Europa, como Europa, nada pinta en el mundo. 

En segundo lugar, nuestros líderes políticos siguen sin saber nada de economía moderna. Nuestros dirigentes siguen mirando la economía de su respectivo país como si fuera un ente encerrado en los estrechos límites de las rayas de colores de un mapa, sin darse cuenta de que las políticas económicas nacionales han perdido eficacia por la integración y la globalización. Y es que, en economías abiertas, las políticas fiscales y sectoriales son cada vez más ineficaces para gestionar el ciclo económico, y la experiencia alemana, francesa, italiana o portuguesa de los últimos años es clarificadora. Más aún, no se dan cuenta de que monopolios estatales, la tontada de los "campeones nacionales" o la protección de los mercados de servicios son incompatibles con una liberalización efectiva de los mercados de bienes, como ésta es incoherente con una fuerte regulación de los mercados de trabajo. Esta miope mezcla de viejas ideas da como resultado la pérdida de competitividad y la inmovilización de factores productivos. Con lo que, al final, tenemos menor tasa de crecimiento y mayor tasa de paro, al tiempo que necesitamos la emigración y dualizamos nuestros mercados de trabajo. Las economías europeas necesitan una política económica europea, no la suma descoordinada de políticas nacionales. Y bastaría fijarse en cómo está funcionando la política monetaria, protegiéndonos de la inflación en los últimos años, para convencerse de lo que hay que hacer. 

Pero la cumbre europea de Berlín, además de certificar, por enésima vez, la miopía política y la incompetencia económica de nuestros líderes y de sus equipos, ha contrastado, además, la pobreza intelectual de la mayoría. Y es que ante la tozudez de los gemelos polacos frente Alemania, los demás (y los españoles los primeros) deberían haber hecho un frente común con la canciller Merkel, recordando que la historia no puede ser un argumento político, porque el futuro no puede borrar el pasado. Quizás sea ese el problema de nuestros líderes, que creen examinarse de la historia de nuestras viejas divisiones, cuando las preguntas a las que tienen que responder son de política y economía del siglo XXI. 

16 de julio de 2007 

lunes, 18 de junio de 2007

Balance de situación

Tras el anuncio oficial de la ruptura del alto el fuego permanente, una obviedad tras el atentado de Barajas, la situación de la lucha contra el terrorismo etarra entra en una nueva/vieja fase. Y, como siempre que se termina una etapa, es conveniente hacer un balance de situación. En principio, se puede decir que a lo largo del proceso los españoles hemos conseguido sentirnos menos amenazados. Pero este argumento es falaz, porque en casi toda España esta sensación ya se tenía antes del "proceso" y, en aquellas partes en las que la amenaza era real ha seguido esta sensación de amenaza en forma de vandalismo callejero y de extorsión mafiosa, de tal forma que, aún antes de que mataran a dos pobres ecuatorianos, el proceso ya había fracasado en el País Vasco y Navarra. Más aún, ni siquiera han respetado la campaña electoral con boicoteos a los candidatos del PP y del PSOE e incluso con una bomba lapa a un candidato socialista. Así pues, poco hemos conseguido con el proceso porque nada ha dado ETA. 

ETA, en cambio, ha conseguido mucho a cambio de esa nada. ETA ha conseguido tiempo. Tiempo para rearmarse con el robo de las pistolas en Francia; tiempo para volver a entrenar a sus cachorros con la kale borroka; tiempo para volver a la extorsión que la financia; tiempo para colocar un puñado de los suyos para controlar de iure (ya controlaba de facto) muchos ayuntamientos del País Vasco y Navarra lo que, además de presencia pública, le permitirá acceder a financiación pública; tiempo para dejar en evidencia al Parlamento Europeo, al Congreso y al Gobierno; tiempo para poner dañar la confianza en las leyes y en las instituciones del Poder Judicial con el caso de De Juana; tiempo para introducir en el debate político paralelismos sin fundamento entre el problema en el País Vasco y la situación irlandesa; tiempo para dividir a los demócratas y desgastar al Gobierno; y, lo más grave, tiempo para polarizar la opinión pública española condicionando toda nuestra vida política. ETA ha ganado, pues, tiempo para recomponer sus recursos, ha minado las posiciones de los demócratas, ha metido en el debate elementos que, en la política de titulares que vivimos, van calando en una opinión pública mal informada, va ganando legitimidad y ha logrado colocar en el plano ideológico y simbólico sus posibles soluciones. Hasta ha logrado que nos olvidemos de lo muy sectarios que son los nacionalistas en la gestión diaria y los veamos como males menores dentro de la política española. ETA no ha conseguido sus objetivos estratégicos, pero ha conseguido el objetivo táctico de reforzarse, alargar el proceso y conocer con quién tiene que negociar. 

Y a cambio de todo esto poco hemos conseguido. ETA ha ganado esta partida de negociación porque la estrategia del Gobierno ha sido ambigua, más voluntarista que realista, demasiado fiada en ideologizados y pésimos análisis de los hechos, demasiado atada a la magia de las palabras y poco sensata en las personas y gestos. Y lo siento, siento de corazón y de razón que hayamos perdido esta partida. La responsabilidad de esta pérdida es, indudablemente, del Gobierno, que es quien ha dirigido la partida por nuestro bando. Colgar responsabilidades al PP es tan ideológicamente infantil que no merece ni un comentario o ¿es que alguien cree realmente que ETA se hubiera comportado de otra forma si el PP declara su apoyo al Gobierno? Ahora corresponde intentar minimizar las pérdidas de nuestro bando, fijar claramente el objetivo de la lucha antiterrorista, establecer planes operativos para cortar la financiación, el reclutamiento y la influencia de los terroristas, restablecer una argumentación racional de su anacronismo para limar su legitimidad y luchar, como ya se hizo, contra estos asesinos que desde hace demasiado tiempo nos obligan a pensar en ellos. Porque, convenzámonos, en esta lucha sí tiene que haber vencedores y vencidos. 

18 de junio de 2007 

lunes, 4 de junio de 2007

Universidad española

Los economistas, de cualquier ideología o condición, llevamos muchos años diciendo que el problema de fondo de la economía española es el del crecimiento de la productividad. Un problema que, según la macroeconomía del crecimiento, se resuelve con más inversión en capital humano y físico y un mayor ritmo de incorporación de la tecnología en los procesos productivos. Todos estamos de acuerdo y sin embargo el problema persiste. Y persiste porque no analizamos con suficiente profundidad cómo formamos a nuestro capital humano, porque no evaluamos los incentivos al ahorro, porque no tenemos indicadores de la eficiencia de las políticas tecnológicas. 

El sistema español de generación de conocimiento y formación de nuestro capital humano descansa, fundamentalmente, sobre la Universidad. Y descansa sobre ella porque nuestro sistema público de investigación es muy raquítico en medios humanos y materiales, mientras que la investigación privada empresarial en nuestro país es prácticamente irrelevante. La Universidad se convierte, entonces, en la institución cuya misión es la creación y transmisión de conocimiento, o sea, en la institución que ha de crear nuestra tecnología y ha de formar nuestro capital humano. La Universidad, además, es la clave de la formación de capital humano en España porque, fracasado por una cuestión de prestigio social el sistema de formación profesional, una parte importante de nuestros jóvenes terminan su escolaridad en ella. La Universidad española es, por tanto, la clave para el análisis de nuestro capital humano. 

Sobre nuestro sistema universitario tenemos un discurso oficial que hace hincapié en tres aspectos objetivamente ciertos: en primer lugar, que es un sistema universitario que ha crecido mucho en los últimos años y cuyo resultado ha sido el que tenemos una de las ratios más altas del mundo de alumnos universitarios, por lo que España tendrá, en el futuro, una de las mayores ratios de titulados universitarios; en segundo lugar, que es una universidad en permanente cambio; y, finalmente, que tiene problemas de endogamia profesoral y financiación. Un discurso oficial simple santificado, además, por diversos informes, empezando por el de Bricall, que abundan en estas ideas. 

Lo que no hace este discurso oficial es evaluar nuestra universidad. Si evaluáramos nuestra universidad sabríamos por qué nuestro capital humano crece poco, pues se pondría de manifiesto que el capital humano es mucho más que un número de titulados, es el conjunto de conocimientos que esos titulados tienen. Puesto que crece el número de titulados y no crece nuestro capital humano, hemos de deducir que nuestros titulados saben poco. Y si saben poco es porque nuestra universidad es de mala calidad. Y bastan unos datos para corroborarlo: en ningún ranking internacional hay ninguna universidad española entre las 100 mejores o entre las 20 primeras de Europa; España solo tiene 7 premios Nobel (5 en Literatura y 2 en Medicina y ninguno vivo), mientras que la Universidad de Cambridge, por ejemplo, ha tenido 81, Chicago 77, Oxford 46, Harvard 32 y Stanford tiene ¡17 en su claustro! (y no doy más datos como el índice Hirsch de investigación o las patentes por cada mil habitantes porque sería descorazonador). Más aún, honradamente, ¿cuántos de los que nos dedicamos a la Universidad, si tuviéramos recursos suficientes, no mandaríamos a nuestros hijos a estudiar a cualquiera de las universidades que he citado? Reconozcámoslo: tenemos muchas malas universidades. No sé qué sabio dijo que reconocer que se tiene un problema es tener media solución. Quizás porque los muy corporatistas universitarios no reconocemos que lo hacemos mal es por lo que tenemos el problema desde hace tantos años. 

4 de junio de 2007 

lunes, 7 de mayo de 2007

Consensos básicos

En la profesión económica existen tres consensos básicos que afectan al conjunto de la política económica para los países desarrollados (en los países pobres la situación es diferente) y que tienen una fuerte coherencia interna avalada por los modelos teóricos y por la experiencia. 

En política macroeconómica, casi todos los economistas estamos de acuerdo en que el primer objetivo es la estabilidad de precios, especialmente en economías muy abiertas, ya que los diferenciales de inflación conllevan pérdida de competitividad que ponen en peligro el crecimiento a largo plazo. Para alcanzar este objetivo se utiliza una política monetaria, más o menos monetarista, que gestionan Bancos Centrales independientes, complementada con una política fiscal relativamente equilibrada, sin grandes variaciones de gasto, ya que, en estos países, los Estados del Bienestar están consolidados y hay preocupación por su sostenibilidad. Y la prueba de que estas políticas están funcionando es que, en los últimos años, y a pesar de la subida del petróleo, ninguna economía desarrollada ha tenido fuertes tensiones inflacionarias, ni grandes déficits públicos, ni ha sufrido una recesión. 

Un segundo consenso es sobre las políticas de oferta. Y es que, además de factores de demanda, para fomentar el crecimiento son necesarias políticas que estimulen la inversión, tanto en capital físico como en capital humano, y, para ello, es imprescindible cambiar las políticas sectoriales por políticas de productividad. Un cambio, que aún no ha terminado de calar por razones electorales, pero que se está incorporando al discurso político y está orientando las políticas económicas de, por ejemplo, la Unión Europea. 

Un último consenso básico tiene que ver con las políticas de regulación de mercados. Y es que para aprovechar en forma de crecimiento económico tanto la estabilidad macroeconómica (que garantiza bajos tipos de interés y un marco fiscal neutral), como las políticas de oferta (mayor disponibilidad de tecnología y de mano de obra formada), es necesario que los mercados sean flexibles. Por eso las políticas sobre los mercados financieros han sido de flexibilización, lo que está permitiendo la movilización del ahorro hacia inversiones en cualquier lugar del mundo, y cuyo resultado, tanto más eficaz cuanto mayor es la credibilidad de los reguladores, es una mejor financiación de las empresas. Y algo parecido está ocurriendo en los mercados de trabajo. Los más flexibles tienen menos tasa de paro y aquellos que han sido más audaces en la política de flexibilización viven una más intensa creación de empleo (y España es el ejemplo). Una flexibilización que no supone ausencia de regulación, sino que ésta sea eficiente y, para ello, debe ser transparente, estable y vigilada por instituciones creíbles, porque, en caso contrario, no solo se corrompen los mercados y las bases de un crecimiento saludable, sino también la vida política (y buena prueba es nuestro mercado de suelo). 

Estos tres consensos básicos debieran ser conocidos por cualquiera que tenga responsabilidades de política económica. Y me consta que una mayoría de los ministros de economía que hemos tenido los conocían porque los han seguido. Por eso me preocupa que algunas personas, "cercanas a la Moncloa" y en el Ministerio de Industria, parezcan empeñados en olvidarlos y cometan errores de bulto. Algunos tan graves, y de momento latentes, como la segmentación de la unidad de mercado con las competencias cedidas a las Comunidades Autónomas. Otros tan patentes como la intervención política en la OPA sobre Endesa, que ha destrozado la credibilidad en dos reguladores tan importantes como la Comisión Nacional del Mercado de Valores y la Comisión Nacional de la Energía. 

Unos errores de bulto que pagaremos todos porque la estabilidad macroeconómica sirve para poco si corrompemos los mercados y la democracia. 

7 de mayo de 2007