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lunes, 21 de diciembre de 2015

Economía enferma

Hemos de reconocer que en los últimos meses hemos vivido una vorágine política. Las elecciones de mayo, las catalanas de septiembre, los atentados de París, las elecciones generales de ayer...Casi todo el discurso público ha estado dominado por la política. Mucho ruido político. Las propuestas de reforma de la Constitución, el tema territorial, la corrupción, el debate sobre los debates, etc., de todo eso ha habido tuits y confrontación en las redes y en los platós, aunque escasas propuestas argumentadas y sosegadas. Casi nada se ha hablado de economía, y lo poco que se ha hablado mal y dogmáticamente. Parece como si la economía española estuviera, por aquello de estar creciendo, ya sana, cuando no lo está. 

Es cierto que la economía española está recuperándose, pero aún sigue enferma. Está enferma porque no ha terminado de salir de la crisis, está bajo medicación, y una de sus constantes vitales, el paro, sigue demasiado alto. Es cierto que el punto crítico se ha superado y que hoy crece, que tiene crédito en los mercados internacionales y que está reduciendo el desempleo. Pero no es menos cierto que es una economía que crece porque está bajo los efectos de una medicación fuerte que no puede prescribirse para siempre so pena de generar adicción: una política fiscal expansiva y una política monetaria superexpansiva. Es decir, la economía española crece porque tiene un déficit público de más del 4% y no debe acostumbrarse a crecer así, sencillamente, porque acumularía una deuda pública (ya en el 100% del PIB) insostenible en el largo plazo. Como no puede acostumbrarse a unos estímulos monetarios con tipos de interés cercanos al cero, porque el resultado a largo plazo es o una nueva burbuja por crecimiento de los precios de los activos o inflación. Más aún, la economía española aún no ha definido lo que quiere hacer cuando salga del hospital, pues nadie está pensando ni en sus características esenciales, ni en su composición sectorial de dentro de diez años. Dicho de otro forma, nadie está pensando si queremos una economía exportadora o una economía de crecimiento interno; ni si queremos una economía más equilibrada o tan dependiente de lo público como hasta ahora; ni si vamos a hacer una economía medioambientalmente eficiente, o si queremos una economía más industrial o más turística. Nadie está pensando en el tamaño de nuestras empresas, ni en el grado de competencia en nuestros mercados. De momento, como cualquier enfermo convaleciente, se está dejando llevar, y está aprovechando dos circunstancias para no pensar: no va a hacer ningún esfuerzo en su dieta energética porque el petróleo está barato; como no va a hacer ningún esfuerzo en pensar en el trabajo futuro para cuando salga del hospital porque vive de las rentas turísticas, que obtiene casi sin esfuerzo y son crecientes porque a sus competidores en el Mediterráneo les va mal. 

La economía española sigue enferma y sería bueno que los políticos le dediquen una mayor atención. Eso sí, con mejores fundamentos científicos que los que han demostrado en la campaña electoral, porque ni el paro se cura con un artículo nuevo en la Constitución ya que no es la voluntad política la que genera empleos, sino la capacidad de riesgo de los empresarios cuando invierten; ni el Estado del Bienestar se hace sostenible con un Pacto (aunque sea en Toledo) porque eso no hace crecer la base poblacional ni la productividad de la población ocupada; como no se soluciona el problema de falta de tejido industrial porque Cataluña encuentre un "encaje" con el resto de España. 

Con las elecciones de ayer termina el ciclo electoral español. La legislatura que empieza será muy política porque ha habido un cambio significativo en los actores y porque las circunstancias económicas son menos perentorias. Pero se equivocarían los políticos si no le prestan atención a nuestra convaleciente economía, porque aún necesita cuidados para no recaer, pero, sobre todo, necesita mucho menos ruido. 

21 de diciembre de 2015 

lunes, 7 de diciembre de 2015

Última oportunidad

A pesar de lo que nos digan en esta campaña electoral, lo que nos estamos jugando en la Cumbre del Clima de París es mucho más determinante para nuestro futuro que lo que ocurra en las elecciones del 20-D. Sencillamente porque lo que nos estamos jugando en París es la última oportunidad de hacer algo, o de empezar a hacer algo, ante el desastre ecológico. Como ha dicho el presidente Obama, "somos la última generación que puede parar el cambio climático", la próxima será la primera en sufrir sus consecuencias. 

La cumbre de París se está desarrollando como se esperaba: grandes reuniones, grandes discursos, grandes expectativas, grandes anuncios- para unos objetivos reales tan pobres como los contenidos en el artículo 2 del borrador de acuerdo que se está discutiendo (FCCC/adp/2015/L.6, en www.cop21.gouv.fr). En el borrador que se discutirá esta semana por los ministros se puede leer: "las partes (los países) acuerdan tomar medidas urgentes y mejorar la cooperación y el apoyo para: a) Mantener el incremento de la temperatura media global por debajo de 1,5C (hasta 2ºC) de los niveles preindustriales mediante importantes reducciones de las emisiones de gases invernadero; b) Incrementar sus capacidades para adaptarse a los impactos adversos del cambio climático; c) Seguir una transformación hacia un desarrollo sostenible que fomente sociedades y economías con un clima consolidado y de bajas emisiones de gases de efecto invernadero, sin amenazar la producción y distribución de alimentos". 

O sea, que, en el mejor de los casos, tras los grandes discursos, de lo que se trata no es de intentar salvar la Tierra, sino de que la temperatura global de nuestro planeta no suba más de 1,5-2ºC, y no los 4ºC que se prevén si no se hace nada. No estamos, pues, luchando contra el cambio climático en general, sino intentando limitar uno de los daños que causamos al medioambiente. Nada se está discutiendo del resto de residuos que contaminan el aire, el agua o la tierra. Nada se está diciendo de la contaminación marina por plásticos, de la contaminación de la tierra con metales pesados o de la deforestación. Nada se dice de la pérdida de biodiversidad. Por los documentos que se están manejando en la cumbre, parece que, limitada la emisión de CO2 y otros gases invernadero, la Tierra no tuviera ninguna otra enfermedad. Desde la perspectiva de la Tierra, la cumbre de París es un gran chasco, porque es como si nos conformáramos con una enfermedad crónica. 

Sin embargo, y hay que valorarlo, esta cumbre puede suponer un avance en la lucha medioambiental pues, si se llega a firmar un acuerdo vinculante para todas las partes, se generaría un precedente de derecho internacional, que permitiría llegar a nuevos acuerdos de regulaciones medioambientales en el futuro y, por la lógica jurídica, luchar contra los intereses nacionales y empresariales que impiden avanzar más. El caso norteamericano es paradigmático y esperanzador. Hasta 2008 la doctrina oficial norteamericana era negacionista del cambio climático. En esta cumbre, los norteamericanos, en boca de su presidente, han reconocido su responsabilidad en la producción de los gases producen el calentamiento global. Reconocer la responsabilidad es el primer paso para poder firmar un acuerdo vinculante. Y firmado un acuerdo vinculante, si es ratificado por el Senado, se convierte en ley para los norteamericanos, por lo que pueden legislar para limitar la producción de energía eléctrica a partir del carbón o para aumentar las exigencias medioambientales para los automóviles. Si de esta cumbre saliera, al menos, un acuerdo como ese, no habremos salvado el planeta, pero empezaríamos a tener armas legales para hacerlo. Especialmente para controlar a los grandes culpables, pues una regulación norteamericana, y más si se le suma la europea, obligaría a China y al resto de emergentes a través de requisitos a sus exportaciones. 

De París, vienen, pues, malas y buenas noticias. Todo depende de si se mira desde la perspectiva de la Tierra o desde la más pequeña perspectiva humana. 

7 de diciembre de 2015 

lunes, 23 de noviembre de 2015

Terrorismo, fanatismo, totalitarismo

La causa última del terrorismo no es otra que el fanatismo. El pensar que hay un sistema de creencias que no sólo es el verdadero, sino que ha de ser el de todos los demás, por lo que ha de ser impuesto a los otros, aunque no quieran. La causa última del terrorismo es el fanatismo mezclado con un desprecio absoluto a la vida humana. 

El fanatismo, que es un desequilibrio psicológico y social, tiene una dimensión política que es el totalitarismo. Todo fanatismo implica un totalitarismo, sencillamente porque el fanatismo no comprende la libertad, la posibilidad de discrepancia. 

La causa del terrorismo es, pues, la existencia de fanáticos que, apoyados por países o grupos totalitarios, quieren imponernos un totalitarismo. Luchar contra el terrorismo es luchar contra el fanatismo de las personas y el totalitarismo de los grupos o países que los apoyan. 

Para luchar contra el fanatismo, hay que trabajar en tres ejes esenciales: discurso, educación y libertades. La primera base de toda línea de acción es un discurso, un relato de lo que se hace y porqué se hace. Hemos de empezar por ser conscientes de la existencia de fanatismos en el seno de nuestras sociedades, de ahí que debiéramos empezar por un discurso que reivindique los principios democráticos liberales. Hemos de reconstruir el discurso democrático básico. Sólo desde él podemos confrontar ideas con los fanáticos. 

El segundo pilar es la educación, pues la ignorancia es una de las raíces del fanatismo. Eso sí, una educación genuina, no un adoctrinamiento, pues la educación, de la misma forma que es un instrumento para la lucha contra el fanatismo, es fuente de él. De ahí la importancia de la libertad educativa y de la garantía pública de esta libertad. 

Finalmente, para luchar contra el fanatismo, es necesaria la firmeza en la defensa de las libertades. Es la contradicción liberal: la libertad es necesaria protegerla mediante leyes que obliguen a otros a ser libres. Las democracias occidentales no pueden ser tan permisivas que consientan, por ejemplo, la marginación de la mujer en sus comunidades musulmanas, incluso en detalles como el uso del velo o el absentismo de las clases de educación física. Como hemos de reclamar a los países totalitarios de Oriente Próximo el respeto de la carta de los Derechos Humanos. La misma razón que opera para presionar a otros debería operar para países como Arabia Saudí, Kuwait o los Emiratos. 

Para luchar contra los totalitarismos hay también tres ejes clave: diplomacia, inteligencia y fuerza. Diplomacia para concitar coaliciones de países para cortar las fuentes de financiación, aprovisionamiento o reclutamiento de los grupos terroristas, para allegar recursos, para ejercer presión. Diplomacia y apoyo a los grupos de orientaciones democráticas opositores en estos países totalitarios. Diplomacia y apoyo para los países que pueden servir de modelo de transición para estos países, como es el caso de Túnez. ¡Qué pena que, por pereza, dejáramos marchitar las primaveras árabes! 

Inteligencia, civil y militar, es el segundo pilar. Es necesario conocer el funcionamiento, fuentes de financiación y aprovisionamiento, personas, bases ideológicas y logísticas, etc. de las organizaciones que amparan o promueven el terrorismo, para prevenir atentados y desarticular grupos. Hemos de dedicar recursos a inteligencia a una escala mucho mayor que la de dedicamos a la lucha contra los grupos terroristas como ETA. 

Y, finalmente, y al mismo tiempo, es necesario el uso de la fuerza militar. El mundo ha de intervenir en Libia, Siria y Somalia; restaurar la integridad territorial de Irak y Afganistán; dar un serio aviso a Arabia Saudí, a los Emiratos y a Pakistán; apoyar a Túnez, Jordania, Marruecos y Turquía; presionar a Egipto e Irán para una apertura; ayudar a un cambio en Argelia; proteger a Líbano, Mauritania, Mali, RCF, Chad, Etiopía, Nigeria y Kenia. Y solucionar el problema palestino. Y ha de hacerlo todo el mundo porque todos estamos amenazados. Solo así, las muertes de París no habrán sido en vano. 

23 de noviembre de 2015 

martes, 10 de noviembre de 2015

Yo tuve amigos catalanes

Hubo una vez que tuve amigos catalanes, algunos con apellidos compuestos con i latina y otros nacidos allí de padres andaluces. Amigos catalanes que no subrayaban continuamente su catalanidad, que eran catalanes como yo soy andaluz y otros son madrileños. 

Hubo una vez que tuve amigos catalanes con los que me identificaba porque éramos de la misma edad, habíamos estudiado en colegios parecidos, en la universidad nos habían enseñado las mismas cosas, teníamos las mismas películas favoritas y parecidos gustos musicales (ellos cantaban Jarcha o Triana y nosotros a Llach y la Companya Eléctrica Dharma), vestíamos vaqueros y nos gustaban las mismas comidas. Entre nosotros, la diferencia era más de matices: Barça o Betis (o Real Madrid o Sevilla); Rioja o Penedés, pero siempre cava para brindar; aguas bravas del Atlántico o azules y transparentes del Mediterráneo. No nos distinguíamos más de lo que se distinguen los amigos de la misma pandilla. De hecho, sólo notábamos la diferencia en el acento con el que hablábamos en castellano y la usábamos para reírnos los unos de los otros. Ellos no eran capaces de imitar el acento andaluz, mientras que nosotros sí podíamos hacer chistes de catalanes. 

Hubo una vez que tuve amigos catalanes que creían en cosas parecidas a las mías, que eran demócratas, liberales o socialistas, todos con preocupación social, culturalmente cristianos (unos más creyentes que otros, incluso algún ateo), europeístas de vocación y convencimiento. Unos éramos más germanófilos y anglófilos en nuestras referencias culturales y otros más francófilos, pero todos nos sentíamos parte de la misma Europa cultural. 

Hubo una vez que tuve amigos catalanes que trabajaban en las mismas empresas que nosotros: en la Caixa, en la Seat, para la Procter, para la Nestlé. Que eran profesores de instituto o de universidad o mecánicos o empresarios, con los mismos problemas y realidades que nosotros. 

Hubo una vez que tuve amigos catalanes que eran iguales que nosotros, que lo único que nos diferenciaba era que eran, casi por naturaleza, bilingües. Y no le dábamos a eso más importancia que al que era bilingüe porque su madre era italiana, porque todos teníamos que aprender inglés o alemán para salir de España. 

Hubo una vez que tuve amigos catalanes que votaron a líderes políticos que hicieron una lectura torcida de la historia y de las leyes, y les dijeron que pagaban más impuestos que nosotros, que nosotros éramos unos vagos gorrones, que porque eran la primera economía de España, y estar más cercanos a Europa, eran más europeos y tenían derecho a tener más que los demás. 

Hubo una vez que tuve amigos catalanes y hoy ya no los tengo porque dejaron de hablar conmigo, se creyeron lo que les decían sus políticos, y construyeron un discurso en el que sólo se le puede demostrar el cariño que les tenía si uno está dispuesto a ver lo que nunca vio: que eran diferentes. 

Hoy ya no tengo amigos catalanes porque, para que sean mis amigos, tengo que comprarlos o halagarlos, porque ellos han decidido que yo los maltrato y que la culpa de su tasa de paro es nuestra. 

Hoy ya no tengo amigos catalanes porque si les digo que no veo que tenga que haber diferencias entre nosotros porque ellos hablen catalán, me toman por un rancio fascista, cuando hace sólo unos años soñábamos con un partido europeísta en que hubiera italianos, franceses, alemanes, de todas las nacionalidades. 

Hoy ya no tengo amigos catalanes sencillamente porque ellos ya no me ven como amigo suyo, sino, todo lo más, como un socio necesario. Por eso, porque ya no nos vemos como amigos, sino como socios, y sus hijos no serán amigos de mis hijos, estoy dispuesto a negociar amigablemente una separación. Eso sí, sin imposiciones por su parte y guardando las formas y la legalidad. 

Es una pena, pero hubo una vez que tuve amigos catalanes... y hoy ya no los tengo. 

9 de noviembre de 2015 

lunes, 26 de octubre de 2015

Elecciones norteamericanas

Si hay unas elecciones que marcan la política mundial son las elecciones norteamericanas. Máxime si, como ocurre con las del año que viene, son elecciones en las que tiene que haber necesariamente un cambio en la Casa Blanca. 

La campaña electoral norteamericana empieza realmente con la nominación de los candidatos de los dos principales partidos, el demócrata y el republicano. Sin embargo, desde mucho antes, la política norteamericana es un hervidero electoral. El ciclo electoral norteamericano se inicia con una larga precampaña que culmina con la celebración de primarias (en distintos sistemas según los Estados), para luego pasar a la campaña electoral propiamente dicha. Y es que, aunque ahora nos parezca una novedad en España, fueron los norteamericanos los que inventaron el sistema de primarias, básicamente como una forma de aglutinar los liderazgos de los candidatos dentro de su propio partido, y darlos a conocer a la dispersa e inmensa opinión pública que son los Estados Unidos. 

En el lado demócrata, la campaña de las primarias está dominada por una figura política de primera magnitud como es la señora Clinton. Ya hizo un primer intento en las elecciones de hace ocho años frente a Obama y, tras desempeñar el cargo de Secretaria de Estado en el primer mandato Obama, pasó a una situación de menos desgaste en la política nacional norteamericana. El anuncio, la semana pasada, del vicepresidente Biden de que no va a luchar por la nominación demócrata parece allanar el camino la señora Clinton como candidata del Partido Demócrata. Máxime cuando, también la semana pasada, salió políticamente indemne de la agotadora sesión de investigación en el Congreso sobre algunas de sus actuaciones como Secretaria de Estado. Si Hillary Clinton fuera la candidata demócrata, sería la primera vez que los norteamericanos tienen la posibilidad real de escoger una mujer como presidenta, al tiempo que sería la primera vez que el candidato ha sido pareja de un presidente anterior. En la política americana son clásicas las sagas familiares (las "dinastías presidenciales") como los Monroe, los Rooselvert, los Kennedy o los Bush. La señora Clinton será, salvo sorpresa, la candidata demócrata porque, además de ser mujer, lleva preparándose para ello casi dos décadas, tiene experiencia de gobierno, cuenta con el apoyo de los principales medios de comunicación "liberales", tiene un inmenso presupuesto y, su marido, el expresidente Clinton, es hombre de peso en el Partido Demócrata. 

El lado republicano tiene el panorama menos claro. En la actualidad, la gran atracción, especialmente por sus radicales propuestas, es el multimillonario Donald Trump. A pesar de las absurdas maneras de enemistarse con la minoría hispana (decisiva, por ejemplo, en la crucial elección del año 2000 que ganó George Bush hijo), y de sus populistas propuestas sobre impuestos, gasto público o política exterior (o precisamente por eso) es, de momento, el líder en las encuestas. Sin embargo, su estrella empieza a enfriarse a medida que suben otros políticos republicanos con más experiencia, mejor currículum y propuestas más moderadas. Hay dos que proceden de Florida, el senador Marco Rubio y el gobernador Jeff Bush, ambos haciendo una buena precampaña, experiencia política diferente, y cuentan, además, con el apoyo de una parte importante de las grandes empresas y de los medios conservadores. Por otro lado, desde California, se empieza a postular la exejecutiva Carly Fiorina, y en la costa Este se habla del congresista Boehmer. Aún es pronto para ver qué deparan las primarias republicanas, pero es probable que, a pesar de su dinero, Trump no llegue ser el candidato republicano, lo que no significa que algunas de sus más radicales propuestas no vayan a ir en el programa republicano. 

En España, las elecciones las dirimiremos en un par de meses y de ellas dependen una parte importante de nuestro bienestar. Para las norteamericanas aún queda un año, y de ellas depende el bienestar no solo de los norteamericanos, sino una parte del bienestar del resto del mundo. Estemos atentos a ellas. 

26 de octubre de 2015 

martes, 13 de octubre de 2015

Elecciones en diciembre

Las elecciones generales se acercan y empezamos a hacer conjeturas sobre su resultado. Los partidos políticos ya han hecho sus estudios para fijar la estrategia electoral, y pronto se publicarán encuestas. Todavía es temprano para afinar, porque queda toda la campaña electoral y no se conocen todos los candidatos, pero me voy a atrever a describir el panorama que vislumbro. 

En mi opinión, el PP será el partido más votado en las elecciones del 20-D, pero estará lejos de los 10,8 millones (44,2% de los votos) del 2011 y de la mayoría absoluta de 185 diputados. No solo perderá votos por el normal desgaste del Gobierno, sino porque ha tenido incumplimientos de programa, comunica mal y ha mirado hacia otro lado con la corrupción. No ganará votos con ese mensaje trasnochado "nosotros o el caos" frente a los "radicales" del PSOE, ni con el del "voto útil" frente a Ciudadanos. Y puede perder más por esa ausencia de proyecto y de entusiasmo que es intrínseco del liderazgo de Rajoy. Puede, incluso, hundirse si radicaliza sus propuestas (como sugiere Aznar) o si llenan las listas de gente con sombras de corrupción. 

Es decir, en las próximas elecciones, y en mi opinión, el PP perderá alrededor de 2,5-3,5 millones de votos (un 20-28% menos de los que tuvo en el 2011), lo que, por el sistema D'Hont, le puede llevar a perder alrededor de 35-45 escaños y la mayoría absoluta. 2,5-3,5 millones de votos que irán, seguramente, a la abstención y, en las provincias más pobladas, a Ciudadanos. 

El PSOE no aprovechará la caída del PP. Será, en mi opinión, segunda y recuperará votos respecto del 2011 (7-7,5 millones de votos), pero no los que perdió entonces, ni los que pierda el PP. Su campaña electoral será, posiblemente, estilo ZP, es decir, ligera e insustancial. El PSOE perdió el discurso territorial hace mucho tiempo (lo que le hace no tener apoyos en Madrid, ni en las Castillas, ni en Murcia), no tiene un discurso social potente y sigue sin proyecto de país y de economía. También tiene el estigma de la corrupción de los EREs y no tiene un liderazgo fuerte, pues Pedro Sánchez no controla su partido. 

Ciudadanos será, en mi opinión, la estrella de las generales. Sobre la base del millón de votos de UPyD, se puede llevar otro millón del PP en Andalucía, Madrid y Valencia y otro medio millón o más en Cataluña. Siendo tercera fuerza en Andalucía, en Cataluña, segunda o tercera en Madrid y primera o segunda en Valencia, Ciudadanos podría alcanzar 2,5-3,5 millones de votos que, por el sistema electoral, no se traduciría en muchos escaños, pero que la convertirá en el partido bisagra de la próxima legislatura. Su campaña está siendo inteligente, a pesar de la debilidad de su escasa estructura organizativa y el desconocimiento de sus candidatos. Su ventaja: un discurso centrado, un líder con ideas claras y un partido casi sin pasado. 

Podemos será, salvo que logre un acuerdo con IU, un proyecto fallido. Ya nadie se cree eso de la "transversalidad" (Podemos es un partido a la izquierda del PSOE), como nadie se cree su "nueva forma de hacer política", como se han equivocado en su discurso de "cambio radical" del sistema y de la política, etcétera pues esto ya solo cala en los que estaban previamente convencidos. Incluso han perdido su hilo argumental en los temas territoriales y no le ayuda a centrar su mensaje las ocurrencias simbólicas de sus alcaldes. En mi opinión, la pelea de Iglesias y Garzón no solo le restará votos a ambos, sino que les penalizará en el número de escaños. 

Por lo demás, asistiremos a la descomposición de CiU porque una parte importante de su millón de votos irá a Esquerra Republicana y otra a Ciudadanos. 

Esto es lo que ahora vislumbro en la niebla electoral de estos días. Veremos si esto es lo que se conforma en la realidad. 

12 de octubre de 2015 

martes, 6 de octubre de 2015

Singularidad catalana

Reconozco que a veces no entiendo a los políticos, quizás por torpeza mía, ni algunos de los conceptos que hacen circular y que repiten hasta que se convierten en tópicos. Y uno de ellos es un concepto que está proponiendo el PSOE como solución al problema de Cataluña: el concepto de la "singularidad catalana". 

Este concepto se deriva de la doctrina oficial del PSOE respecto del tema territorial. En el documento Un nuevo pacto territorial: la España de todos (Declaración de Granada de 6 de julio de 2013), se escribe textualmente (página 7): "Necesitamos reformar la Constitución para incorporar los hechos diferenciales y las singularidades políticas, institucionales, territoriales y lingüísticas que son expresión de nuestra diversidad". Lo que, aplicado a Cataluña, supondría reformar la Constitución para reconocer la "singularidad" catalana. 

Pero, ¿eso qué significa? Realmente no sé el sentido político de la palabra, pues para mí, el concepto de singularidad solo tiene significado como concepto científico o tecnológico. Desde un punto de vista científico, "singularidad" es un concepto físico que se refiere a un momento temporal (por ejemplo, el Big-Bang) a partir del cual las leyes de la física serían otras. En el ámbito tecnológico, una singularidad es un momento histórico en el que una tecnología cambia completamente el curso de la historia (por ejemplo, la escritura, la imprenta o internet). Una singularidad es, pues, un punto en el tiempo. Pero no es esto lo que creo que quiere decir el PSOE. 

El Diccionario de la Real Academia nos dice, en la segunda acepción de la palabra, que "singularidad" es la "distinción o separación de lo común". O sea, que en castellano al menos (no sé en catalán) reconocer la "singularidad" de Cataluña sería hacer con esa comunidad autónoma una "distinción o separación" del resto. "Separación" que adjetivada, como lo hace el párrafo de la Declaración de Granada, con los calificativos de "política, institucional, territorial y lingüística" nos estaría diciendo que la Constitución debería reconocer que Cataluña es un sujeto político, institucional, territorial y lingüístico diferente del resto de España. De esto se deduce, en mi opinión, que con este cambio constitucional estaríamos aceptando la independencia de Cataluña, pues cada parte reconocería a la otra diferentes reglas políticas e institucionales, por lo que ya solo faltaría el reconocimiento internacional para que fueran dos Estados independientes. Es decir, reconocer la "singularidad de Cataluña" en la Constitución sería equivalente a reconocer implícitamente la separación de Cataluña, por lo que solo faltaría ponerle fecha a la independencia. 

Pero mis razones para no estar de acuerdo con ese reconocimiento de los "hechos diferenciales" y las "singularidades" es más profundo. Es que creo que es algo intrínsecamente antidemocrático porque es contrario al ideal ilustrado de la igualdad. Uno de los pilares de la democracia liberal es que, a efectos políticos, todos los ciudadanos somos iguales, sin que sea democrático hacer ninguna distinción política o institucional por razones de género, raza, religión, ideología, lengua, origen, lugar de residencia, etcétera. Son los individuos los sujetos de los derechos y no las colectividades con los que ellos que se puedan identificar y, por lo mismo, diferenciar, del resto. Según el principio de los "hechos diferenciales y singularidades", tendríamos que aceptar constitucionalmente leyes (¿electorales?) e instituciones (¿juzgados? ¿escuelas?) diferentes para personas que vivan en distintos territorios o que hablen otra lengua. ¿Por qué no, entonces, aceptar diferencias de raza, por ejemplo, la de los gitanos, o de religión, por ejemplo, los musulmanes? Llevado al extremo, la aceptación constitucional de "hechos diferenciales" y "singularidades" nos llevaría a un régimen parecido al apartheid sudafricano o a una democracia "a la israelí". Para mí, derivar diferencias políticas e institucionales entre la ciudadanía o parte de ella es aceptar una desigualdad que no concuerda con mis ideales democráticos. Quizás por eso no puedo ser nacionalista, porque todo nacionalismo lleva el virus de un totalitarismo. Lo siento, pero cada vez entiendo menos al PSOE y a Pedro Sánchez. 

6 de octubre de 2015