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martes, 24 de mayo de 2016

Aburrimiento político

La política española, bajo esa apariencia de cambio y dinamismo, es increíblemente repetitiva. Hay poca novedad en nuestra política, pues la mayoría de las ideas que se proponen tienen décadas, cuando no algún siglo. Cambian algunas caras, cambian algunos mensajes, pero no cambian los actores, ni cambian las ideas. Tenemos una política aburrida. 

Es aburrida la monótona cantinela del Partido Popular. No es ya que Rajoy lleve más de 20 años en primera fila de la política (fue ministro en 1996), sino que los nuevos dicen lo mismo que decían sus mayores, solo que sin corbata. El PP lleva con el mismo mensaje desde que Aznar lo fijó hace 20 años: en política exterior, dos lugares comunes sobre Europa y el terrorismo internacional; en política interior, nacionalismo español; en política económica, bajar impuestos; en política educativa, clases de Religión; en el resto de los temas, mantener lo que hay; y, en cuanto a la corrupción, mirar hacia otro lado. Su debate con el PSOE se centra ahora en Zapatero, como antes en González, y moviliza a su electorado con el miedo, de raíz guerracivilista, a una “izquierda radical”. 

El PSOE es igual de repetitivo. Desde que se fue González, único líder real que ha tenido, sigue con sus luchas internas y sus contradicciones. Aún no sabemos si Pedro Sánchez es (como Almunia y Zapatero) un candidato provisional para unas elecciones o el verdadero líder del PSOE. Como no sabemos, porque ellos tampoco lo saben, si son constitucionalistas o nacionalistas de geometría variable, si creen en el Estado o en el mercado. Igual que el discurso del PP es una actualización del de Aznar, el del PSOE sigue siendo el ambiguo de Zapatero: blando en política exterior; federalista asimétrico (una contradicción) en temas territoriales; difuso en política económica; ocurrente en las demás cuestiones. Su estrategia electoral es también simple: ir contra Rajoy, sin que nos sepan decir por qué Pedro Sánchez podría ser mejor. 

Los partidos “nuevos” son, aunque parecen novedosos, “remakes” ideológicos de viejas estructuras. 

Ciudadanos recuerda mucho al Partido Reformista Democrático, el partido de Garrigues y Roca, del que fue secretario general Florentino Pérez. Un partido que intentó hace 30 años la “Operación Roca”, o sea, trasladar desde Cataluña al resto de España las ideas liberales y centradas que entonces tenía CiU. La estrategia de Ciudadanos es similar: ante el desgaste político del partido en el gobierno (entonces el PSOE y ahora el PP) y el estancamiento del otro, aparece un líder catalán, de discurso moderado y potente, que se propone como partido bisagra. Todo esto promovido por un medio de comunicación (entonces “Cambio 16” y Pedro J Ramírez) y apoyado por la CEOE. La diferencia es que Rivera no viene del nacionalismo catalán y es más fotogénico. 

Podemos es igualmente “retro” y cualquiera que viviera la Transición reconoce sus propuestas. Podemos es la coalición “vintage” de los movimientos de izquierda de los setenta, incluido ahora el Partido Comunista de España. Su asamblearismo es el mismo que se vivía en la CNT y en la ORT; sus votaciones a mano alzada siguen los manuales del PCE; el apoyo al régimen cubano y a los regímenes izquierdistas latinoamericanos es el mismo que movía a las manifestaciones anti--norteamericanas de hace 40 años, cartel del Che incluido; sus conexiones con regímenes dictatoriales son tortuosos como que los que había con la URSS o con la Rumanía de Ceaucescu; el anti--capitalismo está en cualquier pasquín del Partido de los Trabajadores. Que ahora parezcan como novedosas propuestas de Anguita, que ya eran rancias hace 30 años, sólo se puede explicar por el conservadurismo izquierdista y la moda de lo retro. 

La política española es repetitiva. En realidad, todas las elecciones generales desde hace 30 años son la misma. La política española es muy aburrida. La duda es si esto es el reflejo de una democracia madura, o de una sociedad sin imaginación que, a pesar de todo, funciona. 

23 de mayo de 2016 

lunes, 9 de mayo de 2016

Elecciones y paro

Es ya un lugar común el decir que el paro es el principal problema de la economía española. Desde la crisis del petróleo de los setenta tenemos enquistada una tasa de paro mayor que la media de los países industrializados. Nunca, en los últimos cuarenta años, la economía española se acercó a las tasas de paro del 4-5% que son las cifras de un buen mercado de trabajo. Y, precisamente porque hemos tenido estas cifras de paro durante tanto tiempo, y porque es un problema que han sufrido más del 85% de las familias españolas, el paro ha sido, desde la primera encuesta que hizo el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en 1979, la primera preocupación de la ciudadanía. Solo tras los atentados del 11-M (en 2004) y tras la ruptura de la tregua de ETA (en 2006), el terrorismo fue considerado más problemático que el paro. El paro ha sido catalogado como el principal problema de España en el 96,5% de las encuestas del CIS en los últimos 36 años. Es lógico, pues, que el paro sea uno de los ejes centrales de la campaña electoral. El problema es que las propuestas que hicieron los partidos en la anterior campaña electoral, y que ahora seguramente repetirán, no sirven para resolver el paro. De hecho, los problemas de nuestro mercado de trabajo, que van mucho más allá del paro, ni siquiera serán medianamente enfocados. 

Para empezar, el problema del paro en España no se puede ver como una mera cuestión aislada, parcial e interna, que se resuelve con un cambio de legislación, porque la economía española es una economía abierta, integrada en Europa y en el euro, tecnológica y financieramente dependiente del exterior. Más aún, el mercado de trabajo español, además del paro, tiene un conjunto muy importante de disfunciones que van desde la precariedad laboral y los bajos salarios hasta problemas de dualización, paro juvenil o de larga duración. Problemas que hay que abordar al mismo tiempo, pues la mejora en uno puede generar un empeoramiento en otro. 

Para luchar contra el paro y los demás problemas del mercado laboral español es necesario un cambio profundo de nuestro modelo productivo. Y esto implica que necesitamos más empresas, básicamente porque, en una economía moderna, más del 80% del empleo se genera en el sector privado (en España el 83,25%), siendo insostenibles ratios de empleo público superiores al 18-20%. Más empresas y empresas más grandes, más tecnológicas y volcadas a la innovación. Más empresas industriales, energéticas, de bio, de servicios avanzados... y no tanta empresa de "parque temático" orientadas hacia un turismo necesariamente estacional. Mercados de bienes y servicios mucho más flexibles y competitivos, con muchas menos regulaciones previas y fragmentadas que asfixian la iniciativa. Un sistema impositivo mucho más moderno, con un IRPF realmente progresivo, un impuesto de sociedades más competitivo y unas cotizaciones sociales mucho más bajas que no penalicen (como lo hacen) el empleo. Un mercado laboral más flexible, con un nuevo Estatuto de los Trabajadores y nuevos convenios colectivos, reformados sobre conceptos más modernos de las relaciones laborales (y no sobre viejos conceptos como "explotación" o "lucha de clases"). Una revisión profunda de la protección al desempleo (culpable en parte del paro de larga duración). Una pactada y estable reforma de nuestro sistema educativo... 

Como puede verse, para luchar contra el paro, y el resto de problemas de nuestro mercado laboral, se necesita mucho más que un mero cambio legislativo partidista o un conjunto de soluciones simples, ideológicamente sesgadas, articuladas en cinco tuits y un debate televisivo. Si alguien piensa que la solución a los problemas laborales de España es la vuelta a legislaciones antiguas, basadas en conceptos del siglo XIX, o que pasa por más empleo público sin más, sin matices, es que no sabe economía moderna o es un demagogo populista. Lo malo es que de ambos tipos tenemos muchos en la política y en los platós de televisión. 

9 de mayo de 2016 

lunes, 25 de abril de 2016

Demasiado lento por demasiado tiempo

Hace unos días el Fondo Monetario Internacional publicó la revisión de su informe de coyuntura, el World Economic Outlook (WEO), de la economía mundial. El título, Too slow for too long (Demasiado lento por demasiado tiempo), refleja la esencia del informe: la economía mundial está entrando en un periodo de lento crecimiento y, según los cálculos, este periodo puede alargarse varios años. La economía mundial creció el pasado 2015 a un ritmo de sólo el 3,1%, la tasa más baja desde el año crítico de 2009, y muy por debajo de la media de los 20 años anteriores a la crisis de 2008-09 que fue de 4,2. Las previsiones para los próximos tres años es que este crecimiento se mantendrá en el entorno del 3%. El origen de esta ralentización del crecimiento de la economía mundial se focaliza en las tres economías tractoras de la economía mundial. Así, la larguísima crisis europea (la economía europea lleva estancada por debajo del 2% desde hace casi una década), la bajada del crecimiento de la economía norteamericana (al 2,4%) y las menores tasas de la economía china hacen que las demás economías del planeta, especialmente las exportadoras de petróleo y de materias primas, sufran también una profunda caída en sus tasas de crecimiento, que se hace, a su vez, más honda, por la bajada de los precios internacionales de las materias primas. La economía mundial está entrando en una peligrosa espiral de estancamiento, pues de los cuatro motores del mundo, uno (Europa) lleva años sin funcionar, otro (Japón) hace décadas que "ni está, ni se le espera", y los dos principales (USA y China) dan muestras de fatiga. Lo peor es que este estancamiento se produce en unas condiciones de políticas fiscales moderadamente expansivas y en unos entornos monetarios sumamente expansivos, pues nunca los tipos de interés internacionales estuvieron tan bajos (en el entorno del 0,2-0,3%), ni las inyecciones de liquidez fueron nunca tan importantes como en la actualidad. 

Parece que el modelo de crecimiento de la globalización, al menos tal y como la concebimos desde los noventa, empieza a agotarse. Si analizamos el detalle de las variables macroeconómicas en las distintas economías del plantea, una parte importante de su crecimiento en las dos décadas anteriores a la crisis se explica por el crecimiento inducido desde el exterior, bien en forma de aumento de las exportaciones (Japón en su momento, Alemania, Francia o Italia desde siempre y China más recientemente), bien en forma de aumento de la inversión extranjera en su territorio (Europa periférica, Latinoamérica, Africa). La globalización, ese proceso de aumento de los flujos de intercambio que aumenta la eficiencia de los mercados, ha sido la principal causa del crecimiento mundial en las últimas décadas. Pero da muestras de agotamiento. Basta mirar al ejemplo más acabado del modelo, el proceso europeo, para saber de sus límites, pues el modelo de crecimiento de la Unión Europea de ampliaciones sucesivas tiene la misma base que el de la globalización, si bien con una estructura de instituciones democráticas y completado con unos fondos comunes que soportan políticas comunes. 

Quizás por eso, porque los líderes mundiales son conscientes de que hay que darle un nuevo impulso al modelo, es por lo que el presidente Obama está estos días negociando con la cancillera Merkel el Transatlantic Trade and Investment Partnerchip (TTIP), que crearía el área de libre comercio más grande del mundo. Pero ese impulso sería más potente si fuera más allá del libre comercio e inversión y se complementara con la expansión de los estados del bienestar de los países más pobres, como se hizo en las ampliaciones europeas. Así, no sólo creceríamos todos otra vez y más rápido, sino que creceríamos de una forma más equitativa y, probablemente, más sostenible. 

Lector impenitente del WEO desde hace años, reconozco que sueño con uno que se titule More equal, faster and greener. Algo que es eso, un sueño. 

25 de abril de 2016 

martes, 12 de abril de 2016

El peso de la historia

La semana pasada estuve en los Estados Unidos. La precampaña electoral sigue su curso y, mientras se van despejando dudas en el campo demócrata a favor de la señora Clinton (más por los errores del senador Sanders, que por aciertos propios), en el campo republicano el senador Ted Cruz intenta frenar a Trump, aunque ambos me parecen, por lo que he visto y leído, igualmente peligrosos, tanto para los Estados Unidos, como para el resto del mundo. Mi reflexión, sin embargo, no va de política norteamericana, sino de la diferente actitud con la que unos y otros presentamos lo que somos, la diferente forma de enfocar la vida pública. Es un hecho que los Estados Unidos no tienen casi historia. Cuando empiezan a construir sus primeras colonias en el Este, allá por 1620, cualquiera de nuestras ciudades tenía más de dos mil años. Y cuando empiezan a explorar su territorio, el de Europa tenía mapas de más de 400 años. No, los Estados Unidos no tienen casi historia. Por eso, es raro que ellos hablen del pasado, y menos, frente a los europeos, y cuando lo hacen lo hacen con una precisión pasmosa. Pero no les preocupa. Nosotros, sin embargo, rebosamos historia. Continuamente, cuando vamos a presentar nuestras ciudades o cuando vienen a visitarnos, hacemos alarde de nuestra historia, de lo antiguo que es todo, de nuestras tradiciones de décadas, cuando no de siglos. Contamos una historia que realmente no conocemos (¿qué sabemos realmente de las condiciones de vida, economía, leyes, salud, educación, familia o vida cotidiana en el Califato?) y de la que nos sentimos orgullosos, sin saber bien el porqué. 

Los norteamericanos no tienen casi monumentos. Los monumentos en los Estados Unidos son, en realidad, esos edificios gigantescos que son los rascacielos y, junto a ellos, esas iglesias neogóticas del siglo XIX que son malas imitaciones de Notre Dame. Nosotros, en cambio, tenemos miles de monumentos que van desde arcos de triunfo o teatros romanos hasta mezquitas y palacios de origen musulmán, junto a cientos de iglesias románicas, góticas o barrocas. En los Estados Unidos, cuando te quieren mostrar su ciudad, te suelen enseñar tres cosas: las sedes de sus empresas o sus gigantescos centros comerciales, los museos de arte moderno o de ciencias en medio de algún parque y los campus de sus universidades. Nosotros les hacemos un tour de edificios religiosos, museos llenos de reliquias y palacios. Si comparamos lo que enseñamos nosotros con lo que enseñan ellos, vemos una inmensa diferencia: nosotros nos enorgullecemos del pasado, de lo que otras generaciones, que ni conocimos, hicieron. Ellos, en cambio, se enorgullecen de lo que se hace ahora. Nosotros contamos el legado de otros, ellos cuentan lo que hacen hoy. Nosotros enseñamos edificios "muertos" (o casi) que utilizamos como reclamos de visitantes o como "photo-call" de turistas, ellos edificios que llenan todos los días de gente que trabaja, que genera ideas, en los que se hace ciencia. Nosotros contamos historias que significan muy poco o nada para la ciudadanía (¿o es que alguien aspira a ser Abderramán III?). Ellos ensalzan a modelos sociales que inspiran todos los días a miles de norteamericanos. Nosotros vivimos de lo que otros hicieron, ellos viven pensando en lo que harán en el futuro. 

Es cierto, los Estados Unidos no tienen historia, ni monumentos. Nosotros tenemos monumentos e historia. Ellos, sin embargo, viven sus monumentos, mientras que nosotros solo conservamos y explotamos los nuestros. Ellos tienen ciudades vivas que cambian y crecen todos los días, mientras nosotros hacemos de nuestras ciudades parques temáticos de sí mismas. Ellos están obsesionados por la tecnología, nosotros por la gastronomía. Ellos gastan dinero en lo que puede venir, nosotros en mantenernos como siempre. Ellos fracasan y reempiezan, nosotros evitamos fracasar. Nosotros tenemos un pasado, los norteamericanos, un futuro. Quizás sea eso lo que nos pasa: que no avanzamos por el tremendo peso de nuestra historia. 

11 de abril de 2016 

lunes, 28 de marzo de 2016

Terrorismo contra Europa

Esta Semana Santa hemos tenido otro atentado terrorista en Europa y los europeos hemos vuelto a hacer lo de siempre: hemos calificado el hecho; nos hemos solidarizado con las víctimas; cada país ha hecho el recuento de sus compatriotas y, en función de esto, se le ha dado más o menos importancia a la noticia; se ha convocado a los ministros de Interior; y, finalmente, y en paralelo, el país que ha sufrido el atentado ha hecho declaraciones duras, ha iniciado la captura del terrorista y ha reforzado la cooperación militar en Oriente Próximo. Por lo demás, todo igual. Los europeos seguimos reaccionando como si cada atentado fuera un asunto interno de cada país, como si no tuviera conexión con los demás. No nos damos cuenta de que reaccionando así somos más débiles, porque uno a uno ningún país de Europa puede luchar solo contra el terrorismo internacional. No nos damos cuenta de que reaccionando así nos encerramos en nosotros mismos, con lo que destruimos la idea de la construcción europea. No nos damos cuenta de que considerando que el atentado de Bruselas es una cuestión belga rompemos la idea misma de Europa. 

Ningún país europeo puede, por sí solo, luchar contra el terrorismo internacional. Ni Francia, ni el Reino Unido, las dos grandes potencias militares de Europa Occidental y viejos imperios coloniales en los países de donde nace el nuevo terrorismo, pueden luchar en tantos frentes. Francia, con una pequeña ayuda del resto de Europa, intenta frenar el terrorismo del Norte de África que la dispersión de los arsenales de Gadafi propició, al tiempo que, tras los atentados de París, participa activamente en la guerra de Siria. El Reino Unido, de la mano de los norteamericanos, mantiene su actividad en los países en los que tuvo intereses y en los que ha luchado recientemente: Iraq, Afganistán, Pakistán, Nigeria, Kenia, etcétera. Ambos lo hacen descoordinadamente entre sí y con el resto de los socios europeos, pues Francia sigue sin participar plenamente en la estructuras militares comunes y no comparte información, mientras que el Reino Unido mantiene su "relación especial" con los norteamericanos. Los demás socios europeos participan de una forma testimonial en esta lucha antiterrorista, tanto desde un punto de vista de información como de recursos. Una ojeada a un mapa de las misiones de defensa en las que está España, Alemania o Italia nos indica lo poco que nos involucramos los demás en la lucha antiterrorista (y no digamos los países pequeños o los del Este). Europa es frente a la amenaza terrorista poco más que un grupo desorganizado de países que dedican un residuo de su presupuesto a esta lucha. 

Pero no bastan los recursos, hace falta tener una política común antiterrorista. Hoy, más que nunca, necesitamos una política de seguridad común que vaya mucho más allá de la defensa clásica, porque las amenazas potenciales no son solo los rusos (que lo siguen siendo, especialmente para los países bálticos), sino el terrorismo internacional que se genera alrededor de nuestras fronteras. Europa necesita una política europea común antiterrorista, necesita empezar a considerar que el terrorismo en suelo europeo es un asunto de todos, porque sin esta política no movilizaremos eficazmente los recursos, ni atajaremos las causas profundas que producen tanto dolor. Frente al terrorismo internacional islámico, Europa tiene que reaccionar con más recursos y, sobre todo, con una política claramente europea. Y la prueba más evidente de que frente al terrorismo internacional es clave tener una política firme la tenemos en los Estados Unidos. En los últimos años, el número de muertes en los Estados Unidos por terroristas desde el 11-S es mucho menor que el número de víctimas de París en los atentados de noviembre, mientras que los atentados en suelo americano son cuatro veces menos (véase www.start.umd.edu). 

Frente a los problemas, necesitamos, una vez más, más Europa, no menos. Unidos podríamos reducir los atentados, separados seguiremos contando muertos. 

28 de marzo de 2016 

lunes, 14 de marzo de 2016

Traición a Europa

Ensimismados en el bucle de la superficial política española, olvidamos que en el mundo ocurren hechos que nos afectan y que deberían interpelarnos. Las elecciones norteamericanas, los problemas de China, las guerras en Oriente Próximo, etc, configuran una realidad que nos afecta. Pero de todo lo que ocurre, lo que más debería preocuparnos son las cuestiones que se dirimen en Europa. El referéndum británico, la crisis de los refugiados y el acuerdo con Turquía, la deriva autoritaria en el Este, la situación en Ucrania o Libia o la política del BCE son temas que debieran ocuparnos, y sobre los que nuestros políticos dicen poco, quizás porque lo ignoran todo. 

En Europa nos estamos jugando mucho con la forma en la que nuestros gobiernos, también el nuestro (pues estar en funciones no le exime de su responsabilidad), están abordando dos problemas que están carcomiendo la misma idea de Europa: el neonacionalismo y el olvido de principios democráticos esenciales. 

La estrategia de la construcción europea, desde la declaración Schuman de 1950, fue siempre dar pasos concretos que pusieran cada vez más cosas en común: carbón, acero, agricultura, mercados, libertades, derechos, moneda, bandera, tribunales, etc. Más asuntos en común de tal forma que no hubiera un proyecto nacional que compitiera con otros, sino una cooperación europea que compitiera en el mundo. Paso a paso se fue cediendo soberanía hasta crear un conjunto de instituciones políticas comunes, que superaran los nacionalismos que nos llevaron a las dos guerras mundiales. Europa fue el antídoto contra los nacionalismos porque ser europeísta era y es incompatible con ser nacionalista. 

Los británicos siempre estuvieron contra esta estrategia de integración. Primero, en los sesenta, creando el viejo EFTA, luego, a partir de su incorporación, ralentizando todas las cesiones de soberanía. Todos sus líderes, con muy pocas excepciones, fueron euroescépticos (lo que es una forma fina de decir nacionalistas), sencillamente, porque no creían en Europa como idea, sino como un conjunto de intereses. Cameron es el cénit de esta política. Una política a la que la miopía y ausencia de convicciones europeas del resto de los líderes ha prestado alas aceptando el chantaje del referéndum. 

El acuerdo con el Reino Unido es una traición a los principios de la construcción europea porque supone una indecente cesión al nacionalismo británico. Un neonacionalismo que también tiene alas en Hungría y Polonia y que puede dar al traste con la misma construcción europea. El nacionalismo, cualquier nacionalismo, pone en cuestión la idea de Europa y la cesión ante ellos es una traición a esa idea. 

Pero siendo esto grave, más grave es, en mi opinión, la traición a Europa que supone el olvido de principios democráticos esenciales en la gestión de los refugiados, cuyo último e indigno acto es la oferta a Turquía de 6.000 millones de euros para que interne en campos de refugiados a los que huyen de las guerras de Oriente Próximo, y el silencio cómplice con la violación de los derechos humanos del Gobierno de Erdogan. Los europeos vamos a pagar para que otros violen los Derechos Humanos por nosotros, y vamos a hacer la vista gorda, una vez más, a las derivas autoritarias del otro lado de nuestras fronteras. Vamos a caer más bajo aún de lo que ya estamos cayendo con la gestión que se está haciendo de los casi dos millones de refugiados que están en nuestras fronteras y que andamos ninguneando y ocultando. 

Si con el neonacionalismo británico (y húngaro y polaco) ponemos en peligro la construcción europea, con la gestión de la crisis de los refugiados estamos poniendo en peligro nuestra democracia y conceptos esenciales del estado de derecho, solidaridad e igualdad. Vivimos tan embobados con la política-entretenimiento que estamos consintiendo que nuestros gobiernos traicionen principios esenciales de nuestro ser como europeos. En Europa nos jugamos mucho más que quién es el próximo presidente del Gobierno, en Europa nos lo jugamos todo. Aunque no lo queramos verlo. 

14 de marzo de 2016 

lunes, 29 de febrero de 2016

Daños limitados

La política es una suma de obviedades. Una de las obviedades más repetidas es que, por razones económicas, "necesitamos cuanto antes un gobierno estable". Se argumenta que mientras no tengamos un gobierno estable la marcha de la economía puede sufrir "daños", por lo que es imprescindible conformarlo como sea y evitar nuevas elecciones. 

Es evidente que toda incertidumbre genera parálisis en la toma de decisiones. En economía, la incertidumbre sobre cualquier aspecto relevante de una decisión suele implicar su aplazamiento porque la incertidumbre impide formar expectativas que es la variable clave de las decisiones. Esto es especialmente cierto en aquellas decisiones que tienen una mayor proyección en el tiempo, como las de inversión, de tal forma que, unas elecciones, en las que puede haber un cambio de orientación en la política económica, tienen siempre impacto sobre la tasa de crecimiento en el corto plazo. Pero no daña más el funcionamiento de una economía la incertidumbre sobre un gobierno que la certeza de un gobierno estable con una política económica errónea. Es decir, lo que necesitamos para que la economía vaya bien no es necesariamente un gobierno estable, sea cual sea y pronto, sino que no haya una política económica errónea, la haga un gobierno estable o no. Dicho de otra forma, no es la ausencia de Gobierno lo que puede perjudicar nuestra tasa de crecimiento en el corto plazo, pues Gobierno en funciones tenemos de la misma forma que tenemos leyes que se siguen cumpliendo, sino la posibilidad de que haya un Gobierno que realice un cambio profundo en la orientación de nuestra política económica, virando hacia una política errónea. 

Algo que es mucho más difícil de lo que parece que saben los políticos en España, pues, el margen de autonomía que tiene cualquier Gobierno de la zona euro en su política económica es relativamente limitado. Y es que todos los países de la zona euro tienen cedida la soberanía sobre la política monetaria, como todos tienen reglas de cumplimiento de política fiscal (que no son tan fáciles de negociar como algunos de nuestros políticos creen), como tienen cedidas no pocas de las competencias sectoriales y las de regulaciones de mercados. Solo hay una política económica plenamente nacional, que es la relativa a mercado de trabajo, y otra en la que los países tienen mucha autonomía, que es la que determina la composición del gasto y de los impuestos. 

La marcha, pues, de nuestra economía no depende, pues, tanto como quiere hacérsenos creer, de lo que haga o deje de hacer nuestro Gobierno, pues tenemos soberanía compartida sobre ella con los demás socios de la Unión Europea y los de la zona euro y somos una economía pequeña abierta, integrada y endeudada. Lo que pase en los próximos años con la economía española será el fruto de las circunstancias del entorno económico (los problemas de China y los emergentes, la situación del mercado de petróleo y los efectos sobre las petroleras y el sistema bancario, los problemas en Europa), más que de las decisiones que tome el Gobierno que se forme, sea cual sea su orientación ideológica. 

Gracias a la historia, la economía española no es ya una economía cerrada, ensimismada y castiza, sino una economía abierta e integrada en Europa. Y ojalá que fuera más abierta y más integrada en Europa, pues las únicas variables económicas que estamos controlando bien son aquellas cuyas decisiones compartimos, mientras que los mercados que dependen de nosotros, como el mercado de trabajo, tendemos a gestionarlos mal (y no hay más que irse a la diferencia de nuestra tasa de paro con la europea), como solemos equivocarnos en las políticas sectoriales que no compartimos (como educación). 

Es cierto que necesitamos un gobierno y lo necesitamos ya, pero no porque sea crítico para nuestra economía, sino para nuestra salud mental, pues no creo que los españoles podamos soportar mucho tiempo más el permanente show al que nos someten nuestros políticos.

29 de febrero de 2016