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martes, 22 de agosto de 2006

Confesión

Günther Grass es, al menos en Alemania, un referente. No solo por ser uno de sus literatos vivos más premiados, sino porque la reflexión sobre la etapa nazi es el eje de su obra y ha contribuido, así, a conformar la imagen que los alemanes tienen sobre esa parte de su historia. Lo ha hecho, además, desde una actitud ética impecable, y al introducir en su trabajo elementos autobiográficos, sus opiniones adquieren legitimidad y se convierten en parte de la conciencia de Alemania. Günther Grass ha sido, así, uno de los autores que han contribuido a la superación del pasado nazi, porque, desde la asunción de su responsabilidad en ese tiempo, ha seguido viviendo con el compromiso de denunciar todo lo que pudiera llevar a la sociedad alemana a repetir aquel horror. El hecho de que haya reconocido su pertenencia a las Wafen-SS ahora, levantando una polémica ética, no desmerece su vida de virtud pública. Grass es un referente intelectual y moral porque ha sido la voz de todos aquellos que, con menos coraje moral, han aceptado su permanente confesión como si fuera propia. Grass, como afirma Juan Cruz, no ha hecho otra cosa que confesarse. Un viejo ejercicio que consiste en reconocer los hechos, juzgar su maldad, aceptarlos públicamente y, al hacerlo así, pedir perdón comprometiéndose a no volver a repetirlos. Alcanzar el perdón depende, entonces, de la magnanimidad de las víctimas, pero se obtiene la paz de conciencia. Confesar se convierte así, en una liberación, un método que permite vivir y aceptarse, ser mejor. Un camino que ha seguido Grass que le ha convertido en un referente moral. Un camino que ha seguido Alemania, a través de intelectuales como él y de gestos institucionales, convirtiéndola en un referente de democracia. 

El proceso a nuestro pasado franquista que, a instancias del Gobierno y de algunos grupos mediáticos, hemos iniciado recientemente es, si lo comparamos con el seguido por Alemania, una liturgia vacía que ni nos libera, ni nos mejora. En primer lugar, porque nadie está conociendo, y mucho menos reconociendo, lo que ocurrió. Estamos recordando estos días los acontecimientos de aquellos años, pero sólo estamos recordando las atrocidades de los que se levantaron contra la legalidad republicana, obviándose de una forma interesada lo que hicieron aquellos que decían defender esa legitimidad. Es cierto que ahora se recupera una parte anteriormente silenciada de la historia, pero no es la única parte. El conocimiento de los hechos ha de ser completo, sin maniqueísmos interesados. En segundo lugar, ha de haber un juicio moral de lo que ocurrió. Es cierto que las atrocidades del bando vencedor fueron de mayor magnitud, pero eso no atenúa las del otro bando. Como es cierto que los perdedores sufrieron infinitamente más, pero certificarlo no compensa este sufrimiento: nadie puede devolver a los muertos, ni los años perdidos en la cárcel, ni el dolor del exilio. Como tampoco los juicios atroces de la postguerra compensaron, por su carga política y de venganza, a todos los del bando vencedor. Y, en tercer lugar, del reconocimiento de los hechos y de su juicio moral no se pueden sacar réditos políticos de ningún tipo porque nadie es responsable de los actos de otro y, menos, de actos de sus antepasados. No es más demócrata Zapatero porque su abuelo fuera leal a la República, como no tiene un pecado original Bono porque su padre fuera falangista. 

Por estas tres razones, porque no queremos saber todo lo ocurrido, porque juzgamos según adcripciones tribales, porque algunos pretenden obtener ventajas políticas por lo que hicieron sus antepasados o las siglas de su partido, es por lo que a nosotros no nos mejorará este proceso de la memoria histórica, ni nos liberará de nuestro pasado, ni nos ayudará en nuestro futuro. 

De todas las heridas sociales de la guerra una de las más difíciles de curar ha sido la pérdida de intelectuales. Quizás de ahí se derive parte de nuestro problema, que no hemos tenido referentes como Günther Grass. 

21 de agosto de 2014 

lunes, 7 de agosto de 2006

La diversidad española

Este último mes de julio he estado dando un curso sobre comunidades autónomas en una universidad alemana. Un curso en el que los alumnos, además de estudiar los fundamentos jurídicos y políticos de nuestro Estado de las Autonomías, han de estudiar su diversidad geográfica, económica y política. Un curso éste que solo es posible en las flexibles universidades centroeuropeas y es impensable en las nuestras. 

En una de las últimas sesiones, uno de los alumnos, Sebastian Jacobs, me hizo una pregunta que me ha suscitado no pocas reflexiones en los últimos días. ¿Diría usted, me preguntó, que España es más diversa que Alemania? Porque para los nativos de un país es un hecho que el suyo les parece más diverso. Y eso es lógico porque conocemos mejor aquello que podemos distinguir más nítidamente. De ahí que conocer bien un país, especialmente si es tan rico culturalmente como cualquiera de los dos que consideramos, implique hacerse una idea de sus diferentes partes, de las diferencias entre las distintas comunidades que lo pueblan. 

Mi primera respuesta ante una pregunta tan elaborada fue un "no lo sé". Y es que, en primer lugar, para poder hacer una comparación intersubjetivamente convincente es necesario conocer con similar profundidad las dos culturas que comparamos, y yo, a pesar de mis diez años de cursos en Alemania, conozco mejor la cultura española. Y, en segundo lugar, para poder decir que dos cosas son diferentes tendríamos que ponernos respecto a qué términos hacemos la comparación. Porque es evidente que geográficamente, en cuanto al medio físico, hay una mayor diversidad en España que en Alemania, por la sencilla razón de que hay una mayor diferencia entre la España verde del País Vasco y la España desértica de Almería o Lanzarote o porque eso que llamamos España tiene una parte de su territorio en África. Y lo mismo ocurre en aspectos culturales porque, a pesar de los dialectos alemanes (hay una inmensa diferencia entre el bávaro y el alemán estándar), ellos no tienen lenguas tan dispares como el euskera y el castellano. En lo que no estoy seguro es de que los españoles seamos, en nuestro comportamiento y en nuestro pensamiento, tan diversos como ellos, porque los españoles tenemos, en realidad, muchos rasgos comunes que nos homogenizan. 

Pero al margen de esto, Alemania, a pesar de toda esa diversidad que sorprende al que la disfruta y vive, a pesar de las diferencias entre los Alpes y los canales de Hamburgo, entre el padre Rhin y "la" Danubio, entre el rico Oeste y el pobre Este, entre la católica y conservadora sociedad rural de la Baviera y la urbana y protestante de Berlín, entre los obreros industriales del Ruhr y los ejecutivos de Frankfort o entre las fiestas de cerveza en el sur y las del vino en el oeste, a pesar de todo Alemania es menos diversa que España porque los alemanes, desde antes de que se unificara en 1870, subrayan lo que les une, tienen instituciones (por ejemplo las universidades) y hacen proyectos de cooperación que les hacen conocerse y trabajar juntos, sin que nadie renuncie a su idiosincrasia. Y eso que una parte importante de la historia alemana fue una historia de guerras entre ellos. Por el contrario, los españoles llevamos años, especialmente en los últimos, subrayando lo que nos separa, construyendo instituciones exclusivistas y redundantes, compitiendo en el exterior unos con otros, mostrándonos profundamente insolidarios. Y eso que nosotros tenemos una larga historia de éxitos comunes y de sufrimientos comunes y hace mucho tiempo que no ha habido una guerra entre territorios en España. 

No sé, realmente, cuál de los dos países es más diverso hoy, pero sí sé cual de los dos será más diverso en una generación. Y es que, así que pasen veinte años, España será tan diversa que posiblemente esa diversidad, conscientemente subrayada, tendrá un resultado que no deseamos: que no tengamos sujeto que comparar con Alemania. 

7 de agosto de 2006 

lunes, 17 de julio de 2006

Cataluña y el País Vasco

La actividad política es, al menos en mi opinión, una actividad esencialmente racional, en la que la comprensión de los procesos y de sus consecuencias es básica para poder formarse una opinión razonable y actuar en consecuencia.

Creo que era razonable que el Gobierno de Rodríguez Zapatero quisiera abordar la reforma del Estado de las Autonomías. Es un hecho que el diseño de 1978 era un diseño abierto que, veinticinco años después, había que replantearse, tanto en el tema de las competencias como de la financiación. Incluso puedo llegar a entender, con un cierto esfuerzo, que Zapatero y Maragall quisieran emular a Suárez y Tarradellas con la recuperación de no pocos símbolos e memorias de la República. Pero no puedo quedarme conforme, por las consecuencias que tendrán, con dos resultados del proceso que se han producido sin haberse debatido abiertamente. Y es que, en el fondo, se han dilucidado dos cuestiones claves de nuestra arquitectura constitucional: la primera es que una parte de España, un territorio, puede alterar el pacto constitucional, o hacer que se altere, sin que lo discuta o decida el resto de los firmantes de aquel pacto; y, segunda, se ha decidido que el Estado español no sea federal puro, sino esa contradicción que supone ser "federal asimétrico", es decir, que unos territorios tendrán más competencias, y financiación que otros, con lo que, en la práctica, se ha acentuado la asimetría que tenía el sistema de origen, por la existencia de los Fueros navarro y vascos, y que se había corregido en parte con el referéndum andaluz y el famoso "café para todos". Se abre, así, la posibilidad de una separación a largo plazo de las comunidades con mayorías nacionalistas (que responden a sentimientos identitarios). Lo que explica el proceso que estamos viviendo en el País Vasco.

Porque, sentadas estas dos cuestiones, la Constitución, a la que curiosamente no nombró el Presidente en su discurso que certificaba el inicio del diálogo, deja de ser intocable en su contenido, aunque no se toque su letra por lo garantista de su reforma, y puede ser desbordada para amparar una mayor autonomía de algún territorio. Una mayor autonomía que puede llegar a ser la independencia, siempre que se haga desde un cierto respeto a los procedimientos y se haga con discreción. Y esto puede hacerse a iniciativa de un Parlamento, siendo el proceso catalán el precedente. Así pues, a partir de septiembre se hablará de una mesa de partidos en el País Vasco, bordeando los procedimientos democráticos, y, después de las municipales del año que viene y con HB legalizada, Ibarretxe, amparado por una nueva mayoría, planteará una reforma del Estatuto que habrá llevado a las elecciones, cuyo referéndum, después de las generales de 2008, serán un plebiscito de independencia. Eso sí, se nos dirá que esto es democrático, aunque a los demás no se nos consulte, y se invocará a Quebec y a Montenegro, y se argumentará que se ha producido en ausencia de violencia. Con lo que al fin del proceso, los terroristas de ETA habrán conseguido lo que querían, la independencia del País Vasco, a cambio de renunciar a las armas y, al menos a corto plazo, a Navarra.

Yo voté socialista en las elecciones de 2004. Y en estas mismas páginas expuse, en un ejercicio de salud democrática, las razones de ese voto. Creí, entonces, que el PSOE iba a tratar la reforma del Estado de las Autonomías con más sentido federal (el que siempre tuvo por su historia) y con más ponderación (pensé que era un partido no nacionalista). No ha sido así y, a pesar de que valoro algunas de sus iniciativas de gobierno, este gobierno ya no puede contar con mi voto. Y como no me lo puede devolver, ni se va a volver atrás en su política, mucho me temo que lo ha perdido para las próximas muchas elecciones. Mi problema, ahora, será buscar a quién dárselo. Porque el PSOE lo ha perdido, pero el PP aún no lo ha ganado.

17 de julio de 2006

lunes, 19 de junio de 2006

¿Más democracia?

En el momento en el que escribo estas líneas aún no se ha celebrado el referéndum para la aprobación del Estatuto de Cataluña, pero cuando se lean ya se habrá celebrado. Con lo que se habrá cerrado el primer acto del proceso de reforma del Estado. El debate estatutario, celebrado el referéndum catalán, ya se está terminando, incluso en las Comunidades que lo tienen, aún, en marcha. Hoy solo queda aceptar el resultado de las urnas, valorar su significado político y terminar el proceso con la aprobación de los demás. Un proceso que ha sido impecablemente democrático, pero que, al menos en mi opinión, no ha reforzado la democracia en España por un par de razones de peso. 

Y creo que no lo ha hecho, en primer lugar, porque el proceso de reforma estatutaria se ha construido sobre la idea de marginar al Partido Popular, restándose posibilidades a una alternancia efectiva. El PSOE se ha aprovechado de leyes que cambian la distribución del poder, los Estatutos, para hacer más difícil la posibilidad de alternancia. En este juego le ha ayudado la cerril y dogmática estrategia del PP que, en vez de hacer propuestas inteligentes, se ha automarginado radicalizando su discurso y cayendo en el tremendismo. El resultado es que el viraje de los socialistas hacia posiciones nacionalistas les será electoralmente rentable. A partir de ahora, el PP o gana por mayoría absoluta o tendría un gobierno inestable y en permanente conflicto con las dos Comunidades Autónomas más pobladas. Zapatero , pues, se ha mostrado como un magnífico Secretario General de PSOE (y el PSC un fuerte ariete de esta estrategia de "ir contra el PP"), lo que posiblemente lleve a su partido a mantenerse en el poder en distintas instancias, pero está siendo, desde este punto de vista, un mal presidente del Gobierno, porque esta ruptura de ese acuerdo elemental de la democracia por el que se acepta que el otro tiene buena voluntad y es parte de la comunidad, daña nuestra convivencia democrática al eliminar posibilidades de alternancia. No ha ganado, pues, nuestra democracia por la forma del proceso. 

Es cierto, en segundo lugar, que después de 25 años de funcionamiento, la descentralización política del Estado necesitaba una reforma que ordenara las competencias, permitiera un margen de libertad y adaptación a la evolución de cada autonomía y cambiara el sistema de financiación. Pero el proceso se ha deslegitimado, desde la lógica organizativa más elemental, cuando, en vez de proponerse un pacto general a partir de criterios de eficacia en la prestación de servicios y ámbitos políticos adaptados a las comunidades, el criterio de qué espacio ocupa cada administración se ha decidido por una parte. Dicho de otra forma, en un proceso lógico de reforma del Estado se debieran de haber pronunciado primero las Cortes Generales, tanto el Congreso como el Senado, sobre qué competencias deberían tener las Comunidades Autónomas (y, en su caso, haber propuesto una reforma constitucional) y si todas han de tener o no las mismas. Pero al hacerse desde una de las Comunidades, ahora se obliga al resto a ir a las competencias aprobadas para ésta con el fin de que el sistema tenga coherencia. Al final, el edificio del Estado será lo que la clase política catalana ha querido que sea porque al celebrarse el debate como se ha hecho no hemos debatido conceptos básicos como eficiencia o federalismo. Y, más grave aún, la posibilidad de rectificación en el futuro será prácticamente imposible, dada la distribución del poder al que se ha llegado y la ausencia de mecanismos de retrocesión. 

Porque en el proceso que ayer cerró se ha marginado a una parte importante de los españoles y porque el proceso está condicionado por uno de los protagonistas de tal forma que no ha habido un debate igualitario entre todos, creo que lo que estamos haciendo no beneficia la democracia en España. Más aún, posiblemente desde hoy tengamos menos democracia que la que teníamos.

lunes, 5 de junio de 2006

Latinoamérica

Latinoamérica está viviendo un interesante momento político y económico. Un momento histórico que viene, en parte determinado porque este año 2006 es año electoral en las cinco grandes potencias económicas y políticas de la región: Colombia, Perú, México, Argentina y Brasil. Cinco elecciones presidenciales a las que hay que sumar la reciente victoria de Evo Morales en Bolivia, el primer año de mandato de Oscar Tavarez en Uruguay, los elementos ya conocidos de la retórica populista de Chaves en Venezuela y el fin de ciclo, por cuestiones puramente naturales, de la dictadura cubana. 

En Latinoamérica están madurando tres procesos que se iniciaron hace ya algo más de una década: un proceso de crecimiento económico, un proceso de consolidación de instituciones democráticas, y, finalmente, un proceso de caída de la tutela norteamericana. 

Latinoamérica crece. Según informes de organismos internacionales, la economía latinoamericana ha venido creciendo en los últimos años a un ritmo medio de casi el 5%. Y hay países, por ejemplo Argentina, cuyo crecimiento ronda el 8% y no es un país petrolero. Su deuda externa global se ha reducido significativamente (México, Brasil y Argentina, otrora en suspensión de pagos, han resuelto parte de sus problemas e incluso han saldado sus deudas con el FMI), y todo ello con una cierta disciplina fiscal, sin una inflación de dos dígitos y con un cierto equilibrio en sus cuentas exteriores. La macroeconomía financiera funciona sin problemas siguiendo la receta del FMI. El problema es que todo esto se está produciendo con altas tasas de paro y salarios de miseria lo que fuerza a la emigración de una parte de la población, precisamente parte de su fuerza laboral joven y más preparada. Si a esto le sumamos que muchos de estos países han dilapidado parte de sus recursos naturales, el resultado es la persistencia de no pocos problemas económicos estructurales que generan problemas sociales y políticos, dando la imagen de que no se avanza, de que Latinoamérica vive estancada. Y es que, y lo he aprendido allí, las prescripciones de política económica del FMI sirven para convertir a un país en un buen deudor que crece y paga, pero ese crecimiento no es sinónimo de desarrollo. 

En segundo lugar, la democracia, a pesar de todo, se ha ido consolidando y hay países en los que funciona sin tentaciones caudillistas. Hoy es impensable un golpe militar en Chile, Argentina, Brasil o Uruguay, como era impensable hace unos años que en estos países gobernaran administraciones de izquierda o centro izquierda. Y de igual forma, nadie puede pensar en una vuelta al Priísmo en México, como empiezan a alejarse los fantasmas de las largas guerras civiles en Centroamérica. Los casos de Chaves o las tentaciones de Evo Morales son excepcionales, pero no dejan de ser, en parte, resultados perversos del mismo proceso democrático. La cultura democrática se está asentando en Latinoamérica. Con no pocas dificultades, puesto que defrauda a veces las expectativas, al no alcanzar suficientes mecanismos de justicia. Y es que, y también se puede aprender allí, democracia no es sólo tener derecho al voto, sino que haya también la posibilidad de ejercicio efectivo de derechos. 

Y, curiosamente, estos procesos coinciden con el momento en el que los Estados Unidos han dejado de priorizarla en su política exterior, pues se están concentrando en el agujero de Oriente Próximo (lleno, por cierto, de petróleo) y ante el reto estratégico de China, y están dejando de intervenir activa y directamente en sus asuntos. Hay datos, pues, esperanzadores de cambio en esta zona del planeta especialmente querida para nosotros. Un continente que necesita ayuda, pero no salvadores iluminados, ni internos ni externos. Un continente que necesita comprensión y no recetas milagrosas. Y esto también lo he aprendido estudiando el otro lado del Atlántico. 

lunes, 22 de mayo de 2006

Productividad II

La productividad por hora del factor trabajo, es decir, la cantidad de renta real que cada uno de los ocupados produce por hora, es una de las variables determinantes de la renta de cualquier colectivo humano. De hecho, para explicar las diferencias de renta entre países, entre comunidades autónomas, entre sectores o entre trabajadores, el primer análisis a realizar es el de la productividad. Así, la diferencia de más de un diez por ciento entre la renta per cápita de España y la media de la vieja Europa (la UE de los 15), se debe, además de a nuestra menor tasa de actividad, a nuestra menor productividad por hora, que no son compensadas ni siquiera con la más larga jornada laboral de los españoles. Por su parte, la diferencia de renta entre Andalucía y la media española, cercana al 15%, está especialmente influida, además de por las diferencias de paro, por las de productividad por hora, mucho más que por las diferencias de jornada, pues los andaluces trabajamos más horas al año que el resto de los españoles, o la cercana tasa de actividad. De donde se deduce que si los andaluces queremos alcanzar la renta per cápita de los europeos hemos de buscar la forma de reducir más firmemente nuestro paro, además de ser más productivos por hora trabajada, toda vez que, en el corto plazo de unos años, no podemos modificar muy sustancialmente la tasa de actividad, ni es razonable esperar que vayamos a aumentar, sino más bien al contrario, el número de horas trabajadas por año. En un primer análisis descriptivo se puede afirmar que la productividad media de una economía está relacionada con dos factores esenciales: la composición sectorial de la economía (y, consecuentemente, del empleo), y con el tamaño relativo de las empresas dentro de cada sector. De ahí, por ejemplo, que una primera explicación del atraso relativo de Andalucía respecto a Madrid o Cataluña nos permite afirmar que Andalucía tiene una menor renta per cápita porque tiene un sector industrial y de servicios avanzados más débil que los de las otras comunidades. Dicho de otra forma, Andalucía no alcanzará a la media española ni europea si sus motores de crecimiento son, como son ahora, la construcción y el turismo masivo, y una parte de los recursos que recibe los destina a la agricultura tradicional. Además, Andalucía necesita empresas medianas y grandes radicadas en la región. Y es que el tamaño está muy correlacionado con la inversión en I+D+i que es la fuente primaria del crecimiento de la productividad y con criterios eficientes de gestión: las empresas pequeñas, y más las de los sectores que nosotros tenemos, no invierten en ningún tipo de tecnología y muchas de ellas son ineficientes. De ahí que sea necesaria una apuesta decidida por las empresas medianas regionales, y por la atracción o creación de empresas grandes que sean, al mismo tiempo, foco de infección de la innovación en las empresas pequeñas y medianas de su mismo sector. La política microeconómica, pues, debe olvidar la clasificación sectorial tradicional y la protección de la ineficiencia para primar sencillamente las actividades empresariales que vayan en pos de una mejor utilización de los recursos productivos, se realicen en el sector productivo que se realicen. Una política microeconómica que debe ser completada, para tener éxito, con una fuerte inversión en capital humano. Pues sin gente preparada para trabajar en empresas innovadoras de cualquier sector todo esfuerzo que se haga se agotará en sí mismo. 

Lo escrito más arriba choca con lo establecido en nuestra sociedad de pequeñas y medianas empresas que se dedican a los sectores tradicionales, pero ¿es que no nos hemos aún dado cuenta de que apostando (en el sentido literal de término) como dicen nuestros políticos, siempre por lo mismo seguimos, también como siempre, a la cola de la renta per cápita europea? 


lunes, 8 de mayo de 2006

Productividad I

En los círculos económicos, tanto académicos como políticos, está de moda hablar de productividad. Y es más que bueno que este concepto esencial sea uno de los ejes de la reflexión de la política económica para el largo plazo. El problema es que no está llegando a la opinión pública, al tiempo que no se están explorando todas sus implicaciones económicas, ni el potencial que tiene para orientar la acción pública, tanto en el nivel macro como en el microeconómico. 

La productividad física de un factor de producción (trabajo, capital, tierra, etcétera) es, sencillamente, la cantidad de producto que se puede obtener de una unidad de ese factor de producción en una unidad de tiempo. Así, la productividad de un trabajador, de una máquina, de una hectárea, es la cantidad de bienes y servicios que produce, normalmente en un año, un trabajador, una máquina, una hectárea. Para transformar esta productividad física en productividad monetaria sólo habrá que multiplicar la productividad física por el precio de mercado de los bienes y servicios producidos. 

Tanto desde el punto de vista del conjunto de la economía, como desde el punto de vista de una empresa, el concepto de productividad más importante es el de la productividad de las personas que participan en el proceso de producción. Y se puede calcular fácilmente sin más que dividir el PIB (en realidad, el valor añadido bruto), el VAB de un sector o los ingresos totales de una empresa entre el número medio de trabajadores ocupados en la economía, en el sector o en la empresa. Es evidente que la productividad/hora del factor trabajo en una economía, un sector o una empresa se puede calcular a partir del anterior sin más que dividirlo entre la jornada laboral media anual medida en horas. Se obtienen así, para una economía, un sector o una empresa, dos ratios importantes, la productividad por trabajador y la productividad por hora. Y ambas ratios son esenciales en el análisis económico de cualquier nivel. 

Desde un punto de vista macroeconómico, la productividad aparente del factor trabajo es esencial. Y lo es porque la renta per capita de una economía es igual a la productividad aparente del factor trabajo multiplicada por la tasa de empleo y por la tasa de actividad. De donde se deduce que la renta per capita de un país crece cuando lo hace su productividad por hora, cuando crece su jornada laboral, cuando disminuye la tasa de paro o cuando crece su población activa. Por lo que toda política económica que lleve al crecimiento de la productividad será una política que aumentará la renta per capita. 

Pero la productividad aparente del factor trabajo es, además, importante, porque los salarios reales que se pagan en una economía y en cada uno de los sectores están íntimamente ligados a ella. Y es que, en una economía de mercado, no es posible pagar salarios reales mayores que la productividad porque, entonces, las empresas entran en pérdidas y cierran. Por eso el salario medio de una economía guarda una relación muy estrecha con la productividad aparente del factor trabajo, como el salario que recibe cada uno de los ocupados está estrechamente relacionado con su productividad. De ahí que se produzcan diferencias salariales entre los sectores de una economía: los trabajadores del sector industrial, por ejemplo, cobran más que los de la agricultura porque tienen una mayor productividad. Como es esta una de las causas por la que se producen las diferencias de rentas salariales entre trabajadores. Y, por eso, y sirva de corolario, una economía con una composición sectorial basada en la agricultura tradicional, en el turismo y en la construcción, a igualdad de paro y de población activa, tendrá siempre menos renta per capita que otra basada en la industria y los servicios avanzados. 

Llegados a este punto surgen dos preguntas obvias: ¿en qué situación está la productividad de nuestra economía?, ¿qué políticas se pueden articular para aumentar la productividad? Las respuestas, en estas mismas páginas, en catorce días. 

8 de mayo de 2006