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lunes, 8 de octubre de 2007

Analizar la coyuntura

A la hora de analizar la coyuntura económica y formar opinión sobre ella tenemos que huir de tres tentaciones importantes: la precipitación, el sensacionalismo y el ombliguismo. 

Uno se precipita cuando emite una opinión con datos incompletos. Por eso solo podemos saber lo que ocurre con suficiente base los primeros meses de cada trimestre ya que muchos de los datos fundamentales para analizar la coyuntura solo se calculan a trimestres vencidos, como, por ejemplo, los datos de la Contabilidad nacional y del mercado de trabajo. Es cierto que hay datos mensuales de algunas variables, los "indicios", que adelantan lo que estas estadísticas más precisas reflejan, pero normalmente no captan los cambios de tendencia. Por ejemplo, las matriculaciones aproximan bien la evolución del consumo privado, como el consumo de cemento lo hace de la marcha de la construcción. El problema es que estas variables tienen estacionalidad y dependen de otros factores por lo que su evolución en un mes no quiere decir que haya un cambio significativo. Más aún, estas variables solo reflejan una parte del conjunto de la actividad económica, porque los coches no son más del 10% del total del consumo privado, mientras que la construcción de viviendas es alrededor del 8 % del total del PIB. Por eso es difícil saber lo que ocurre solo con el manejo de estas variables. Así, el que las matriculaciones, por ejemplo, hayan caído este mes sobre las del año pasado no implica que no crezcamos, máxime si se tiene en cuenta que hay una rebaja impositiva en ese mercado que puede hacer que se pospongan las compras. 

La segunda tentación es el sensacionalismo. Hay últimamente en muchas opiniones, especialmente en crónicas periodísticas y discursos políticos, demasiadas palabras fuertes para juzgar la coyuntura. "Estancamiento", "crisis" o "recesión" son expresiones demasiado fuertes que se deben usar con precisión. Una economía está estancada cuando siendo positivo su nivel de crecimiento éste es inferior a su tasa potencial (algo que no puedo explicar aquí); mientras que se produce una recesión cuando una economía decrece durante más de dos trimestres consecutivos. Por eso, y en general, mientras se crezca por encima del 2% no se puede hablar de estancamiento, ni, desde luego, de recesión. Para que nos hagamos una idea: la economía española en los últimos 50 años solo ha estado en recesión en tres periodos (finales del 59, en 1981 y en 1993), ha tenido otros 12 años (entre el 77 y el 85 la mayoría) de estancamiento, y ¡35! años de crecimiento por encima del 3%. El que ahora preveamos que vamos a crecer alrededor del 3% no es, desde luego, para alarmarse, ni para hacer aspavientos. 

La tercera tentación de aquellos que forman opinión es el ombliguismo. Consiste en generalizar al conjunto lo que uno percibe en su entorno más cercano. El que uno conozca a dos personas que no encuentran trabajo o el que un amigo bancario le diga que hay más morosidad en su oficina y el pan haya subido en la panadería de la esquina no implica que estemos al borde del paro masivo, que los bancos vayan a la quiebra y que vaya a haber una alta inflación. Una economía como la española es muy grande y lo que ocurre en el barrio de uno no es lo que ocurre en todo el país. 

Huyendo de estas tres tentaciones, la descripción de la coyuntura económica española es relativamente sencilla según los datos y de las previsiones de los que disponemos. La economía española está creciendo en el entorno del 4% y, aunque se prevé una moderación en la tasa de crecimiento, lo hará también el año que viene alrededor del 3%. De igual forma, la economía española sigue creando empleo, más de doscientos mil puestos este año y otros tantos el año que viene, lo que permitirá absorber el crecimiento de la población activa, manteniendo baja la tasa de paro, aunque posiblemente aumente el número de parados en el sector de la construcción. La inflación, a pesar de las tensiones en los mercados internacionales, está relativamente controlada en el entorno del 3% (aunque sigamos con problemas de diferenciales con nuestros competidores) y seguirá en ese entorno el año que viene. Las cuentas públicas tienen superávit por sexto año consecutivo y lo tendremos el año que viene, a pesar de la expansión electoral y del menor crecimiento previsto, porque parte de los impuestos se pagan a trimestres vencidos o sobre rentas pasadas y porque las leyes de gasto tardan tiempo en ponerse a funcionar. 

No, no es que no tengamos problemas, pues seguimos con la productividad estancada, con problemas de competitividad exterior y, lo que es más grave, en la rica España aún hay pobres, lo que niego es que estemos al borde de ese precipicio económico que algunos, por razones partidistas, creen ver. 

8 de octubre de 2007 

lunes, 24 de septiembre de 2007

Contra la insensatez

Uno de los problemas de la economía, una de las paradojas de la vida social, es el del juego de las expectativas. Un juego por el que lo que creemos que va a ocurrir con el futuro influye en lo que realmente ocurre. Por eso, si todos creemos que nos va a ir bien económicamente, invertimos o gastamos más con lo que, invirtiendo y consumiendo, hacemos crecer la economía, y se cumple la profecía. Y al contrario. Y es que de las expectativas, de "ese raro estado de opinión" como las consideraba Keynes, depende, si no todo, una parte importante del desempeño de cualquier economía. Por eso, cuando se habla de economía hay que ser, primero, preciso, y, después, sensato. Mejor, casi aburrido. 

A cuenta de las turbulencias que están viviendo algunos mercados internacionales y del periodo preelectoral en el que estamos inmersos, asistimos a un espectáculo en el que muchos políticos, incluso periodistas, se están retratando, no solo como imprecisos, sino, lo que es peor, como insensatos. 

El primer insensato es nuestro presidente del Gobierno. Insensato porque, precisamente cuando hay incertidumbres lo mejor no es precipitarse en gastar el superávit, sino ser prudente hasta ver lo que pasa. Y es que, y Solbes lo sabe y por eso fue preciso, la incertidumbre se produce cuando, dadas las distintas situaciones que pueden ocurrir, no podemos asignar probabilidades de ocurrencia a una de ellas. No significa que vaya a ocurrir nada malo, sino, solo, que no sabemos si lo que va a ocurrir es bueno o malo. Por eso, ante la incertidumbre, cualquier sujeto decisor, y más si es presidente de un gobierno, ha de ser prudente. Porque para eso tenemos el superávit, para que, si es que vienen mal dadas, poder afrontar esta situación sin sacrificios. Pero solo entonces, no antes. Y así se recoge en el Plan Nacional de Reformas, aprobado en octubre de 2005, y en los documentos del Programa de Estabilidad, cuando se dice que un objetivo de la política económica es tener superávit y reducir la deuda pública como medida de precaución ante una bajada del ciclo. Más aún, es una insensatez el comprometerse a ampliar el gasto corriente, que no se ajusta al ciclo, y prometer bajada de impuestos, precisamente ahora, porque si realmente tuviéramos problemas los gastos son rígidos y no bajan, mientras los impuestos están acompasados con el ciclo, y a lo mejor tenemos que gastar el dinero en otra cosa. Insensato, pues, el presidente no solo por ignorar lo que su gobierno ha aprobado, sino por desautorizar al único ministro que sabe cómo hacer una prudente gestión de la situación. Y es insensato, además, políticamente porque, al margen de la bondad de algunas de sus propuestas (que lanza sin debate), nos trata como a niños como si el dinero que maneja no se lo hubiéramos dado nosotros con los impuestos. 

Pero no menos insensatos son algunos vociferantes miembros de la oposición. Insensato Zaplana cuando descalifica una impecable y brillante exposición del Gobernador del Banco de España por ser quién es. Insensato Acebes cuando cuestiona las palabras de Solbes y habla de ocultación, cuando el ministro solo fue preciso al calificar la situación. Estúpidamente insensatos Martínez Pujalte y otros peperos cuando hablan de crisis y fomentan el tremendismo y olvidan cómo, cuando ellos gobernaban, también hubo bajada de ciclo. 

Insensatos los políticos e insensatos esos periodistas que tratan una bajada de la Bolsa como una crisis económica o cuando, en vez de explicar las diferencias entre los bancos ingleses y los españoles, aventuran hipótesis sobre la solidez de nuestro sistema financiero. O cuando hacen tremendistas paralelismos entre la economía americana y la española. O cuando quieren hacer dudar a la ciudadanía de los datos oficiales de IPC, del paro o del crecimiento con encuestitas de mercadillo. 

La suerte de este país es que está compuesto por millones de personas sensatas que cumplen todos los días sus obligaciones. La pena es que a los insensatos los dedicamos a la política y, a otros, a la política de papel. Y esos pocos pueden estropear la convivencia del resto. 

24 de septiembre de 2007

lunes, 10 de septiembre de 2007

Demagogia

De las últimas iniciativas del ahora llamado Gobierno de España, antes Gobierno central, y del Gobierno andaluz se puede deducir que ya estamos en campaña electoral, aunque queden seis meses para las elecciones, y que, además, el PSOE tiene un cierto temor a perderlas, al menos las generales. Y, ya se sabe, un gobierno con miedo de perder se vuelve, a veces, demagógico. Y, para muestra, la iniciativa de la ley para regular el derecho de acceso a la vivienda de la Junta de Andalucía. La iniciativa presentada es, para empezar, demagógica porque su redacción es engañosa. Da la sensación de que puede beneficiar a todos o, al menos, a una mayoría (por ese límite de renta de los 37.440 euros que fija), pero, cuando se lee con detenimiento el artículo 4 de la iniciativa, uno se da cuenta de que la trampa está en que los beneficiarios serán esa minoría que no tiene vivienda en propiedad. O sea, que no se está pensando en los que están cargando con una hipoteca desde hace unos años, esa mayoría de los andaluces que han cometido la estupidez de comprar una casa, sino en los jóvenes (incluso en los hijos de papá) y en los inmigrantes. 

Además, la iniciativa es demagógica porque es jurídicamente inviable. Y ello porque el Gobierno andaluz sabe que el incumplimiento de la ley no tendría ningún efecto. ¿O alguien se imagina que los jueces, ante un incumplimiento, meterán en la cárcel o multarán al Gobierno andaluz, a la consejera o a los funcionarios? ¿O que para cumplirla se lanzará la Junta a una expropiación masiva? 

Más aún, la iniciativa es demagógica porque Chaves sabe que es políticamente inaplicable. Y es que si se abre el capítulo de la exigibilidad de los principios programáticos de la Constitución (una vieja idea de Anguita) nos ahogaremos en un mar de leyes inviables. Porque a este de la vivienda le debe seguir el del empleo (artículo 35 de la Constitución), que es la primera preocupación de los andaluces y es, además, un deber. Por cierto, si es tan buena esta ley, ¿por qué el PSOE, que también gobierna en Madrid, no ha llevado la iniciativa a través del Ministerio de la Vivienda como ley para todos los españoles? 

Item más, la iniciativa es demagógica porque los que la han escrito saben que es económicamente insostenible, ya que depende de las transferencias que, para materia de vivienda, se hagan desde el Gobierno central y de la acción de los ayuntamientos, ya ahogados económicamente. Y, finalmente, la iniciativa es estúpidamente demagógica porque es asombroso que la Junta crea ahora que va a resolver el problema del chabolismo o de nuestros barrios marginales con una simple declaración de voluntades y de apelación a la Constitución. Y es que, si es tan fácil, ¿cómo es que el Gobierno andaluz ha tardado veinticinco años en darse cuenta de su necesidad? 

Lo siento, pero tanta demagogia, de estilo venezolano, solo manifiesta la ignorancia de que los que nos gobiernan han venido haciendo gala en temas de mercados de vivienda, y que les ha llevado de fracaso en fracaso en este apartado. Y es que si supieran cómo funcionan los mercados de vivienda no hubieran pifiado con la agencia pública de alquileres, hubieran sido más eficaces a la hora de controlar el crecimiento de los precios, de ordenar el territorio o de hacer cumplir los planes de VPO. Si hubieran sido eficaces en los veinticinco años que llevan gobernándonos, no tendríamos las barriadas con infraviviendas en nuestras ciudades y no necesitaríamos una ley que nos reconociera el derecho porque ya lo ejerceríamos. 

No sé si el PSOE puede ganar algún voto con iniciativas como ésta. El mío, desde luego, no, aunque solo fuera porque, a veces, me molesta que crean que los ciudadanos somos tontos. 

10 de septiembre de 2007 

lunes, 27 de agosto de 2007

Economía real y financiera

Uno de los temas en los que no suelen hacer hincapié los libros de economía es que el funcionamiento real de las economías depende de su entramado institucional. Y es que la forma en la que se pagan los impuestos, se organiza el mercado de trabajo o funciona el sistema financiero, determina el funcionamiento final de la economía porque afecta al comportamiento de las familias y al de las empresas, unidades básicas de la producción. Por eso, entre otras causas, no hay dos economías idénticas. Por eso una economía no es idéntica ni siquiera a sí misma a lo largo del tiempo, ni se pueden copiar ni repetir las estrategias de política económica. Las economías son organismos vivos que evolucionan. Y no hay dos idénticas. Tener esto en cuenta es importante porque muchos analistas económicos de chiringuito están haciendo estos días una serie de conjeturas sobre la economía española, a cuenta de lo que ocurre en la norteamericana, que hay que matizar. 

Desde un punto de vista de las instituciones y del sistema financiero hay varias diferencias importantes: la primera diferencia radica en que las familias norteamericanas pagan menos impuestos, en media, que los europeos, lo que determina que sean ellas las que deciden más claramente su nivel de consumo y de ahorro. Como su sector público no les presta tantos servicios como el nuestro (no tienen sanidad universal gratuita, ni un sistema universal de pensiones, ni universidades públicas casi gratuitas), la familia media americana tiene que ahorrar en forma de seguros médicos, planes de pensiones y fondos para la universidad de los hijos. Un ahorro que se canaliza a través de los grandes fondos de inversión que, a su vez, colocan este dinero en las empresas que cotizan en las bolsas norteamericanas (de las que Wall Street, la New York Stock Exchange, es solo una, aunque la más importante). Por otra parte, y esta es la segunda gran diferencia, las empresas americanas suelen financiarse emitiendo acciones y obligaciones convertibles por lo que acuden a los mercados, en vez de a los bancos, como hacen las empresas europeas. Como por otro lado, los dividendos se suelen pagar en forma de acciones liberadas por cuestiones fiscales, el resultado es que la evolución de la Bolsa americana no solo es determinante en el patrimonio financiero de las familias, sino también en su renta, por lo que sus fluctuaciones sí afectan al comportamiento del consumo de las familias y, a través de éste, al conjunto de la economía. El sistema financiero americano, esa institución que casa el ahorro con la inversión en una economía, está basado en los mercados, mientras que el nuestro pivota mucho más en los bancos. Y un dato corrobora lo dicho: en los Estados Unidos, casi el 70% de las familias tienen sus ahorros o parte de ellos en fondos de inversión o similares; en España, y es un hecho reciente, no llegan a 20%. 

Teniendo esto en cuenta podemos deducir que las relaciones entre economía financiera (y, por ende, variables monetarias) y economía real son mucho más intensas en los Estados Unidos que en Europa. Allí sí es cierto que la Bolsa influye en la economía real (y viceversa), en Europa es menos cierto, y en la muy estrecha bolsa española, la relación es muy tenue. De igual forma, lo dicho explica por qué el BCE y la Fed han actuado de forma diferente, pues mientras que para el BCE se trata de salvar a los Bancos, para la Fed se trata de mantener la confianza de los americanos en su bolsa. Y, finalmente, de lo expuesto también podemos deducir que, ante la situación actual, los daños que puedan causarse serán limitados y, además, que la política fiscal no puede actuar sobre ella. Por eso ha hecho bien la señora Merkel al no aceptar la propuesta del presidente Sarkozy (tan activo él) de reunir el G-8, como ha hecho bien Solbes en minimizar la situación. Y es que actuar histéricamente es, en este caso, además de erróneo, de mal gusto. 

27 de agosto de 2007 

lunes, 13 de agosto de 2007

Problemas financieros

En las últimas semanas están llegando noticias sobre quiebras de bancos hipotecarios norteamericanos, caídas en las distintas bolsas, intervenciones tanto de la Reserva Federal como del Banco Central Europeo, etc. que dan la sensación de que hay problemas financieros. 

Lo que está ocurriendo en los mercados financieros americanos es fácil de explicar. A lo largo del año 2001, y con el fin de evitar el enfriamiento de la tasa de crecimiento de la economía norteamericana, la Reserva Federal empezó una paulatina disminución de los tipos de interés. Ante los acontecimientos del 11-S, Greenspan, entonces presidente de la Reserva Federal, decidió una fuerte disminución de los tipos de interés que, en términos reales, llegaron a ser, a partir de mediados del 2002, negativos. Con tipos de interés reales negativos, las familias americanas se empezaron a endeudar, invirtiendo, al mismo tiempo, en activos inmobiliarios que, además, tenían buenas expectativas de rentabilidad. Esta inversión determinó un alza de los precios de las viviendas, a pesar de la flexibilidad de la oferta, cuyo resultado ha sido un gran crecimiento del sector de la construcción americano financiado con crédito hipotecario. Un crédito que, en los Estados Unidos, lo conceden bancos especializados, los bancos hipotecarios, que, a su vez, se financian con la colocación de paquetes de hipotecas en los mercados internacionales. La subida de los tipos de interés de los últimos años, la concesión de créditos con malas garantías y, finalmente, el exceso de viviendas vacías han provocado, en los últimos meses, una caída de los precios de las viviendas. Como, además, muchas familias se han endeudado por encima de sus posibilidades, han aumentado los créditos impagados dentro de los balances de los bancos hipotecarios haciendo que aumente el riesgo de invertir en ellos. Ante esto, los demás bancos les han cortado las líneas de financiación, por lo que muchos no pueden hacer frente a los pagos comprometidos. El resultado: la quiebra. Unas quiebras que, además, están afectando a aquellos bancos y fondos que compraron los paquetes de activos hipotecarios, y entre ellos, a algunos europeos y, seguramente, bancos chinos y asiáticos. 

Desde la perspectiva de la economía española, esta situación en los mercados norteamericanos nos puede, en mi opinión, afectar, pero más levemente de lo que los periódicos adelantan. La reacción coordinada de la Reserva Federal y del Banco Central Europeo hará que los daños sean limitados. Como por otra parte, la inflación está bajo control a ambos lados del Atlántico, los Bancos Centrales tienen margen de maniobra para mantener o estabilizar los tipos de interés reales en niveles razonables. En los Estados Unidos desaparecerán algunos bancos especializados, habrá correcciones en los niveles bursátiles y una caída de actividad en la construcción, lo que hará que su crecimiento sea más lento en unos trimestres. Pero, si solo es esto, esta situación tendrá una influencia muy lejana en nuestra economía y, en todo caso, de forma indirecta, a través de los problemas que puedan tener los alemanes y los franceses. 

Y no, no vamos a tener los mismos problemas en nuestros mercados financieros porque nosotros no tenemos bancos hipotecarios, nuestros bancos y cajas están muy vigilados en sus riesgos por parte del Banco de España y nuestros mercados son menos flexibles que los americanos. De cualquier forma, el boom hipotecario se ha pasado, pero no por contagio de lo que ocurre en los Estados Unidos, sino porque en nuestra economía se están dando causas internas similares a las que están en el origen de los actuales problemas norteamericanos. 

Dicho de otra forma, el enfriamiento de nuestra tasa de crecimiento, que ya se empieza a notar en los indicadores adelantados, no será igual ni se deberá a lo que ocurre en los Estados Unidos, sino a lo que los españoles hemos hecho, y dejado de hacer, con nuestra economía. 

13 de agosto de 2007 

lunes, 30 de julio de 2007

Optimismo

Que la economía española crece y que crecerá el año que viene a un ritmo superior al 3,5% es algo ya sabido, como lo es el que tenemos una cifra de paro por debajo del 8%, como lo es que se está consiguiendo con dos importantes equilibrios como son un buen superávit presupuestario y una moderada inflación. La economía española crece y, al menos en las cifras macroeconómicas, lo hace con buenos resultados y de forma sostenida. Estamos viviendo, así, uno de los más largos periodos de crecimiento económico de nuestra historia, de momento sólo superado por el de los sesenta, el "del Desarrollo", que duró 16 años, pero muy por encima del de los ochenta, "la Recuperación", y que sólo nos duró 7. Este que estamos viviendo, que algunos llamamos "de la Convergencia" por su origen en la política de convergencia nominal que nos llevó al euro y por la convergencia en renta con Europa que estamos experimentando, tiene, sin embargo, unas características que, más que instalarnos en la autocomplacencia, nos deben hacer pensar seriamente en cómo mantenerlo. Dicho de otra forma, que si queremos alargarlo es necesario trabajar en una nueva política económica para resolver sus debilidades. Una nueva política económica que, desde luego, no puede consistir sólo en mandar un mensaje de optimismo, sino en un conjunto de decisiones reales, muchas de ellas de política microeconómica. 

Y es que la concentración sectorial en la construcción y en los servicios de esta etapa de crecimiento es, al tiempo que una de las características que le dan mayor realce a algunas cifras, por la rapidez en que este crecimiento se convierte en empleo, una de sus grandes desventajas. Así, mientras que, en las dos grandes etapas anteriores de crecimiento, uno de los motores más importantes fue el crecimiento del sector industrial, tanto en capacidad instalada como en empleo, en esta etapa de crecimiento el sector industrial brilla por su ausencia. Estamos creciendo mucho, pero lo hacemos en sectores no directamente expuestos a la competencia internacional y con un carburante, la deuda de las familias, que terminará por agotarse más que por una subida de tipos, por los altos niveles de riesgo de las instituciones financieras. Factores de crecimiento, además, netamente internos, como muestra nuestro déficit comercial, que, cuando se agoten, son difícilmente repetibles, pues nuestro turismo de sol y playa está casi al borde de la saturación, mientras que un parque de casi 4 millones de viviendas vacías no augura un largo futuro a nuestro sector de la construcción. Es cierto que, con la prudente gestión de las cuentas públicas de los últimos años y un históricamente bajo nivel de deuda pública, es posible mantener, por un tiempo, buenos niveles de crecimiento sin más que expandir el gasto público, lo que aleja el fantasma de que este ciclo de crecimiento se acabe de forma brusca, pero no es menos cierto que si no empezamos pronto a cambiar nuestro modelo de crecimiento, ahora que la demanda internacional es fuerte y que las condiciones financieras son aún favorables, nos podemos condenar a un periodo de lento crecimiento económico en la próxima década, porque, entre otras cosas, estamos creando mucho empleo de baja cualificación y baja productividad y cambiar estas características no es inmediato. 

La economía española necesita una creíble política de oferta ya. Una política de oferta que pasa por una reactivación de los sectores industriales y de servicios avanzados con empleos de alta productividad. Y eso, por desgracia, ni se improvisa, ni es sólo cuestión de dinero, pues implica una mejor educación, una más decidida apuesta por la tecnología, unas mejores condiciones de infraestructuras, un nuevo tejido productivo y dé, como resultado, una mayor penetración en los mercados exteriores y una mayor cuota de mercado en los propios. Un reto que no se encara desde la autocomplacencia y para el que no vale sólo el optimismo. 

30 de julio de 2014 

lunes, 16 de julio de 2007

Suspensos europeos

Hace dos semanas se terminó el semestre de presidencia europea de Alemania y, como es tradición, se celebró una cumbre de jefes de Estado y de Gobierno. Una cumbre que fue un examen final de junio sobre europeísmo, sobre lo que realmente saben y piensan sobre la política y economía europea los líderes del continente. Y, como suele suceder con los malos estudiantes, lo que dijeron, a la salida del examen, sobre lo que habían hecho se parece en muy poco a lo que realmente escribieron en el examen. Y es que, junto a algunos puntos positivos, como el acuerdo de mínimos sobre la Constitución europea, hay muchos puntos negativos y demasiadas lagunas en este examen de junio. 

En primer lugar, por cómo han tratado muchos gobiernos los resultados de la cumbre, se puede colegir que la mayoría de nuestros líderes y sus técnicos, y Zapatero entre ellos, siguen sin entender que, en el mundo globalizado y policéntrico de las superpotencias que se avecina, una confederación difusa como es la Unión Europea actual tiene muy poco que hacer. Cada uno de los países europeos actúa en el panorama mundial con una voz que es mucho menos que la suma de las partes. Por eso, mientras nuestros líderes no se den cuenta que es mucho mejor actuar unidos, aunque a veces no se esté de acuerdo, que no actuar, seremos meros sujetos pasivos de los problemas que afectan al conjunto de la humanidad y simples espectadores de problemas regionales en otras partes del planeta. Nada aportamos al problema del calentamiento global; nada aportamos a la lucha contra el terrorismo global; nada decimos en la situación de Oriente Próximo y del petróleo; nada decimos en las migraciones mundiales o en los problemas africanos. Europa, como Europa, nada pinta en el mundo. 

En segundo lugar, nuestros líderes políticos siguen sin saber nada de economía moderna. Nuestros dirigentes siguen mirando la economía de su respectivo país como si fuera un ente encerrado en los estrechos límites de las rayas de colores de un mapa, sin darse cuenta de que las políticas económicas nacionales han perdido eficacia por la integración y la globalización. Y es que, en economías abiertas, las políticas fiscales y sectoriales son cada vez más ineficaces para gestionar el ciclo económico, y la experiencia alemana, francesa, italiana o portuguesa de los últimos años es clarificadora. Más aún, no se dan cuenta de que monopolios estatales, la tontada de los "campeones nacionales" o la protección de los mercados de servicios son incompatibles con una liberalización efectiva de los mercados de bienes, como ésta es incoherente con una fuerte regulación de los mercados de trabajo. Esta miope mezcla de viejas ideas da como resultado la pérdida de competitividad y la inmovilización de factores productivos. Con lo que, al final, tenemos menor tasa de crecimiento y mayor tasa de paro, al tiempo que necesitamos la emigración y dualizamos nuestros mercados de trabajo. Las economías europeas necesitan una política económica europea, no la suma descoordinada de políticas nacionales. Y bastaría fijarse en cómo está funcionando la política monetaria, protegiéndonos de la inflación en los últimos años, para convencerse de lo que hay que hacer. 

Pero la cumbre europea de Berlín, además de certificar, por enésima vez, la miopía política y la incompetencia económica de nuestros líderes y de sus equipos, ha contrastado, además, la pobreza intelectual de la mayoría. Y es que ante la tozudez de los gemelos polacos frente Alemania, los demás (y los españoles los primeros) deberían haber hecho un frente común con la canciller Merkel, recordando que la historia no puede ser un argumento político, porque el futuro no puede borrar el pasado. Quizás sea ese el problema de nuestros líderes, que creen examinarse de la historia de nuestras viejas divisiones, cuando las preguntas a las que tienen que responder son de política y economía del siglo XXI. 

16 de julio de 2007