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lunes, 30 de mayo de 2011

Flores de mayo

Si mayo del pasado año fue importante porque en ese mes se reorientó nuestra política económica, este mes de mayo del 2011 será clave para nuestro futuro porque está cambiando radicalmente la situación política. Las consecuencias de las elecciones del 22 de mayo y el nacimiento del movimiento 15-M son dos de los elementos clave del nuevo panorama político nacional que es necesario analizar cuidadosamente. Voy a empezar por este último porque es el más transitorio, dejando para un artículo posterior el análisis de las elecciones del 22 de mayo. 

Los movimientos 15-M son, en mi opinión, más un síntoma del descontento que un desafío real al sistema institucional que tenemos. Porque ni el procedimiento en el que se basan es un procedimiento realmente democrático, ni el resultado de sus deliberaciones, su manifiesto, es algo más que un cúmulo de eslóganes políticos inconexos y, en parte, alejados de los problemas de la ciudadanía. Empecemos por lo evidente. El hecho de concentrarse en la calle o acampar en una plaza pública para protestar y debatir es, además del ejercicio de un derecho constitucional, una forma de protesta y participación política vieja y poco efectiva (salvo excepciones), aunque esté resultando muy mediática. 

Para empezar, es una forma de participación política vieja. Incluso sabemos, cuando se generalizan, hasta dónde pueden llegar. Y basta con hacer un breve análisis histórico. Porque las asambleas de descontentos (indignados, diríamos ahora) tienen un magnífico precedente que los de estas concentraciones deberían estudiar: los soviets. Originariamente, los soviets fueron asambleas de obreros, campesinos y soldados que pacíficamente debatían de política y de reformas y culminaron en la revolución de 1917. Su evolución posterior es conocida. 

Como tampoco es, a pesar de las apariencias, una forma de democracia más pura que la que representativa que tenemos, porque su forma de articulación no lo es más democrática. Y hay numerosos estudios sobre el tema. Realmente la democracia asamblearia no es más democrática que la democracia representativa porque es una forma de formulación de las preferencias colectivas en la que no todos tienen la misma representación. Es cierto, por ejemplo, que el actual sistema de partidos es una poliarquía (en la terminología de Robert Dahl), pero el que pudiera organizarse a través de un sistema de asambleas no es más representativo. 

Más aún, el sistema asambleario, de democracia directa, es terriblemente ineficiente. Porque por ese sistema no es posible articular un discurso político más allá de unos principios generales, con los que es imposible estar en desacuerdo, como los que contiene el primer manifiesto, aunque tiene lagunas inmensas e incomprensibles que espero que subsanen en elaboraciones posteriores. Me temo que el mismo sistema hace imposible ir más allá, pues, ¿alguien cree posible hacer una ley tributaria, un código penal o una ley de educación a partir de asambleas reunidas en plazas?, ¿se podría hacer una ley bancaria o un plan de ordenación urbana a partir de reuniones de democracia directa?, ¿sería posible articular una política económica a partir de votaciones a mano alzada y debates en plan "happening"? 

Lo siento, pero esto del 15-M me parece una fiebre juvenil oportunista y primaveral. Juvenil porque son ellos los principales protagonistas, oportunista porque se ha calculado para una semana antes de las únicas elecciones en España que son fijas, y primaveral porque no veo a los acampados en pleno invierno de Madrid. 

Por todo lo anterior, antes de magnificar la participación directa en la democracia representativa, sería conveniente que se estudiara lo que ha ocurrido en California en los últimos años, pues desde que se aprobó la ley de participación y referéndum solo han aprobado leyes que suponen incremento del gasto público, por lo que hoy una de las economías más ricas del planeta está al borde de la quiebra como Grecia. 

Lo siento, pero gobernar la realidad social es algo más complejo que reunirse y votar. Aunque me encanta que también la generación de jóvenes actuales tenga su happening político que contar en el futuro. 

lunes, 16 de mayo de 2011

Información, anuncios y elecciones

En pleno ciclo electoral, pues esto no se acaba hasta marzo del año que viene, vamos a asistir a una guerra de cifras y de valoraciones económicas que, bajo la apariencia de exactitud y rigor, manipulan a la opinión pública a la vez que la confunden. Por eso, permítanme un artículo no electoral (o muy electoral) sobre las cifras económicas y los informes económicos que ahora nos invaden. La información, ese aumento del conocimiento sobre el mundo que nos permite actuar racionalmente, es clave en economía, como en cualquier actividad humana, porque condiciona lo que hacemos. Cuanta más información relevante tengamos sobre cualquier asunto con más probabilidad tomaremos una mejor decisión. Por eso, con poca información o información incompleta las decisiones son siempre azarosas. Por otra parte, si se quiere condicionar una acción, si se quiere manipularla, basta con condicionar la información que le llega al que tiene que realizarla. De ahí la importancia de los medios de comunicación libres en la democracia y la importancia de la transparencia de los gobiernos. De ahí, también, el interés de todos los gobiernos, incluso la mayoría de los democráticos, en manejar o filtrar la información. 

El manejo de la información es clave para la política y, desde luego, en política económica. Máxime si tenemos en cuenta que la información gobierna las expectativas y que de éstas depende, en no poca medida, el desempeño de la economía. Por eso una parte esencial de la política económica es la gestión de las expectativas a través de lo que llamamos "anuncios". Es decir, una información dada al servicio de un objetivo determinado. Así, si un banco central anuncia, como ha hecho hace poco el Banco Central Europeo, que subirán los tipos de interés, lo más probable es que los tipos suban casi inmediatamente. De igual forma, si todos los agentes coinciden en que la economía está mal, como ha venido ocurriendo con la economía española, la economía se deteriora porque nadie invierte, nadie contrata, nadie consume. Más aún, se puede llegar al extremo de la "pequeña mentira" (little lie) de las empresas americanas que, normalmente, hacen sus previsiones sobreestimando el crecimiento económico en unas décimas porque su economía es muy dependiente de las expectativas. Y lo mismo, pero a la inversa, hacen, por ejemplo, las agencias de calificación y los bancos de inversión que sobreestiman las malas noticias para subir los tipos de interés o la prima de riesgo. 

Incluso las declaraciones de responsables de no pocos organismos oficiales caen en la manipulación informativa cuando hacen valoraciones de datos. Así, el Fondo Monetario Internacional o la Comisión Europea declaran en público que aplauden "las medidas de reforma" de nuestro gobierno, pero en la letra pequeña de sus informes, la que solo los académicos leemos, escriben diplomáticamente que son insuficientes. Esta discrepancia se explica porque lo que se publica y llega a la opinión pública, lo que genera expectativas realmente, son las declaraciones y resúmenes de prensa, y el FMI y a la Comisión, por ejemplo, tienen verdadero interés en que España no tenga que ser rescatada, porque serían estos organismos los que tendrían que poner el dinero del rescate. 

¿A quién creer entonces? La regla general debe ser la respuesta de la siguiente pregunta: ¿gana el que da la información algo con darla? Si gana votos o dinero con la información que da, sospéchese. No es que la información que dé sea, per se, mala, es que puede estar sesgada, por lo que es bueno contrastarla con otras fuentes. Precisamente por eso, confío, por ejemplo, en la información de los organismos oficiales independientes como el INE, en los del Banco de España o en los de los gobiernos democráticos con leyes de transparencia, y no me creo los datos e informes de los bancos comerciales, ni los de los think tank de los partidos políticos. Quizás porque estamos en campaña electoral. O porque me voy haciendo un viejo incrédulo. 

lunes, 2 de mayo de 2011

4.910.200 razones para una reforma

De la Encuesta de Población Activa que se publicó el viernes pasado se pueden comentar muchas cifras. Sin embargo, hay una que sobrecoge. En esta España nuestra, hay 4.910.200 personas paradas. Léase despacio: en España hay cuatro-millones-novecientos-diez-mil-doscientas personas que quieren trabajar y no encuentran empleo. Y eso que hay bastantes que se han desanimado y han salido de la población activa. Sólo en el último trimestre 256.300 personas se han quedado paradas, 2.847 parados más diarios. 

Pasada la primera impresión de la cifra, lo primero que se puede concluir es que nuestro mercado de trabajo funciona mal, terriblemente mal, porque produce paro. No es posible que una economía que ya ha terminado su ajuste en el sector más empleador de los últimos años (la construcción), y que está en tasas de crecimiento del 0,6-0,8%, siga destruyendo empleo como lo está haciendo España. Ya no es sólo que la economía española necesite crecer por encima del 2,5% para crear empleo neto, es que produciendo lo mismo que el año pasado, que eso es lo que significa estancamiento, las empresas españolas dejan de necesitar 250.000 personas en un trimestre. 

¿Qué está pasando? La respuesta es que la crisis española está entrando ya en una "segunda ronda", un segundo círculo vicioso de deterioro (que otro día comentaré), causada por la cobardía y la tardanza en las reformas, empezando por las del mercado laboral. Por eso las reformas de mercado de trabajo, de sistema financiero, de administraciones públicas, de sistema impositivo, de gasto público son ya perentorias. Cuanto más se tarde en hacerlas, más drásticas tendrán que ser. Hoy hay 4.910.200 razones para una reforma radical de nuestra economía. Cada día que pasa hay unos miles de razones más. 

Para empezar, el mercado de trabajo español tiene una legislación y una fiscalidad absurdas. Porque no puede ser razonable una arquitectura jurídica laboral que genera tanto paro y que sólo incumpliéndola genere puestos de trabajo. Nadie en su sano juicio puede considerar que nuestro derecho laboral (laboral puro, sindical y de representación en las empresas, de negociación colectiva, etc.) es razonable cuando en los últimos treinta años ha producido sistemáticamente más paro que ninguna otra regulación laboral de los países desarrollados. No puede ser buena una legislación laboral que discrimina a los jóvenes o que hace que los empresarios prefieran no contratar. Es cierto que nuestro problema de paro no es sólo un problema legislativo de condiciones laborales o de negociación colectiva, también es un problema de costes laborales (empezando por las cotizaciones sociales y siguiendo por la indexación de salarios) y de expectativas de demanda, pero por la misma lógica que hay que replantear y reformar el sistema financiero, hay que reformar, radical y profundamente, nuestra arquitectura laboral. Porque la crisis de paro es un drama personal de casi 5 millones de personas. 

Esta reforma es responsabilidad de nuestros legisladores y de nuestros agentes sociales. Una responsabilidad que han de asumir, so pena de ser unos irresponsables. Porque no pueden ser gente responsable aquellos que, pudiendo reformar las instituciones del mercado de trabajo, no lo hacen porque están en una permanente trifulca de insultos y declaraciones preelectorales, o aquellos otros que llevan meses "negociando" pequeñas reformas parciales, mientras tenemos casi 5 millones de parados. En cualquier democracia decente el Gobierno hubiera dimitido asumiendo su fracaso o la oposición hubiera presentado una moción de censura avanzando propuestas. La economía española necesita, además de otras, una profunda y urgente reforma laboral. Una reforma laboral que modifique la forma de la negociación colectiva y la representación de los trabajadores en la empresa, dé flexibilidad a los contratos, acompase el crecimiento salarial y reduzca los componentes no salariales del coste laboral, elimine la dualidad, etc. Todo ello sin menoscabo de los derechos legítimos de los trabajadores y de los empresarios. Se puede hacer. Hoy hay al menos 4.910.200 razones con nombres y apellidos para que sea ya. 

lunes, 18 de abril de 2011

Por una economía útil

Uno de los efectos más serios y, al mismo tiempo, menos conocido, de la crisis económica es que ha puesto en cuestión lo que sabíamos de economía. La crisis y, sobre todo, los debates sobre políticas para luchar contra la crisis, están poniendo de manifiesto la escasa utilidad de la economía que hemos venido haciendo, así como la inmensa cantidad de mitos económicos que anidan en los gobiernos y en la opinión pública, sostenidos ideológicamente y sin base empírica alguna. 

La crisis está poniendo en cuestión la mayoría de las conclusiones económicas que contienen muchos libros de texto y ensayos sobre economía. Las grandes teorías omnicomprensivas que lo intentan explicar todo con modelos deductivos están siendo arrinconadas por metodologías de análisis. Hoy carece de sentido, por ejemplo, hablar a favor o en contra del capitalismo porque la realidad económica y política del mundo es mucho más compleja que lo que esas palabras pueden reflejar. Como es inútil la economía que se basa en las premisas de que el consumo privado solo depende de la renta, la inversión, del tipo de interés y el gasto público; es una variable autónoma que no depende de ninguna de las dos anteriores. No, la economía que necesitamos tiene que incluir variables financieras (deudas y activos) en el comportamiento de los agentes (familias, empresas, sector público), como tiene que tener en cuenta que los agentes se comportan de forma diferente según su nivel de renta, que las instituciones legales y organizacionales importan o que el comportamiento humano se basa en información incompleta y las decisiones se toman siempre en horizonte incierto, por lo que no siempre acierta con las expectativas. Más que grandes teorías tenemos que usar procesos de análisis que nos lleven a modelos explicativos que reflejen empíricamente la realidad de cada momento. Hay, pues, que rehacer la economía para hacerla rigurosa, porque, a fuerza de grandes palabras y aparatos de lógica matemática y poco contraste estadístico estamos haciendo una economía elegantemente inútil. 

De una economía inútil, una política errónea. La política económica que estamos aplicando frente a la crisis es una política económica poco cimentada. En la primera fase de la crisis se acudió a una ingenua política keynesiana, más mítica que eficaz, que ha terminado por desprestigiar algunos de los instrumentos de política económica keynesiana. Así, se puede demostrar que no toda expansión del gasto o bajada de impuestos reactiva la economía y genera empleo, como se puede demostrar que tan importante como gastar o bajar impuestos es en qué se gaste y cómo se haga una expansión fiscal. Los cómos y los qué de la política fiscal importan, pues, tanto como los cuánto. Y lo mismo se puede decir de la política monetaria. Ahora resulta que la eficacia de la política monetaria depende de la eficiencia de los bancos y mercados financieros. Como se sabe que instituciones mal diseñadas de mercado de trabajo provocan paro. Cuando los problemas de estas políticas han puesto de manifiesto, los gobiernos empezaron a aplicar políticas para resolver problemas de corto plazo, sin saber las consecuencias de largo plazo. El resultado es que la recuperación, cuando la hay, es muy débil y nos conformamos señalando la magnitud histórica de la crisis. Hace falta, desde luego, otra política económica. 

Y para eso es necesario que, además de una mejor economía, abordemos los problemas sin grandes presupuestos ideológicos, reconociendo que podemos llegar a consensos racionales. No es necesario llevar rastas para poder hablar de cooperación, tener sensibilidad social o de ecología, como no lo es llevar gomina para saber de economía financiera o de banca. 

Hoy quiero reivindicar la necesidad urgente de una nueva economía, alejada de las grandes palabras. Y reivindico la racionalidad en el debate político, superando viejas ideologías. Porque a fuerza de grandes palabras e ideología estamos haciendo mala política económica. Y esto lo pagan los de siempre, en forma de paro o pobreza. Maldita economía inútil. 

lunes, 4 de abril de 2011

La decisión de Zapatero

La comunicación de Zapatero, el sábado pasado, de que no iba a ser el candidato del PSOE en las elecciones generales del año 2012, tiene mucha relevancia en el momento en el que nos encontramos. 

Con su decisión, Zapatero está reconociendo y anunciando tres hechos importantes. El primero es que ya acepta que la crisis va para largo, que va a durar más allá del año que viene, pues, aunque mejoren los datos de crecimiento, éste va a ser tan débil que no se va a bajar la tasa de paro. Ahora sabe, como sabemos todos en política económica, que el paro es la principal variable que afecta a la popularidad de un Gobierno, y que el paro español tiene un componente estructural que no se resuelve a corto plazo. Con dificultad, y con un gran coste para la economía española, Zapatero ha aprendido que la economía es la que es y no una cuestión de voluntad política o de eslóganes más o menos afortunados. Como ha aprendido que la política exterior implica, a veces, el uso de la fuerza, y que los Estados Unidos son una potencia amiga. Y que la política correcta contra el chantaje terrorista es no ceder a él. O que no todo lo que es bueno para Cataluña es generalizable y bueno para el conjunto de España. 

El segundo hecho relevante, y este le honra, es que acepta su responsabilidad en la situación actual. Zapatero, con su anuncio, quiere cargar con las culpas, adelantándose así al veredicto de las urnas, pues también se ha dado cuenta de que la ciudadanía no lo quiere. Es curioso que el político del "talante", del diálogo, del "buenismo", sea tan poco aceptado ahora por personas de su propio partido y por grupos sociales que lo auparon y jalearon. 

El tercer hecho importante es que, con su comunicación, anuncia fehacientemente que no va haber elecciones anticipadas. Las primarias del PSOE, después de las elecciones municipales de mayo, ocuparán todo el verano. Luego, el candidato o candidata tendrán que hacerse con el control del partido, porque supongo que también dejará la Secretaría General, y preparar las elecciones. O sea, que se necesita todo lo que queda de legislatura. 

Con su anuncio, Zapatero ha jugado muy bien como secretario general del PSOE. Al aceptar su culpa en la crisis y zanjarla con su marcha evita, al menos en parte, que las elecciones municipales sean un plebiscito sobre su gestión, minimizando el desgaste de sus candidatos. Por otra parte, obliga al Partido Popular a repensar su estrategia de focalizar en él toda su oposición. Más aún, obliga al Partido Popular a tener que abrir su programa electoral y plantear alternativas, pues no puede mantener una estrategia de desgaste contra el que ya se va. Y, finalmente, permite, dentro del PSOE una sucesión ordenada, menos probable tras un desastre electoral. Aunque esto ya no va a depender tanto de él, sino de los equilibrios internos tras las elecciones de mayo.

También ha acertado Zapatero, en mi opinión, como presidente del Gobierno. Porque lejos de ser su anuncio una rémora para la acción del Gobierno, creo que es una ventaja, pues ahora puede gobernar sin mirar la popularidad. Ahora, fuera ya del debate electoral, tiene una oportunidad de hacer lo que tiene que hacer. Ahora es cuando podría plantear una reestructuración de las administraciones públicas, una verdadera reforma fiscal, una reforma laboral de calado o una política energética seria. Ahora es cuando podría ofrecer al PP pactos de estado sobre terrorismo, educación, justicia, autonomías o política exterior. 

Siempre he dicho que Zapatero es un magnífico secretario general del PSOE y un mal presidente, porque ha sido capaz de ganar elecciones, pero no de gobernar. Con su anuncio del fin de semana, ha demostrado que sigue siendo un magnífico secretario general. Ahora tiene, al menos por unos meses, la oportunidad de ser un buen presidente. Aunque nadie se lo vaya a reconocer después. 

lunes, 21 de marzo de 2011

Desastres, información e histerias

No somos racionales. La opinión pública, que en los países democráticos determina lo que hace el poder político, no es, desde luego, racional. Y dudo que mejoremos. Así le va al mundo. 

En la desgracia que está viviendo Japón estos días, que coincide con otras, las noticias que hemos ido teniendo y las reacciones y debates que hemos generado ponen de manifiesto un fenómeno que conocíamos, y que las nuevas tecnologías de la información solo amplifican y no resuelven: la manipulación de la opinión pública. Una manipulación que empieza por la selección de los hechos; continúa con el sesgo que le dan los medios; sigue con la distorsión que políticos y opinantes (yo entre ellos) introducimos; y termina con el debate y generación de opinión en una población pasiva con escaso conocimiento de lo que se está hablando, pero que se siente en la obligación de ponerse a favor o en contra según quién dice qué y cómo se está diciendo, no de qué se dice, reaccionando rápida e histéricamente. 

Hubo una época en la que pensamos que, con la llegada de internet y la era de la información abundante, la manipulación que generaban los medios tenía los días contados. Nos equivocamos. Porque más información y más rápida no es sinónimo de buena información o de información útil. Peor aún, la avidez por la novedad que se ha instalado en la opinión pública solo nos está llevando a la perplejidad y a la inacción porque lo nuevo se queda obsoleto inmediatamente. Se olvidan rápidamente los problemas y los procesos complejos que no están permanentemente en los medios. El dato en tiempo exacto está sustituyendo al análisis, lo concreto impide ver lo general, lo actual oculta lo dinámico. Solo tenemos información de aquí y ahora, no sabemos de dónde viene ni por qué. Y sin causas, no hay conocimiento y sin conocimiento, la información no tiene sentido, significado. 

El terremoto de Chile o de China del pasado año o el de Haití son ya, a tenor de lo que la realidad reflejada y percibida en los medios, historias resueltas. Hoy Japón y su inmensa desgracia es la que ocupa las portadas de los medios, la que abre todos los telediarios. Como si no quedaran cicatrices en los dos terremotos y no supurara aún, sangrante y putrefacta, la herida de Haití. Y lo mismo ocurre con los conflictos armados. Palestina, Chechenia, Darfur, los Grandes Lagos, Costa de Marfil, la guerra colombiana o la del narcotráfico en México, hasta Afganistán ha pasado a mejor vida informativa. Peor aún, a la masacre que Gadafi y sus mercenarios está haciendo con su población civil solo le dedicamos la atención de unos días porque fue la causa de la subida en el mercado del petróleo. Olvidamos con excesiva facilidad, sustituimos la realidad con excesiva rapidez. Y así es imposible no solo que comprendamos nada, sino que resolvamos nada. Por eso, la siguiente actualidad de Libia, será, justo después de la autorización de intervención de la ONU, la victoria de Gadafi. 

Más aún, y lo acaecido en Japón es paradigmático, nos hemos vuelto adolescentes histéricos. Le hemos dedicado más atención al peligro nuclear que al maremoto. El maremoto ha causado más de 10.000 muertos, mientras que el desastre nuclear, en el peor de los casos, no ha producido más de unos centenares. La manipulación ha generado tal histeria (en parte por culpa de la señora Merkel) que ha mandado revisar la seguridad en las centrales nucleares, mientras que nadie ha pensado en hacerlo con las miles de construcciones que tenemos pegadas a las costas. Porque esto hubiera sido racional ya que si se produjese un maremoto que afectara a Vandellós, por ejemplo, ¿no causaría miles de muertos en la Manga del Mar Menor, Benidorm o Castellón? Lo siento, pero no solo no maduramos, sino que estamos en una regresión social hacia la adolescencia más inmadura. Algo que ya Walter Lippmann vaticinó hace un siglo. 

lunes, 7 de marzo de 2011

Ocurrencias energéticas

La crisis libia y la subida del precio del petróleo ponen de manifiesto dos de las debilidades estructurales de la economía española: la dependencia energética y la ausencia de una política energética seria y de largo plazo. 

La mayor dependencia energética de nuestra economía, un problema que arrastramos desde hace décadas y que todos los gobiernos han tratado superficialmente, tiene como consecuencias que, ante cualquier problema en el mercado de petróleo, se acentúen dos de nuestros problemas económicos crónicos: la inflación y el déficit exterior. Dos problemas graves porque agravan la situación de nuestra economía ya que el primero disminuye el poder adquisitivo de las familias, mientras que el segundo hace que aumenten las necesidades de financiación exterior de nuestra economía, ya de por sí altas. 

Por su parte, la ausencia de una política energética seria, además de acentuar el problema de la dependencia energética, distorsiona los precios en los mercados de la energía y hace que las empresas españolas tengan un coste más alto que la media europea, al tiempo que ha enquistado el problema de la deuda oculta con las empresas eléctricas. 

Para hacer una política energética seria, lo primero es preguntarse qué necesidades de demanda de energía previsible va a haber en los próximos veinte años, teniendo en cuenta los distintos usos, la población, el nivel de renta y una tasa de mejora de eficiencia energética. Y hay modelos econométricos fiables para este cálculo desde hace décadas. Conocida la demanda por usos, es posible calcular, con tecnología relativamente estable, cuáles son las fuentes de energía más eficientes (en costes económicos y medioambientales) para cada uno. A partir de ahí, es posible establecer qué estructura de mercados es la más adecuada para hacer lo más bajo posible el precio, al tiempo que se hace menos dependiente nuestra economía y se reducen los costes medioambientales. De lo anterior se derivarían las decisiones políticas que, mantenidas en el tiempo, dan como resultado un sector energético relativamente estable, competitivo y con menos riesgos económicos, políticos y medioambientales. 

Si se hubiera hecho esto, hubiéramos, por ejemplo, potenciado el transporte por ferrocarril de mercancías (más barato y menos contaminante por tonelada/kilómetro), estaríamos subvencionando de verdad la compra de coches híbridos y eléctricos, se habría potenciado el transporte público, se cumplirían las normas energéticas en la construcción, -habríamos abandonado el carbón, habríamos despejado ya la incógnita nuclear, habríamos potenciado un mix eléctrico equilibrado, estaríamos dedicando recursos a investigación en energía. Tendríamos, además, mercados energéticos más competitivos y hubiéramos usado los mecanismos de precios relativos, a través de los impuestos indirectos, para desincentivar el uso de aquellas energías más contaminantes y que nos hacen más dependientes, como el petróleo. 

En vez de esto, de hacer una política energética seria, el Gobierno ha hecho una política energética de ocurrencias. Que está de moda el cambio climático, subvencionamos la energía eólica y la solar con primas insostenibles en el largo plazo (y luego damos marcha atrás). Que tenemos que mirar por los intereses del carbón leonés, nos inventamos una subvención que forzamos en Bruselas (con compensación para las centrales en Galicia). Que tenemos que contentar a las eléctricas, subimos la electricidad "lo que cuesta un café". Que tenemos un problema con el petróleo, ponemos una pegatina en las señales de tráfico (que no sirve para ahorro energético, porque no afecta ni a los camiones, ni al tráfico en la ciudad, aunque es probable que aumente la recaudación por multas y se rebaje la tasa de accidentes). Incluso en las negociaciones sobre las pensiones se quiso meter por medio el tema de las nucleares, introduciendo ambigüedad en el debate. Ocurrencias de un ministro creativo. 

He de reconocer que el ministro Sebastián es genialmente ocurrente. Con sus ocurrencias hace que nos entretengamos en la anécdota, evitando lo preocupante: que no tenemos política energética. Lo que, además, me entristece porque Miguel Sebastián, al que aprecio, fue, hace mucho, mucho tiempo, un gran economista.