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lunes, 1 de febrero de 2016

Intereses

Mientras uno enarbola los "intereses de España", y otro interpreta que los votantes, y no sólo los suyos, quieren "un gobierno de cambio", lo que realmente está pasando es que los líderes políticos están defendiendo su propio interés. 

Mariano Rajoy sabe que ha perdido las elecciones. Con casi 3,6 millones de votos menos que en 2011, una bajada de 15,9 puntosy una pérdida de 63 escaños, tendría que haber presentado su dimisión. Su único atisbo de esperanza para seguir al frente del PP es que, al ser el partido más votado, y si el PSOE aceptara abstenerse "por responsabilidad", taparía su derrota logrando la Moncloa. Como sabe que Sánchez no va a abstenerse, Rajoy está dispuesto a aceptar nuevas elecciones con la esperanza de movilizar votos a su derecha, arañar voto útil a Ciudadanos y que Podemos termine de socavar al PSOE. Por el contrario, si finalmente el PSOE lograra formar gobierno, Rajoy tendría que aceptar su derrota y presentar su dimisión. Si a Mariano Rajoy le hubiera preocupado el interés de España podría haber intentado un acuerdo con Ciudadanos y el PSOE en que se diseñara un conjunto de pactos y hubiera dejado que otra persona liderara ese hipotético gobierno como prueba de voluntad de acuerdo. 

Pedro Sánchez también tendría que haber presentado su dimisión la noche electoral. Con 1,5 millones de votos menos que Rubalcaba en 2011 (¡5,7! millones menos que Zapatero en 2008) y el peor resultado de la historia del PSOE no hay país democrático en el que el líder de la oposición no hubiera presentado su dimisión. Igual que para Rajoy, su única esperanza de mantenerse en la Secretaría General de PSOE es formar gobierno. No tiene ni siquiera la posibilidad de una segunda vuelta porque Podemos le arañaría votos, no le ganaría ninguno a Ciudadanos y no tiene bolsas de abstencionistas. Pedro Sánchez o es presidente ahora o no lo será nunca, puesto que si fracasa a la hora de formar gobierno tendría que reconocer su profunda derrota. Por eso no va a facilitar la investidura de Mariano Rajoy y luchará contra una repetición de las elecciones. A Pedro Sánchez no le preocupa ni su propio partido, pues sabe que para que él sea presidente del Gobierno ha de sacrificar al PSOE ante Podemos. Si el PSOE pacta con Podemos, Pedro Sánchez será presidente de gobierno, pero probablemente el precio será la división del PSOE, pues Pablo Iglesias es un animal político cuyo objetivo confeso es la hegemonía de la izquierda dinamitando al PSOE. Para curarse en salud por si esto ocurriera (y hay precedentes como el Tripartito del PSC con ERC en Cataluña, Cantabria, Madrid, etc.) es por lo que va a acudir a la "militancia", para que no ser él el que cargue con la responsabilidad de unos pactos con Podemos. Lo que no parece darse cuenta es que con este movimiento lo que logra es lo que quería evitar: manifestar claramente la división del PSOE a la que Iglesias siempre hace referencia. Y si no que se lo pregunten a la CUP. 

Pablo Iglesias sigue fiel a sus lecturas leninistas: apoyarse en la socialdemocracia para dividirla y llegar al poder. Lo importante para él es el poder. Lo que puede hacerse con el poder no es, para él, importante, pues para Iglesias el cambio es la forma de perpetuarse en el poder. Por eso, cambia de propuestas sobre la marcha y plantea un reparto de sillones antes que políticas. Por eso llegará a un acuerdo con un Sánchez que necesita llegar a un acuerdo a cualquier precio. 

No sé lo que va a pasar finalmente, ni cuál de los dos perdedores se hará con el Gobierno, aunque supongo que será Sánchez, con la abstención de los independentistas, lo que sí sé es que tendremos un presidente de gobierno perdedor que no ha mirado más allá de sus personales intereses. Lo demás sólo será retórica. Como casi siempre.

1 de febrero de 2016 

jueves, 21 de enero de 2016

Enfermedad venezolana

En economía decimos que un país padece la "enfermedad holandesa" cuando tiene una fuerte dependencia de un sector exportador que genera profundos desequilibrios en la economía. El término se acuñó en los 70 para describir la situación de la economía holandesa a raíz del descubrimiento de gas en sus costas. El boom de las exportaciones del gas llevó a una fuerte apreciación del florín, entonces su moneda, y a un crecimiento de los salarios en los sectores vinculados al gas. Esa apreciación del florín y la subida de salarios en el sector exportador tuvieron como consecuencia una subida generalizada de los salarios, lo que provocó inflación diferencial y pérdida de competitividad. El resultado fue que sectores enteros desaparecieron porque resultaba más barato importar de Alemania o Bélgica que producir en Holanda. El boom de precio del petróleo de 1973 hizo el resto: lo que Holanda ingresaba por petróleo salía hacia el exterior porque cada vez necesitaba importar más. Holanda se curó tras un profundo ajuste salarial, una fuerte flexibilización de su mercado laboral y vincular su moneda al marco alemán. 

Aunque se llame la "enfermedad holandesa", la primera economía que la sufrió,y durante el tiempo más largo, fue la economía española, especialmente la castellana, pues la entrada del oro y la plata americana generó una "enfermedad holandesa" de casi dos siglos. Australia (oro), Sudáfrica (diamantes), Argentina (carne y grano), Noruega (petróleo), Chile (cobre) o Colombia (café y, aunque no lo reconozcan, coca) han sido otros que la han sufrido. Todos los que hicieron una seria política de ajuste y de estabilidad (Australia, Noruega, Chile, Colombia en menor medida) retomaron sus tasas de crecimiento y han desarrollado economías estables, maximizando a largo plazo los beneficios de su excepcional dotación de recursos. Aquellos países que no trataron a tiempo su enfermedad holandesa, países con gobiernos populistas que en vez de invertir los ingresos, subvencionaron las rentas de sus ciudadanos, sin incrementar su competitividad, hicieron crónica su enfermedad hasta el punto de ser países, a pesar de su impresionante dotación de recursos, de renta baja. Argentina es, posiblemente, uno de los casos más llamativos, pues el peronismo cronificó su mal holandés de tal forma que,teniendo allá por la década de los cuarenta una renta per cápita superior a la española en 1,5 veces, hoy es 3 veces inferior. 

Hoy el país que sufre con más virulencia la "enfermedad holandesa" es Venezuela. Venezuela padeció el mal holandés desde que descubrió petróleo, y lo padeció en una variante más peligrosa, pues, al mismo tiempo que generaba profundos desequilibrios macroeconómicos, se generalizó la corrupción y la permanente inestabilidad política. El resultado de décadas de enfermedad fue la Revolución Bolivariana de Hugo Chaves. Con las mayores reservas de petróleo del mundo (casi 300.000 millones de barriles), la política económica bolivariana ha llevado a la institucionalización del mal holandés. Venezuela genera el 50% de su PIB exportando petróleo, pero estos ingresos los reparte directamente en forma de gasto público y subvenciones, lo que ha llevado a que nadie tenga incentivos para producir, máxime cuando tiene una política de precios intervenidos. El resultado es que Venezuela tiene que importar una parte significativa de sus bienes de consumo (desde alimentos hasta papel) e inversión (maquinaria, productos químicos, etc.), lo que supone una cantidad superior a los ingresos de sus exportaciones. Esta política populista genera una inflación del 159% anual, un paro real que sobrepasa el 20% y un déficit público superior al 24%. El problema es que el precio del petróleo ha caído un 70% respecto al precio de hace dos años, lo que implica para los venezolanos una caída de su renta per cápita de más del 37%, sin expectativas de subir, lo que supone una profunda crisis en la economía venezolana. 

Una crisis profunda que durará años, tantos que se acuñará el término económico de "enfermedad venezolana" para una enfermedad holandesa tratada por políticos populistas. 

18 de enero de 2015 

lunes, 4 de enero de 2016

Alternativas

Si hay algo claro tras las elecciones del pasado 20 de diciembre es que no sabemos quién va a ser el próximo presidente del Gobierno o si va a haber nuevas elecciones para marzo. La realidad es que tenemos un Congreso de los Diputados, que es el que decide quién es el presidente, diverso y muy fragmentado, pues, si agrupamos por bloques ideológicos, nos encontramos con un grupo conservador grande (123 escaños), un grupo de centro significativo (40 escaños de CIs), un grupo de centro izquierda importante (90 escaños), un grupo de izquierda significativo (69 escaños más 2 de IU) y el bloque de nacionalismos periféricos de siempre (19 escaños de independentismo radical y 7 moderados). Esta fragmentación aumenta la dificultad para conformar mayorías, pues tanto para elegir al presidente del Gobierno como para aprobar cualquier ley relevante se va a necesitar el acuerdo de al menos tres grupos. Gobernar con este Congreso no va a ser fácil, máxime si tenemos en cuenta que, en el Senado, el Partido Popular tiene la mayoría absoluta. Siendo el grupo parlamentario más grande del Congreso y con mayoría en el Senado, el Partido Popular tiene la llave de la gobernabilidad y de cualquier posible reforma constitucional. 

Sin embargo, el grupo decisivo para decidir la Presidencia del Gobierno o si vamos a nuevas elecciones es el PSOE. 

Es evidente que la primera opción para constituir Gobierno le corresponde a Mariano Rajoy. Con sus 123 diputados no tiene, ni de lejos, posibilidad de ser investido presidente si no tiene el apoyo o la abstención de Ciudadanos y la abstención del PSOE (un apoyo del PSOE es impensable). En estas condiciones sus 123 diputados son suficientes para contrarrestar los 97 noes de los restantes grupos. Si el PSOE estuviera de acuerdo en abstenerse, lo lógico es que Ciudadanos apoye al PP porque nada gana con quedarse en el limbo de la abstención y un voto positivo le permitiría influir en la elaboración de algunas leyes. Un Gobierno del PP con el apoyo de Ciudadanos (163 diputados) tendría una legitimidad suficiente, pues contaría con el respaldo de casi 11 millones de votos (el 42,65% de los votantes), similar a los que tuvo el PP en la anterior legislatura. 

La segunda opción de Gobierno es Pedro Sánchez. El problema es que para que sea presidente necesitaría sus 90 diputados y los 69 de Podemos y sus aliados (En Comú, Compromís y Mareas). Además, necesitaría que Ciudadanos o el PP no voten en contra (algo impensable si el PSOE votó en contra de Rajoy) y, en caso contrario, que bien el PNV o Convergencia (ahora llamada Democràcia y Llibertat) o Esquerra voten a favor. También este Gobierno tendría legitimidad suficiente, pues representa a 10,5 millones de votos (el 42,25% de los votantes). 

La tercera opción es una nueva convocatoria de elecciones. 

El PSOE tiene, pues, tres opciones. Primera, permitir que Mariano Rajoy (o Soraya Sáez de Santamaría) sea presidente del Gobierno con su abstención a cambio, por ejemplo, de una reforma pactada (con o sin Ciudadanos) de algunas leyes importantes (Educación, Estatuto de los Trabajadores, Financiación autonómica, etcétera), el estudio de una reforma limitada de la Constitución y una oposición suave en Andalucía. Segunda, pactar con Pablo Iglesias y sus aliados, igual que en comunidades autónomas y ayuntamientos, a cambio de una imposible reforma constitucional (artículo 167 de la Constitución) y de una dificilísima gobernabilidad, porque necesitaría a los independentistas. Tercera, dejar pasar los dos meses sin acuerdo y que se convoquen nuevas elecciones, sin garantías de mejores resultados. El problema es que ninguna opción es buena para Pedro Sánchez porque o bien no es presidente del Gobierno (y nunca lo sería porque lo defenestrarían en el próximo Congreso por sus pésimos resultados), o lo es, a cambio de destrozar al PSOE, porque perdería votos de centro frente a Ciudadanos y de izquierda frente a Podemos. Y esto sin meter en la ecuación a Cataluña. 

4 de enero de 2016

lunes, 21 de diciembre de 2015

Economía enferma

Hemos de reconocer que en los últimos meses hemos vivido una vorágine política. Las elecciones de mayo, las catalanas de septiembre, los atentados de París, las elecciones generales de ayer...Casi todo el discurso público ha estado dominado por la política. Mucho ruido político. Las propuestas de reforma de la Constitución, el tema territorial, la corrupción, el debate sobre los debates, etc., de todo eso ha habido tuits y confrontación en las redes y en los platós, aunque escasas propuestas argumentadas y sosegadas. Casi nada se ha hablado de economía, y lo poco que se ha hablado mal y dogmáticamente. Parece como si la economía española estuviera, por aquello de estar creciendo, ya sana, cuando no lo está. 

Es cierto que la economía española está recuperándose, pero aún sigue enferma. Está enferma porque no ha terminado de salir de la crisis, está bajo medicación, y una de sus constantes vitales, el paro, sigue demasiado alto. Es cierto que el punto crítico se ha superado y que hoy crece, que tiene crédito en los mercados internacionales y que está reduciendo el desempleo. Pero no es menos cierto que es una economía que crece porque está bajo los efectos de una medicación fuerte que no puede prescribirse para siempre so pena de generar adicción: una política fiscal expansiva y una política monetaria superexpansiva. Es decir, la economía española crece porque tiene un déficit público de más del 4% y no debe acostumbrarse a crecer así, sencillamente, porque acumularía una deuda pública (ya en el 100% del PIB) insostenible en el largo plazo. Como no puede acostumbrarse a unos estímulos monetarios con tipos de interés cercanos al cero, porque el resultado a largo plazo es o una nueva burbuja por crecimiento de los precios de los activos o inflación. Más aún, la economía española aún no ha definido lo que quiere hacer cuando salga del hospital, pues nadie está pensando ni en sus características esenciales, ni en su composición sectorial de dentro de diez años. Dicho de otro forma, nadie está pensando si queremos una economía exportadora o una economía de crecimiento interno; ni si queremos una economía más equilibrada o tan dependiente de lo público como hasta ahora; ni si vamos a hacer una economía medioambientalmente eficiente, o si queremos una economía más industrial o más turística. Nadie está pensando en el tamaño de nuestras empresas, ni en el grado de competencia en nuestros mercados. De momento, como cualquier enfermo convaleciente, se está dejando llevar, y está aprovechando dos circunstancias para no pensar: no va a hacer ningún esfuerzo en su dieta energética porque el petróleo está barato; como no va a hacer ningún esfuerzo en pensar en el trabajo futuro para cuando salga del hospital porque vive de las rentas turísticas, que obtiene casi sin esfuerzo y son crecientes porque a sus competidores en el Mediterráneo les va mal. 

La economía española sigue enferma y sería bueno que los políticos le dediquen una mayor atención. Eso sí, con mejores fundamentos científicos que los que han demostrado en la campaña electoral, porque ni el paro se cura con un artículo nuevo en la Constitución ya que no es la voluntad política la que genera empleos, sino la capacidad de riesgo de los empresarios cuando invierten; ni el Estado del Bienestar se hace sostenible con un Pacto (aunque sea en Toledo) porque eso no hace crecer la base poblacional ni la productividad de la población ocupada; como no se soluciona el problema de falta de tejido industrial porque Cataluña encuentre un "encaje" con el resto de España. 

Con las elecciones de ayer termina el ciclo electoral español. La legislatura que empieza será muy política porque ha habido un cambio significativo en los actores y porque las circunstancias económicas son menos perentorias. Pero se equivocarían los políticos si no le prestan atención a nuestra convaleciente economía, porque aún necesita cuidados para no recaer, pero, sobre todo, necesita mucho menos ruido. 

21 de diciembre de 2015 

lunes, 7 de diciembre de 2015

Última oportunidad

A pesar de lo que nos digan en esta campaña electoral, lo que nos estamos jugando en la Cumbre del Clima de París es mucho más determinante para nuestro futuro que lo que ocurra en las elecciones del 20-D. Sencillamente porque lo que nos estamos jugando en París es la última oportunidad de hacer algo, o de empezar a hacer algo, ante el desastre ecológico. Como ha dicho el presidente Obama, "somos la última generación que puede parar el cambio climático", la próxima será la primera en sufrir sus consecuencias. 

La cumbre de París se está desarrollando como se esperaba: grandes reuniones, grandes discursos, grandes expectativas, grandes anuncios- para unos objetivos reales tan pobres como los contenidos en el artículo 2 del borrador de acuerdo que se está discutiendo (FCCC/adp/2015/L.6, en www.cop21.gouv.fr). En el borrador que se discutirá esta semana por los ministros se puede leer: "las partes (los países) acuerdan tomar medidas urgentes y mejorar la cooperación y el apoyo para: a) Mantener el incremento de la temperatura media global por debajo de 1,5C (hasta 2ºC) de los niveles preindustriales mediante importantes reducciones de las emisiones de gases invernadero; b) Incrementar sus capacidades para adaptarse a los impactos adversos del cambio climático; c) Seguir una transformación hacia un desarrollo sostenible que fomente sociedades y economías con un clima consolidado y de bajas emisiones de gases de efecto invernadero, sin amenazar la producción y distribución de alimentos". 

O sea, que, en el mejor de los casos, tras los grandes discursos, de lo que se trata no es de intentar salvar la Tierra, sino de que la temperatura global de nuestro planeta no suba más de 1,5-2ºC, y no los 4ºC que se prevén si no se hace nada. No estamos, pues, luchando contra el cambio climático en general, sino intentando limitar uno de los daños que causamos al medioambiente. Nada se está discutiendo del resto de residuos que contaminan el aire, el agua o la tierra. Nada se está diciendo de la contaminación marina por plásticos, de la contaminación de la tierra con metales pesados o de la deforestación. Nada se dice de la pérdida de biodiversidad. Por los documentos que se están manejando en la cumbre, parece que, limitada la emisión de CO2 y otros gases invernadero, la Tierra no tuviera ninguna otra enfermedad. Desde la perspectiva de la Tierra, la cumbre de París es un gran chasco, porque es como si nos conformáramos con una enfermedad crónica. 

Sin embargo, y hay que valorarlo, esta cumbre puede suponer un avance en la lucha medioambiental pues, si se llega a firmar un acuerdo vinculante para todas las partes, se generaría un precedente de derecho internacional, que permitiría llegar a nuevos acuerdos de regulaciones medioambientales en el futuro y, por la lógica jurídica, luchar contra los intereses nacionales y empresariales que impiden avanzar más. El caso norteamericano es paradigmático y esperanzador. Hasta 2008 la doctrina oficial norteamericana era negacionista del cambio climático. En esta cumbre, los norteamericanos, en boca de su presidente, han reconocido su responsabilidad en la producción de los gases producen el calentamiento global. Reconocer la responsabilidad es el primer paso para poder firmar un acuerdo vinculante. Y firmado un acuerdo vinculante, si es ratificado por el Senado, se convierte en ley para los norteamericanos, por lo que pueden legislar para limitar la producción de energía eléctrica a partir del carbón o para aumentar las exigencias medioambientales para los automóviles. Si de esta cumbre saliera, al menos, un acuerdo como ese, no habremos salvado el planeta, pero empezaríamos a tener armas legales para hacerlo. Especialmente para controlar a los grandes culpables, pues una regulación norteamericana, y más si se le suma la europea, obligaría a China y al resto de emergentes a través de requisitos a sus exportaciones. 

De París, vienen, pues, malas y buenas noticias. Todo depende de si se mira desde la perspectiva de la Tierra o desde la más pequeña perspectiva humana. 

7 de diciembre de 2015 

lunes, 23 de noviembre de 2015

Terrorismo, fanatismo, totalitarismo

La causa última del terrorismo no es otra que el fanatismo. El pensar que hay un sistema de creencias que no sólo es el verdadero, sino que ha de ser el de todos los demás, por lo que ha de ser impuesto a los otros, aunque no quieran. La causa última del terrorismo es el fanatismo mezclado con un desprecio absoluto a la vida humana. 

El fanatismo, que es un desequilibrio psicológico y social, tiene una dimensión política que es el totalitarismo. Todo fanatismo implica un totalitarismo, sencillamente porque el fanatismo no comprende la libertad, la posibilidad de discrepancia. 

La causa del terrorismo es, pues, la existencia de fanáticos que, apoyados por países o grupos totalitarios, quieren imponernos un totalitarismo. Luchar contra el terrorismo es luchar contra el fanatismo de las personas y el totalitarismo de los grupos o países que los apoyan. 

Para luchar contra el fanatismo, hay que trabajar en tres ejes esenciales: discurso, educación y libertades. La primera base de toda línea de acción es un discurso, un relato de lo que se hace y porqué se hace. Hemos de empezar por ser conscientes de la existencia de fanatismos en el seno de nuestras sociedades, de ahí que debiéramos empezar por un discurso que reivindique los principios democráticos liberales. Hemos de reconstruir el discurso democrático básico. Sólo desde él podemos confrontar ideas con los fanáticos. 

El segundo pilar es la educación, pues la ignorancia es una de las raíces del fanatismo. Eso sí, una educación genuina, no un adoctrinamiento, pues la educación, de la misma forma que es un instrumento para la lucha contra el fanatismo, es fuente de él. De ahí la importancia de la libertad educativa y de la garantía pública de esta libertad. 

Finalmente, para luchar contra el fanatismo, es necesaria la firmeza en la defensa de las libertades. Es la contradicción liberal: la libertad es necesaria protegerla mediante leyes que obliguen a otros a ser libres. Las democracias occidentales no pueden ser tan permisivas que consientan, por ejemplo, la marginación de la mujer en sus comunidades musulmanas, incluso en detalles como el uso del velo o el absentismo de las clases de educación física. Como hemos de reclamar a los países totalitarios de Oriente Próximo el respeto de la carta de los Derechos Humanos. La misma razón que opera para presionar a otros debería operar para países como Arabia Saudí, Kuwait o los Emiratos. 

Para luchar contra los totalitarismos hay también tres ejes clave: diplomacia, inteligencia y fuerza. Diplomacia para concitar coaliciones de países para cortar las fuentes de financiación, aprovisionamiento o reclutamiento de los grupos terroristas, para allegar recursos, para ejercer presión. Diplomacia y apoyo a los grupos de orientaciones democráticas opositores en estos países totalitarios. Diplomacia y apoyo para los países que pueden servir de modelo de transición para estos países, como es el caso de Túnez. ¡Qué pena que, por pereza, dejáramos marchitar las primaveras árabes! 

Inteligencia, civil y militar, es el segundo pilar. Es necesario conocer el funcionamiento, fuentes de financiación y aprovisionamiento, personas, bases ideológicas y logísticas, etc. de las organizaciones que amparan o promueven el terrorismo, para prevenir atentados y desarticular grupos. Hemos de dedicar recursos a inteligencia a una escala mucho mayor que la de dedicamos a la lucha contra los grupos terroristas como ETA. 

Y, finalmente, y al mismo tiempo, es necesario el uso de la fuerza militar. El mundo ha de intervenir en Libia, Siria y Somalia; restaurar la integridad territorial de Irak y Afganistán; dar un serio aviso a Arabia Saudí, a los Emiratos y a Pakistán; apoyar a Túnez, Jordania, Marruecos y Turquía; presionar a Egipto e Irán para una apertura; ayudar a un cambio en Argelia; proteger a Líbano, Mauritania, Mali, RCF, Chad, Etiopía, Nigeria y Kenia. Y solucionar el problema palestino. Y ha de hacerlo todo el mundo porque todos estamos amenazados. Solo así, las muertes de París no habrán sido en vano. 

23 de noviembre de 2015 

martes, 10 de noviembre de 2015

Yo tuve amigos catalanes

Hubo una vez que tuve amigos catalanes, algunos con apellidos compuestos con i latina y otros nacidos allí de padres andaluces. Amigos catalanes que no subrayaban continuamente su catalanidad, que eran catalanes como yo soy andaluz y otros son madrileños. 

Hubo una vez que tuve amigos catalanes con los que me identificaba porque éramos de la misma edad, habíamos estudiado en colegios parecidos, en la universidad nos habían enseñado las mismas cosas, teníamos las mismas películas favoritas y parecidos gustos musicales (ellos cantaban Jarcha o Triana y nosotros a Llach y la Companya Eléctrica Dharma), vestíamos vaqueros y nos gustaban las mismas comidas. Entre nosotros, la diferencia era más de matices: Barça o Betis (o Real Madrid o Sevilla); Rioja o Penedés, pero siempre cava para brindar; aguas bravas del Atlántico o azules y transparentes del Mediterráneo. No nos distinguíamos más de lo que se distinguen los amigos de la misma pandilla. De hecho, sólo notábamos la diferencia en el acento con el que hablábamos en castellano y la usábamos para reírnos los unos de los otros. Ellos no eran capaces de imitar el acento andaluz, mientras que nosotros sí podíamos hacer chistes de catalanes. 

Hubo una vez que tuve amigos catalanes que creían en cosas parecidas a las mías, que eran demócratas, liberales o socialistas, todos con preocupación social, culturalmente cristianos (unos más creyentes que otros, incluso algún ateo), europeístas de vocación y convencimiento. Unos éramos más germanófilos y anglófilos en nuestras referencias culturales y otros más francófilos, pero todos nos sentíamos parte de la misma Europa cultural. 

Hubo una vez que tuve amigos catalanes que trabajaban en las mismas empresas que nosotros: en la Caixa, en la Seat, para la Procter, para la Nestlé. Que eran profesores de instituto o de universidad o mecánicos o empresarios, con los mismos problemas y realidades que nosotros. 

Hubo una vez que tuve amigos catalanes que eran iguales que nosotros, que lo único que nos diferenciaba era que eran, casi por naturaleza, bilingües. Y no le dábamos a eso más importancia que al que era bilingüe porque su madre era italiana, porque todos teníamos que aprender inglés o alemán para salir de España. 

Hubo una vez que tuve amigos catalanes que votaron a líderes políticos que hicieron una lectura torcida de la historia y de las leyes, y les dijeron que pagaban más impuestos que nosotros, que nosotros éramos unos vagos gorrones, que porque eran la primera economía de España, y estar más cercanos a Europa, eran más europeos y tenían derecho a tener más que los demás. 

Hubo una vez que tuve amigos catalanes y hoy ya no los tengo porque dejaron de hablar conmigo, se creyeron lo que les decían sus políticos, y construyeron un discurso en el que sólo se le puede demostrar el cariño que les tenía si uno está dispuesto a ver lo que nunca vio: que eran diferentes. 

Hoy ya no tengo amigos catalanes porque, para que sean mis amigos, tengo que comprarlos o halagarlos, porque ellos han decidido que yo los maltrato y que la culpa de su tasa de paro es nuestra. 

Hoy ya no tengo amigos catalanes porque si les digo que no veo que tenga que haber diferencias entre nosotros porque ellos hablen catalán, me toman por un rancio fascista, cuando hace sólo unos años soñábamos con un partido europeísta en que hubiera italianos, franceses, alemanes, de todas las nacionalidades. 

Hoy ya no tengo amigos catalanes sencillamente porque ellos ya no me ven como amigo suyo, sino, todo lo más, como un socio necesario. Por eso, porque ya no nos vemos como amigos, sino como socios, y sus hijos no serán amigos de mis hijos, estoy dispuesto a negociar amigablemente una separación. Eso sí, sin imposiciones por su parte y guardando las formas y la legalidad. 

Es una pena, pero hubo una vez que tuve amigos catalanes... y hoy ya no los tengo. 

9 de noviembre de 2015