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lunes, 25 de abril de 2016

Demasiado lento por demasiado tiempo

Hace unos días el Fondo Monetario Internacional publicó la revisión de su informe de coyuntura, el World Economic Outlook (WEO), de la economía mundial. El título, Too slow for too long (Demasiado lento por demasiado tiempo), refleja la esencia del informe: la economía mundial está entrando en un periodo de lento crecimiento y, según los cálculos, este periodo puede alargarse varios años. La economía mundial creció el pasado 2015 a un ritmo de sólo el 3,1%, la tasa más baja desde el año crítico de 2009, y muy por debajo de la media de los 20 años anteriores a la crisis de 2008-09 que fue de 4,2. Las previsiones para los próximos tres años es que este crecimiento se mantendrá en el entorno del 3%. El origen de esta ralentización del crecimiento de la economía mundial se focaliza en las tres economías tractoras de la economía mundial. Así, la larguísima crisis europea (la economía europea lleva estancada por debajo del 2% desde hace casi una década), la bajada del crecimiento de la economía norteamericana (al 2,4%) y las menores tasas de la economía china hacen que las demás economías del planeta, especialmente las exportadoras de petróleo y de materias primas, sufran también una profunda caída en sus tasas de crecimiento, que se hace, a su vez, más honda, por la bajada de los precios internacionales de las materias primas. La economía mundial está entrando en una peligrosa espiral de estancamiento, pues de los cuatro motores del mundo, uno (Europa) lleva años sin funcionar, otro (Japón) hace décadas que "ni está, ni se le espera", y los dos principales (USA y China) dan muestras de fatiga. Lo peor es que este estancamiento se produce en unas condiciones de políticas fiscales moderadamente expansivas y en unos entornos monetarios sumamente expansivos, pues nunca los tipos de interés internacionales estuvieron tan bajos (en el entorno del 0,2-0,3%), ni las inyecciones de liquidez fueron nunca tan importantes como en la actualidad. 

Parece que el modelo de crecimiento de la globalización, al menos tal y como la concebimos desde los noventa, empieza a agotarse. Si analizamos el detalle de las variables macroeconómicas en las distintas economías del plantea, una parte importante de su crecimiento en las dos décadas anteriores a la crisis se explica por el crecimiento inducido desde el exterior, bien en forma de aumento de las exportaciones (Japón en su momento, Alemania, Francia o Italia desde siempre y China más recientemente), bien en forma de aumento de la inversión extranjera en su territorio (Europa periférica, Latinoamérica, Africa). La globalización, ese proceso de aumento de los flujos de intercambio que aumenta la eficiencia de los mercados, ha sido la principal causa del crecimiento mundial en las últimas décadas. Pero da muestras de agotamiento. Basta mirar al ejemplo más acabado del modelo, el proceso europeo, para saber de sus límites, pues el modelo de crecimiento de la Unión Europea de ampliaciones sucesivas tiene la misma base que el de la globalización, si bien con una estructura de instituciones democráticas y completado con unos fondos comunes que soportan políticas comunes. 

Quizás por eso, porque los líderes mundiales son conscientes de que hay que darle un nuevo impulso al modelo, es por lo que el presidente Obama está estos días negociando con la cancillera Merkel el Transatlantic Trade and Investment Partnerchip (TTIP), que crearía el área de libre comercio más grande del mundo. Pero ese impulso sería más potente si fuera más allá del libre comercio e inversión y se complementara con la expansión de los estados del bienestar de los países más pobres, como se hizo en las ampliaciones europeas. Así, no sólo creceríamos todos otra vez y más rápido, sino que creceríamos de una forma más equitativa y, probablemente, más sostenible. 

Lector impenitente del WEO desde hace años, reconozco que sueño con uno que se titule More equal, faster and greener. Algo que es eso, un sueño. 

25 de abril de 2016 

martes, 12 de abril de 2016

El peso de la historia

La semana pasada estuve en los Estados Unidos. La precampaña electoral sigue su curso y, mientras se van despejando dudas en el campo demócrata a favor de la señora Clinton (más por los errores del senador Sanders, que por aciertos propios), en el campo republicano el senador Ted Cruz intenta frenar a Trump, aunque ambos me parecen, por lo que he visto y leído, igualmente peligrosos, tanto para los Estados Unidos, como para el resto del mundo. Mi reflexión, sin embargo, no va de política norteamericana, sino de la diferente actitud con la que unos y otros presentamos lo que somos, la diferente forma de enfocar la vida pública. Es un hecho que los Estados Unidos no tienen casi historia. Cuando empiezan a construir sus primeras colonias en el Este, allá por 1620, cualquiera de nuestras ciudades tenía más de dos mil años. Y cuando empiezan a explorar su territorio, el de Europa tenía mapas de más de 400 años. No, los Estados Unidos no tienen casi historia. Por eso, es raro que ellos hablen del pasado, y menos, frente a los europeos, y cuando lo hacen lo hacen con una precisión pasmosa. Pero no les preocupa. Nosotros, sin embargo, rebosamos historia. Continuamente, cuando vamos a presentar nuestras ciudades o cuando vienen a visitarnos, hacemos alarde de nuestra historia, de lo antiguo que es todo, de nuestras tradiciones de décadas, cuando no de siglos. Contamos una historia que realmente no conocemos (¿qué sabemos realmente de las condiciones de vida, economía, leyes, salud, educación, familia o vida cotidiana en el Califato?) y de la que nos sentimos orgullosos, sin saber bien el porqué. 

Los norteamericanos no tienen casi monumentos. Los monumentos en los Estados Unidos son, en realidad, esos edificios gigantescos que son los rascacielos y, junto a ellos, esas iglesias neogóticas del siglo XIX que son malas imitaciones de Notre Dame. Nosotros, en cambio, tenemos miles de monumentos que van desde arcos de triunfo o teatros romanos hasta mezquitas y palacios de origen musulmán, junto a cientos de iglesias románicas, góticas o barrocas. En los Estados Unidos, cuando te quieren mostrar su ciudad, te suelen enseñar tres cosas: las sedes de sus empresas o sus gigantescos centros comerciales, los museos de arte moderno o de ciencias en medio de algún parque y los campus de sus universidades. Nosotros les hacemos un tour de edificios religiosos, museos llenos de reliquias y palacios. Si comparamos lo que enseñamos nosotros con lo que enseñan ellos, vemos una inmensa diferencia: nosotros nos enorgullecemos del pasado, de lo que otras generaciones, que ni conocimos, hicieron. Ellos, en cambio, se enorgullecen de lo que se hace ahora. Nosotros contamos el legado de otros, ellos cuentan lo que hacen hoy. Nosotros enseñamos edificios "muertos" (o casi) que utilizamos como reclamos de visitantes o como "photo-call" de turistas, ellos edificios que llenan todos los días de gente que trabaja, que genera ideas, en los que se hace ciencia. Nosotros contamos historias que significan muy poco o nada para la ciudadanía (¿o es que alguien aspira a ser Abderramán III?). Ellos ensalzan a modelos sociales que inspiran todos los días a miles de norteamericanos. Nosotros vivimos de lo que otros hicieron, ellos viven pensando en lo que harán en el futuro. 

Es cierto, los Estados Unidos no tienen historia, ni monumentos. Nosotros tenemos monumentos e historia. Ellos, sin embargo, viven sus monumentos, mientras que nosotros solo conservamos y explotamos los nuestros. Ellos tienen ciudades vivas que cambian y crecen todos los días, mientras nosotros hacemos de nuestras ciudades parques temáticos de sí mismas. Ellos están obsesionados por la tecnología, nosotros por la gastronomía. Ellos gastan dinero en lo que puede venir, nosotros en mantenernos como siempre. Ellos fracasan y reempiezan, nosotros evitamos fracasar. Nosotros tenemos un pasado, los norteamericanos, un futuro. Quizás sea eso lo que nos pasa: que no avanzamos por el tremendo peso de nuestra historia. 

11 de abril de 2016 

lunes, 28 de marzo de 2016

Terrorismo contra Europa

Esta Semana Santa hemos tenido otro atentado terrorista en Europa y los europeos hemos vuelto a hacer lo de siempre: hemos calificado el hecho; nos hemos solidarizado con las víctimas; cada país ha hecho el recuento de sus compatriotas y, en función de esto, se le ha dado más o menos importancia a la noticia; se ha convocado a los ministros de Interior; y, finalmente, y en paralelo, el país que ha sufrido el atentado ha hecho declaraciones duras, ha iniciado la captura del terrorista y ha reforzado la cooperación militar en Oriente Próximo. Por lo demás, todo igual. Los europeos seguimos reaccionando como si cada atentado fuera un asunto interno de cada país, como si no tuviera conexión con los demás. No nos damos cuenta de que reaccionando así somos más débiles, porque uno a uno ningún país de Europa puede luchar solo contra el terrorismo internacional. No nos damos cuenta de que reaccionando así nos encerramos en nosotros mismos, con lo que destruimos la idea de la construcción europea. No nos damos cuenta de que considerando que el atentado de Bruselas es una cuestión belga rompemos la idea misma de Europa. 

Ningún país europeo puede, por sí solo, luchar contra el terrorismo internacional. Ni Francia, ni el Reino Unido, las dos grandes potencias militares de Europa Occidental y viejos imperios coloniales en los países de donde nace el nuevo terrorismo, pueden luchar en tantos frentes. Francia, con una pequeña ayuda del resto de Europa, intenta frenar el terrorismo del Norte de África que la dispersión de los arsenales de Gadafi propició, al tiempo que, tras los atentados de París, participa activamente en la guerra de Siria. El Reino Unido, de la mano de los norteamericanos, mantiene su actividad en los países en los que tuvo intereses y en los que ha luchado recientemente: Iraq, Afganistán, Pakistán, Nigeria, Kenia, etcétera. Ambos lo hacen descoordinadamente entre sí y con el resto de los socios europeos, pues Francia sigue sin participar plenamente en la estructuras militares comunes y no comparte información, mientras que el Reino Unido mantiene su "relación especial" con los norteamericanos. Los demás socios europeos participan de una forma testimonial en esta lucha antiterrorista, tanto desde un punto de vista de información como de recursos. Una ojeada a un mapa de las misiones de defensa en las que está España, Alemania o Italia nos indica lo poco que nos involucramos los demás en la lucha antiterrorista (y no digamos los países pequeños o los del Este). Europa es frente a la amenaza terrorista poco más que un grupo desorganizado de países que dedican un residuo de su presupuesto a esta lucha. 

Pero no bastan los recursos, hace falta tener una política común antiterrorista. Hoy, más que nunca, necesitamos una política de seguridad común que vaya mucho más allá de la defensa clásica, porque las amenazas potenciales no son solo los rusos (que lo siguen siendo, especialmente para los países bálticos), sino el terrorismo internacional que se genera alrededor de nuestras fronteras. Europa necesita una política europea común antiterrorista, necesita empezar a considerar que el terrorismo en suelo europeo es un asunto de todos, porque sin esta política no movilizaremos eficazmente los recursos, ni atajaremos las causas profundas que producen tanto dolor. Frente al terrorismo internacional islámico, Europa tiene que reaccionar con más recursos y, sobre todo, con una política claramente europea. Y la prueba más evidente de que frente al terrorismo internacional es clave tener una política firme la tenemos en los Estados Unidos. En los últimos años, el número de muertes en los Estados Unidos por terroristas desde el 11-S es mucho menor que el número de víctimas de París en los atentados de noviembre, mientras que los atentados en suelo americano son cuatro veces menos (véase www.start.umd.edu). 

Frente a los problemas, necesitamos, una vez más, más Europa, no menos. Unidos podríamos reducir los atentados, separados seguiremos contando muertos. 

28 de marzo de 2016 

lunes, 14 de marzo de 2016

Traición a Europa

Ensimismados en el bucle de la superficial política española, olvidamos que en el mundo ocurren hechos que nos afectan y que deberían interpelarnos. Las elecciones norteamericanas, los problemas de China, las guerras en Oriente Próximo, etc, configuran una realidad que nos afecta. Pero de todo lo que ocurre, lo que más debería preocuparnos son las cuestiones que se dirimen en Europa. El referéndum británico, la crisis de los refugiados y el acuerdo con Turquía, la deriva autoritaria en el Este, la situación en Ucrania o Libia o la política del BCE son temas que debieran ocuparnos, y sobre los que nuestros políticos dicen poco, quizás porque lo ignoran todo. 

En Europa nos estamos jugando mucho con la forma en la que nuestros gobiernos, también el nuestro (pues estar en funciones no le exime de su responsabilidad), están abordando dos problemas que están carcomiendo la misma idea de Europa: el neonacionalismo y el olvido de principios democráticos esenciales. 

La estrategia de la construcción europea, desde la declaración Schuman de 1950, fue siempre dar pasos concretos que pusieran cada vez más cosas en común: carbón, acero, agricultura, mercados, libertades, derechos, moneda, bandera, tribunales, etc. Más asuntos en común de tal forma que no hubiera un proyecto nacional que compitiera con otros, sino una cooperación europea que compitiera en el mundo. Paso a paso se fue cediendo soberanía hasta crear un conjunto de instituciones políticas comunes, que superaran los nacionalismos que nos llevaron a las dos guerras mundiales. Europa fue el antídoto contra los nacionalismos porque ser europeísta era y es incompatible con ser nacionalista. 

Los británicos siempre estuvieron contra esta estrategia de integración. Primero, en los sesenta, creando el viejo EFTA, luego, a partir de su incorporación, ralentizando todas las cesiones de soberanía. Todos sus líderes, con muy pocas excepciones, fueron euroescépticos (lo que es una forma fina de decir nacionalistas), sencillamente, porque no creían en Europa como idea, sino como un conjunto de intereses. Cameron es el cénit de esta política. Una política a la que la miopía y ausencia de convicciones europeas del resto de los líderes ha prestado alas aceptando el chantaje del referéndum. 

El acuerdo con el Reino Unido es una traición a los principios de la construcción europea porque supone una indecente cesión al nacionalismo británico. Un neonacionalismo que también tiene alas en Hungría y Polonia y que puede dar al traste con la misma construcción europea. El nacionalismo, cualquier nacionalismo, pone en cuestión la idea de Europa y la cesión ante ellos es una traición a esa idea. 

Pero siendo esto grave, más grave es, en mi opinión, la traición a Europa que supone el olvido de principios democráticos esenciales en la gestión de los refugiados, cuyo último e indigno acto es la oferta a Turquía de 6.000 millones de euros para que interne en campos de refugiados a los que huyen de las guerras de Oriente Próximo, y el silencio cómplice con la violación de los derechos humanos del Gobierno de Erdogan. Los europeos vamos a pagar para que otros violen los Derechos Humanos por nosotros, y vamos a hacer la vista gorda, una vez más, a las derivas autoritarias del otro lado de nuestras fronteras. Vamos a caer más bajo aún de lo que ya estamos cayendo con la gestión que se está haciendo de los casi dos millones de refugiados que están en nuestras fronteras y que andamos ninguneando y ocultando. 

Si con el neonacionalismo británico (y húngaro y polaco) ponemos en peligro la construcción europea, con la gestión de la crisis de los refugiados estamos poniendo en peligro nuestra democracia y conceptos esenciales del estado de derecho, solidaridad e igualdad. Vivimos tan embobados con la política-entretenimiento que estamos consintiendo que nuestros gobiernos traicionen principios esenciales de nuestro ser como europeos. En Europa nos jugamos mucho más que quién es el próximo presidente del Gobierno, en Europa nos lo jugamos todo. Aunque no lo queramos verlo. 

14 de marzo de 2016 

lunes, 29 de febrero de 2016

Daños limitados

La política es una suma de obviedades. Una de las obviedades más repetidas es que, por razones económicas, "necesitamos cuanto antes un gobierno estable". Se argumenta que mientras no tengamos un gobierno estable la marcha de la economía puede sufrir "daños", por lo que es imprescindible conformarlo como sea y evitar nuevas elecciones. 

Es evidente que toda incertidumbre genera parálisis en la toma de decisiones. En economía, la incertidumbre sobre cualquier aspecto relevante de una decisión suele implicar su aplazamiento porque la incertidumbre impide formar expectativas que es la variable clave de las decisiones. Esto es especialmente cierto en aquellas decisiones que tienen una mayor proyección en el tiempo, como las de inversión, de tal forma que, unas elecciones, en las que puede haber un cambio de orientación en la política económica, tienen siempre impacto sobre la tasa de crecimiento en el corto plazo. Pero no daña más el funcionamiento de una economía la incertidumbre sobre un gobierno que la certeza de un gobierno estable con una política económica errónea. Es decir, lo que necesitamos para que la economía vaya bien no es necesariamente un gobierno estable, sea cual sea y pronto, sino que no haya una política económica errónea, la haga un gobierno estable o no. Dicho de otra forma, no es la ausencia de Gobierno lo que puede perjudicar nuestra tasa de crecimiento en el corto plazo, pues Gobierno en funciones tenemos de la misma forma que tenemos leyes que se siguen cumpliendo, sino la posibilidad de que haya un Gobierno que realice un cambio profundo en la orientación de nuestra política económica, virando hacia una política errónea. 

Algo que es mucho más difícil de lo que parece que saben los políticos en España, pues, el margen de autonomía que tiene cualquier Gobierno de la zona euro en su política económica es relativamente limitado. Y es que todos los países de la zona euro tienen cedida la soberanía sobre la política monetaria, como todos tienen reglas de cumplimiento de política fiscal (que no son tan fáciles de negociar como algunos de nuestros políticos creen), como tienen cedidas no pocas de las competencias sectoriales y las de regulaciones de mercados. Solo hay una política económica plenamente nacional, que es la relativa a mercado de trabajo, y otra en la que los países tienen mucha autonomía, que es la que determina la composición del gasto y de los impuestos. 

La marcha, pues, de nuestra economía no depende, pues, tanto como quiere hacérsenos creer, de lo que haga o deje de hacer nuestro Gobierno, pues tenemos soberanía compartida sobre ella con los demás socios de la Unión Europea y los de la zona euro y somos una economía pequeña abierta, integrada y endeudada. Lo que pase en los próximos años con la economía española será el fruto de las circunstancias del entorno económico (los problemas de China y los emergentes, la situación del mercado de petróleo y los efectos sobre las petroleras y el sistema bancario, los problemas en Europa), más que de las decisiones que tome el Gobierno que se forme, sea cual sea su orientación ideológica. 

Gracias a la historia, la economía española no es ya una economía cerrada, ensimismada y castiza, sino una economía abierta e integrada en Europa. Y ojalá que fuera más abierta y más integrada en Europa, pues las únicas variables económicas que estamos controlando bien son aquellas cuyas decisiones compartimos, mientras que los mercados que dependen de nosotros, como el mercado de trabajo, tendemos a gestionarlos mal (y no hay más que irse a la diferencia de nuestra tasa de paro con la europea), como solemos equivocarnos en las políticas sectoriales que no compartimos (como educación). 

Es cierto que necesitamos un gobierno y lo necesitamos ya, pero no porque sea crítico para nuestra economía, sino para nuestra salud mental, pues no creo que los españoles podamos soportar mucho tiempo más el permanente show al que nos someten nuestros políticos.

29 de febrero de 2016
 

lunes, 15 de febrero de 2016

Un juego interesante

He de confesar que estos días veo la política española como si fuera un deporte o un espectáculo y no como la cosa seria que debiera ver. No sé si lo hago así para no deplorar la escasa preparación de los líderes que tenemos o para no criticar la superficialidad de las propuestas (ahórrense el programa que ha presentado el PSOE y las transparencias de los cinco puntos del PP). El hecho es que, en mi opinión, estamos en el primer tiempo de un partido o si lo prefieren en el primer acto de una obra, que continuará tras la formación o no de gobierno, y en el que estaremos inmersos por unos años. 

Creo que Rajoy se ha equivocado al dejar la iniciativa a Sánchez. 

Creo que las razones de este error tienen que ver con su cansancio, su carácter y su estrategia. 

Rajoy está desgastado, cansado y dolido. Como él, además, es un líder lento y poco creativo no ha reaccionado en absoluto, lo que ha paralizado al Gobierno y a su partido. Su estrategia, por otra parte, se ha basado en la idea de que una repetición de las elecciones podría mejorar sus resultados, al tiempo que Podemos superaría al PSOE, lo que le facilitaría a él formar un gobierno anti-Podemos. Una estrategia que ya no puede funcionar por los casos de corrupción que están aflorando. Ante esto, si no quiere abocar a su partido a un desastre, tendría que esperar que Sánchez formara gobierno, presentar su dimisión y convocar un congreso del PP para hacer una profunda regeneración de su partido preparándolo para el largo juego que se avecina. El problema para el PP es que Rajoy no va a hacer nada de eso, pues su discurso es del que "resiste gana", no cree que Rivera le pueda superar y aún confía en que al PSOE le salgan tantos casos de corrupción como los suyos. Desde mi punto de vista, Rajoy y su estrategia de "paso a paso" son el problema del PP. 

Sánchez, por el contrario y a pesar de su debilidad, está jugando razonablemente bien. Su única opción de mantener el liderazgo del PSOE y no tener que aceptar su desastre electoral es ser investido. Si lo lograra sería confirmado como secretario general y sería el candidato en las próximas elecciones. Sánchez está buscando el reconocimiento como líder del PSOE fuera del partido, pues sólo así puede lograrlo dentro. Y para ello está desplegando una estrategia de "profecía autocumplida", comportándose como un presidente de gobierno al que sólo le falta la investidura. 

Pero Sánchez no lo tiene fácil. El PP votará en su contra, mientras Ciudadanos está haciendo todo lo posible para que sea investido, pues, a pesar de que Rivera es un líder en alza y podría arañar votos del PP, necesita tiempo para articular el partido, y Podemos sigue con su ofensiva ofensiva. 

No sé si Pedro Sánchez y sus militantes están dispuestos a compartir gobierno con Pablo Iglesias (lo que, en mi opinión, los desangraría por el centro frente a Ciudadanos y no ganarían nada a su izquierda), pero en el caso de que no sea así y Podemos se quedara fuera del Gobierno, Iglesias tiene dos opciones interesantes: votar a favor del "gobierno de cambio" en el último minuto pactando un paquete de leyes sociales para vender como un éxito el que no estén dentro (paquete que Ciudadanos tendría que tragar para no desdecirse de lo que haya hablado con el PSOE), o, abstenerse, y lanzar un aviso al PSOE de su propia debilidad, pues cualquier gobierno del PSOE con 90 diputados, siempre estará a merced de Podemos. 

Logre o no Pedro Sánchez ganar este set formando gobierno, lo que me parece es que vamos a estar inmersos en un juego permanente, que llenará horas de televisión. Lo que nadie puede garantizar es que vaya a ser medianamente interesante o útil.

15 de febrero de 2016
 

lunes, 1 de febrero de 2016

Intereses

Mientras uno enarbola los "intereses de España", y otro interpreta que los votantes, y no sólo los suyos, quieren "un gobierno de cambio", lo que realmente está pasando es que los líderes políticos están defendiendo su propio interés. 

Mariano Rajoy sabe que ha perdido las elecciones. Con casi 3,6 millones de votos menos que en 2011, una bajada de 15,9 puntosy una pérdida de 63 escaños, tendría que haber presentado su dimisión. Su único atisbo de esperanza para seguir al frente del PP es que, al ser el partido más votado, y si el PSOE aceptara abstenerse "por responsabilidad", taparía su derrota logrando la Moncloa. Como sabe que Sánchez no va a abstenerse, Rajoy está dispuesto a aceptar nuevas elecciones con la esperanza de movilizar votos a su derecha, arañar voto útil a Ciudadanos y que Podemos termine de socavar al PSOE. Por el contrario, si finalmente el PSOE lograra formar gobierno, Rajoy tendría que aceptar su derrota y presentar su dimisión. Si a Mariano Rajoy le hubiera preocupado el interés de España podría haber intentado un acuerdo con Ciudadanos y el PSOE en que se diseñara un conjunto de pactos y hubiera dejado que otra persona liderara ese hipotético gobierno como prueba de voluntad de acuerdo. 

Pedro Sánchez también tendría que haber presentado su dimisión la noche electoral. Con 1,5 millones de votos menos que Rubalcaba en 2011 (¡5,7! millones menos que Zapatero en 2008) y el peor resultado de la historia del PSOE no hay país democrático en el que el líder de la oposición no hubiera presentado su dimisión. Igual que para Rajoy, su única esperanza de mantenerse en la Secretaría General de PSOE es formar gobierno. No tiene ni siquiera la posibilidad de una segunda vuelta porque Podemos le arañaría votos, no le ganaría ninguno a Ciudadanos y no tiene bolsas de abstencionistas. Pedro Sánchez o es presidente ahora o no lo será nunca, puesto que si fracasa a la hora de formar gobierno tendría que reconocer su profunda derrota. Por eso no va a facilitar la investidura de Mariano Rajoy y luchará contra una repetición de las elecciones. A Pedro Sánchez no le preocupa ni su propio partido, pues sabe que para que él sea presidente del Gobierno ha de sacrificar al PSOE ante Podemos. Si el PSOE pacta con Podemos, Pedro Sánchez será presidente de gobierno, pero probablemente el precio será la división del PSOE, pues Pablo Iglesias es un animal político cuyo objetivo confeso es la hegemonía de la izquierda dinamitando al PSOE. Para curarse en salud por si esto ocurriera (y hay precedentes como el Tripartito del PSC con ERC en Cataluña, Cantabria, Madrid, etc.) es por lo que va a acudir a la "militancia", para que no ser él el que cargue con la responsabilidad de unos pactos con Podemos. Lo que no parece darse cuenta es que con este movimiento lo que logra es lo que quería evitar: manifestar claramente la división del PSOE a la que Iglesias siempre hace referencia. Y si no que se lo pregunten a la CUP. 

Pablo Iglesias sigue fiel a sus lecturas leninistas: apoyarse en la socialdemocracia para dividirla y llegar al poder. Lo importante para él es el poder. Lo que puede hacerse con el poder no es, para él, importante, pues para Iglesias el cambio es la forma de perpetuarse en el poder. Por eso, cambia de propuestas sobre la marcha y plantea un reparto de sillones antes que políticas. Por eso llegará a un acuerdo con un Sánchez que necesita llegar a un acuerdo a cualquier precio. 

No sé lo que va a pasar finalmente, ni cuál de los dos perdedores se hará con el Gobierno, aunque supongo que será Sánchez, con la abstención de los independentistas, lo que sí sé es que tendremos un presidente de gobierno perdedor que no ha mirado más allá de sus personales intereses. Lo demás sólo será retórica. Como casi siempre.

1 de febrero de 2016