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martes, 29 de julio de 2003

Burbujas financieras e inmobiliarias

Todos sabemos que el mercado en el que más rápidamente han crecido los precios en los últimos años ha sido el de la vivienda. Este hecho era conocido, pero no fue, como tantas cosas, hasta que el Banco de España publicó el trabajo de su servicio de estudios, en septiembre del año pasado, que no empezó a preocupar el tema a la población y a los responsables políticos. Y ha llegado a estar tan de moda, que no hay análisis de la coyuntura de la economía española que no dedique unas líneas al tema de la "burbuja inmobiliaria", con lo que ha ido creciendo la simplificación del análisis del problema y se van oyendo bastantes inexactitudes. 

El término de "burbuja" se usa, desde finales de los ochenta, para denotar aquella situación de un mercado en el que los precios suben, rápida, generalizada y caóticamente, terminando la situación, o sea, pinchándose la "burbuja", cuando se produce un descenso vertiginoso de estos mismos precios. El término se usó por primera vez para caracterizar la situación de subida, y posterior desplome, de las cotizaciones de la Bolsa norteamericana en el otoño de 1987 y, posteriormente, se usó, esta vez con el calificativo de inmobiliaria, para explicar las razones económicas de la crisis bancaria japonesa de los noventa. Alan Greenspan, el presidente de la Reserva Federal norteamericana, volvió a usar el término, en 1999, al hablar, entonces, de la posibilidad de estar en una nueva "burbuja bursátil" por el espectacular crecimiento de las cotizaciones de las punto.com. Y, ahora, se está utilizando otra vez la expresión en el Reino Unido y España para reflejar la evolución de los precios de la vivienda. El término, pues, se ha aplicado a situaciones muy dispares lo que lo hace tan impreciso que casi carece de significado. ¿Estamos, entonces, en España, viviendo una "burbuja inmobiliaria"? Comparada nuestra situación con la norteamericana tendríamos que decir que, en algunos sentidos sí, y en otros no. Comparado lo que estamos viviendo con la "burbuja inmobiliaria" japonesa tendríamos que decir rotundamente que no. La subida de precios de la vivienda en España se parece a las burbujas financieras norteamericanas en dos aspectos: en que la escalada de precios se produce en un contexto de bajada de los tipos de interés, y en que se produce impulsada por un fuerte endeudamiento de las familias. Y, en cierto sentido, se parece a la irracional subida de los precios de las punto.com, pues, en España, están subiendo muchos precios de pisos por efecto contagio, no porque realmente todos los pisos valgan, o puedan valer en el futuro, lo que se está pagando. Sin embargo, y a pesar de la similitud financiera, no estamos ante la misma situación porque, a pesar de todo, los pisos existen, mientras que, en sus dos crisis financieras, los norteamericanos compraron expectativas de beneficio futuro. Nosotros compramos ladrillos, ellos compraron palabras y promesas. De ahí que, mientras que una burbuja financiera se puede esfumar como una pompa de jabón y dejar a muchas familias endeudadas, una posible burbuja inmobiliaria deja tras de sí viviendas que se pueden habitar. Las cotizaciones pueden bajar hasta ser cero, el precio de una vivienda no. 

Si comparamos la situación española con la japonesa, nos encontramos que hay dos diferencias esenciales que hacen tan dispar la situación que toda similitud es mera coincidencia. En primer lugar, porque los que realmente especularon con los precios en Japón, a través de los mercados de deuda hipotecaria, fueron los bancos, algo impensable en España; y, en segundo lugar, porque los precios de la vivienda en Japón subieron, en no poca medida, por el efecto riqueza de las subidas bursátiles, de ahí que desinflada la burbuja financiera se desinflara también la inmobiliaria, poniendo en serios aprietos, de los que aún no han salido, a todo el sistema financiero japonés. 

No, no estamos, pues, ni ante una burbuja financiera a la norteamericana, ni ante una burbuja inmobiliaria a la japonesa. Pero el que no lo nombremos así no quiere decir que no haya peligros en el mercado de la vivienda en España que puedan afectar al conjunto de la economía. Peligros que existen aunque no encontremos el nombre justo para llamarlos. 

lunes, 14 de julio de 2003

Comparaciones y contrastes de renta

Pocos datos económicos son más llamativos que los que reflejan comparaciones de renta. Los informes de la Caixa o del BBVA sobre la distribución provincial de la renta, las comparaciones sobre la renta per cápita regional, las estadísticas de la convergencia real de una economía (también en renta per cápita) o los datos de la pobreza en el mundo del PNUD son, normalmente, y con mucho más detalle que los demás datos económicos, analizados, debatidos, utilizados y manipulados con ahínco por economistas, políticos y tertulianos de toda calaña. Que la renta media de la provincia de Córdoba aparezca en los últimos lugares de entre las provincias españolas, que Andalucía esté un 60% por debajo de la renta de Madrid, que España tenga el 82,4% de la renta per cápita de la UE-15, o que Marruecos tenga sólo un 20% de la renta española, son hechos importantes y polémicos que dan para no pocos análisis brillantes y debates de múltiples niveles. Y, sin embargo, se olvida lo más importante. Porque con estas comparaciones, con ese territorializar los datos de la renta, nos olvidamos de lo esencial, de lo obvio, de que toda distribución de la renta es, sencillamente, una relación entre esa misma renta, lo que se produce, lo que se consume, y las personas de una comunidad. Nos olvidamos que toda distribución de la renta responde a la pregunta cuánto recibe quién, y no a la pregunta de dónde se produce qué, lo que, siendo relevante, no es tan importante. Y es que la renta, ese conjunto de bienes y servicios que producimos para satisfacer nuestras necesidades, la poseemos, por múltiples razones, las personas, no los territorios. Es decir, no es Córdoba la que consume la renta, somos los cordobeses los que gastamos en consumir. Y no es Córdoba la que está mal ubicada en la lista de provincias, es la media de los cordobeses. Córdoba no tiene renta, la tenemos los cordobeses. 

Por eso, si es preocupante el estar en los puestos finales de la distribución provincial de la renta, más me parece que debiera preocuparnos el que, a pesar de que España va bien según Aznar, Andalucía se esté modernizando por segunda vez como sostiene Chávez, y Córdoba es de todos/as los/as cordobeses/as según Rosa Aguilar, las personas pobres de esta ciudad viven en medio de la basura, el descuido y la marginación en los mismos pisos de principios de los 60 y con los servicios similares a los de hace cuarenta años, mientras que las personas ricas de esta ciudad pagan precios astronómicos por pisos de inversión en el plan RENFE. Lo preocupante no es lo que dice la Caixa o el BBVA, sino el creciente contraste que cualquiera puede observar entre el Cerro y el Brillante. ¿Cuáles son las causas de este contraste? ¿Por qué percibimos que crecen las distancias entre los ricos y los pobres en nuestra ciudad, en todas las ciudades, entre las regiones, entre los países del mundo? Muchas, y muy complejas, son las causas de esta situación. Sin embargo, he de apuntar tres que pueden explicar, provisionalmente y a falta de un análisis más profundo, el crecimiento en los contrastes en nuestra sociedad: las diferencias en el crecimiento de la oportunidades de empleo, las diferencias en el crecimiento de los salarios y las diferencias en las posibilidades de ahorro y crédito. Y es que no tiene la misma probabilidad de estar ocupado un joven de uno de nuestros barrios marginales que un joven de uno de nuestros barrios de clase media, pues su tasa de paro es cuatro veces más alta, y la proporción crece: a principios de los 90 la tasa de paro de los pobres no llegaba a ser tres veces la de los ricos. Y una evolución parecida han sufrido los salarios: en 1995 la proporción entre el sueldo medio de un directivo y el Salario Mínimo Interprofesional era de 7,8 veces, mientras que hoy es de 11 veces. Y como las posibilidades de ahorrar están beneficiando a los que más tienen, la evolución de estas disparidades se acentuarán en el futuro. No sé si estas causas lo son y si son únicas. Lo que sí es seguro es que el problema que tenemos como sociedad no es si tenemos más o menos en media que los madrileños, los alemanes o los marroquíes sino si entre nosotros todos vivimos razonablemente. 

lunes, 16 de junio de 2003

Mentiras fiscales

Todos los años, por estas fechas, hablamos de impuestos. Todos los años, por estas fechas, se dicen las mismas cosas y se hacen las mismas declaraciones. Y todos los años, por estas fechas, se cuenta una misma media verdad que se quiere hacer pasar por dogma de fe. Esa maldita media verdad que se viene repitiendo desde la reforma fiscal de 1998, no para de salir en los medios de comunicación, la sostiene todo responsable político del PP y, lo más curioso, está calando tanto que todo el mundo la afirma como axioma de política fiscal, aunque los datos le demuestren lo contrario, y que reza que en los últimos años han bajado los impuestos. 

Y es cierto que han bajado, pero sólo los impuestos directos, porque los demás, es decir, los indirectos, las tasas y las cotizaciones sociales, que suponen más del 60% del total de los impuestos, no sólo no han bajado sino que han subido. Se miente, pues, cuando se omite el adjetivo "directos" en la frase. Basta con mirar la serie de datos que el mismo Ministerio de Hacienda ofrecía hasta hace poco (y que ahora sólo facilita con cuentagotas) para comprobar la mentira: en 1985, la presión fiscal fue del 28,8%; en 1990 subió al 34,4%; en 1995, fue del 33,4%; subió al 34,2% en 1998 y ha llegado, en el año 2001, al 35,6%. Puesto que la presión fiscal es el cociente de todas las cargas tributarias (directas e indirectas) entre el Producto Interior Bruto, y puesto que, por otro lado, toda la actividad económica se puede asignar a cada uno de los miembros de una comunidad, podemos concluir que cada uno de nosotros, cada español, paga, hoy y de media, algo más del 35% de todo lo que produce para el sostenimiento del Estado y de los Servicios Públicos. Dado que 35,6 es un número mayor que 33,4, hemos de concluir que hoy pagamos, en media, más impuestos que en 1995. 

Pero hay una segunda mentira implícita en la machacona y escueta frase. Y que al decir que se han bajado los impuestos e intentar demostrarlo sólo considerando los directos, los responsables de Hacienda están haciendo una sinécdoque políticamente hábil, pero peligrosa. Porque en ese tomar el todo por las partes, ese considerar que sólo son impuestos que se pagan los impuestos directos, hay implícita la negación de otra realidad, la de que los ciudadanos, todos y cada uno de nosotros, somos los que soportamos el resto de los impuestos, aunque no seamos conscientes de ellos. El IVA y las Cotizaciones Sociales, que son más de 20 billones de pesetas al año, los pagamos los consumidores en los precios de los productos, aunque sean las empresas las que los recaudan, los declaran y liquidan. Y lo mismo pasa con las tasas, más de 2 billones de pesetas anuales, y los impuestos especiales (tabaco, alcohol, hidrocarburos, etc.), otros tantos billones de pesetas. Y esta sinécdoque es políticamente hábil porque al oscurecer la importancia de los impuestos indirectos (más del 60% de la recaudación) se está obviando el debate sobre la distribución de la carga tributaria y se hace parecer a las dos reformas fiscales del IRPF como reformas progresistas y más igualitaristas. En la primera reforma se bajó el tipo medio de las rentas del trabajo del 15,12% al 13,34%, es decir, el 11,7% de reducción, mientras que a las rentas altas se le redujo en un 10% de media. Sin embargo, si consideramos que las rentas bajas gastan en consumo toda su renta, lo que perdió Hacienda por la reducción del Impuesto de la Renta, lo recuperó, en parte, por la recaudación del IVA, con lo que las rentas del trabajo pasaron de pagar un 26,83% de impuestos entre Renta e IVA a un 25,3%, es decir, una reducción combinada de sólo el 5,7%. Mientras que a las rentas más altas, que no gastan toda su renta sino que pueden ahorrar el exceso de renta disponible, la reducción de ese 10% de impuestos es neta. Luego, ha habido gente a la que los impuestos le han subido más que a otros. Y esto es política y socialmente peligroso porque tiene el efecto perverso de aumentar las diferencias de renta. Así pues, ni los impuestos han bajado, ni han bajado todos los impuestos, ni han bajado para todos por igual. 

Mark Twain clasificó las mentiras en tres tipos, las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas, posiblemente porque no pensó que se podían decir muchas mentiras en una sola frase, posiblemente porque no llegó a conocer las mentiras fiscales. 

lunes, 19 de mayo de 2003

Programas electorales

Estamos en plena campaña electoral. Los medios de comunicación dedican a los candidatos miles de páginas y cientos de minutos de cobertura. Hay carteles y anuncios por todos sitios. Nuestros buzones se llenan de decenas de cartas que, desde el presidente del Gobierno hasta el último candidato, se dirigen a nosotros para pedirnos nuestro voto. Incluso en internet hay miles de páginas dedicadas a las elecciones. Un votante tendría estos días un inmenso trabajo si quisiera leer y escuchar toda la información que le llega. Sin embargo, si el votante, siguiendo un criterio de racionalidad, quisiera conocer realmente el proyecto de ciudad que los candidatos proponen, tendría que ordenar una cantidad inmensa de información, muchas veces contradictoria e incompleta. Y es que parece que, en vez de programas que reflejen lo que los candidatos quieren hacer con el futuro de la ciudad, los políticos, sencillamente, se afanan en escribir unos cuantos folios de promesas que es una carta ideal a los Reyes Magos. Una carta cuyo contenido, a medida que se acerca el día de las elecciones, se va incrementando. 

Y es que los programas electorales no se hacen desde el análisis de la realidad y la propuesta y debate de ideas y criterios que, en metodología similar a la de un plan estratégico, debería responder a las preguntas de dónde estamos, dónde queremos llegar y cómo alcanzarlo, sino desde unas hipotéticas demandas (que hasta el lenguaje político hemos mercantilizado) de los ciudadanos y colectivos que ayudan a conformar la oferta electoral. Se trata, entonces, de ir ensartando propuestas concretas, más o menos coherentes, que conciten el apoyo electoral de una mayoría de los ciudadanos. Es decir, se sigue un método, inductivo, de suma de aspiraciones, viejas y nuevas reclamaciones, viejos y nuevos deseos. Un método cuyo resultado es ese pastiche de posibles acciones que parece, como sugería Sánchez Casas en estas páginas, el anuncio de Coca-Cola. Un método cuyo resultado es la incoherencia, la contradicción y la imposibilidad de la mayoría de los programas. 

La incoherencia de los programas viene dada porque es imposible, como demostró Arrow, hacer una agregación coherente de preferencias cuando hay más de tres asuntos sobre los que opinar, hay más de tres candidatos y hay más de tres ciudadanos con distintas preferencias. Condiciones las tres que se cumplen en todas las elecciones municipales, de ahí que el que quiera contentar a todo el mundo o da información incompleta a todos o no contenta a nadie. Pero, además, necesariamente cae en contradicciones. Y es que no se pueden prometer mil puestos de trabajo en el ayuntamiento y decir, en otros sitio, que no se van a subir los impuestos o la deuda. O no se puede prometer un gran número de actuaciones en las infraestructuras de todos los barrios y bajar los impuestos y reducir la deuda. O no se puede prometer una vivienda más barata y, en otro foro, decirle a los constructores y promotores que sigan invirtiendo porque pueden ganar más dinero. Y de las contradicciones nacen las imposibilidades y los incumplimientos. Porque, por la forma, en la que se hacen los programas y las campañas, se hacen tantas promesas, se dicen tantas buenas palabras y se expresan tantas grandes intenciones que es imposible, tanto material como temporalmente, cumplirlas todas. Y luego llega el desencanto, la desconfianza y el desprestigio de los políticos y de la política. 

No, no son buenos los programas electorales para tomar una decisión sobre el voto. Quizás es que no sean un proyecto de ciudad, sea lo que sea una ciudad, sino unos simples elementos de márketing. Quizás es que debieran darnos a todos la lección que, hace ya muchos años, recibió un pobre y novato profesor de provincias del ex ministro Miguel Boyer cuando, ante la pregunta de por qué si ya habían pensado en el año 81 la necesidad de hacer un ajuste y una reconversión industrial hicieron la promesa, en el 82, de los ochocientos mil puestos de trabajo, le respondió, mirándole con sus claros y fríos ojos, con otra pregunta no menos clara y fría: ¿Es que usted aún no sabe que un programa electoral se hace para ganar unas elecciones y no para gobernar? 

lunes, 5 de mayo de 2003

Los retos de Lula

Hace más de cuatro meses que Luiz Inacio Lula da Silva tomó posesión de la presidencia de uno de los países más fascinantes del planeta. Con un territorio diecisiete veces el de España y una población de 170 millones de personas, la economía brasileña tiene un producto interior bruto similar al español y una renta per capita de alrededor del 30% de la nuestra. Brasil tiene, además, unos ingentes recursos naturales, una contrastada capacidad tecnológica en algunos sectores y las posibilidades de un inmenso mercado. Pero estas posibilidades se ven lastradas por los, también, inmensos problemas sociales y económicos: grandes bolsas de pobreza, deuda externa, presión sobre la selva amazónica, megaurbes, corrupción. Problemas cuyo principal origen es el problema estructural de Brasil: una de las más desiguales distribuciones de la renta del mundo. Y es precisamente este problema el que impide a esta economía desarrollar sus posibilidades. Resolverlo y desarrollarse como la potencia que puede ser es el reto al que se enfrenta Luiz Inacio Lula da Silva. 

Luchar contra estos problemas pasa, como en tantos otros países, por alcanzar tres objetivos relacionados: conseguir una estabilidad política que permita construir un verdadero estado de derecho y una eficaz administración, libre de corrupción; generar confianza en todas las capas sociales, desde los empresarios internacionales hasta los marginados, de tal forma que aumente la inversión; y, finalmente, diseñar correctas medidas de redistribución que vayan modificando la estructura de distribución de la renta, lo que a su vez potencia el estado de derecho y el crecimiento económico. 

Las primeras medidas de Lula en estos cien días han sido esperanzadoras, tanto en los gestos políticos como en las acciones concretas. El nombramiento de su heterogéneo gobierno, en el que se mezclan artistas con financieros, la gira por los Estados más pobres, la cancelación de la compra de aviones militares y la campaña de lucha contra el hambre han sido cuatro importantes y espectaculares gestos con un fuerte contenido político. En cuanto a la política económica, en manos de Antonio Palocci, los objetivos son tan ortodoxos que sorprenden en un líder obrero: la lucha contra la inflación y el control de las cuentas públicas. Para controlar la inflación, Palocci ha tomado dos medidas que han sorprendido y que están causando fuertes presiones en el Partido de los Trabajadores: la primera, conceder la independencia al Banco Central y nombrar a Enrique Meirelles, un banquero privado, su gobernador, con lo que la política monetaria ha sido la de subir los tipos de interés hasta el entorno del 26%, diez puntos por encima de la inflación; y, en segundo lugar, congelar los gastos públicos no esenciales y reformar tanto la Seguridad Social, eliminando las altas pensiones de antiguos funcionarios públicos, como el sistema tributario, endureciendo la progresividad impositiva. En el frente de la redistribución, además de las medidas anteriores de indudables efectos redistribuidores, y con un objetivo de dinamizar la economía a través del consumo, las dos medidas estelares han sido la subida del salario mínimo en algo más del 20% y el proyecto de hacer propietarios a los pobladores de las favelas. El resultado inmediato de estas medidas ha sido la ralentización del crecimiento de la inflación a pesar de los contradictorios efectos a corto plazo de algunas de las decisiones; la estabilidad del real lo que favorece las exportaciones y reduce el saldo exterior; la generación de expectativas muy positivas en los inversores internacionales, por la credibilidad de la política monetaria y fiscal; y, finalmente, la aceleración de la tasa de crecimiento económico, debido al tirón del consumo y de la inversión, hasta el entorno del 3%. 

El éxito de Lula, en el que se juega su futuro político y el de Brasil, depende de cuatro factores claves: de su pragmatismo y su capacidad de luchar contra el dogmatismo de su partido; de su idea de reforma del Estado brasileño y de su capacidad para cambiar a los poderes fácticos brasileños; de su diplomacia y de capacidad para genera confianza internacional en su proyecto; y, finalmente, de la eficacia de las medidas concretas de redistribución. Si tiene éxito veremos el nacimiento de una nueva potencia de rango mundial. Si no lo logra al menos le quedará el consuelo de ser siempre una potencia en ese sucedáneo de realidad que es el fútbol. 

martes, 22 de abril de 2003

Las consecuencias de Mr. Bush

Uno de los más finos teóricos de la política del siglo XIX, Alexis de Tocqueville, escribió un libro, De la democracia en América, que constituye, aún hoy más de ciento cincuenta años después de su publicación, uno de los mejores análisis de las ideas esenciales que conforman el sistema político norteamericano. 

Tocqueville subrayaba cuatro hechos para explicar el nacimiento y la consolidación de los principios democráticos en los Estados Unidos: en primer lugar, la sujeción de los poderes públicos a la ley, es decir, la existencia de un estado de derecho; en segundo lugar, la separación de poderes y los equilibrios de poder entre ellos; en tercer lugar, la tolerancia y libertad en el debate político; y, finalmente, y en cuarto lugar, la igualdad de los ciudadanos ante la ley y entre ellos, debido la inexistencia de aristocracia y de grandes desigualdades educativas y la muy igualitaria distribución de la renta, fruto de la relativamente igualitaria distribución de la tierra. La sujeción de los poderes públicos a la ley se la deben los norteamericanos a sus antepasados británicos, que libraron una guerra civil para establecer la primacía del Parlamento sobre el Rey, y al fuero que defendieron en su propia guerra de independencia, sintetizado en el grito de la rebelión de 1773: No impuestos sin representación. La separación de poderes y los equilibrios de poder de la democracia norteamericana tienen su origen en las desconfianzas que todo poder político despertaba en los Padres de la patria norteamericana. Para evitar la tiranía diseñaron instituciones que limitaban la arbitrariedad y el ejercicio despótico del poder garantizándose así todos su propia libertad o, mejor, sus libertades. Libertades consagradas en las enmiendas a la Constitución y que empiezan por la libertad religiosa y por la libertad de prensa. Libertades que reclaman en su simbología al grabar en sus monedas la palabra Libertad junto al perfil de Lincoln. 

Pero el debate político libre implica la tercera característica, la tolerancia. Una tolerancia hacia la libertad de opinión del otro por la que todas las posturas tienen cabida. Eso sí aceptando que el final del debate es elegir una de ellas. También de esta idea se hacen eco los norteamericanos al grabar en el reverso de la moneda de George Washington el lema: E pluribus unum, uno entre muchos. 

Y, por último, la igualdad de la distribución de la renta. Y es que para poder ser libre no sólo ha de haber ausencia de restricciones políticas, hay que no depender de nadie para cubrir las necesidades básicas. Porque toda dependencia es una suerte de dominación y la libertad sólo se ejerce desde la no dominación, la igualdad en las oportunidades de acceso a la renta es esencial para la libertad. 

Estas características han sido básicas no sólo en el desarrollo de la democracia en América, sino que han constituido, junto con los logros paralelos de la revolución francesa y los del Estado del Bienestar, la esencia del pensamiento que ha permitido ese sistema de organización política que llamamos democracia. 

Pero estas ideas se están poniendo en cuestión, cuando no atacando por la vía de los hechos. Bajo la presidencia de Mr. George W. Bush Jr., aprovechando y manipulando el shock del 11 de septiembre, se está vulnerando el estado de derecho al tener prisioneros en Guantánamo sin cargos, al aceptar la licitud de los asesinatos selectivos en el exterior y la guerra preventiva, y al romper los tratados firmados en la Carta de las Naciones Unidas. Y se vulnera la separación de poderes y se coarta la libertad y la tolerancia al imponer la censura de la prensa en la guerra de Irak por la razón de Estado, y al acusar de desleales a aquellos que no se alinean con su política. Y se está poniendo en peligro la igualdad entre los norteamericanos al aprobar una reforma fiscal que sólo favorece al 1% de la población, precisamente la más rica, multiplicando por tres las desigualdades en la distribución. Mr. Bush está poniendo en peligro la democracia en América. O lo que es lo mismo, la misma democracia que dice defender, en la que creen muchos norteamericanos y a la que, algunos, hemos llegado a amar. 

lunes, 7 de abril de 2003

Paradojas de la guerra

Todas las guerras producen, además de víctimas, paradojas. La cosecha de víctimas sigue mientras leemos estas líneas, las paradojas se están poniendo de manifiesto, a medida que se intenta justificar y razonar esta guerra. Dice el Diccionario de la Real Academia que paradoja es una idea extraña u opuesta a la común opinión y al sentir de las personas. Y, en una segunda acepción, que es una aserción inverosímil o absurda, que se presenta con apariencias de verdadera. 

La primera paradoja se puede formular así: la decisión de ir a la guerra se tomó para luchar contra el terrorismo. Y posiblemente sea cierto, pero el medio que se está usando es, desde la perspectiva de la población iraquí, igualmente terrorista. Porque si lo que pretende cualquier terrorista es causar un estado de miedo para alcanzar unas contrapartidas políticas, ¿no es esto lo que se pretende también con la operación "Impacto y Pavor" con que han castigado las fuerzas anglo-norteamericanas a los iraquíes? Desde la perspectiva de los iraquíes, la guerra es pavor y destrucción y coaccionados por la violencia se pretenden que se entreguen y se pongan bajo la protección y dominio de las fuerzas de la coalición. También eso es lo pretenden no pocos grupos guerrilleros de todo el mundo, a los que llamamos terroristas, y la misma justificación que se dan a sí mismos estos grupos. No se lucha contra el terrorismo con el pavor, sino con la fuerza de la legalidad y desactivando sus raíces. 

Se podrá argumentar que no es posible comparar a estos grupos armados con los gobiernos legítimamente elegidos de los Estados Unidos y sus aliados, pero aquí reside otra paradoja. La paradoja de la democracia tirana. Porque es cierto que estos gobiernos son legítimos porque fueron elegidos en las urnas, pero lo fueron para ejercer su poder, con las limitaciones que llamamos derechos, sobre el mismo cuerpo social que los eligió. Si se traspasan estos límites de los derechos o se ejerce el poder sobre una comunidad que no los eligió libremente se deja de ser democrático en la medida en que esos límites se traspasen. Dicho de otra forma, un gobierno puede ser democrático en su país y ser tiránico en otro. Y el hecho que se pretenda sustituir a un tirano no hace democrático al que lo sustituya, aunque pueda sea más benévolo: el general Franks será un tirano para los irakíes por la sencilla razón de que ellos no lo escogieron. La democracia americana lo es sólo para los norteamericanos, para los demás puede no serlo. 

Esto me lleva a la tercera paradoja: la de la democracia impuesta. Y es que la democracia se basa en la igualdad y la libertad. La igualdad que se expresa periódicamente en el voto sin coacciones y en la libertad de actuar sólo limitada por las leyes que todos nos damos y a todos afectan. Votar con una fuerza de ocupación extranjera en un país y limitar la acción a aquello que los ocupantes consideren correcto (como mucho me temo) es antidemocrático. La esencia de la democracia se basa en tres principios esenciales: la igualdad, que se expresa en el voto libre y secreto; la limitación en el ejercicio del poder, recogida en un conjunto de derechos primigenios que son inviolables; y, finalmente, la regulación de todas las acciones del gobierno mediante aprobación de la mayoría. Fue Jefferson, uno de los padres de los Estados Unidos, el que escribió: el Dios que nos dio la vida, nos dio al mismo tiempo la libertad: la violencia puede destruirlas, pero no puede separarlas, así como otra frase basada en las ideas de Locke, por la naturaleza de las cosas toda sociedad debe, en todo momento, conservar para sí el poder soberano de legislar. Una guerra no es la forma de liberar nada, es la forma de imponer un orden decidido por los vencedores y es que la libertad no se impone, se conquista. Pero no son éstas las únicas paradojas. También está la paradoja de la legalidad que no obliga, y la de la seguridad por la guerra y la del nuevo orden a partir de la producción de caos. Pero son consecuencias de las anteriores. O mejor, son consecuencias de una mente que padece de paranoia, enfermedad que el Diccionario de la Real Academia define como una perturbación mental fijada en una idea o en un orden de cosas. Porque todas las guerras se producen en un mar paradojas para las que no tenemos solución. Salvo para los paranoicos que las inician.