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lunes, 26 de septiembre de 2005

Elementos para gobernar

El clamoroso fracaso de la Asamblea de la ONU de las últimas semanas, la profunda parálisis en la que está sumida la Unión Europea desde hace meses y la desastrosa gestión de los daños del Huracán Katrina nos deben hacer reflexionar sobre la esencia de la acción del gobierno, sobre la aplicación de la política a los problemas de las personas. Y es que para resolver problemas, ampliar los derechos de los ciudadanos (que es lo mismo que ampliar la libertad), dotar a las personas de al menos un mínimo para vivir dignamente y resolver los conflictos son necesarios cuatro elementos clave e isojerárquicos: instituciones eficaces, objetivos claros, recursos humanos y materiales suficientes y poder político (que, a la postre, es poder de coacción). Cuatro elementos tan esenciales e interrelacionados que de faltar alguno es imposible llevar a cabo políticas que sirvan a los ciudadanos. Cuatro elementos que constituyen la arquitectura de ese edificio abstracto que podemos llamar Estado. 

Así, la ONU no puede cumplir con sus claros y cuantificados objetivos, como por ejemplo los del Milenio de Lucha contra la Pobreza, porque es una institución muy débil, no puede movilizar suficientes recursos para alcanzar sus objetivos y carece absolutamente de poder político. De hecho, es una institución en la que las decisiones, por derecho de veto de los cinco vencedores de la 2ª Guerra Mundial y la composición del Consejo de Seguridad, no se toman pensando en el conjunto de la Humanidad, sino en los intereses de los "Grandes", que, además, pueden castigarla sin recursos, como hizo Estados Unidos, y desafiar sus normas o leyes, como hacen abiertamente todos los grandes. Desde esta perspectiva está claro que si no hay una profunda reforma de la ONU, democratizando su funcionamiento, aportando recursos para su funcionamiento y políticas y cediendo poder soberano para que pueda implementarlas, nunca cumplirá ningún papel relevante en los sangrantes problemas del mundo. 

La Unión Europea, por su parte, tiene una institucionalidad compleja, aunque alejada de los ciudadanos por la ausencia de interés de los Estados en ceder soberanía. Sin embargo, esta sólida (y mejorable) institucionalidad está siendo lentamente vaciada de contenido, porque hay interés en impedirle tener unos objetivos políticos ambiciosos, hay una tendencia a recortar sus recursos y, desde luego, se hacen esfuerzos para limitar su poder coactivo. De ahí viene la incapacidad de gobernar la política económica de la Unión, de obligar al cumplimiento del Pacto de Estabilidad, de oponerse a las veleidades económico nacionalistas de algunos países, o de poner en marcha ambiciosos proyectos como la Agenda de Lisboa. 

Los Estados Unidos sí son un Estado. Tienen instituciones sólidas, objetivos claros, recursos suficientes y poder político. Su problema es que, desde la llegada al poder de los ultraliberales neocons han debilitado sus instituciones federales, han desviado recursos para el servicio de intereses particulares y han usado tarde en la emergencia el poder coactivo del Gobierno, lo que ha puesto de bruces a su opinión pública ante la realidad del deterioro institucional que han ido viviendo sin saberlo. 

De esta incompleta e inconclusa reflexión se pueden extraer algunas lecciones sobre nuestra realidad política, sin más que preguntarse si el proceso constitucional en el que estamos inmersos refuerza las instituciones políticas comunes, tiene objetivos claros, genera más recursos para el conjunto o permite un más eficaz ejercicio del poder. Pero no sé si es demasiado técnica o desalentadora para nuestro, de momento, común Gobierno. 

lunes, 12 de septiembre de 2005

Inglés y ordenadores

La semana pasada, el presidente Chaves, en un rasgo de sensatez y oportunidad que le honra, fijó, ante su partido y la opinión pública andaluza, las dos prioridades para el curso político que se inicia: la primera, la reforma del Estatuto; la segunda, la enseñanza en Andalucía. Y si de la primera habló con una cierta ambigüedad calculada, de la segunda habló con una precisión que me preocupa por su ignorancia. Y digo ignorancia, porque, para empezar, confundió los objetivos de la política educativa con los instrumentos para alcanzarlos. De la misma forma que presentó propuestas voluntaristas alejadas de las posibilidades y de las necesidades reales del sistema educativo que tenemos. Tanto que parece que con inglés y ordenadores se resuelven todos los problemas de nuestra enseñanza. 

Nadie puede discutir que, en el mundo del siglo XXI, es bueno hablar inglés y manejar las tecnologías de la información. Como tampoco es discutible que la forma más fácil de que nuestros hijos cumplan el objetivo de aprender un buen inglés es mandarlos a Eton. El problema es que como eso no es posible para todos, la solución que han encontrado nuestros políticos es traer los colegios británicos aquí. De ahí los colegios bilingües. Pero esta solución, altamente inviable por la escasez de profesores en el Reino Unido y la dificultad de formar rápidamente a los profesores ya existentes, denota lo poco que se ha reflexionado sobre el porqué en España no se hablan idiomas y sobre cómo resolverlo. En España la mayoría de la población no habla idiomas porque se enseñan mal. En primer lugar, porque no tenemos suficientes buenos profesores de idiomas, que además de hablar perfectamente, sepan pedagogía de los idiomas. En segundo lugar, porque usamos una anticuada pedagogía basada en la gramática. Y, en tercer lugar, porque tenemos, en inglés, como en todas las asignaturas, demasiados alumnos por aula. Si nuestros políticos se hubieran preguntado cómo es posible que en el norte de Europa se hable inglés al final de la enseñanza secundaria, hubieran encontrado que estos tres factores son más esenciales que sus escasos colegios bilingües. No, no creo que tener colegios bilingües sea, hoy, y en Andalucía, más importante que tener todas las asignaturas en todos los colegios con menos ratio de alumnos o que, por dar las clases en inglés, se resuelvan los problemas de motivación, buenos modales y disciplina entre nuestros alumnos. 

Como tampoco creo que tener muchos ordenadores en el aula favorezca necesariamente la enseñanza. Al contrario, es muy probable que, en no pocas materias y para determinadas edades, sea contraproducente. Porque el ordenador es sólo un instrumento para el manejo de la información, del saber, pero no puede sustituir el mismo saber. El que un alumno pueda dar la solución de un problema de física usando el ordenador no quiere decir que el alumno sepa resolver el problema, sino que ha encontrado la solución que otro, que sí sabe, metió en el ordenador. El ordenador debe ser un instrumento para el aprendizaje, pero no puede, como de hecho ocurre con la mayoría de las tecnologías en el aula, sustituir lo verdaderamente importante en el aprendizaje: el esfuerzo de pensar y aprender. No, realmente no creo que tener más ordenadores haga que nuestros profesores estén más motivados, nuestros alumnos aprecien el valor del esfuerzo y sepan más en el futuro. Al contrario, mucho me temo que con los ordenadores vamos a hacer personas tecnodependientes, que serán incapaces de pensar si no tienen una pantalla delante y que se tragarán cualquier información como cierta por el mero hecho de haberla visto escrita en internet. 

Que la educación sea parte del debate político me parece una gran idea. Pero habría que haber empezado por una descripción de la realidad de nuestro sistema educativo y de sus problemas, en vez de por unas propuestas frívolas y dictadas por la moda. Pero eso pasa en muchos ámbitos de nuestra vida política. En demasiados. 

lunes, 29 de agosto de 2005

Otra vez el petróleo

El precio del petróleo ha vuelto a subir espectacularmente en los últimos meses. El precio medio del petróleo brent, referencia en Europa, ha pasado de costar 25 dólares/barril a principios del año pasado, a costar más de 66 dólares en la semana pasada. Es decir, una subida del 164% en poco más de un año y medio, lo que es claramente preocupante. 

Las causas coyunturales de este encarecimiento son las mismas que ya analizábamos en septiembre del año pasado. La oferta de petróleo se encuentra a casi máxima capacidad, que no se alcanza por los problemas coyunturales de Ecuador (por huelga de los trabajadores de la empresa estatal) y en el golfo de México (por los huracanes), y por la tradicional política saudí de no utilizar la totalidad de su capacidad productiva. El problema, a corto plazo, es, pues, de demanda. Y es que la demanda se ha expandido en los últimos años a un ritmo muy alto, especialmente impulsada por la fortaleza del crecimiento chino y por el mantenimiento del crecimiento en los Estados Unidos. Crecimientos del PIB que, dada su intensiva utilización de petróleo (mucho más que en Europa), hacen que aumente significativamente la demanda y, con ella, los precios. A esta situación estructural hay que sumar otros dos factores: la entrada de grandes fondos de inversión en los mercados de futuros del petróleo, debido a la pérdida de rentabilidad de los mercados de divisas y los bajos tipos de interés generalizados en el mundo, y, desde luego, el factor estacional, pues en estos meses siempre sube el petróleo por el aprovisionamiento de las reservas en el Hemisferio Norte ante la temporada invernal que empezará dentro de un mes y medio. Al límite, pues, de capacidad de producción, y sin posibilidad de incrementarla mucho en unos meses por lo que tardan las instalaciones petrolíferas en estar listas (entre 18 y 24 meses) y con demandas crecientes, el petróleo está caro y seguirá caro en los próximos años. O mejor, seguirá paulatinamente encareciéndose. 

Debemos, pues, acostumbrarnos a un petróleo caro. Dicho de otra forma, debemos empezar a acostumbrarnos a precios de la gasolina por encima de un euro y a energía eléctrica más cara. Y ello porque el petróleo es una materia prima no renovable, de la que se conoce la localización de entre el 60 y el 70% de sus existencias en el mundo (los océanos y la Antártida están poco explorados), y porque la mayoría del stock de capital que poseemos usa petróleo. Puesto que este capital sigue expandiéndose y las reservas son relativamente fijas, el precio a largo plazo del petróleo seguirá, en tendencia, subiendo hasta que se agote o se cambie significativamente la tecnología. Podrá bajar transitoriamente, pero no significativamente, ni por mucho tiempo. Los grandes periodos con petróleo barato han pasado. ¿Estamos, entonces, ante una nueva crisis del petróleo como las de los setenta? Decididamente no. Por cuatro razones: en primer lugar, porque la subida del precio es menos intensa que la que se vivió en aquellas dos crisis (recordemos que en la primera crisis, la de 1973, el petróleo subió más del 260%); en segundo lugar, porque se produjo en mucho menos tiempo, escasamente cuatro meses, con lo que los choques sobre los precios fueron más duros (y la prueba está en la fuerte subida que se produjo en las tasas de inflación); en tercer lugar, porque las estructuras productivas de las grandes economías eran más intensivas en petróleo, al estar menos terciarizadas (la industria suponía, entonces, mucho más del 30-40% del PIB, cuando ahora no llega a esas cifras), por lo que se gastaba más petróleo por unidad de producto; y, finalmente, porque muchos gobiernos y sociedades reaccionaron con políticas miopes de compensación de los precios, vía subvenciones o reducciones de impuestos. Pero el que no estemos ante una crisis hoy no quiere decir que unos precios tan altos no sean un importante problema. Un importante problema que debería hacernos reflexionar seriamente sobre el origen de la energía que gastamos. Una reflexión que debería empezar por un debate público sobre el tema. Un debate que será más importante para nuestro bienestar futuro que los cansinos debates a los que nos tienen acostumbrados nuestros políticos. 

lunes, 15 de agosto de 2005

África, ahora

Desde hace unos años, cuando llega el verano, pienso en África. No estoy seguro de si es porque hace mucho calor o porque las vacaciones me producen una cierta mala conciencia. El caso es que, en estas fechas, siempre pienso, y algunos años escribo, sobre África. 

A pesar de lo poco que se está publicando sobre África en nuestros medios de comunicación, la situación africana estaba en la agenda política de los países ricos desde hace meses. El Gobierno británico, principal antigua potencia colonial en el continente, convocó a principios de año una serie de reuniones de alto nivel sobre la cuestión africana, sus conflictos, su inseguridad, su pobreza, sus problemas sanitarios. A finales de junio, Blair viajó a los Estados Unidos, antes incluso que visitar las capitales europeas tras su toma de posesión como presidente de turno de la Unión, y a pesar de la crisis europea tras los referenda, para intentar convencer a Bush de un plan de ayuda masiva a los países africanos. Un plan conocido como el "gran empujón" que pusiera en funcionamiento una serie de mecanismos virtuosos, que sacara al menos a una parte importante del continente, de los círculos viciosos de la pobreza. Más aún, en la cumbre del G-7+1 de principios de Julio, uno de los temas estrella, que el atentado de Londres eclipsó, era la condonación de deuda a un conjunto de países africanos (y a algunos latinoamericanos). África estaba de moda a principios del verano. 

Pero, ¿por qué ahora? ¿por qué lo que pasa en el continente pobre y olvidado nos empieza a preocupar? Dos explicaciones plausibles se me ocurren que explique este interés de los poderosos en África. Seguramente ninguna de ellas sea completamente cierta, aunque la suma de las dos puede explicar este repentino interés en este continente. 

Pensemos bien. Pensemos que, a pesar de la evidencia en contra, los países ricos se han dado cuenta de que, si quieren ser coherentes con los valores que firmaron en la Declaración del Milenio de lucha contra la pobreza, es necesario sacar a los africanos de la miseria en la que se encuentran. Porque África es un agujero negro en esas brillantes cifras del crecimiento mundial de los últimos años. Porque la batalla más ardua en la lucha contra la pobreza en el mundo se libra en África. Porque no terminar con la pobreza extrema del África subsahariana es no terminar con la pobreza en el mundo. Esta puede ser una primera causa de porqué África ahora. 

Pero también podemos pensar menos bien, que quizás las razones de este interés no sean tan altruistas sino más, valga la redundancia, interesadas. Quizás África ahora porque es el flanco sur del mundo islámico. Porque es la fuente más importante de inmigrantes a los países ricos y, además, de inmigrantes desesperados. Porque su inestabilidad es muy costosa en términos de precios de las materias primas. Porque impenetrable Asia por el poderío económico japonés, chino e indio, África puede ser un mercado a explotar. Porque es uno de las pocas regiones del planeta que tiene todos los recursos minerales que necesitamos para nuestra industria. Porque... 

No sé bien a qué se ha debido este repentino interés de los países ricos en África. No sé si este interés por África que Tony Blair manifestó se debió a algunas de estas razones, a que quiere pasar a la historia de la Gran Bretaña como el último gran primer ministro africanista, o a que le ha movido la conciencia alguna de las espléndidas novelas sobre el continente que escribió Joseph Conrad o las más recientes de Javier Reverte. No lo sé. Y, a estas alturas de la película, la verdad es que no me importa. Porque lo importante, hoy, es que ese interés se traduzca en ayuda efectiva ya, empezando por los países del Sahel en los que la langosta y la sequía están agravando una situación ya angustiosa. Y es que de no ser así, de no hacerlo ya, cuando llegue la ayuda, no habrá nadie a quien ayudar. Se habrán muerto de hambre, de enfermedad, de desesperanza. 

martes, 2 de agosto de 2005

El engaño de las balanzas fiscales

Entre las cosas que los nacionalistas catalanes, los de Ezquerra Republicana y los de Maragall, le sacaron al Presidente Zapatero en el debate del Estado de la Nación de mayo está la publicación, en fecha no muy lejana, de las Balanzas Fiscales. Tendremos, pues, Balanzas Fiscales, aunque sean un instrumento muy imperfecto, por su naturaleza, de análisis económico, y aunque sean un material políticamente explosivo. Pero la debilidad intelectual y política de este Gobierno, no por conocida, deja de ser asombrosa. 

Y digo debilidad intelectual porque las Balanzas Fiscales, por si alguien aún no lo sabe, son sólo la contabilización por territorios de los Ingresos y Gastos Públicos y su correspondiente saldo. El problema es que las balanzas fiscales no son un buen instrumento de análisis porque los que pagan los impuestos y los que se benefician de los gastos no son los territorios, sino las personas que viven en ellos. Y basta tener en cuenta el "Efecto Sede" para invalidar las balanzas fiscales. 

Todos pagamos todos los impuestos. Cada uno de nosotros paga el IVA de los bienes y servicios que consume, las Cotizaciones Sociales del trabajo con el que se produjeron esos bienes, el IRPF de sus rentas. Pagamos impuestos todos los días. Sin embargo, los dos primeros, el IVA y las Cotizaciones Sociales, así como los Impuestos Especiales, los recaudan las empresas y los ingresan en Hacienda, mientras que el IRPF y el Impuesto de Sociedades los pagamos directamente a Hacienda. Y, puesto que compramos bienes producidos en otros sitios y nos pagan rentas empresas radicadas en otros lugares, es muy difícil que coincidan el territorio en el que vive la persona que paga el impuesto con el territorio en el que se liquidan a Hacienda. Así, en el caso del IVA y de las Cotizaciones Sociales las empresas los liquidan siguiendo el criterio de la dirección efectiva, es decir, donde se toman las decisiones finales de las empresa, por lo que el IVA que recauda Eroski, Carrefour o Mercadona y que pagamos los cordobeses, se ingresa a Hacienda en Mondragón, Madrid o Valencia. Y otro tanto ocurre con las Cotizaciones Sociales. E incluso con el IRPF o el Impuesto de Sociedades. No sé dónde reside habitualmente la duquesa de Alba, pero sé que tiene propiedades en Córdoba de las que obtendrá un rendimiento por el que pagará impuestos allí donde resida habitualmente. Y, de igual forma, ocurre con el Impuesto de Sociedades, por lo que la mayoría de las grandes empresas españolas y las filiales de las multinacionales, liquidan su Impuesto de Sociedades en Madrid o Barcelona. Y, desde luego, ni Repsol, ni Telefónica, ni la Caixa, ni el BBVA consiguen sus beneficios sólo en Madrid, Barcelona o Bilbao. Hay, pues, que distinguir entre el territorio en el que viven los ciudadanos que pagan los impuestos, del territorio en el que se liquidan. A esta distorsión es lo que se llama "Efecto Sede". Y por él, Madrid o Cataluña tienen, necesariamente, balanzas fiscales positivas. Esta confusión, pues, entre el lugar de residencia de la persona que realmente paga el impuesto y aquel en el que se recauda, es lo que hace que las balanzas fiscales, por el lado de los impuestos, estén tan distorsionadas que carezca de sentido usarlas para tomar decisiones. Las balanzas fiscales son una inmensa mentira con la que quieren justificar una discriminación. Es decir, son unas inmensas falacias políticas. 

No son las balanzas fiscales lo que debería publicar el Gobierno, sino la estructura impositiva. Es decir, cuántos impuestos totales paga la familia media española según cada nivel de renta. Si lo hiciera se vería entonces cómo quienes realmente soportan la carga del Estado son las familias trabajadoras con rentas de entre 4 y 12 millones de pesetas anuales. O verían la escasa progresividad de nuestra imposición. O la discriminación impositiva por origen de la renta. Este análisis les permitiría tomar decisiones fiscales más racionales y más acordes con su ideario de izquierdas y no con su nuevo ideario nacionalista. Y, desde luego, les permitiría mentir menos. 


lunes, 4 de julio de 2005

Pobreza

1. La pobreza existe. Aunque no queramos verla porque no aparece todos los días en los periódicos o en las televisiones. Y la padecen muchas personas en casi todas las sociedades. En realidad, no hay "países ricos" y "países pobres", eso es sólo una forma de hablar, porque hay pobres en los ricos Estados Unidos o en Europa, como hay cientos de millones de pobres en China o la India, en Latinoamérica o en África. La mayoría de la Humanidad es pobre, muy pobre. 

2. La pobreza es un arma de destrucción masiva. Porque la pobreza mata. Más eficazmente que las bombas nucleares o químicas. Mata de sed, de hambre, de enfermedad evitable, de explotación. Desde hace muchos años y sin escándalo. El pobre muere, pero también mal vive, enfermo, agobiado, marginado. 

3. La pobreza no es un problema de producción o de crecimiento. La pobreza es un problema de distribución. Sólo de distribución. Desde hace más de treinta años, la renta per cápita mundial es más que suficiente para que no haya pobreza extrema. Sólo hacen faltan mecanismos de redistribución de la renta. Mecanismos que conocemos y que funcionan en las sociedades en las que hay menos pobres. Mecanismos que podríamos implementar para el mundo. 

4. La pobreza no es irremediable. Acabar con la pobreza es posible. Porque la pobreza no está determinada por la historia, ni por la organización económica. Ni la historia se repite, ni el mercado produce inexorablemente pobres. 

5. La pobreza es un mal. Acabar con la pobreza es un imperativo ético, una cuestión de humanidad. Ningún sistema de creencias puede aceptar la pobreza como un bien, porque ningún ser humano que merezca este adjetivo puede aceptar la muerte evitable de otro. 

6. Acabar con la pobreza es, también, una cuestión de interés. Porque la pobreza lleva a la desesperación y la vulnerabilidad, al conflicto. La pobreza alimenta la violencia, el terrorismo y la guerra. La pobreza hace crecer terroristas en los campos de refugiados de Palestina, Sudán o Afganistán, Y es la causa y la consecuencia de no pocas guerras, y África es el ejemplo más sangrante, aunque no el único, de esto. 

7. Los organismos internacionales pueden hacer mucho para acabar con la pobreza. Las Naciones Unidas con todas sus agencias, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio pueden hacer mucho contra la pobreza. Para empezar podrían exigirse cumplir con sus propios principios fundacionales y evitar conflictos, promover el desarrollo y gestionar la economía mundial. Es decir, debieran poner fin a su incompetencia porque ésta produce pobres. 

8. Los gobiernos de los que llamamos países ricos pueden hacer mucho para acabar con la pobreza. Con sólo una parte de lo que dedican a protegerse de los pobres, podrían terminar con la pobreza. Con sólo la mitad de lo que prometieron solemnemente, podrían acabar con la pobreza. Con sólo cambiar algunas reglas injustas de comercio, que, además, van en contra de los principios que ellos mismos proclaman, podrían acabar con la pobreza. Y es que su miedo y su hipocresía, y los de las sociedades que representan, producen pobreza. 

9. Los gobiernos de los que llamamos países pobres pueden hacer mucho para acabar con la pobreza. Para empezar, podrían ser menos corruptos, luchar contra su propia corrupción. Porque la corrupción, al igual que la marginación de sus pobres de la vida política, genera círculos de pobreza. 

10. Todos debemos hacer mucho más para acabar con la pobreza. Porque si hay un problema real en el mundo es que, mientras yo escribo esta página que usted lee, hay personas que están muriendo sólo porque son pobres. 

martes, 21 de junio de 2005

Tres modelos de Europa

En este periodo de reflexión que ha decretado la cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno sería conveniente que pensáramos sobre las bases de lo que hemos estado construyendo, sobre eso que siempre damos por supuesto.

Aún a riesgo de simplificar, se puede decir que hay tres visiones básicas sobre qué podría ser Europa, tres modelos básicos de construcción europea: un modelo de "soberanía nacional", otro "economicista" y, finalmente, un modelo "federalista".

El modelo de "soberanía nacional" concibe Europa como una confederación, más o menos unida, de Estados, en la que cada uno mantiene la esencia de su soberanía estatal, y sólo la limita a través de Tratados con los demás. Las reglas europeas, resultantes de estos Tratados, se fijan en función de los intereses de cada país, dejando para el conjunto aquello que no pueden hacer solos. El marco político es, así, el Estado nacional, mientras que la estructura política europea es, entonces, sólo una asociación para mejor servir a los intereses de cada Estado. Ideológicamente es un modelo "neonacionalista" en la que nadie se siente europeo, sino de su nación (tenga Estado o no) y sólo vagamente vinculado a los demás. Por eso, es el modelo de los partidos de extrema derecha, y no tan extrema, como el Frente Nacional de Le Pen en Francia, los neofascistas de Fini en Italia, los ultraconservadores británicos. Y también, curiosamente, es el modelo de la extrema izquierda de los viejos partidos comunistas. Y el de los partidos independentistas de las regiones europeas.

El segundo modelo, el "economicista", separa lo político de lo económico. En este modelo, Europa debe ser, políticamente, sólo la suma de los Estados que la componen, y en esto se parece al anterior. Sin embargo, y puesto que según esta concepción el Estado no ha de intervenir en la economía más allá de la simple regulación de mercados, Europa debe ser, no un Estado, sino un inmenso mercado único, con las instituciones políticas necesarias para que funcione, pero nada más. La política se reservaría, así, al ámbito nacional, pero la economía tendría una dimensión europea. Ideológicamente es un modelo "neoliberal", con cierto carácter nacionalista en política. Por eso, es el modelo que sostienen la mayoría de los partidos de los países nórdicos, los partidos británicos, la mayoría de los partidos alemanes y franceses y, desde luego, una mayoría del PP y del PSOE español.

El tercer modelo, que podemos llamar "federalista", Europa es una realidad política, económica y social. Es una nación única, con diversidades, pero única, en el mismo sentido en que lo son India o los Estados Unidos. Es una unidad que puede dotarse de un Estado, más o menos descentralizado, pero soberano, que es necesario porque el mercado no sólo necesita regulaciones, sino también correcciones, y porque si Europa quiere aportar algo en un mundo globalizado sólo lo puede hacer unida, ya que el tamaño, en política internacional, importa. Un modelo que propugna para Europa un marco jurídico común y un conjunto de derechos comunes, una política exterior y de defensa común, una política económica y social común. Ideológicamente es el modelo de los "europeístas", más o menos liberales o sociales, pero, desde luego, no nacionalistas locales. Por eso, no hay ningún partido político que lo respalde, sino sólo algunos grupos minoritarios de políticos y ciudadanos.

Estos son los modelos que laten en los discursos de cada uno cuando se habla de Europa. Estos son los modelos sobre los que hay que empezar a reflexionar y debatir, sobre los que hay que ver sus ventajas y sus inconvenientes, sus pros y sus contras, porque resuelto este debate, los demás debates, incluyendo el de presupuestos, son debates menores. El problema es que no tenemos demasiado tiempo, porque el mundo da una vuelta cada día y no se para hasta que los europeos decidamos qué hacer con Europa en el siglo XXI.