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lunes, 27 de diciembre de 2010

Europa en la crisis

En la crisis económica que estamos viviendo, que pronto se convertirá en social y política, Europa es la gran ausente. Y digo bien y precisamente lo que quiero decir: Europa está ausente. Porque Europa, la idea de una Europa federal, unida y con voz en el mundo, está secuestrada por la política de los países europeos y de sus relaciones multilaterales. La economía europea crece, en conjunto, más lentamente que la del resto del planeta y tiene convulsiones monetarias no porque no tenga capacidad para salir de la crisis o porque tenga más dañados sus sistemas, sino porque no percibe su propia crisis política y económica. Europa no está haciendo nada como conjunto, con lo que se alarga la crisis de sus economías y el resultado final será profundizar su propia crisis política, condenándola a una eterna irrelevancia, ya que no a su desaparición. 

Europa, como idea y como conjunto, está ausente de la crisis, en primer lugar, porque los europeos, tras el fracaso de la Constitución europea, hemos mantenido unas estructuras de toma de decisiones obsoletas. La estructura de un Consejo Europeo en el que se representan los intereses de los países y se forman coaliciones de interés, una Comisión Europea con sólo poderes limitados y sin responsabilidad directa ante la ciudadanía y un Parlamento cementerio de elefantes lleno de políticos amortizados no es viable para tomar decisiones relevantes en una situación como la que vivimos y al ritmo de actividad del mundo del siglo XXI. Europa necesita, en primer lugar, no un retoque al muerto Tratado de Lisboa, Europa necesita realmente una Constitución que determine nuevas estructuras de gobierno. 

Pero aún con estas estructuras caducas, Europa hubiera podido funcionar, como hizo con otras peores en el pasado, si al frente de ellas y de los distintos gobiernos hubiera líderes reales con ideales europeístas. La distancia que hay entre Delors y Barroso es sideral, como lo es la que separa a Kohl de Merkel, a Mitterrand de Sarkozy o a Zapatero de Felipe González. Hoy estamos gobernados por mediocres en cuyo programa no hay una clara idea de Europa. 

Parte del problema viene, y es la tercera causa de la incapacidad de Europa ante la crisis, de que la política europea se enfoca, en no pocos países, desde una perspectiva nacionalista miope: Europa es un lugar en que hay que ir a "sacar algo", en el que se "sirven mejor los intereses de cada país" no construyendo Europa, sino con las cortas miras de quedar en algo mejor ahora. Fue Thatcher la que empezó con esta miopía en los ochenta, pero la enfermedad se contagió de tal modo que hubo un tiempo, el anterior a este que vivimos, en que políticos miopes como Chirac o Aznar profundizaron en esta visión, criticando cada cesión en la construcción europea y justificando ésta no por los beneficios a largo plazo de ser unos Estados Unidos de Europa, sino por los resultados a corto plazo para su país. Aznar se comportó en Europa, curiosamente, con la misma lógica que los nacionalistas periféricos españoles: territorializando todo, mirando miopemente sus intereses, negando Europa. En el fondo, existe el problema de que en Europa no hay europeístas, sino pseudo-europeos que se "conllevan". 

Si no tenemos estructuras para el conjunto, si tenemos líderes mediocres y una percepción de Europa miope, mal puede tener Europa conciencia de que la crisis es propia, como mal puede articular una política económica coherente ante ella. Por eso Europa está ausente y reacciona mal y tarde ante los problemas. 

En esta crisis Europa está en la encrucijada. Porque existe la oportunidad de que consideremos a Europa como la vía de salida de la crisis como lo fue en la de los setenta y profundicemos en Europa. Pero también existe el peligro de que veamos a nuestros socios europeos como una carga. El primer camino lleva a una nueva Europa, el segundo a la mera irrelevancia. 

lunes, 13 de diciembre de 2010

Sistema educativo

En esta semana pasada se ha vuelto a publicar el informe PISA. Y sus resultados, tanto para el conjunto de España como para nuestra comunidad, han vuelto a ser desastrosos. Nuestro sistema educativo básico, comparativamente con los de nuestros socios de la OCDE, funciona mal. Y es un hecho objetivo que exige, en mi opinión, un análisis no sólo más profundo, sino más diverso del que se ha producido. 

Para empezar, es necesario considerar que la educación, la trasmisión de conocimiento y valores, especialmente a la generación siguiente, se puede tratar de muchas formas, porque tiene dimensiones psicológicas, ideológicas, políticas, sociales y económicas. Unas dimensiones que no mide PISA, pues este estudio (véase en www.pisa.oecd.org) sólo dice, esencialmente, qué habilidades lectoras tienen nuestros adolescentes y qué nivel de conocimientos de matemáticas y de ciencias han adquirido. Unos campos que están relacionados, pues sin saber leer difícilmente se puede haber aprendido algo sobre ciencias. PISA mide, del conjunto de la educación, unos aspectos importantes y claves, pero no todos. Como los mide sólo en un momento temporal del proceso educativo, la adolescencia. Afirmando la importancia del informe, creo, sin embargo, que para analizar una actividad tan nuclear como la educación son necesarios muchos más datos, estudios más longitudinales (en distintos momentos educativos), con muestras más homogéneas. Sólo así tendríamos una visión más clara de cómo es nuestra educación. 

Más aún, hay un aspecto en el que el análisis es poco consistente, y es que no se considera la educación como el resultado de un proceso complejo en el que actúan más elementos que la escuela y algunos difusos elementos sociales. En mi opinión, hay tres sistemas que nos educan a lo largo de nuestra vida, participando más o menos intensamente en cada momento: la familia, la escuela y el entorno social (la "calle"). La familia es el primer agente educador que, a medida que vamos creciendo, va perdiendo importancia para transferirla, primero, a la escuela y, después, a la "calle". En los primeros quince años de nuestra vida, la educación no es sólo responsabilidad de la escuela, sino más determinantemente de la familia. Como en los siguientes quince siguientes tiene la escuela (Instituto, Universidad) un papel mucho más importante que la familia, al tiempo que el entorno social (amigos, medios de comunicación, trabajo, etc.) va adquiriendo protagonismo. Así pues, analizar los resultados PISA como resultados de la escuela y sus elementos (profesorado, organización, leyes, etc.) y no introducir a las familias como corresponsables de estos resultados es hacer un pobre análisis. Y basta un razonamiento sencillo: para que un joven de 15 años comprenda lo que lee ha debido de aprender a leer en la escuela, pero ha debido entrenar esa habilidad, no sólo en la escuela, sino en su tiempo en familia. En una familia en la que no hay libros, en la que los padres no leen, en la que los niños nunca leen un cuento en voz alta o no se valoran los conocimientos adquiridos en los libros, es mucho más probable que sus hijos adolescentes de 15 años no tengan la habilidad de la lectura comprensiva que en un entorno familiar justo al contrario. Dicho de otra forma, si, a igualdad de horas de lectura en clase, unos leen y otros no, lo más probable es que el problema, además de las diferencias personales, esté en el entorno familiar. Y más en un entorno familiar dimisionario en esta tarea educativa, pues su parte de responsabilidad se la suele ceder al otro agente educador: el entorno social. Un entorno social que, en edades tempranas, se reduce a la televisión y a las consolas. No, no educa sólo la escuela. También educa la familia y la sociedad en su conjunto. Si el informe PISA nos habla de desastre, mucho me temo que hay que buscar responsabilidades no sólo en la escuela, sino más allá de la escuela. O no resolveremos nunca la triste realidad que nos refleja. 

lunes, 29 de noviembre de 2010

No somos Grecia, ni Irlanda, pero...

El rescate de Irlanda ha vuelto a poner nerviosos a los inversores internacionales (mal llamados "mercados"), a los Gobiernos y políticos de toda Europa y a la opinión pública. Y hay razones para este nerviosismo que es necesario explicar. 

España se parece a Grecia en su falta de credibilidad de la política fiscal. El gobierno griego mintió a la opinión pública y a sus socios en sus cuentas. Arrastrando una deuda pública gigantesca (más del 110% del PIB), los griegos se permitieron el lujo de hacer obras de infraestructuras poco rentables (casi todas las de las Olimpiadas), darse derechos como reducción de la edad de jubilación, mantener servicios públicos deficitarios o ampliar sus fuerzas armadas. Todo ello con un sistema fiscal insuficiente, con un alto fraude y un sistema administrativo corrupto. Esta situación producía un permanente déficit público que alimentaba más deuda que, a su vez, generaba más deuda. Con la crisis, esta política se hizo insostenible y los inversores desconfiaron de que los griegos pudieran seguir pagando, lo que desató la crisis griega de mayo. 

También España se ha comportado, en parte, como Grecia. Hemos hecho obras de infraestructuras poco rentables ("olimpiadas" de Madrid, etc.) y con duplicidades; hemos permitido reducción real de la edad de jubilación e incrementando las pensiones; hemos mantenido servicios públicos ineficientes a precios irrisorios y, nosotros, en vez de ejército, hemos multiplicado por 17 los costes en las autonomías, de cuyas cuentas desconfiamos porque hay deuda oculta en la administración paralela. Como tampoco tenemos un sistema fiscal suficiente, estábamos entrando en una espiral de deuda. Lo que nos diferenciaba y diferencia de Grecia en positivo es que nuestro nivel previo de deuda era la mitad que el griego. Lo que ponía nerviosos, sin embargo, a los inversores y a Alemania era el tamaño de nuestra economía: salvar a España (de ser necesario) no era una cuestión de 70.000 millones, sino de 700.000. Por eso se dimensionó el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF) en esa cantidad y se obligó al Gobierno de España al viraje de política económica. 

El caso irlandés es diferente. La economía irlandesa, también más pequeña, es mucho más productiva que la española. Su sistema público estaba razonablemente dimensionado. El problema irlandés ha sido su banca. Mal regulada y administrada había alimentado una burbuja inmobiliaria gigantesca, captando ahorro exterior (igual que España). Ante la crisis inmobiliaria, su banca ha quebrado y ha necesitado un fondo de rescate público de 100.000 millones. El problema bancario se ha convertido así en un problema fiscal, en un déficit público del ¡30%! del PIB. Un problema que necesita del FEEF, pero que supone un ajuste durísimo con despidos de funcionarios y subida de impuestos. Lo irritante del caso es que los bancos irlandeses en ruina ¡pasaron los exámenes de mayo de la banca europea! 

Las similitudes con España son, en principio, pocas, si no fuera porque en España también hemos tenido una burbuja inmobiliaria, que aún no hemos aflorado en los balances de nuestras instituciones financieras. Una burbuja inmobiliaria que, de reconocerse, quebraría muchas entidades, costando más de 150.000 millones al sector público. O sea, un déficit público extra de casi el ¡15! de nuestro PIB. Y también nuestras instituciones pasaron los exámenes. Por eso son necesarias las fusiones calientes de cajas con despidos y ajuste. 

Por estas similitudes con Grecia e Irlanda es por lo que los inversores y Europa (Alemania especialmente) están preocupados por España. Una preocupación que se agranda por la falta de credibilidad de Zapatero (que no comprende la situación), porque tenemos una tasa de paro del 20% (una particularidad grave) que lastra las cuentas públicas y porque hay una inmensa desconfianza en las cuentas de las Autonomías y de nuestras Cajas. Y la preocupación se agranda por el tamaño de España y la calidad de nuestra clase política. 

No, no somos Grecia, ni Irlanda, pero... tampoco somos, por ejemplo, Alemania. 

lunes, 15 de noviembre de 2010

Tres dilemas de política económica

En esta crisis la mayoría de los gobiernos se están enfrentando a tres dilemas de política macroeconómica coyuntural de cuya solución está dependiendo la evolución de la crisis. 

Estos tres dilemas son, en primer lugar, el dilema de apoyar o no a la banca y cómo; en segundo lugar, el de qué política fiscal hacer a medio plazo; y, en tercer lugar, el de qué política monetaria implementar y por cuánto tiempo. Tres dilemas cuyas soluciones óptimas dependen de la estructura de cada economía, pero cuyas soluciones reales han dependido de circunstancias políticas. 

Dado el origen financiero de la crisis, el primer dilema que se planteó fue el del salvamento del sistema financiero. Tras la quiebra de Lehman Brothers en el 2008, la mayoría de los gobiernos se decantó por apoyar su sistema financiero, porque la alternativa de una quiebra sistémica cortaba toda posibilidad de reactivación. La cuestión, entonces, fue la forma de esta ayuda. La mayoría de los países con sistemas bancarios abiertos apoyó directamente a sus entidades, reconociendo el daño en el activo y capitalizando el pasivo. 

El resultado, dependiente de la fortaleza del sistema financiero y de la intensidad del daño, ha sido variable, pues mientras el sistema norteamericano se está recuperando, el sistema irlandés está prácticamente quebrado. En España, con un sistema más saneado, pero con una economía con peores fundamentos, se optó, sin embargo, por ganar tiempo, interviniendo lo justo y favoreciendo las "fusiones frías", para no generar una crisis de confianza y no tener que reconocer los errores de gestión de las cajas. 

La decisión, en su momento, no fue mala, pero solo aplazó lo inevitable, pues a lo largo de los próximos meses tendremos ya las "fusiones calientes" y el ajuste del sistema (unos 20.000 puestos de trabajo), al tiempo que seguirá conteniéndose el crédito y la inversión. 

El segundo dilema al que se están enfrentando los gobiernos es el de la política fiscal. Es decir, cuánto déficit público hay que tener, cómo tenerlo y por cuánto tiempo. En muchos países, empezando por Estados Unidos, se pensó, siguiendo al viejo Keynes, que había que tener el déficit público que hubiera que tener hasta que se activara la economía. 

Se esperaba que unos fuertes estímulos fiscales (bajada de impuestos y aumento del gasto) reactivarían el crecimiento. El problema es que ha pasado el tiempo y, como es el caso de España, la economía no solo no se ha reactivado, sino que el déficit está generando una deuda insostenible y una expectativa de subida de impuestos y un efecto "crowding out" que desanima la inversión. 

Una situación que se agrava cuando el ahorro interno no es suficiente para hacer frente a las necesidades de financiación y hay que acudir a los mercados internacionales. Ahora ya no se trata, pues, de si hay que tener déficit y por cuanto tiempo, sino de cómo se puede disminuir en poco tiempo. El problema es que reducirlo por la vía del gasto corriente genera un problema político (y en parte social), mientras que si se opta, como se ha hecho en España, por la reducción de la inversión se compromete del crecimiento a medio plazo. 

El tercer dilema está siendo el de cuánto estímulo monetario y por cuánto tiempo. Y también en esto se tiró de manual keynesiano decidiéndose una expansión monetaria ilimitada. El problema es que esta expansión está embalsando una inmensa cantidad de disponible, por lo que se está cociendo una inflación en el medio plazo. 

Si tenemos en cuenta que se ha salvado el sistema financiero mundial (pero no se está reformando en profundidad), que estamos entrando en una espiral de deuda pública (equivalente a la de deuda privada origen de esta crisis) y que estamos repitiendo los errores de una expansión monetaria para financiar esa deuda (como la del 2001-04), no es difícil deducir que de esta crisis saldremos... solo por un tiempo y para caer en la siguiente. 
 

lunes, 1 de noviembre de 2010

Una crisis larga y profunda

La pregunta de la duración de la crisis es una constante en toda conversación con economistas. ¿Cuánto va a durar la crisis? La ciudadanía insiste como un niño pequeño con la cantinela del "cuánto falta", mientras que el Gobierno miente como un padre con un permanente "ya llegamos". La pregunta es lógica y relevante, como lo es la respuesta: los ciudadanos quieren formar expectativas sobre el futuro, el Gobierno quiere acelerar la salida de la crisis haciendo creer que ésta está más cerca. El problema es que ya nadie cree en la respuesta. ¿Cuándo vamos a "salir de la crisis"? "Salir de la crisis" es una expresión demasiado ambigua para un economista. Sensu estricto, "salir de la crisis" es volver a tasas de crecimiento superiores al 2,5%, que el paro baje a tasas menores del 15%, que el déficit público sea inferior al 3%, que los precios suban alrededor del 1% y que el déficit exterior tienda a cero. Pues bien, estas circunstancias no se darán, probablemente, en la economía española en, al menos, cuatro o cinco años. Dicho de otro modo: seguramente tendremos tasas de crecimiento positivo a finales del 2011, pero no reduciremos significativamente la tasa de paro hasta dentro de tres o cuatro años, y no reequilibraremos nuestro déficit hasta 2013 o 2014. Es decir, que, como mínimo, nuestra crisis será larga. Y lo será porque es profunda. Algo que no se arregla mágicamente, ni se conjura con unas simples elecciones. Las razones que me llevan a esta conclusión son muchas, variadas e interrelacionadas. 

En primer lugar, nuestra crisis será larga porque es parte de una crisis mundial en la que la posición de nuestra economía es comparativamente más débil por nuestra estructura productiva, nuestro menor tamaño, nuestro alto endeudamiento externo y por la falta de credibilidad de nuestro Gobierno. Es decir, que la crisis nos afecta más porque comparativamente tenemos una economía peor. 

La segunda razón, más importante, por la que nuestra crisis será más larga es por la debilidad de nuestro viejo modelo de crecimiento. Cambiar un modelo de crecimiento basado en la demanda interna, asentado en la construcción y el turismo, con creación de empleos de baja cualificación y baja productividad, financiado con altos niveles de deuda privada exterior y con fuerte expansión del empleo público no es tarea de un año. Es tarea de casi una década. Tardaremos años porque estamos destruyendo tejido productivo empresarial, tenemos una tasa de paro de larga duración muy elevada, hemos generado un déficit público estructural (gastos públicos rígidos e impuestos insuficientes), no hemos terminado de ajustar ningún sector productivo ("pseudofusiones" en la banca, incoherencias en el energético, etc.), tenemos exceso de viviendas y recogeremos los años de caos educativo y de baja inversión en I+D. 

En tercer lugar, la crisis será larga porque no hemos tomado, salvo alguna excepción (impuesta), ninguna medida de política económica coherente: no aprovechamos la política monetaria porque no hemos ajustado bien nuestro sistema financiero; no tenemos una política fiscal razonable porque reducimos inversión y mantenemos los gastos redundantes de los miniestados autonómicos; porque no estamos haciendo la reforma laboral que las circunstancias demandan. Sin ideas, sin objetivos, el Gobierno ha perdido dos años y, con su incoherencia, solo ha hecho más profunda la crisis. 

Finalmente, la crisis será larga porque tenemos un sistema político que no escoge bien a los líderes, que genera redes clientelares que distorsionan la competencia e incuba corrupción, que mantiene un debate político burdo desde posiciones identitarias preilustradas. Y un sistema político que no hace buenas leyes, trata a la ciudadanía como idiotas, que se deslegitima todos los días es más una rémora que una solución para una salida de la crisis. Más aún, es un peligro. 

Realmente siento el pesimismo que estas líneas trasmiten. En mi descargo quiero que conste que llevo años intentando equivocarme en mis previsiones. Algo que, por desgracia, consigo pocas veces. 

lunes, 18 de octubre de 2010

Guerra de divisas

En una crisis mundial como la que estamos sufriendo, uno de los pocos frentes en los que parecía que todo iba bien era el de los mercados de divisas. Y digo que todo parecía ir bien porque sus fluctuaciones normales no se habían visto alteradas por la histeria financiera, ni por las diferencias de la crisis en cada economía, ni por las diferencias en la política económica de cada gobierno. Esta ausencia de problemas graves en los mercados de divisas ha ayudado a no agravar la crisis porque graves fluctuaciones en estos mercados, además de distorsionar los precios mundiales, nos hubieran hecho perder a todos, a largo plazo, las ventajas de la globalización (crecimiento, aumento de la eficiencia, baja inflación). 

Cuatro han sido las causas de este comportamiento: en primer lugar, la existencia de pocas monedas actuantes en el mercado, pues entre el dólar USA, el euro (alemán, desde luego), el yuan chino, el yen japonés, la libra esterlina británica y el franco suizo se reparten más del 95% del total de las transacciones financieras mundiales; en segundo lugar, el acuerdo de caballeros en el seno del G-20 de evitar dañar el comercio mundial; en tercer lugar, la coordinación de políticas monetarias entre los grandes países, especialmente entre Estados Unidos y Europa; y, finalmente, el miedo de los inversores mundiales al mercado más complejo y dinámico. El resultado ha sido que, a pesar de algunos episodios menores, las apreciaciones de las distintas monedas se estaban produciendo de una forma previsible, ordenada y sin grandes fluctuaciones, reaccionando, primero, al momento y profundidad relativa en el que cada país notaba la crisis y, después, según las diferentes expectativas de salida de la crisis. Por eso, el dólar se devaluó y luego se ha apreciado frente al euro en dos ciclos, mientras que ambas monedas se depreciaban respecto al yuan chino. 

Este buen comportamiento, esta previsibilidad en los mercados de divisas era, sin embargo, superficial, pues no estaba resolviendo un grave problema de fondo de la economía mundial: el de los desequilibrios comerciales de los Estados Unidos (negativo) y de China (positivo). Más aún, se estaba manteniendo la paradoja financiera y cambiaria de la economía mundial: un país pobre (China) es financiador neto de un país rico (Estados Unidos), y, además, un país con mayores tasas de crecimiento potencial y superávit en la Balanza de Pagos no aprecia su moneda frente el exterior. Estas contradicciones de fondo son las que empiezan a aflorar estos días, y son la causa de tensiones en los mercados de divisas que pueden desembocar en una guerra de divisas. Los norteamericanos quieren que los chinos dejen fluctuar su moneda para que el yuan se aprecie rápidamente. Esto ayudaría a un crecimiento más equilibrado de los Estados Unidos, a una menor emisión de dólares y a una mejoría en su financiación por menor dependencia exterior. Los chinos, por su parte, quieren una apreciación controlada de su moneda para mantener su superávit comercial y no ver devaluados sus activos de 2,6 billones en dólares. Además, quieren evitar la penetración occidental de productos con más tecnología para evitar la dependencia exterior. Los europeos, fieles a la doctrina Bundesbank de no intervenir en los mercados de divisas porque se generan ineficiencias, ven, sin embargo, con preocupación esta situación, porque daña la confianza, distorsiona los precios mundiales y afecta a la balanza de pagos alemana, motor de la economía europea. Hay, pues, intereses contrapuestos que, además, se agravan por la coyuntura política norteamericana (baja popularidad de Obama con elecciones legislativas próximas) y los miedos del gobierno chino a la crisis mundial por la posibilidad de inestabilidad política. 

No sé si habrá una guerra de divisas seria, lo que sí sé es que, además de volver a crecer, tendremos es que ir resolviendo los desequilibrios mundiales (incluidos los de renta), pues ellos son los detonantes de todas las guerras. Y algunas más cruentas que las de dinero. 

lunes, 4 de octubre de 2010

Presupuestos de la nada

Parece que la política española se ha instalado en la más absoluta superficialidad, en la más pura irrelevancia, en la nada. Y digo esto porque ningún líder político plantea ninguna idea significativa que ataje la apatía de la crisis o ayude con los viejos problemas. El Gobierno no tiene pulso ninguno para actuar en ningún frente, como tampoco la oposición muestra un atisbo de capacidad. Los problemas no solo no se afrontan, sino que se enquistan. Los españoles dejamos pasar el tiempo en medio de la nada. Nuestra política exterior anda sin pulso; la política territorial se ha dejado a la deriva de la pataleta catalana; la política económica es un error detrás de otro; la política social se ha abandonado (¿qué fue de la financiación de la ley de dependencia?); nada se sabe de la política de sostenibilidad y cambio de modelo productivo; la política educativa anda a rebufo de grandes declaraciones, recortes presupuestarios y la dinámica de cada comunidad; la de I+D+i es una mentira detrás de otra (pues se declaran sucesivos aumentos de presupuesto, para luego recortar su gasto hasta llegar a los mismas cifras de hace cinco años). Solo la política antiterrorista genera éxitos. Tan irrelevante es la política española que una huelga, supuestamente general, como la del día 29, ya está olvidada, quizás porque solo fue una pantomima de protesta cuya única utilidad ha sido escenificar que los sindicatos existen, algo de lo que se empezaba a dudar, perdidos como llevan años en su pura burbuja burocrática y como apéndices, uno más, de las administraciones públicas. 

En este contexto de superficialidad e irrelevancia, y con la insustancialidad que arrastra la ministra Salgado, se han presentado los Presupuestos Generales del Estado. En teoría, la ley anual más importante, pues ha de reflejar las opciones de política que plantea el Gobierno. Y digo en teoría, porque los presupuestos para el año que viene solo reflejan la misma irrelevancia y superficialidad de la que adolece la política española. 

Desde el Gobierno se nos dice que son unos presupuestos austeros, sociales y reformistas. Y es cierto que son austeros, pero no porque el Gobierno lo quiera y porque con esta austeridad el Gobierno persiga un objetivo real de política económica, sino porque este es el precio que hay que pagar ahora por todos los dislates presupuestarios que este mismo Gobierno ha cometido en los años pasados. Los presupuestos son austeros hoy, no porque la austeridad sea un valor en sí mismo para este Gobierno, sino porque así nos lo exigen nuestros prestamistas. Más aún, es una austeridad de maquillaje, pues en ellos no se incluye una reforma de la estructura del gasto que nos llevara a eliminar duplicidades administrativas, organismos redundantes, administraciones inútiles. 

De igual forma es cierto que los presupuestos incluyen un alto gasto social, pero no porque se amplíe el Estado del Bienestar o se dé contenido a la Ley de Dependencia, sino porque, incapaz de reactivar la economía y con ella el empleo, el Gobierno se conforma con una tasa de paro del 20% y, lógicamente, en año electoral y si quiere evitar un estallido social de verdad, no tendrá más remedio que mantener las prestaciones sociales. 

Finalmente, los presupuestos no son reformistas, porque precisamente lo que más se sacrifica es la inversión que podría cambiar nuestra estructura productiva. Siento de verdad ser tan duro, pero los presupuestos son, en mi opinión, falsamente austeros, obligatoriamente sociales, muy conservadores. Más aún, son irreales porque el cuadro macroeconómico en el que se basan es, dentro de lo posible, el más optimista (crecimiento del 1%, tasa de paro del 19,5%), e inútiles porque no transforman la estructura del gasto, ni la impositiva, y porque no son parte de un plan de política económica que enderece el rumbo de nuestra economía. En definitiva, unos presupuestos irrelevantes porque son los presupuestos de un Gobierno ausente que solo desea llegar a las próximas elecciones. Unos presupuestos para la nada política.