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lunes, 14 de julio de 2008

Estancamiento con inflación

Ahora sí que estamos ante el momento crítico de cómo evolucionará la situación de la economía española en los próximos años. De las circunstancias internacionales y de las decisiones que se tomen dependerá el que la crisis sea más o menos profunda o más o menos larga. Más aún, de que entremos en una espiral de estancamiento con inflación. Estamos ante el momento crítico porque el parón del crecimiento económico, más las restricciones de liquidez, sitúan a las empresas ante un horizonte difícil. Como la mayoría de las empresas están considerando, con razón, que la situación de caída de la demanda y de restricciones de liquidez va a ser relativamente permanente, su reacción es que suben precios y ajustan plantilla. La subida de los precios, aunque en algunos sectores esté justificada por subidas reales de sus costes (energía, materias primas), en otros no es más que un comportamiento "en manada" por el que la una genérica "subida de la inflación", justifica la subida de sus precios, y más en mercados con monopolios. El ajuste de plantilla, que ya se está produciendo duramente en algunos sectores y con menores contrataciones temporales y planes de despido en otros, lo basarán las empresas en la caída de la demanda. Las empresas se instalan, así, en la inflación con estancamiento. Lo que produce, además, paro. 

También los sindicatos y trabajadores tienen una difícil tesitura. Para ellos la clave no está en la caída de la actividad, sino en la inflación y el crecimiento del paro. Si se empeñan en mantener el salario real, el resultado será un mayor crecimiento del paro. Si aceptan unas subidas salariales contenidas, algo probable por efecto de los inmigrantes, el paro será menor a corto plazo y la inflación puede ser, a medio, más moderada. Pero nada lo garantiza. De cualquier forma, con menores salarios o más paro, la caída de la demanda total de los trabajadores se notará en el consumo privado. O sea, estancamiento con inflación. 

Ante esto poco puede hacer el Gobierno a corto plazo, pero puede estropearlo más. Si, como hasta ahora, niega la situación y hace tontos estímulos de demanda (los 400 euros), no solo mantiene la inflación y no mejora la sangría del paro, sino que dilapida el superávit público, con lo que empeora la deuda y, a medio plazo, aumenta el gasto y el déficit. O sea, que puede ampliar el proceso de más inflación con estancamiento. 

Estamos, pues, al borde de una situación de estancamiento con inflación. Ante esta situación, lo peor que podríamos hacer sería que el Gobierno no identificara que el problema de verdad es, más que el estancamiento, la inflación. Si el Gobierno intenta mantener la actividad con una política fiscal de fuegos de artificio y no ataja realmente el problema de inflación con drásticas medidas antimonopolio y control de gasto público, el resultado será que los empresarios mantendrán beneficios a corto plazo subiendo los precios, ante lo que responden los sindicatos presionando sobre los salarios reales. El resultado sería que unos producen inflación (los empresarios), otros producen paro (los sindicatos), mientras el Gobierno produce déficit y estancamiento. Entraríamos en una espiral de efectos de primera (precios-salarios) y de segunda vuelta (salarios-paro) que nos llevaría al estancamiento por largos años. Así sí tendríamos instalada la crisis. 

También podría ocurrir que el Gobierno reconozca la situación, empiece a exigir competencia, y oriente su política fiscal a reducir los costes de las empresas. Así, las empresas se verían obligadas a mantener los precios y los sindicatos aceptarían una pérdida de salario real, con lo que se reducirían los efectos de primera y segunda vuelta. Para que esto se produzca hace falta que el Gobierno sepa que la clave está en la inflación, no en el crecimiento. Algo que, por desgracia, dudo que sepan los optimistas antropológicos. 

14 de julio de 2008 

lunes, 30 de junio de 2008

Política monetaria elemental

La política monetaria es, sencillamente, el conjunto de acciones de la autoridad monetaria para influir en las variables monetarias, es decir, en la cantidad de dinero, en los tipos de interés y en las cotizaciones. La política monetaria, en un momento concreto y para una economía determinada, depende de muchas variables como qué se considera dinero, la estructura y tamaño de la economía, de su grado de apertura, etc. Por eso, una misma economía necesita a lo largo del tiempo distintas políticas monetarias, de la misma forma que dos economías diferentes en el mismo momento necesitan diferentes decisiones monetarias. 

Teniendo esto en cuenta basta saber que la economía europea es diferente a la economía norteamericana, también en el funcionamiento de sus mercados financieros, para deducir que los objetivos primarios de la política monetaria europea han de ser diferentes a los de la Reserva Federal. En Europa, primera potencia comercial y una de las economías más abiertas del planeta, es necesario mantener controlada la inflación para crecer, pues dependemos de nuestro comercio exterior. 

En los Estados Unidos, la primera potencia por PIB del mundo, no necesitan un control tan riguroso de los tipos por parte de la Fed para controlar la inflación, no sólo porque sus mercados son más flexibles, sino porque es una economía menos abierta y no tienen problemas de financiación de su saldo exterior por el papel preponderante del dólar. Por eso, los objetivos primarios de los dos Bancos Centrales son diferentes: en Europa, el control de la inflación (mirando de soslayo el crecimiento); en los Estados Unidos, el estímulo cuasi directo del crecimiento económico (mirando de soslayo la inflación). Carecen de rigor, pues, las voces, como la de Sarkozy, que piden una política monetaria como la americana. 

Para alcanzar sus objetivos, los bancos centrales tienen a su disposición dos tipos de instrumentos fundamentales: los anuncios o declaraciones y las decisiones sobre los tipos de interés y las cantidades que prestan a los bancos. Los primeros afectan directa e inmediatamente a los consumidores finales de crédito al formar éstos expectativas, mientras que los segundas sólo lo hacen a través de la cadena bancaria: primero a los bancos y luego a los clientes. Como los anuncios son más delicados (porque se juega uno su reputación y credibilidad) y sus efectos son menos controlables se usan sólo en casos muy concretos, de ahí que, la mayoría de las veces, todos los banqueros centrales sean oscuros en sus declaraciones. Por su parte, las decisiones sobre tipos y activos para descuento se toman continuamente, tienen efectos mucho más calculados y son más efectivas en el largo plazo. En este sentido, las declaraciones de Trinchet en las últimas semanas, anunciando altos tipos de interés, han sido relativamente claras y han levantado polvareda. Lo que la opinión pública no ha valorado es que, al hacerlo, los tipos de los mercados finales subieron inmediatamente, lo que ha hecho que las familias y empresas restringieran más la demanda de crédito, lo que servirá para desacelerar la inflación al contener la demanda final de productos. Sin embargo, al mismo tiempo, ha mantenido los tipos a los que el BCE le presta a los bancos. El resultado de este doble juego es que, para la banca, se ha ampliado el margen financiero del dinero que le presta el banco central, con lo que el BCE ayuda a sanear el sistema financiero europeo. El BCE cumple, así, con su obligación de luchar contra la inflación, al tiempo que recompone la confianza en los mercados mayoristas. Una buena decisión, en mi opinión, que tampoco fue entendida por una parte de los políticos europeos, con nuestro presidente Zapatero a la cabeza. Quizás porque nadie le explicó, como tampoco a Berlusconi o a Sarkozy, que la inflación es nuestro primer problema, que hay una crisis financiera de por medio y que si no resolvemos ambos no podemos volver a crecer. 

30 de junio de 2008 

lunes, 2 de junio de 2008

También la inflación

La inflación española tiene un conjunto de causas comunes con todos los demás procesos inflacionarios del mundo, pero, al mismo tiempo, tiene unas causas propias, idiosincráticas. Como pasa siempre en economía, no hay dos procesos económicos iguales entre dos países en el mismo momento, ni existe una repetición de la historia de una economía. Cada coyuntura económica tiene, siempre, unos matices que la diferencian. 

El proceso inflacionario español tiene, en su base, el mismo origen que el que están viviendo las economías más desarrolladas. La subida de los precios del petróleo, de los precios de las materias primas, así como de los productos alimenticios básicos es la primera causa del actual repunte de nuestra inflación. Pero siendo esto cierto, no es del todo exacto, porque la economía española está acusando con más fuerza este choque inflacionario importado, y ello es debido a cuatro características de nuestra economía que ningún gobierno de los últimos veinte años se ha esforzado por cambiar. 

La primera de estas características es que tenemos un sistema energético poco eficiente. De hecho, tenemos uno de los sistemas más ineficientes, medida la eficiencia en términos de autosuficiencia y coste. Una ineficiencia que tiene mucho que ver con los intereses de las grandes empresas españolas, con la hipocresía ecológica de nuestra ciudadanía y con la clamorosa ausencia de una verdadera política energética. Más aún, en los últimos años nuestro Gobierno ha estado más preocupado, y sigue más preocupado, por a quién pertenecen las empresas de energía (Endesa, Iberdrola) que en si estas empresas cumplen realmente con su misión primaria que es la de producir energía en calidad, cantidad y eficiencia suficiente para el funcionamiento de nuestra economía. Malos ministros de energía y pésimas regulaciones han hecho el resto. 

La segunda característica de la economía española que no ha merecido suficiente atención es el de nuestro sistema de transporte. Los Gobiernos españoles de los últimos veinte años han fomentado, por razones de coste y visibilidad, la inversión en infraestructuras viarias para el automóvil y en ferrocarriles de alta velocidad. Sin embargo, este sistema de transporte terrestre es incompleto y ha tenido una inmensa laguna: no se ha invertido en una red más densa de ferrocarriles para el transporte de mercancías y de viajeros. Y esto es muy relevante porque el coste del transporte por ferrocarril de una tonelada y kilómetro es alrededor de la mitad del coste por carretera. De la eficiencia de los sectores energéticos y de transporte dependen no pocos costes empresariales que presionan al alza en los mercados de bienes finales. La diferencia de eficiencia en estos dos sectores explica en una parte de por qué España tiene una inflación más alta que las economías más desarrolladas de Europa. 

Pero hay otras dos características que son tan importantes como las anteriores que los economistas no nos hemos cansado de señalar en los últimos años. En primer lugar, la ausencia de competencia efectiva en muchos mercados. Una falta de competencia que se debe a legislaciones obsoletas, infinidad de regulaciones y, más grave, un exceso de intervencionismo en el funcionamiento de las empresas. España es una de las economías desarrolladas con más cambios normativos en los últimos años y con muchos sectores productivos para los que es más importante la aquiescencia de un funcionario que su propia capacidad competitiva. En segundo lugar, y último, la inflación española se debe, en no poca medida, en la profunda despreocupación de los españoles por algo tan elemental como el ser competitivos. Instalados en un cómodo y fácil crecimiento económico del pelotazo ladrillero, hemos olvidado que la esencia de la economía de mercado es producir más barato con mayor calidad. 

Sería un grave error del Gobierno y de todos no concentrarse en la inflación como elemento esencial para volver a un crecimiento sano. Pero de esto hablaremos más adelante. 

2 de junio de 2008 

lunes, 19 de mayo de 2008

Incógnitas económicas

Con el tiempo vamos conociendo mejores datos macroeconómicos de lo que está pasando en nuestra economía. Al margen de lo que mañana publique el INE, con los datos adelantados y los de Eurostat podemos hacernos idea más clara del "ajuste", llamémosle así de momento, que está viviendo la economía española. 

Según las previsiones, nuestra economía está creciendo por debajo del 2% (en términos anuales), con una demanda interna débil y una mejoría muy leve de las cuentas exteriores. Esto está provocando un deterioro de la situación en el mercado de trabajo, más fuerte en el empleo en la construcción e industrias auxiliares. En el frente de los precios, la inflación empieza a moderarse, aunque menos de lo que debiera, porque los precios del petróleo y materias primas siguen al alza en los mercados mundiales y porque las empresas españolas, muchas de ellas en sectores con poca competencia real, perciben la situación como transitoria. El saldo exterior, que tendría que mejorar por la debilidad de la demanda interna, no lo está haciendo por los altos precios de nuestras importaciones y porque las pérdidas de competitividad de los últimos años no permiten un fuerte crecimiento de las exportaciones. Por último, el déficit público, proyectando los saldos de caja, está asomando en las cuentas públicas, empezando por las de las Corporaciones Locales (siempre mal financiadas), siguiendo en las Comunidades Autónomas (siempre poco responsables) y terminando con la Administración Central. En definitiva, la economía española, y mañana quedará certificado, está en la fase bajista del ciclo y se está ajustando. 

Certificado esto, las dos preguntas clave son cuánto más se deteriorará la situación y cuánto durará. La realidad, a fuer de ser honrados, es que no sabemos las respuestas exactas a estas preguntas. Los modelos econométricos usados para hacer previsión económica nos dan unas respuestas en forma de probabilidad. Así, la mayoría de los modelos indican que la tasa de crecimiento estará este año entre el 0,8% y el 2,1%, siendo los valores más probables el rango entre 1,3 y 1,9. También se prevé una moderación de la inflación hasta el entorno del 3,5%, de la misma forma que es previsible una tasa de paro a finales de año en el intervalo del 10,5-12,5%. Se moderará el déficit exterior por cuenta corriente y tendremos un déficit público en el rango de 1-2 puntos sobre PIB a finales de año. La economía española, así, sufrirá un estancamiento, pero no entrará en recesión. Estamos, pues, ante una situación preocupante, pero no dramática. 

Lo que es más difícil de prever es cuánto durará el periodo de estancamiento. Dependiendo de cómo de rápido se ajuste la economía americana y de cómo de rápido se resuelva la crisis en los mercados financieros, de qué decisiones tomen los gobiernos y de la rapidez y el talante con que respondan los agentes económicos, especialmente las empresas, a las nuevas expectativas, la situación puede durar más o menos. De cualquier forma, es probable que las bajas tasas de crecimiento se prolonguen durante el 2009 porque el nivel de endeudamiento de las familias y empresas españolas es excesivo, porque seguimos manteniendo diferenciales de inflación y porque el necesario salto tecnológico para un nuevo modelo de crecimiento llevará tiempo. Podríamos paliar parte de la caída con políticas a corto plazo, pero eso sólo sería cambiar una menor profundidad del ajuste por una mayor duración del mismo, como la experiencia de Francia e Italia nos demuestra. 

Así que, en resumen, la situación económica que vivimos es de estancamiento por agotamiento del modelo de crecimiento. Pero no creo que debamos dramatizar. Los tiempos de crisis (gracias, Ana Freixas por este enfoque) son tiempos de oportunidad. Ahora tenemos la oportunidad de intentar un nuevo modelo de crecimiento más equilibrado y más sostenible. 

19 de mayo de 2008 

lunes, 5 de mayo de 2008

Sobre la política económica

El periodo de ajuste (tiempo habrá de llamarlo crisis) que está viviendo la economía española es diferente a lo que hemos vivido antes. Diferente no sólo por las características actuales de la economía española, sino por las circunstancias en las que se mueve la política económica. Unas circunstancias que limitan y condicionan las posibilidades de la política económica. 

La primera circunstancia que es necesario considerar es que la economía española no tiene ahora autonomía monetaria. Pertenece a la zona euro, lo que supone un conjunto de ventajas, pero también de inconvenientes. La ventaja evidente es que el euro no sólo ha sido el motor de nuestro crecimiento (nuestros desequilibrios de balanza de pagos hubieran sido insostenibles con la peseta), sino que nos ha protegido de los choques de precios en los mercados exteriores (petróleo y materias primas). 

Pero esta pertenencia al euro tiene como contrapartida que no podemos usar la política monetaria ni como mecanismo de ajuste (mediante devaluaciones), ni como instrumento de crecimiento (acomodando el tipo de interés). La política monetaria es, para la economía española, un dato del entorno, una circunstancia. Hemos, pues, de descontar que los tipos se mantendrán, en los próximos meses, a los niveles relativamente altos actuales por la incertidumbre en los mercados financieros, por los choques de precios internacionales y, finalmente, por la incapacidad de algunas economías europeas de hacer reformas estructurales. 

Sin la posibilidad de uso de la política monetaria sólo nos quedan la política fiscal y las políticas de oferta. En cuanto a la primera, y a pesar de lo que cree la gente por la retórica electoral, lo primero que hay que reconocer es que es relativamente poco eficaz en un contexto de tipos de cambio fijos como el que tenemos. 

De acuerdo con la evidencia empírica (española y comparada), una expansión del gasto público con transferencias para sostener la renta de las familias, en una economía con nuestras características, tendría un pequeño efecto sobre la tasa de crecimiento, mientras que aumentaría los diferenciales de inflación, por lo que el resultado último sería, sencillamente, cambiar un menor incremento de la tasa de paro a corto plazo por un más largo proceso de estancamiento. Una expansión del gasto público (o la casi equivalente bajada de impuestos a las familias) no tendría más efectos, pues, que aplazar el ajuste económico. 

Si no podemos usar la política monetaria y la política fiscal de transferencias de rentas no es tan eficaz como antaño (típicas políticas keynesianas), la única alternativa que queda son las políticas de oferta, que esta vez tendremos que pagar de nuestro dinero porque se acabó para nosotros esa parte de la financiación comunitaria. Unas políticas de oferta que este Gobierno aprobó hace cuatro años con el Plan Nacional de Reformas y en las que poco o nada se ha avanzado. Unas políticas de reformas que se orienten hacia una mayor competencia en los mercados de bienes y servicios (como elemento crítico para luchar contra la inflación); que flexibilice el mercado de trabajo (evitando efectos de segunda vuelta), que fomente la capitalización de las empresas (mediante reforma del impuesto de sociedades), que reoriente el gasto público hacia infraestructuras públicas y el fomento de la inversión en capital físico y humano en las empresas. De paso y de una vez, habría que reformar el sistema educativo, clave para mejorar la productividad. Todo ello evitando la tentación de intervenir en los mercados o de subvencionar a sectores representados por antiguos altos cargos. 

De igual forma, para gestionar las expectativas, sería bueno que el Gobierno reconociera que hemos cometido excesos, que no se actuó a tiempo, que hemos de ajustarnos. Pero, claro, para eso se necesita saber algo de economía, cierta dosis de realismo y una pizca de liderazgo, y no un vaso largo de optimismo antropológico mezclado con intervencionismo gran reserva. 

5 de mayo de 2008 

lunes, 21 de abril de 2008

La clave está en la EPA

La clave de la evolución de los dos principales problemas macroeconómicos que tiene planteados la economía española, a saber, la desaceleración de la tasa de crecimiento hasta alrededor del 2% y la aceleración de la inflación por encima del 4%, está en cómo reaccione el mercado de trabajo. El mercado de trabajo puede acentuar los problemas de crecimiento en los próximos meses porque si la desaceleración se convierte rápidamente en paro se puede iniciar una reacción que afectaría negativamente al consumo, a las expectativas de inversión y a las cuentas públicas. Un primer frenazo desacelerador, que es evidente que ya estamos viviendo, se convertiría, entonces, a través de la tasa de paro, en una mayor desaceleración. Al mismo tiempo, la inflación se puede acelerar si los trabajadores presionan para conseguir subidas salariales que les hagan mantener o aumentar su nivel adquisitivo. En una situación de bajas expectativas de crecimiento, los empresarios pueden subir los precios para compensar estas subidas de coste, con lo que produciría una segunda vuelta inflacionista que, a medio plazo, supondría una mayor desaceleración del crecimiento. Las reacciones del mercado de trabajo son, así, la clave de nuestro futuro, porque pueden convertir una sencilla desaceleración, centrada en la construcción, en un estancamiento de larga duración. 

¿Cómo es previsible que esté ya reaccionando nuestro mercado de trabajo ante esta situación? En primer lugar, es necesario tener en cuenta que el mercado de trabajo actual es muy diferente al que tuvimos en las anteriores desaceleraciones. Entonces teníamos mercados de trabajo rígidos y cerrados, en los actuaban unos sindicatos reivindicativos fuertes que estaban dispuestos a pagar con una mayor tasa de paro sus demandas salariales. Hoy, fruto del proceso de flexibilización del mercado laboral español de los noventa, de la evolución de los sindicatos y de la importante presencia de trabajadores inmigrantes podemos decir que nuestro mercado de trabajo es mucho más flexible. Eso significa que, previsiblemente, la desaceleración se traducirá en una menor pérdida de empleo, en porcentaje, que en las anteriores, con la contrapartida de que, como siempre, los trabajadores serán los que asuman la parte más importante del coste, esta vez con pérdidas en su poder adquisitivo, y no en forma de paro como en los ochenta y noventa. Esto supondrá que el ajuste será menos largo. Y, en segundo lugar, se puede considerar que la desaceleración destruirá, principalmente, puestos de trabajo de baja cualificación, muchos de ellos ocupados por inmigrantes, por lo que es muy posible el trasvase de estos trabajadores a otros sectores, especialmente de servicios. Más aún, es muy probable que estos trabajadores estén dispuestos a ganar menos por hora a cambio de mantener su puesto de trabajo. 

Teniendo esto en cuenta, y otros factores que por razones de espacio no podemos desarrollar, lo que se espera de nuestro mercado de trabajo en los próximos trimestres es que se pierdan entre 250.000 y 650.000 puestos de trabajo lo que, sumado a los que habría que crear para aquellos que se incorporan, implica que la tasa de paro puede llegar a alcanzar este año una cifra en el entorno del 10,8 y rondar el 12% a finales de este año (la misma, por cierto, que tuvimos en el año 2000). Una tasa de paro que podría ser menor si los salarios nominales no crecen por encima del 4, lo que, de paso, ayudaría a reducir la inflación. 

A finales de esta semana, el viernes 25, el INE publicará los resultados de la Encuesta de Población Activa (EPA) del primer trimestre de este año y veremos, entonces, si la tendencia va por donde estoy diciendo. Eso sí, habrá que esperar un año para saber si esta argumentación es acertada o errónea. Entonces empezaré a escribir un libro para explicar en qué me equivoqué. 

21 de abril de 2008 

lunes, 7 de abril de 2008

Cuéntame lo que paso

La situación económica que estamos viviendo, de desaceleración que no de crisis, no es, ni de lejos, la situación más grave por la que ha pasado la economía española en los últimos sesenta años, ni siquiera la más grave por la que ha pasado nuestra democracia. Desde 1959 hasta la actualidad, la economía española ha vivido tres periodos de expansión con crecimientos a tasas superiores al 3%: el periodo que llamamos "del Desarrollo", entre 1960 y 1974; el que Fuentes Quintana llamó "de la Recuperación", entre 1985 y 1990; y, finalmente, el que hemos vivido desde 1997 hasta hoy, y que podemos llamar "de la Convergencia", porque nunca la renta per cápita española estuvo tan cercana a la de los países desarrollados de Europa. Entremedias dos periodos largos de crisis y ajuste: el "de la Crisis", también en expresión de Fuentes, que duró entre 1975 y 1984, y el "del ajuste del euro", entre 1991 y 1996. 

Comparar la actual desaceleración de la economía española con el periodo de "la Crisis", prever un ajuste como aquel, y, de paso, vaticinar una crisis bancaria y financiera como la que vivió la joven democracia española es ignorar nuestra historia económica. Para empezar, en los 11 años que van de 1975 a 1985, la economía española solo creció a una media del 1,4%, con un año de recesión en 1981. Además, la inflación media fue del 15,6%, llegando al 24,5% en el 77 y solo bajando al 8,8 en el 85. Para redondear el cuadro, el paro pasó de un 4% hasta un 21,6%, mientras que las cuentas públicas tenían déficits superiores al 5%. Nuestra renta per cápita bajó del 75 al 68% de la media europea. En el fondo de esta situación estuvo una crisis del sector industrial (entonces era el 36% del PIB), lo que obligó a la profunda reconversión, y llevó a la crisis a nuestro sistema bancario. Una crisis que costó a los españoles alrededor de 3 billones de pesetas de entonces y que no fue fácil de financiar en el contexto de las crisis financieras latinoamericanas, con dólar fuerte y tipos internacionales del 12%. Esa fue la crisis con la que tuvieron que lidiar Fuentes Quintana, Abril Martorel, Leal, García Díez y, desde luego, Miguel Boyer. Comparar la actualidad con aquel momento es, sencillamente, un insulto a la historia. 

Como tampoco es comparable con la difícil situación de principios de los noventa. Entre 1991 y 1996 la tasa media de crecimiento de nuestra economía fue del 1,8%, con un año de recesión que fue 1993. La inflación se mantuvo en tasas de entre el 5,9 y el 4,6%, con un pico en 1992 del 7,1. Lo malo es que arrastrábamos la más alta tasa de paro de nuestra historia y de Europa y se mantuvo tan alto como que nunca bajó del 16 y llegó al 22,9% en 1995. Tampoco los déficits públicos fueron buenos porque hubo 4 años en que fueron superiores al 6%. Incluso hubo problemas en el sistema financiero como el que llevó a la famosa intervención de Banesto en diciembre del 93. La política de austeridad y estabilidad que impuso Solbes entre 1993 y 1996 y el consenso que hubo sobre las políticas macroeconómicas permitieron a la economía española el éxito que cosecharía Rato con el euro y el crecimiento de los últimos años. Comparar, pues, la desaceleración actual con la de los noventa es otra exageración, porque ni es probable una recesión (aunque sí un periodo de dos o tres años de bajo crecimiento), ni es probable una inflación superior al 5% (y eso que el petróleo está en precios de récord), ni es previsible una tasa de paro al doble de la que tenemos. Entre otras cosas porque las cuentas públicas están saneadas (aunque no me fie de este Gobierno), estamos en el euro y nuestra economía es mucho más que la construcción. 

Así pues, cuando hagamos comparaciones, debemos tener cuidado, porque es cierto lo que decía el gran John Kenneth Galbraith: "Hay dos clases de economistas: los buenos saben historia". 

7 de abril de 2008